La poesía es una aventura para averiguarnos a fondo

Alfredo Rodríguez en la librería de arte Mequierovivir (Pamplona)


ESTHER PEÑAS / Madrid- 31/05/2012
 
Acaba de presentar su último poemario ‘De oro y fuego’ (Los Papeles del Sitio), un diván cargados de referencias, de simbología, de belleza, pero también de sensualidad y cierto empaque aristocrático. Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) entiende la poesía como un viático intransferible, como una senda que recorrer por necesidad, por imperativo categórico insoslayable. Esta es su palabra.

Cita a Alexandre Blok: “Toda mi vida es un Mandato: / el Mandato de servir a la Inaccesible”. ¿A quién sirve tu poesía? ¿Cuál es el acicate que te imprime la necesidad de pespuntar versos? 

Blok hablaba ahí de su amada, que le traía de cabeza, yo hablo de la Poesía, pero es lo mismo porque ésta también puede serte en un momento dado inaccesible. En cuanto a mi poesía, me gustaría que le sirviera a ese lector anónimo futuro (con uno me basta); que fuera para él (o para ella) como una celebración íntima. La poesía no necesita más difusión que esa, mientras, permanece en la reserva. Ese único lector verdadero lo justifica todo. En cuanto a la necesidad de escribir, es obvio que nadie sabe por qué escribe, es algo insondable. Un misterio inexplicable te arrastra a ello. Una obsesión por rehacer el mundo, quizá. También hay quien dice que se canta lo que se perdió.

Su poesía, ¿de qué tiene más, de oro, en cuanto a lealtad, o de fuego, por cuanto pureza? 

Bueno, eso no soy yo el más indicado para decirlo. Ese oro y ese fuego es lo que el poeta, cuando lo es de verdad, ha de pretender, en su búsqueda del poema perfecto que le haga trascender, inmortalizarle. Que la poesía nos proporcione la certeza de estar vivos, eso sí. Sobre esa lealtad y esa pureza, sí, habría mucho que hablar: es algo que reposa ya oculto en el poeta auténtico al nacer. O lo tienes, y adelante, o no lo tienes, y entonces no hay mucho que hacer.

Se advierte un mayor peso intelectual frente a lo instintivo en su poemario, algo que no se estila. ¿Considera que la poesía de la experiencia, que muchas veces parece obligada al lenguaje sucio, un tanto atrabiliario, ha tocado fondo, ha dado todo lo que tenía que ofrecer?  

Lo que creo es que se ha abusado demasiado de ella. La poesía tiene que ir más allá de una mera fotografía liviana de la realidad. Tiene que ser palabra nueva, palabra trascendida, como dice Colinas, una segunda realidad. La mayor parte de lo que se ha publicado en ese terreno de la mal llamada “poesía de la experiencia” (mal llamada porque toda poesía lo es, o nace, de una experiencia) tiene un insoportable tono bajo, flojo, ramplón, un tufillo, no sé... Es una poesía que muchas veces no tiene fuerza porque no transmite pasado. A veces la veo débil y pequeña. En cuanto a mí, por favor, no me veo “intelectual” para nada; me aburren los intelectuales… Preferiría ser tenido mejor por artista, si me dan a elegir. En literatura sólo la poesía es verdadero arte.

Una de las constantes en este libro es la búsqueda de lo auténtico, de lo que no tiene doblez (“dicen que la vida está en otra parte”). ¿Cada vez cuesta más al poeta llegar a lo genuino, dada la cantidad de ‘ruidos’ a los que se ve expuesto? 

Pero es que esa “vida que está en otra parte” es la vida legítima de poeta, esa lucha diaria, incesante, clandestina, del poeta contra sí mismo y también, por qué no decirlo, contra toda la hostilidad del mundo hacia lo que él representa. Una forma de vivir y de estar en la vida, una forma, incluso, de respirar. Es su destino. Y combate por él. Eso no nos lo puede arrebatar nadie.

“Polemista invencible, / de buen vivir y regaladamente/ bien dado a los placeres epicúreos”, escribes en ‘Vanidoso como cualquier creador que se sabe’. El poeta, ¿se parece más a un asceta o a un vividor consumado? 

Cada vez veo más claro la necesidad de soledad para escribir una obra en libertad, a la que uno pueda dedicarse en cuerpo y alma. Alejarse de grupos, talleres, cenáculos, premios y camarillas. La poesía es un camino que se ha de recorrer solo, para poder indagar bien corazón adentro. Lo que no implica tampoco convertirse en un extraño eremita, en un friki, pero sí debe saber dosificarse: una buena vida, sí, pero acompañado de buenos libros. Eso siempre. Y que nada ni nadie le aparte del cultivo de la poesía.

