J. M. A. (Caricatura lírica)







J. M. A. (Caricatura lírica)
Por Felipe Benítez Reyes
23 de junio de 2009

            Vive oficialmente en Cartagena porque en algún sitio tiene que decir que vive, pero en realidad es el cartagenero errante, el poeta fugitivo entre las cosas que se fugan, el que no puede estarse quieto porque tiene ansias de mundo, de estar en cualquier parte imprevisible, de perderse de sí para encontrarse.
José María Álvarez vive, de acuerdo, en Cartagena, en concreto en la calle Kavafis. Pero es más fácil que esté en Alejandría que en su calle.
            Álvarez es algo así como el general Lee de la batalla lírica, el que desplaza a sus tropas de amigos por Europa, Asia, África y Oceanía, en su loca misión militante de conquistar para la poesía los territorios históricos de la realidad, yermos a fuerza de convenciones. La derrota la tiene asegurada, pero creo que está convencido de que muchas derrotas suman una victoria. “A Rusia”, y a Rusia vamos. “A Francia”, y ya estamos en Francia. “Es posible que en Japón…”, y ahí queda la posibilidad.
            ¿Quién lee mejor en voz alta sus poemas que Álvarez? Que levanten la mano los aspirantes, y ya veremos. Porque, cuando este cartagenero que apenas pisa Cartagena se pone a leer en público con su voz de diablo lírico, decimos todos: “Con eso no hay quien pueda”. Y sus versos llegan modulados, cálidos, sinuosos, suntuosos y dramáticos, para hablarnos de los prodigios de la vida, que son muchos y diversos, y tan venturosos como terribles. Y todos quisiéramos leer, en fin, como lee Álvarez, y leer lo que lee él, sus poemas de desgarro y meditación, y llevar como él las lleva sus chaquetas inglesas o de por ahí y sus corbatas italianas o de por ahí, y encender un cigarrillo con un mechero de plata comprado en algún anticuario de París o de Budapest, o quizá con uno de oro proveniente de la fundición de abalorios faraónicos saqueados de las mismísimas pirámides –e incluso es posible que el mechero en cuestión atesore alguna maldición milenaria, porque con las cosas de los egipcios nunca se sabe del todo.
            Álvarez siempre tiene el aspecto de venir de algún cenáculo conspirativo, de haberse reunido media hora antes con algún cardenal partidario del demonio o con algún preboste masón para cambiar de forma clandestina el curso de alguna parcela del mundo. De negociar la venta de un tesoro o la venta de un alma. Él sabrá.
            Y se lo imagina uno, no sé, de duque arruinado en alguna corte francesa del XVIII, con su peluca empolvada, inigualable en el minué, ganándose el sustento con tareas de bibliotecario, como su tío Casanova; oficiando a ratos de tutor de nínfulas un poco pálidas y desfallecientes a fuerza de aburrimiento y de endogamia, a las que daría a leer a Choderlos de Laclos o al Divino Marqués para despertarles el fluir de los humores que propician la perversidad.
            Pero no. José María Álvarez vive, ya digo, en Cartagena. En la calle Kavafis. Aunque búsquenlo en el sitio más impensable de este mundo, que allí estará.


Semblanza alvareziana del poeta Felipe Benítez Reyes
Exiliado en el arte. Conversaciones en París con José María Álvarez
Alfredo Rodríguez
Ed. Renacimiento, 2013




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