En la presentación de De oro y de fuego II




Buenas tardes, bienvenidos todos a esta presentación de un nuevo libro de Alfredo Rodríguez. Es un doble privilegio para mí estar hoy aquí. Por un lado por el lujo de presentar el libro de un buen amigo, de celebrar la amistad de la mano de la literatura y por otro por presenciar el alumbramiento de este libro, en concreto. Fui testigo —en París, en 2010— de la primera semilla, del primer embrión, y verlo hoy aquí hecho realidad es un motivo de orgullo y satisfacción.

        Me gustaría felicitar a Alfredo, no sólo por su trabajo y constancia, por dejar que no muriera ese embrión inicial, sino por conseguir cuidarlo para poder hoy verlo, junto a todos ustedes, crecido y florecido en plenitud de todos sus aromas. Felicitar a Alfredo Rodríguez también por el acierto en la elección de esta librería Mequierovivir que tanto encaja con su visión artística y conceptual del mundo. El detalle por las pequeñas cosas, el valor de la mirada detenida, el cuidado por el detalle, la esencia cultivada, el detalle artístico… Ningún sitio mejor para este autor y su manera de concebir la Poesía que esta librería parisina en el centro de Pamplona.

        Felicitar a Alfredo igualmente por el resultado final del libro. En contenido y en continente. Preciosa y cuidada edición, casi de culto, de colección, en la editorial sevillana Los Papeles del Sitio, que tan bien trata sus libros de poesía. Entiendo que un libro, que un buen libro de poesía, un libro digno, nunca debiera estar mal editado, con una mala edición o con defectos de forma. El envase en poesía es casi tan importante como el contenido licuado que más tarde beberemos. Este libro es un libro que apetece leer, que gusta tener entre las manos, hojear, agradable a la presencia, cálido en la compañía. Acierto en el color, acierto en el cuerpo de letra, acierto en la tipografía, acierto en los textos previos… Hay demasiado libro mal hecho, como para no valorar cuando uno se cuida y se trabaja con esmero. Con oficio de artesano.

          Acierto también en la pequeña (quizá demasiado) ilustración de portada: Hércules en lucha con el león de Nemea, del que desprendió su piel resistente a las flechas y las lanzas. Detalle extraído de un Mosaico del Museo Arqueológico nacional de Madrid, del que luego quizá comente algo nuestro autor, pero del que quiero adelantar una reflexión: que me gusta sobre todo por su representación visual. El hombre (poeta) en lucha, en pugna, con su oficio, con su labor creativa, con la bestia indomable que es la Poesía. Lucha que se convierte en trance, en baile, en íntima danza. Dibujo de dos cuerpos que resultan uno, que no se sabe muy bien dónde empieza uno y dónde acaba el otro. Precioso retrato del oficio de escribir, de su realidad terrenal y trascendente, de su épica, de su gloria y de su mito. El poeta en íntima comunión con la bestia. Ilustración que tan bien representa la poesía combativa de Alfredo Rodriguez. Recordemos que a este libro De oro y de fuego, le preceden dos libros anteriores hermanos en contenido y en línea paralela, que son Ritual de combatir desnudo (2010) y Regreso a Alba Longa (2008) con el que inicia su poesía de combate, en el que concibe la propia escritura como una batalla hacia la que partir dispuestos a dar la vida, a morir en el intento.

Anteriores a estos quedan La vida equivocada (2008) y su primer libro en el año 2006 Salvar la vida con Álvarez en tributo y homenaje a su maestro José María Álvarez, en los que la línea discursiva, nos adelanta la tendencia que hará máxima más tarde en  sus posteriores cuatro libros. También decir, y adelanto la noticia, que a puntito de ver la luz en la prestigiosa editorial Renacimiento, se encuentra un libro de conversaciones con el propio José María Álvarez titulado Exiliado en el arte que Alfredo lleva años y años trabajando. Me consta.

En cuanto al libro que hoy nos reúne, me gustaría dar cuatro retazos a modo de apuntes. Que Alfredo Rodríguez reafirma una tendencia estética con él, un estilo del que no quiere renegar ni desprenderse, una línea de pensamiento, una idea conceptual a la que continúa siendo fiel en este De oro y de fuego. En realidad yo creo que Alfredo Rodríguez siempre está escribiendo el mismo libro. Su especial Museo de cera, acólito incondicional quizá a la obra y la concepción poética de José María Álvarez. Me da la sensación que este libro nace del mismo embrión y se alimenta del mismo cordón umbilical que los anteriores. Poesía atemporal, arcaizante, alimentada a golpe de mitología clásica, que mana de las fuentes grecolatinas, porque nace de ellas, se refleja en ellas, y se transporta en ellas;  por desarrollo de estilo, por identidad de pensamiento, por su particular concepción de la épica…

           O en palabras de nuestro común amigo Pedro Angel González Moreno podríamos decir también que la poesía de Alfredo Rodríguez recupera una vez más en este libro, el espíritu de la vieja alegría, la actitud epicúrea, el arrebato de lo sensual, ese aliento épico que late como corazón ardiente en el poema, esa poética de ir al verso como quien va a la batalla, como aquellos míticos guerreros espartanos Lacedemonios que sacrificaban su carne en el combate. Volver con el escudo o sobre él, sin posibilidad de deserción, jugándose el pellejo en cada verso, la gloria o la derrota, pero siempre persiguiendo la epopeya. Algo así como ser las llamas de Troya por ejemplo, o sentir la satisfacción de haber contemplado desnuda una sola vez la belleza de Helena, y morir después de esa contemplación.

          Como dije una vez acerca de su manera de vivir el arte y de concebir la creación poética: para Alfredo Rodríguez, una vez más en este libro, y creo que para siempre, escribir es desangrarse y la Poesía es siempre un Acto heroico.
Muchas gracias.


Javier Asiáin
presentación DE ORO Y DE FUEGO, de Alfredo Rodríguez
Librería Mequierovivir, Pamplona, 29 de Mayo de 2012

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