“(...) y que la vida valga sólo por el Placer”. ¿Qué provoca el placer del poeta? 

Bueno, muchas cosas -entre ellas y sobre todo el placer de la carne-, pero una de ellas también, sin duda, el haber terminado un buen poema y salir a la calle a respirar. Esa sensación es impagable. Es la felicidad.

También sorprende que es un poemario en el que la perspectiva, el concepto, se tiene meridianamente claro... 

Sí, hay lo que yo llamo una idea-madre, un mensaje inicial, que pudiera ser la salvación por la poesía, y luego hay un hombre que entabla un combate diario por conseguirla, por entregarse a ella en un ritual de modo absoluto, alguien que en un momento difícil de su vida cree que aquélla le ha abandonado y es entonces cuando vuelven a reencontrarse. Es un encuentro amoroso  y nocturno: ella penetra de nuevo en su ser. Es la poesía como aspiración del hombre a su verdad artística.

Aparte del gusto por el mundo, hay una querencia hacia lo aristocrático de espíritu. ¿Queda algo de esa elegancia -digamos de actitud- en esta sociedad, o hay que mirar hacia atrás en el tiempo? 

Hombre, la elegancia es un concepto que siempre se asocia al pasado. La elegancia de forma y de espíritu. Yo la he visto en personas, poetas como José María Álvarez, Francisco Brines o Antonio Colinas, la llevan consigo sin duda. Es la esencia de su ser. Y el poeta de hoy ha de mirar ese mundo viejo tan digno que se desvanece, con ojos renovados, sintiendo amor por él, con los ojos que la poesía le ha prestado. Está en juego lo más sagrado de su vida privada. En cuanto a las aristocracias, yo de eso no sé nada…

Pienso en ‘Conocer, pensar y ser libres’, su poema. ¿Dónde queda la libertad para quien escribe? ¿Qué tipo de embaucamientos ha de sortear?
 
Bueno, ‘conocer, pensar y ser libres’… si pudiéramos alcanzar de verdad esa plenitud. Era la filosofía de vida en la época de los griegos. Eso ha existido, esa forma libre de vida es una posibilidad que está ahí. En cuanto a escribir, todos los que estamos en esto queremos ser poetas, pero sólo puede serlo aquel cuyo destino es serlo. La escritura nunca es un deseo sino una necesidad. El mayor embaucamiento que veo yo hoy en ese sentido son los dichosos premios. Hay quien ya sólo escribe para competir, ya ni siquiera por placer. Ha confundido la poesía con otra cosa y lo único que consigue es alejarse de ella. Salirse. No ve que lo único importante, considerable, que haya podido ocurrirle como poeta, no son esos premios recibidos, sino el hecho de haber sido capaz de escribir tal o cual libro.

En el epílogo, comenta que has sufrido una seria enfermedad. ¿De qué modo cambia la vida cuando se ha estado a punto de perderla? 

Sí, estuve nueve meses fuera de combate. Como me decía el otro día mi médico, más para allá que para acá. Me tragué un mes enterito en un hospital: cuando llevas tanto tiempo ahí metido acabas viendo aquello como una cueva de moribundos. Incluso vi morir a un hombre. Recibí tantas transfusiones de sangre que ahora puedo decir con sorna que soy un poeta transfundido. Cuando salí de allí quería cambiarlo todo y empezar de cero: reformé la casa, tiré todo lo que me sobraba –incluidos libros-, pinté paredes y muebles de blanco luminoso.

Por cierto, es una curiosidad pero, ¿que los poemas estén fechados responde a una manía, a una querencia...? 

Bueno, sí, llámalo manía. Es un homenaje a algunos libros amados, como Museo de cera, de José María Álvarez o Memoria del trasluz, de Miguel Ángel Velasco. Es una manera de hacer más real la unión entre poesía y vida. A los poetas se nos ha regalado un don impagable, y eso no hay que olvidarlo nunca. De ahí las fechas. La poesía es una aventura para averiguarnos a fondo.


