La poesía es una aventura para averiguarnos a fondo

Alfredo Rodríguez en la librería de arte Mequierovivir (Pamplona)


ESTHER PEÑAS / Madrid- 31/05/2012
 
Acaba de presentar su último poemario ‘De oro y fuego’ (Los Papeles del Sitio), un diván cargados de referencias, de simbología, de belleza, pero también de sensualidad y cierto empaque aristocrático. Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) entiende la poesía como un viático intransferible, como una senda que recorrer por necesidad, por imperativo categórico insoslayable. Esta es su palabra.

Cita a Alexandre Blok: “Toda mi vida es un Mandato: / el Mandato de servir a la Inaccesible”. ¿A quién sirve tu poesía? ¿Cuál es el acicate que te imprime la necesidad de pespuntar versos? 

Blok hablaba ahí de su amada, que le traía de cabeza, yo hablo de la Poesía, pero es lo mismo porque ésta también puede serte en un momento dado inaccesible. En cuanto a mi poesía, me gustaría que le sirviera a ese lector anónimo futuro (con uno me basta); que fuera para él (o para ella) como una celebración íntima. La poesía no necesita más difusión que esa, mientras, permanece en la reserva. Ese único lector verdadero lo justifica todo. En cuanto a la necesidad de escribir, es obvio que nadie sabe por qué escribe, es algo insondable. Un misterio inexplicable te arrastra a ello. Una obsesión por rehacer el mundo, quizá. También hay quien dice que se canta lo que se perdió.

Su poesía, ¿de qué tiene más, de oro, en cuanto a lealtad, o de fuego, por cuanto pureza? 

Bueno, eso no soy yo el más indicado para decirlo. Ese oro y ese fuego es lo que el poeta, cuando lo es de verdad, ha de pretender, en su búsqueda del poema perfecto que le haga trascender, inmortalizarle. Que la poesía nos proporcione la certeza de estar vivos, eso sí. Sobre esa lealtad y esa pureza, sí, habría mucho que hablar: es algo que reposa ya oculto en el poeta auténtico al nacer. O lo tienes, y adelante, o no lo tienes, y entonces no hay mucho que hacer.

Se advierte un mayor peso intelectual frente a lo instintivo en su poemario, algo que no se estila. ¿Considera que la poesía de la experiencia, que muchas veces parece obligada al lenguaje sucio, un tanto atrabiliario, ha tocado fondo, ha dado todo lo que tenía que ofrecer?  

Lo que creo es que se ha abusado demasiado de ella. La poesía tiene que ir más allá de una mera fotografía liviana de la realidad. Tiene que ser palabra nueva, palabra trascendida, como dice Colinas, una segunda realidad. La mayor parte de lo que se ha publicado en ese terreno de la mal llamada “poesía de la experiencia” (mal llamada porque toda poesía lo es, o nace, de una experiencia) tiene un insoportable tono bajo, flojo, ramplón, un tufillo, no sé... Es una poesía que muchas veces no tiene fuerza porque no transmite pasado. A veces la veo débil y pequeña. En cuanto a mí, por favor, no me veo “intelectual” para nada; me aburren los intelectuales… Preferiría ser tenido mejor por artista, si me dan a elegir. En literatura sólo la poesía es verdadero arte.

Una de las constantes en este libro es la búsqueda de lo auténtico, de lo que no tiene doblez (“dicen que la vida está en otra parte”). ¿Cada vez cuesta más al poeta llegar a lo genuino, dada la cantidad de ‘ruidos’ a los que se ve expuesto? 

Pero es que esa “vida que está en otra parte” es la vida legítima de poeta, esa lucha diaria, incesante, clandestina, del poeta contra sí mismo y también, por qué no decirlo, contra toda la hostilidad del mundo hacia lo que él representa. Una forma de vivir y de estar en la vida, una forma, incluso, de respirar. Es su destino. Y combate por él. Eso no nos lo puede arrebatar nadie.

“Polemista invencible, / de buen vivir y regaladamente/ bien dado a los placeres epicúreos”, escribes en ‘Vanidoso como cualquier creador que se sabe’. El poeta, ¿se parece más a un asceta o a un vividor consumado? 

Cada vez veo más claro la necesidad de soledad para escribir una obra en libertad, a la que uno pueda dedicarse en cuerpo y alma. Alejarse de grupos, talleres, cenáculos, premios y camarillas. La poesía es un camino que se ha de recorrer solo, para poder indagar bien corazón adentro. Lo que no implica tampoco convertirse en un extraño eremita, en un friki, pero sí debe saber dosificarse: una buena vida, sí, pero acompañado de buenos libros. Eso siempre. Y que nada ni nadie le aparte del cultivo de la poesía.

