Entrevista sobre 'Alquimia ha de ser', para el diario Solidaridad Digital

“Es necesaria de nuevo una sacralización del arte”

Alfredo Rodríguez, poeta
Esther Peñas / Madrid- 28/07/2014
 
Hay poetas de palabras sucias y poetas de imágenes sangrientas; poetas de lo celeste y de lo abstracto, de la denuncia y del castigo; poetas del adjetivo y poetas del verbo (también del gerundio, como Vallejo); poetas que desbrozan y que siembran, luminosos, escépticos (incluso cínicos). El que nos ocupa, Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) entiende la poesía como un acto de vida que deviene en belleza para ser, y así lo vuelve a reivindicar en un último poemario, ‘Alquimia ha de ser’ (Renacimiento).

Siguiendo con el perfil esotérico del título. ¿Si se transmuta en ambrosía -aurea dicta- el idioma, ¿no pierde peso el fondo del poema?

No es solo el idioma lo que se transmuta, o debe transmutarse, con la poesía, es la realidad misma que nos rodea, lo cotidiano, lo visible, lo tangible. En poesía ha de darse siempre una transubstanciación de la palabra. La palabra poética ha de aspirar a convertirse en una palabra de transmutación y de transubstanciación, como dice el maestro Colinas. Y el poeta, como otro alquimista que es, ha de buscar una superior integración de la vida, una transformación de lo cotidiano. Esa ambrosía de la que hablas, ese néctar, es también el llamado ‘arte del bien decir’, de embellecer la expresión y de dar al lenguaje eficacia bastante para deleitar, conmover o emocionar. Habría de darse siempre en poesía una elección cuidadosa de vocablos brillantes y expresivos, insólitos y musicales.

¿No hay poesía en ‘lo feo’, en el lenguaje atropellado, ‘sucio’, de Bukowski o Burroughs?

De ese tema prefiero no opinar, porque luego me llueven tortas por ahí de todas partes. Solo te digo que respeto todas las opciones poéticas, todas las posibilidades que se abren en el vasto mundo de la creación poética, pero de ese tipo de poesía no me alimento, no la necesito para vivir, y finalmente no me interesa. Últimamente la poesía se ha convertido en el reino del ‘todo vale’, una especie de mercadillo de todo a cien, donde todo el mundo es poeta o pretende serlo, y se escribe un poema hasta de una bolsa de basura. Bien. Es necesaria de nuevo una sacralización del arte, de la experiencia artística, que se ha banalizado del todo en nuestra época. Los poemas han de ser obras de creación artística, literatura viva, no un vano relato de hechos cotidianos, una mera fotografía de la realidad cotidiana. Para eso ya están los diarios. Solo tendría que interesarnos, como materia prima para nuestros versos, aquello que ha permanecido en el tiempo por su contenido de belleza y verdad.

¿Qué transforma la poesía?

Todo. La realidad acostumbrada que nos rodea. La creación poética es, antes que nada, exploración de lo desconocido, sorpresa y libertad. La poesía ha de luchar por encontrar lo verdaderamente desconocido, por descubrir lo nuevo, lo inicial, la pureza absoluta del deseo. Es una insurrección permanente. Yo concibo la creación poética como algo que proviene de una especie de revelación. Es el poema como un espacio de encuentro o de reencuentro, un espacio de revelación (algo que se produce tanto en la escritura como en la lectura).

Si “todo perturba la mente en reposo”, ¿cuáles son los desvelos del poeta?

El trabajo de la poesía es, o debe ser, en buena parte un trabajo del inconsciente, de las fuerzas oscuras de nuestro ser: la “sombra que nos integra”, como digo en uno de los versos. Un sombra que a veces es negativa, porque niega el amor. Es la poesía como conocimiento, la búsqueda de la palabra verdadera, el poema como una aventura del conocimiento. Y no se conoce mejor camino que el de la belleza. Algo que es inaceptable en nuestro mundo diario cotidiano, pues vivimos una cultura que se niega a admitir la voz de la poesía, se niega a reconocer en ella verdad alguna. Nuestra cultura ha renunciado a la verdad de la poesía y pretende condenarla al enmudecimiento.

“En las dulces aguas de tu matriz me recibes, simiente de Luz”. ¿Qué engendra un poema: una imagen, un sentimiento nebuloso, un pálpito?