Entrevista al poeta Alfredo Rodríguez
Esther Peñas
Diario Solidaridad Digital (FSC Inserta)
Madrid, 31 de Mayo de 2012

De oro y de fuego,
 ed. Los Papeles del Sitio, Sevilla 2012

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En la presentación de De oro y de fuego

Los poetas Alfredo Rodríguez y Javier Asiáin antes de la presentación de 'De oro y de fuego'
Librería Mequierovivir, Pamplona 29 de Mayo de 2012


Buenas tardes, amigos, muchas gracias por haber venido, es un placer estar aquí, en este rincón tan parisino de Pamplona, en esta hermosa librería de Arte, Mequierovivir, cuyo nombre a mí me fascinó desde el principio, lo mismo que el local, cuando entré la primera vez hace apenas un año con mi mujer, estar aquí, digo, para presentar este libro, De oro y de fuego, con el lujo y el honor de estar acompañado de mi amigo, el poeta Javier Asiáin, -entre nosotros se ha creado ya un vínculo, una especie de hermandad poética.

Bueno, este poemario, De oro y de fuego, cuenta la historia de alguien, un hombre en este caso, que siente el impulso irresistible de crear, de escribir poesía, alguien cuya fe reside en aquello que valora por encima de todo: el arte, su belleza y su verdad. El personaje protagonista del libro se desinteresa de un mundo actual que no le gusta ni le despierta curiosidad alguna: él mira en sus poemas los escenarios donde podría haber sido feliz. Así, el tema principal del libro podría decirse que es una meditación continua sobre la creación poética en sí y sobre la figura del poeta como un ser elegido.

Bueno, tengo que decir, tengo que reivindicar que mi poesía es absolutamente autobiográfica, escribo de lo que vivo, de lo que experimento cada día acercándome a los libros, a la Cultura que se nos dio. Uno intenta vivir –es difícil- entregado a la poesía, siempre en busca o a la espera del poema. A la caza. Esa –entiendo yo- es la labor del poeta, mantenerse en tensión, quemar la vida por un buen poema. Y ése es el fuego del poema, ese ‘fuego’ a que hace referencia el título. Porque luego, por otro lado, como alguien dijo, la poesía ha de ser búsqueda de resplandor, ha de contener el oro de la literatura, el fulgor iluminante del lenguaje. Y ése es el ‘oro’ del título del libro, el oro del poema. Que nos salve los mejores momentos de nuestra vida. Que nos proporcione la certeza de estar vivos.

Y he querido que apareciera en la portada un detalle de un mosaico romano, un dibujillo del héroe Hércules luchando con el león de Nemea, como sabéis, en el primero de sus doce Trabajos, para arrancarle la piel y ponérsela encima y conseguir hacerse invulnerable a las flechas, a su veneno, porque así también la poesía nos hace a nosotros invulnerables al mundo, indestructibles. Y eso es lo que este libro intenta transmitir: una fe en el lenguaje (al fin y al cabo la poesía es expresión), una fe en la literatura y en especial en la poesía, un amor infinito hacia ella, que es la verdadera protagonista del libro.
             
Con este libro yo creo que culmino el camino emprendido hace unos años con Regreso a Alba Longa y que continuó en Ritual de combatir desnudo. Diríamos que cierro así la que yo llamo ‘trilogía del combate’, que suena un poco a la guerra de las galaxias, pero que es así. Entendiendo por combate, claro, ese despojamiento interior, esa lucha clandestina del poeta contra sí mismo por encontrar ese poema que le haga trascender al tiempo. Vuelve de nuevo a mis poemas la tradición cultural pero entendida como ruptura, como rebeldía contra ese mundo banal y uniforme en que vivimos y que ha olvidado por completo el pasado y que vive como anestesiado.

Y volviendo a ese oro y a ese fuego, a esa áurea fogosidad de que me hablaba ayer mi amigo Luismi aquí presente, decir por último que la poesía, siendo como es un acto tan radical de libertad, es un gran tesoro, un tesoro que incluso puede permanecer oculto sin perder su fuerza. Nada le importa la difusión a la poesía, ella vive en la reserva, como un dragón custodiando el misterio, conservando virgen la palabra y la verdad, como un fuego sagrado. Muchas gracias.

Y ahora recitaremos, si os parece, unos poemas del libro. Y luego nos tomamos un vino bien frío para apagar este fuego.