“(...) y que la vida valga sólo por el Placer”. ¿Qué provoca el placer del poeta? 

Bueno, muchas cosas -entre ellas y sobre todo el placer de la carne-, pero una de ellas también, sin duda, el haber terminado un buen poema y salir a la calle a respirar. Esa sensación es impagable. Es la felicidad.

También sorprende que es un poemario en el que la perspectiva, el concepto, se tiene meridianamente claro... 

Sí, hay lo que yo llamo una idea-madre, un mensaje inicial, que pudiera ser la salvación por la poesía, y luego hay un hombre que entabla un combate diario por conseguirla, por entregarse a ella en un ritual de modo absoluto, alguien que en un momento difícil de su vida cree que aquélla le ha abandonado y es entonces cuando vuelven a reencontrarse. Es un encuentro amoroso  y nocturno: ella penetra de nuevo en su ser. Es la poesía como aspiración del hombre a su verdad artística.

Aparte del gusto por el mundo, hay una querencia hacia lo aristocrático de espíritu. ¿Queda algo de esa elegancia -digamos de actitud- en esta sociedad, o hay que mirar hacia atrás en el tiempo? 

Hombre, la elegancia es un concepto que siempre se asocia al pasado. La elegancia de forma y de espíritu. Yo la he visto en personas, poetas como José María Álvarez, Francisco Brines o Antonio Colinas, la llevan consigo sin duda. Es la esencia de su ser. Y el poeta de hoy ha de mirar ese mundo viejo tan digno que se desvanece, con ojos renovados, sintiendo amor por él, con los ojos que la poesía le ha prestado. Está en juego lo más sagrado de su vida privada. En cuanto a las aristocracias, yo de eso no sé nada…

Pienso en ‘Conocer, pensar y ser libres’, su poema. ¿Dónde queda la libertad para quien escribe? ¿Qué tipo de embaucamientos ha de sortear?
 
Bueno, ‘conocer, pensar y ser libres’… si pudiéramos alcanzar de verdad esa plenitud. Era la filosofía de vida en la época de los griegos. Eso ha existido, esa forma libre de vida es una posibilidad que está ahí. En cuanto a escribir, todos los que estamos en esto queremos ser poetas, pero sólo puede serlo aquel cuyo destino es serlo. La escritura nunca es un deseo sino una necesidad. El mayor embaucamiento que veo yo hoy en ese sentido son los dichosos premios. Hay quien ya sólo escribe para competir, ya ni siquiera por placer. Ha confundido la poesía con otra cosa y lo único que consigue es alejarse de ella. Salirse. No ve que lo único importante, considerable, que haya podido ocurrirle como poeta, no son esos premios recibidos, sino el hecho de haber sido capaz de escribir tal o cual libro.

En el epílogo, comenta que has sufrido una seria enfermedad. ¿De qué modo cambia la vida cuando se ha estado a punto de perderla? 

Sí, estuve nueve meses fuera de combate. Como me decía el otro día mi médico, más para allá que para acá. Me tragué un mes enterito en un hospital: cuando llevas tanto tiempo ahí metido acabas viendo aquello como una cueva de moribundos. Incluso vi morir a un hombre. Recibí tantas transfusiones de sangre que ahora puedo decir con sorna que soy un poeta transfundido. Cuando salí de allí quería cambiarlo todo y empezar de cero: reformé la casa, tiré todo lo que me sobraba –incluidos libros-, pinté paredes y muebles de blanco luminoso.

Por cierto, es una curiosidad pero, ¿que los poemas estén fechados responde a una manía, a una querencia...? 

Bueno, sí, llámalo manía. Es un homenaje a algunos libros amados, como Museo de cera, de José María Álvarez o Memoria del trasluz, de Miguel Ángel Velasco. Es una manera de hacer más real la unión entre poesía y vida. A los poetas se nos ha regalado un don impagable, y eso no hay que olvidarlo nunca. De ahí las fechas. La poesía es una aventura para averiguarnos a fondo.


Entrevista al poeta Alfredo Rodríguez
Esther Peñas
Diario Solidaridad Digital (FSC Inserta)
Madrid, 31 de Mayo de 2012

De oro y de fuego,
 ed. Los Papeles del Sitio, Sevilla 2012

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