Algunas veces se trata de una simple experiencia estética, que con el tiempo dará lugar a una experiencia artística, capaz o no de convertirse con el tiempo en Literatura. Además, uno piensa en la poesía como en una forma de autobiografía por supuesto. El poema es un acto de vida. Yo sigo pensando que mi poesía es absolutamente autobiográfica, aunque parezca que no. Hay veces en que no sé si soy yo mismo quien escribe los poemas, o si los poemas me escriben a mí. Siempre he sido un poeta que piensa durante largo tiempo sus libros de poemas -los tengo ahí en la cabeza, flotando, como en la famosa ‘nube’ de internet- y que luego los escribe con ansiedad, en un breve espacio de tiempo, saliendo como a borbotones, casi a salto de mata, buscando siempre desesperadamente un momento libre en el día a día atareado y rutinario que llevo. Compongo en voz baja, eso sí, -mientras realizo otra actividad cotidiana-, escuchándome a mí mismo, porque la poesía es sonido. Y luego memorizo durante un tiempo, antes de escribir y pulir lo escrito. El verso, decía el poeta italiano Montale, nace siempre de la prosa (y tiende a retornar a ella). En mi caso, muchas veces así es. Muchos de mis versos nacen de cosas que he leído en libros de prosa y que se quedaron en el poso -el filtro- de la memoria. Alguien dijo que un buen poeta ha de ser un gran lector de prosa, y viceversa, un buen prosista un gran lector de poesía.

El aroma arcano traspasa el poemario. ¿Cómo recibimos el misterio?

Sí, claro, en este libro -bueno, en mi obra en general- he tratado de hallar una forma de explicar el misterio que se celebra en el acto de la creación poética. Eso es lo que me arrastra siempre. Porque la poesía es eso: un misterio y también una verdad -que recibimos en su lectura o escritura. Sin misterio ni verdad no hay poesía. La poesía o es verdad o no es nada. Veo la finalidad de la poesía como el establecimiento de una verdad del espíritu. Esa verdad es al mismo tiempo una emoción, y engloba también por supuesto la belleza. Y esa belleza cuando es inesperada suele ser doblemente bella.

“Porque no habiendo una causa, tampoco habrá nunca un destino”. ¿Cuál es la causa primera de Alfredo como poeta?

Bueno, no existe el destino -o si existe, se olvidó de nosotros hace mucho tiempo-. Somos hijos del azar, sin duda. El azar es nuestro padre, como dice José María Álvarez. Tampoco una causa aparente. Y lo mismo para la poesía, claro. A veces voy escribiendo poemas cuya estructura final desconozco a cada paso y que son, por lo tanto, como un naciente de imágenes, una revelación. Para ello huyo de todo lo dogmático, lo racional en exceso, lo planificado, lo construido de antemano (lo que Colinas llama, criticándolo, ‘el poema construido’), porque todo ello va contra la creación poética, que ha de ser enteramente libre y sorpresiva.

“Todo lo vivo contiene enseñanzas secretas”. ¿Cómo acceder a ellas?

Es la belleza que reduce a uno lo que es vario. La poesía es una manera de acceso a esas ‘enseñanzas secretas’, porque sugiere una tarea espiritual de reconstrucción, de reconstitución de nuestro espíritu disperso, en la unidad. Poesía que es el contacto con la razón de ser de las cosas, como la certeza de estar vivos. El libro se abre con una cita que es una inscripción que estaba en el frontispicio de la Academia platónica, una cita que dice ‘Nadie entre aquí sin saber geometría’. Lo que quiero apuntar con ella es que solo quien se encuentra muy por dentro de la creación poética, de esa operación mágica que es la creación poética (lo mismo que en los rituales de la alquimia), solo quien está muy adentrado ahí, es quien puede escribir. Porque el poeta nos abre la puerta del horno con sus versos, nos muestra el matraz, la vasija del alquimista en plena ebullición. Así, la poesía es vista en este libro como una superación de nuestra naturaleza humana, la esencia espiritual del mundo (como la piedra filosofal de los alquimistas).

Si no es finalmente alquimia, ¿qué sería?

Alquimia ‘ha de ser’, alquimia ‘debe ser’ la poesía cuando lo es de verdad, cuando no engaña a nadie, cuando no trata de engañar a nadie, ni siquiera -ni mucho menos- a uno mismo, a quien la escribe. Si no es así, será mentira, sin duda. Una burda mentira.

ESTHER PEÑAS
Diario SOLIDARIDAD DIGITAL
28 de Julio de 2014

 Portada del libro

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Exiliado en el arte en el blog La mirada ausente


MAESTRO Y DISCÍPULO: CONVERSACIONES ENTRE ALFREDO RODRÍGUEZ Y JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ.