Alfredo Rodríguez
presentación de DE ORO Y DE FUEGO
Librería Mequierovivir, Pamplona 29 de Mayo de 2012 
 

In vino veritas

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Toda obra poética es un autorretrato

Dos años después de su último libro, el autor navarro regresa con 'De oro y de fuego' (Los papeles del sitio), una nueva apuesta por la poesía como un territorio donde romper con la banalidad del día a día que presentará esta tarde (19.30 horas) en la librería Mequierovivir
ANA OLIVEIRA LIZARRIBAR - Martes, 29 de Mayo de 2012 -


 Alfredo Rodríguez, en una libreria.
 Alfredo Rodríguez, en una libreria. (Mamen Cózar)


PAMPLONA. En esta ocasión, Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) se vuelca de un modo especial, ya que durante este tiempo, la vida le ha dado una de cal, en forma de grave enfermedad afortunadamente superada, y una de arena, con la llegada de su primer hijo. Y con este poemario cierra su trilogía del combate, de la creación poética entendida como una incesante lucha contra sí mismo para trascender al tiempo.

De su anterior poemario, 'Ritual de combatir desnudo', dijo que era un acto de fe, una entrega absoluta a la poesía, ¿cómo definiría el impulso que hay detrás de este nuevo trabajo?

Es un paso más allá en esa misma dirección. Cuenta la historia de alguien que siente el impulso irresistible de crear, de escribir poesía, alguien cuya fe reside en aquello que valora más que nada en este mundo: el arte, su belleza y su verdad.

Sus experiencias vitales también parecen haber marcado estos versos.

Bueno, vida y poesía van siempre indisolublemente unidas. Toda obra poética es un autorretrato. En mi caso escribo de lo que vivo cada día acercándome a los libros, a la cultura que se nos dio y que tenemos tan abandonada.

Los poemas surgieron durante una visita a un museo de París cuando creía que la poesía le había abandonado, ¿eso puede ocurrir o son miedos de escritor?

Sí, la poesía claro que te puede abandonar. De hecho algunos poetas se agotan. La poesía es una amante caprichosa y celosa que exige dedicación plena; si la dejas de lado por un tiempo, luego te lo hace pagar muy caro.

¿Escribe poema a poema o le vienen todos seguidos y les va buscando su sitio?

Trabajo con poemas en serie o largas secuencias de poemas. Van unidos unos a otros, como partes de un todo, en cada libro, enlazados entre sí por un mensaje inicial, una idea madre que de pronto surge un día en mi cabeza como si me fuera dictada y que se despliega en varios poemas.

¿Qué temas encontramos en 'De oro y de fuego'?
El libro es una meditación continua sobre el acto de la creación poética en sí y sobre la figura del poeta como un ser tocado por un don. Por otro lado, está la poesía como defensa desesperada contra la apatía, contra la tibieza de corazón, contra el horror del mundo. También la poesía como un acto radical de libertad, como testimonio individual de la verdad artística de un hombre.

Sigue perseverando en una poesía culta, trabajada, llena de referencias a mitos y dioses, ¿es su modo de escapar de la pragmática realidad?

Es un intento por recuperar la tradición cultural, pero entendida como ruptura, como rebeldía contra ese mundo banal y uniforme en que vivimos, que ha olvidado por completo el pasado y que vive como anestesiado. Una de las obsesiones de mi obra poética es el lenguaje: que aquello que intento decir sea dicho lo mejor posible. Pero yo no creo que mi poesía sea tan culta. Sí, quizá, exige un lector inquieto, al que le gusta la historia, el arte, la cultura, que ama los libros y la buena vida. Eso sí. No un lector pasivo.

Vivimos un momento lleno de incertidumbre, sufrimiento y miedos, ¿de qué nos pueden servir la poesía y los poetas en estos momentos?

La poesía entraña en sí la mayor de las riquezas. Por ello y a pesar de todo lo que estamos sufriendo en nuestro tiempo, se mantiene incólume. Supone un incremento del legado cultural de la humanidad. Eso es algo que no debemos olvidar. No la debemos despreciar como algo inútil: está en la reserva moral de la sociedad. De ahí surge todo.

¿Qué espera de este poemario, qué le gustaría transmitir por encima de todo?

Está en el título: el oro y el fuego del poema. El fulgor de la palabra escrita y el entusiasmo y la pasión poética. No hay más. Que la poesía nos salve los mejores momentos de nuestra vida.

¿Tiene ya otros versos en la cabeza, en qué nuevos proyectos trabajas?

Hay un libro de conversaciones en París con mi maestro, el poeta José María Álvarez, que se va a publicar este año, con el título Exiliado en el arte. Será un sueño hecho realidad: unir mi nombre con el suyo para siempre. Luego tengo en el cajón una antología apócrifa de poetas medievales navarros que pudieron haber existido, bajo el título Urre Aroa. Siempre he echado de menos una historia más rica de la poesía navarra. Si pudiera cambiarla…

¿Habrá alguna vez salto a la prosa o ese no es tu camino?

Si se refiere a la novela, no. No me interesa en absoluto. Ni siquiera como lector. Pero no descarto alguna biografía sobre poetas amados. Necesito tiempo.


Entrevista al poeta Alfredo Rodríguez
DIARIO DE NOTICIAS 
Pamplona, 29 de mayo de 2012

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Invitación presentación De oro y de fuego


    Séra el próximo martes, 29, a las 19'30h de la tarde, en un local de Pamplona que tiene un encanto especial para mí: la librería de arte y objetos artísticos de maravilloso nombre, MEQUIEROVIVIR, sita en plena Plaza del Castillo. Mi amigo, el poeta Javier Asiáin oficiará la ceremonia. Yo diré alguna cosilla y recitaremos después, mano a mano, poemas del libro. Y luego nos tomaremos unos vinos. Brindaremos por la noble amistad y por la poesía que nos salva de todo.


 

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Alfredo Rodríguez / El fuego de la cultura

Alfredo Rodríguez
El fuego de la cultura

Juan de Dios García

     En 1969 nació en Pamplona un artista que, al alcanzar la mayoría de edad moral, decidió no ser de ningún sitio más que de la Poesía. Allí vive desde entonces, entregado de manera absoluta a una causa culturalmente enferma, públicamente despreciada o, peor aún, masivamente olvidada. La gente habla de poesía en un sentido demasiado amplio, pero ¿quién lee versos, quién los recita en voz alta? Y muchísimo más importante: ¿quién utiliza la poesía para dar emoción a su vida?
     Alfredo Rodríguez estuvo punto de morir por la extrema abyección que deja ver en tantas ocasiones el género humano. Ese monstruo le estaba asfixiando, al límite, tenía un pie tomando impulso para tirarse por el acantilado cuando de repente llegó a sus manos un libro de José María Álvarez que le salvó la vida. Esa fue la semilla que le ha hecho crecer hasta donde está ahora. Nos lo cuenta en esta entrevista.

Alfredo Rodríguez: «No me interesa para nada la novela»     Foto: Mamen Cózar

     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Acaba de publicarse en Hiperión una antología titulada Nueva poesía en el viejo reyno (Ocho poetas navarros) preparada por Consuelo Allué. Has sido uno de los privilegiados elegidos. ¿En qué crees que puede ayudaros esta selección?
     —ALFREDO RODRÍGUEZ: Bueno, ya era hora de que se empezara a tener en cuenta a los navarros para algo más que para correr delante de los toros el 7 de julio. Aquí existe desde hace años una efervescencia, una sensibilidad, una sobria intensidad poética que tenía que quedar reflejada de alguna manera, salir a la luz. Esa antología es un viejo sueño que teníamos por aquí algunas personas que amamos la poesía de verdad, un sueño hermoso hecho por fin realidad con este libro, exquisito por cierto. Hay excelentes poetas ahí, me siento muy bien acompañado.
     —ECP: Tu primer libro, finalista del premio Adonáis en 2005, se titula Salvar la vida con Álvarez. Cualquiera que se acerque a tu obra sabrá que el eterno novísimo es tu “padre” creativo. ¿Has cortado ya el cordón umbilical, tal y como el mismo José María Álvarez te aconsejó?
     —AR: No, no y no. Me niego en rotundo. Álvarez, su vida, su obra, es la casa donde a mí me habría gustado vivir. Me honro en ser discípulo suyo y además amigo. Me hace feliz. Aún cuando me llama por teléfono me sigue dando un vuelco el corazón. Un poeta ha de reconocer maestros —lo contrario es impensable—, es de sabios aprender de ellos, alimentarte de lo que cada uno pueda darte. Ser poeta es siempre un aprendizaje. Pero tengo también otros maestros: Antonio Colinas sobre todo, Julio Martínez Mesanza, grandísimo poeta, Miguel Ángel Velasco —sentí muchísimo su muerte tan prematura, la sentí como la de alguien muy cercano—, o Vicente Gallego, uno de los últimos poetas auténticos, míticos. Aunque siempre teniendo en cuenta, claro, que la poesía es un camino que uno ha de recorrer solo y que se termina recorriendo en soledad. En soledad y en libertad.