Que un joven poeta muestre su admiración hacia quien considera su maestro no parece resultar nada extraño. Si además ese joven poeta es capaz de entrevistar sagazmente a su maestro y sabe extraer de la experiencia y oficio  de este último toda la enjundia de que son capaces tanto el aprendiz con sus preguntas como el maestro con sus respuestas, eso parece ya tarea más que loable. Algo de todo ello creo que hay en el volumen de Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969), quien en Exiliado en el Arte. Conversaciones en París con José María Álvarez provoca en el poeta murciano, vinculado a la generación de los Novísimos, una suerte de desvelamiento de muchas de las claves que encierra no sólo la obra poética del autor de Museo de cera, título que contiene la mayor parte del devenir poético del cartagenero; sino también su vida y su pensamiento en relación con la cultura, el arte, la belleza, la política, las ciudades de su vida, la literatura, etc.
En el libro, Alfredo Rodríguez se muestra como el perfecto conocedor que es de la poesía de José María Álvarez (Cartagena, Murcia, 1942), aunque ello no signifique que no explicite repetidamente su devoción por la obra, el pensamiento y la persona de quien se considera discípulo. Y lo hace con sana franqueza y hasta con cierta ingenuidad en ocasiones, lo cual dota de autenticidad a sus preguntas, las cuales son respondidas siempre con larga sabiduría e inteligencia no exenta de ironía. 
Las cuestiones muestran, por parte del entrevistador, un vasto conocimiento de la obra del poeta de Cartagena, como ya apunté, y en la mayor parte de las ocasiones son certeras en su alcance; si bien el entrevistador se permite espacios para aliviar la carga conceptual que puedan tener las repuestas en algunos casos.Sea como fuere, el libro se lee con amenidad y ligereza y ni que decir tiene que resulta altamente ilustrativo para quien desee acercarse tanto a la vida, como a la obra o el pensamiento del poeta murciano, quien ha elegido la ciudad de París como residencia en una suerte de exilio desde el que se conduce a otras ciudades como Venecia, Alejandría o San Petesburgo en busca de la aristocracia de la belleza y el arte. El poeta navarro deja ver la fascinación que le causan tanto la obra como la persona de José María Álvarez, una fascinación que resulta bien justificada y razonada en el libro. Algo de refinamiento o de dandismo, de liberalidad y aristocracia se deja ver por entre las respuestas del maestro, sagaz y atrayente en unos argumentos no exentos de originalidad.

Formalmente dividido en cinco apartados más un preludio titulado "El hombre exiliado en el arte", que va firmado por el autor a manera de justificación, tanto del título del libro como de la obra en sí misma, en él se nos muestra a una personalidad libre de nuestra poesía actual, viajero y lector empedernido, amable con sus amigos, culto, elegante, curioso e impredecible en su conducta. Las entrevistas que acoge el presente volumen tuvieron lugar en París durante el mes de enero de 2009 y se conciben como una continuación necesaria de su anterior libro de entrevistas, publicado con el título de Al otro lado del espejo (Conversaciones ordenadas por Csaba Csuday).
                                                                                     
  José Antonio Sáez Fernández
Del blog LA MIRADA AUSENTE
21 de Julio de 2014
 

Alfredo Rodríguez: Exiliado en el Arte. Conversaciones en París con José María Álvarez
Sevilla, Renacimiento (Col. Los Cuatro Vientos, núm. 73), 2013, 260 pp.

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Alquimia ha de ser en El coloquio de los perros





      Entre los saberes pre-científicos destacó la alquimia. Intentaban sus practicantes transmutar en oro otros metales menos nobles —el plomo, el mercurio—.

       La poesía, según Alfredo Rodríguez, debe hacer lo mismo: transmutar en aurea dicta el idioma. Y a fe que lo consigue. Decía Frank McCourt que cuando descubrió a Shakespeare se le llenaba de joyas la boca al leerlo en voz alta. Es eso, es eso, el cómo se dice ha de importar tanto como el qué. Cuidado en la expresión, elección precisa de las palabras con la belleza en mente. La poesía, que salvó la vida de Alfredo, es una dama de alta cuna, y no una vulgar cortesana. Si no está bellamente adornada no es poesía. Si vamos, poetas, a escribir como hablamos, ¿para qué escribir? Hay que construir con palabras un edificio ideal, bello, humano, para consolar al hombre de la fea e inhumana realidad. Hay en este poemario ecos orientales —mandalas, chakras—, se busca el «oro espiritual», la «vida hermosa», la «playa protegida», el hermanamiento o la armonía de los contrarios, del espíritu y de la materia. El poeta es guerrero con grebas de bronce, alquimista errabundo, mensajero alado. Se celebra el cuerpo tanto como el alma, se avisa sobre la importancia de «distinguir lo fingido de lo verdadero», se aspira a una existencia “plácida y libresca”, se quiere escribir sólo si se hace bellamente («el poema será en su doradura»), como deberíamos, en un mundo ideal, hacer todas las cosas.

        Séptimo poemario de Alfredo Rodríguez. A veces difícil, oscuro, este libro engendra, en quien se esfuerza en adentrarse por sus meandros, destellos de conocimiento, y de reconocimiento también: sabemos que debemos ser, que en alguna parte dentro de nosotros somos ese alquimista-guerrero con grebas de bronce que vive en belleza y en armonía con las cosas. Como un ave del paraíso: en perfección o si no, nada.


Por José Alfonso Pérez Martínez
Revista El Coloquio de los perros
30 de Junio de 2014

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