     —ECP: Mantienes una bitácora digital bastante actualizada, El botín del mundo. ¿Cómo te ha enriquecido la experiencia de exhibir tus reflexiones, opiniones, comentarios y, por qué no decirlo, tu vida íntima en internet?
     —AR: Bueno, lo que yo quería reflejar ahí, lo que intentaba hacer, era mostrar la vida de poeta en crudo, día a día, cómo se desarrollaba la vida de un poeta cualquiera de provincias, su experiencia estética, artística, su voluntad literaria, su compromiso, su búsqueda. No sé si al final lo conseguí. Lo mantuve durante más de un año día tras día, escribiendo hasta los domingos y fiestas de guardar; al final, con el nacimiento de mi hijo —tú ya sabes bien de eso—, tuve que abandonarlo. Ahora regreso a él esporádicamente, pero sí, le tengo mucho cariño a ese blog; hice buenos amigos gracias a él por toda España, y algún que otro enemigo también, por qué no decirlo.
     —ECP: Tengo la sensación de que tu segundo libro, La vida equivocada (Delirio, 2008), es el más culturalista y metaliterario de todos. ¿Me equivoco?
     —AR: Lo de culturalista es una palabra que casi es un insulto si te la dicen en este mundillo de los poetas. Ha adquirido un sentido peyorativo. Pero sí, el diálogo con la tradición cultural mediterránea —que es a la que me considero adscrito— es quizá en ese libro donde más se produce. Y la metaliteratura, claro, los guiños literarios. Yo lo planteé como una continuación de Salvar la vida con Álvarez, su otra cara de la moneda, su reverso: lo que le puede suceder a un hombre si no lee libros, si abandona o se aparta de la Cultura, si no se cultiva y se ennoblece cada día con ella, si se deja embaucar por los cantos de sirena de esa modernidad uniforme, banal y plana a que asistimos en nuestra vida diaria y que nos quieren hacer colar de matute.
     —ECP: ¿Cómo es Alba Longa para ti? Invita a quien no conozca tu tercer libro, Regreso a Alba Longa (Vitruvio, 2008), a que lo lea. ¿Qué le dirías?
     —AR: Ese libro lo que quiere contar es el regreso, el retorno perenne de un hombre a la poesía, a su suero, a su savia, a su sangre. A pesar de que todo lo que le rodea cada día en su vida cotidiana le invita a abandonar ese lugar, él desobedece, y tiene que volver allí una y otra vez porque su corazón es un caudaloso río que le lleva hasta allí para curar sus heridas, sus dolores, sus males. Es la poesía entendida como plenitud del bien. Una especie de estado de gracia.

 
 —ECP: En Ritual de combatir desnudo (Huerga & Fierro, 2010) vislumbro una personalidad poética más sólida, una madurez dentro del siempre reivindicado hedonismo. ¿Contra qué combates, Alfredo? ¿Quién es el enemigo? ¿Por qué tiene tanta importancia el ritual?
     —AR: Un poeta lucha incesantemente cada día contra sí mismo, o ha de hacerlo si aspira a dar testimonio de su verdad artística, lucha lo mejor que sepa y pueda por conseguir ese verso perfecto, ese poema perfecto, que le haga trascender al Tiempo, ya sabes, el deseo de permanencia a través de un buen puñado de poemas. Es una suerte de despojamiento interior que se produce cada día en su vida, en la búsqueda del poema, del oro del poema. Mantenerse en tensión. El enemigo es todo aquello que le aparta de la poesía, de su cultivo. Todo ese proceso es un ritual, con su iniciación, su tránsito y su celebración íntima, a veces un ritual sangriento, porque como dice mi amigo Javier Asiáin, escribir es desangrarse.

     —ECP: ¿Cómo te defenderías ante la acusación negativa de que tu lenguaje poético es arcaico?
     —AR: Bueno, no hay nada de qué defenderse. Cada poeta, como dice Álvarez, recorre su camino, toma una opción u otra. Yo soy quizá un poeta de corte antiguo. Siempre he amado esa poesía que trata de recuperar el tono antiguo, que es el tono intemporal de las cosas. Pero a la vez me interesa lo que ello conlleva de ruptura, de rebeldía. Me fascina ese estilo que inició hace ya 2500 años Píndaro, lo que se llamó el estilo de lo sublime.
     —ECP: Recuerdo que hace tres años me dijiste que lo que más solías leer era poesía o, como mucho, algo de ensayo. ¿Seguimos en la misma línea lectora? ¿No te interesa la ficción narrativa?
     —AR: No, no me interesa para nada la novela, y menos la mayor parte de lo que se publica hoy día. No es literatura, nunca va a serlo. Es sólo entretenimiento. No pierdo el tiempo ahí. Últimamente lo que más leo es literatura memorialística: diarios —adoro los diarios, de Trapiello, García Martín, Llop, Puig, Jiménez Lozano, de Álvarez, claro…—, memorias, biografías o libros miscelánea… Los ensayos sí, sobre todo de Historia o Arte. De política no, cero. Y por supuesto poesía, pero cada vez más relecturas de mis maestros o alguien que de repente me deslumbra un día, como me está sucediendo ahora con la poesía de José Carlos Llop.
      —ECP: Es palpable tu especial querencia al arte de la música, que influye notablemente en tu creación poética. ¿A qué músicos o compositores les debes más horas de placer?
     —AR: Sí, la música está siempre ahí, forma parte de todo, va indisolublemente unida a la poesía. Leo y escribo con música de fondo. Se me hace ya indispensable. Lo que más amo es el Renacimiento y el Barroco, italiano sobre todo, pero también francés o inglés, y en menor medida alemán. Albinoni por encima de todo, horas y horas con él, y también Corelli, Marini, Marais, Merula, Storace, Biber, Purcell, Dowland…, bueno hay muchos, Vivaldi, por supuesto, la música sacra. Adoro las grabaciones de Jordi Savall, quiero tener toda su colección de discos, aunque son carísimos. Los quiero todos. Cada vez que voy a París me surto allí a placer de discos que aquí ya no venden o son inencontrables.
     —ECP: ¿Y a qué ciudades? Porque el viaje está tan presente o más que la música en tu obra.
     —AR: Sí, claro, París sobre todas. Es una bocanada de aire fresco para el alma cuando vuelvo allí. Además allí está mi maestro, Álvarez, en el barrio Latino, que es el mejor y más sabio cicerone. Pero esa ciudad como tal apenas aparece en mis versos, está más en mi vida. Es medicina para el alma. Luego está Venecia, a donde tengo unas ganas inmensas de volver, y que ésta sí la he tratado varias veces en mis poemas. Es el viaje que ahora más me apetecería hacer, fíjate. Uno vuelve de allí siempre cambiado. Es otro. Quizá sea para siempre la ciudad de los poetas. Y también está Ibiza, la Ibiza esencial, como la llama Colinas, a quien suelo visitar allí en verano. Es el descanso del guerrero. Allí disperso los malos espíritus. El Mediterráneo se ha convertido en mi patria espiritual.
     —ECP: Aunque estás licenciado en Derecho, trabajas en una multinacional americana del sector del automóvil porque te gusta ese trabajo «que ocupa las manos y deja libre la mente». ¿Te consideras una especie de obrero de alma aristocrática?
     —AR: Sí, soy un obrero, para bien o para mal. Es la vida que he elegido vivir. Nadie me ha obligado a ello. Es duro pero pagan bien y me permite llevar luego la vida que quiero, dedicarme a lo que verdaderamente me importa. Sin una cosa quizá no podría existir la otra. La Poesía se ha convertido ya para mí en una manera de vivir. En cuanto a lo del alma aristocrática, no sé, no creo, sólo se me ocurre decirte que detesto la vulgaridad y la incultura, sobre todo cuando se regodea en sí misma.
     —ECP: Siempre utilizas la palabra poesía con mayúscula. ¿Por qué?
     —AR: Bueno, la escribo así cuando hablo de ella personificándola, como esa gran Dama caprichosa que es. Mima a sus elegidos y se mofa de los advenedizos. Es la protagonista principal en la mayoría de mis poemas. Cuando digo Ella en mis versos, no me estoy refiriendo a ninguna mujer. Hablo de Ella, de la Poesía. Es más grande que todo.


     —ECP: Tu último poemario, De oro y de fuego (Los papeles del sitio, 2012), está a la venta desde hace unos días. No hay persona más indicada que tú para adelantarnos las intenciones de ese libro.
     —AR: Es la culminación de lo que yo llamo trilogía del combate, después de Regreso a Alba Longa y Ritual de combatir desnudo, entendiendo por combate esa lucha interior del poeta contra sí mismo de que te hablaba antes. Las intenciones son claras: el oro y el fuego del poema. Es a lo que aspiro. No hay más. Quemar la vida por un buen poema. Ese es el fuego, ese entusiasmo. Y por otro lado, el oro de la literatura, el fulgor lumínico del lenguaje, la búsqueda de resplandor: lo que ha de ser la poesía cuando lo es de verdad. Que nos salve los mejores momentos de nuestra vida. Ese es el oro del poema.
En París, buscando el resplandor     Foto: Carmen Marí



 Revista EL COLOQUIO DE LOS PERROS, nº 30

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De oro y de fuego (poema)





DE ORO Y DE FUEGO


Es de oro y de fuego
tu corazón tan puro,
fortuna reservada
que ha borrado mi vida.
 
No cesa en sorprenderme, en seducirme,
que ahora ya veo en ti
una forma de vida más hermosa,
puente de amor que se alza a voluntad.
 
De oro y de fuego, lleva las fuerzas
del ser que representa,
su incendio y oleaje,
los hornos y las fraguas.
No hubiera sido posible mi vida,
con la nobleza de volverse antiguo,
sin haber venido al mundo la tuya.
 

Paris, 14. xi. 2010



Alfredo Rodríguez
DE ORO Y DE FUEGO
ed. Los Papeles del Sitio, Sevilla 2012

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Eidolon II (Mito nuevo)





EIDOLON II
(Mito nuevo)


A los que rehusamos elegir
oportunidades para medrar
o para que aún pueda
vivirnos la esperanza,
aquilatarse y calma
ante lo inevitable;

a los que sopla el fuego del infierno
la mudanza que cuenta,
la que en temprana ocasión fue tomada,
de improviso llevarnos a donde Ella quisiera;

voluntad de aprender
lo que nadie nos puede arrebatar
cuando el veneno vela en tantas puertas,
lo que la tradición ha transmitido,
extraño don que vuelve
a los hombres nocturnos,

aquello que no muere,
lo que siempre germina,
 
vimos peces dorados
en el alba primera.
 

Biarritz, 11. vii. 2011



Alfredo Rodríguez
DE ORO Y DE FUEGO
ed. Los Papeles del Sitio, Sevilla 2012

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Aconitum anthora





ACONITUM ANTHORA
 
Todos los versos, el Verso, el activo
venenoso, altisina la mortal,
relajante jarir
que por dentro me quema,
lo que de juventud
aún queda en mi sangre,
la entrada en cautiverio.

Lo único que tengo,
qué más puedo pedir,
la única esperanza de explicarme,
sit
      tibi
             terra
                        levis –decían los Antiguos–

y que la vida valga sólo por el Placer,
sea fuego en el fuego.


21. vii. 2011

Alfredo Rodríguez
DE ORO Y DE FUEGO
ed. Los Papeles del Sitio, Sevilla 2012

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Nota final a De oro y de fuego

   

 NOTA 
(NOTA final a De oro y de fuego)

    
    En el transcurso de los dos últimos años en que han sido concebidos y escritos los poemas de este libro, dos hechos trascendentales en mi vida tuvieron lugar sin apenas solución de continuidad: uno, el haber sobrevivido milagrosamente a una gravísima enfermedad que me tuvo a las puertas de la muerte; y en segundo lugar –extraña paradoja–, el nacimiento de mi hijo, mi único hijo, Óliver. Así, la estupidez de la muerte que en falso me pretendía y, tiempo después, la lucha por salir a la vida y ganarla de un niño recién nacido, como territorio irredento y libre por necesidad para una poesía que siempre ha permanecido ahí, latente, despierta, al acecho, como un animal de sangre caliente gateando por encima de las ruinas.
    
    En Noviembre de 2010, durante un viaje literario a París junto a mi buen amigo el poeta Javier Asiáin, asistimos en el magnífico Musée de Cluny a una hermosísima exposición medieval de esculturas, pinturas, iluminaciones y objetos de orfebrería, bajo el título, «D’or et de feu, L’art en Slovaquie à la fin du Moyen Âge». Belleza y desolación derrumbada por el Tiempo en su sentido de majestad. Inmediatamente «vi» el poema –como diría mi maestro Álvarez–, la larga secuencia de poemas, quiero decir, esa que siempre veo, hasta con su título genérico, tomado prestado de ahí.
    
    «Tranquilo, Alfredo, la poesía se abre tarde o temprano paso», me decía mi maestro Colinas en un correo emocionado. Era cuando ya creía que me había abandonado para siempre que, en efecto, se fue abriendo paso en mí con más fuerza que nunca, como arrancándoseme de las entrañas, desmesurada y con más ardor que reflexión. Como a mí me gusta. El libre derecho al placer de escribirla, como testimonio individual de mi libertad. Láminas de oro cinceladas en un suntuoso tesoro, por un lado. Y, por otro, el fuego. El fuego de la poesía, ese que deslumbra, purifica y a veces quema –como dice Llop en sus diarios–, el que no se consume jamás, como en la zarza bíblica.
 
A. R.
Pamplona, 27 de febrero de 2012

DE ORO Y DE FUEGO, 
Los Papeles del Sitio, 2012

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