Alfredo Rodríguez / El fuego de la cultura

Alfredo Rodríguez
El fuego de la cultura

Juan de Dios García

     En 1969 nació en Pamplona un artista que, al alcanzar la mayoría de edad moral, decidió no ser de ningún sitio más que de la Poesía. Allí vive desde entonces, entregado de manera absoluta a una causa culturalmente enferma, públicamente despreciada o, peor aún, masivamente olvidada. La gente habla de poesía en un sentido demasiado amplio, pero ¿quién lee versos, quién los recita en voz alta? Y muchísimo más importante: ¿quién utiliza la poesía para dar emoción a su vida?
     Alfredo Rodríguez estuvo punto de morir por la extrema abyección que deja ver en tantas ocasiones el género humano. Ese monstruo le estaba asfixiando, al límite, tenía un pie tomando impulso para tirarse por el acantilado cuando de repente llegó a sus manos un libro de José María Álvarez que le salvó la vida. Esa fue la semilla que le ha hecho crecer hasta donde está ahora. Nos lo cuenta en esta entrevista.

Alfredo Rodríguez: «No me interesa para nada la novela»     Foto: Mamen Cózar

     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Acaba de publicarse en Hiperión una antología titulada Nueva poesía en el viejo reyno (Ocho poetas navarros) preparada por Consuelo Allué. Has sido uno de los privilegiados elegidos. ¿En qué crees que puede ayudaros esta selección?
     —ALFREDO RODRÍGUEZ: Bueno, ya era hora de que se empezara a tener en cuenta a los navarros para algo más que para correr delante de los toros el 7 de julio. Aquí existe desde hace años una efervescencia, una sensibilidad, una sobria intensidad poética que tenía que quedar reflejada de alguna manera, salir a la luz. Esa antología es un viejo sueño que teníamos por aquí algunas personas que amamos la poesía de verdad, un sueño hermoso hecho por fin realidad con este libro, exquisito por cierto. Hay excelentes poetas ahí, me siento muy bien acompañado.
     —ECP: Tu primer libro, finalista del premio Adonáis en 2005, se titula Salvar la vida con Álvarez. Cualquiera que se acerque a tu obra sabrá que el eterno novísimo es tu “padre” creativo. ¿Has cortado ya el cordón umbilical, tal y como el mismo José María Álvarez te aconsejó?
     —AR: No, no y no. Me niego en rotundo. Álvarez, su vida, su obra, es la casa donde a mí me habría gustado vivir. Me honro en ser discípulo suyo y además amigo. Me hace feliz. Aún cuando me llama por teléfono me sigue dando un vuelco el corazón. Un poeta ha de reconocer maestros —lo contrario es impensable—, es de sabios aprender de ellos, alimentarte de lo que cada uno pueda darte. Ser poeta es siempre un aprendizaje. Pero tengo también otros maestros: Antonio Colinas sobre todo, Julio Martínez Mesanza, grandísimo poeta, Miguel Ángel Velasco —sentí muchísimo su muerte tan prematura, la sentí como la de alguien muy cercano—, o Vicente Gallego, uno de los últimos poetas auténticos, míticos. Aunque siempre teniendo en cuenta, claro, que la poesía es un camino que uno ha de recorrer solo y que se termina recorriendo en soledad. En soledad y en libertad.

     —ECP: Mantienes una bitácora digital bastante actualizada, El botín del mundo. ¿Cómo te ha enriquecido la experiencia de exhibir tus reflexiones, opiniones, comentarios y, por qué no decirlo, tu vida íntima en internet?
     —AR: Bueno, lo que yo quería reflejar ahí, lo que intentaba hacer, era mostrar la vida de poeta en crudo, día a día, cómo se desarrollaba la vida de un poeta cualquiera de provincias, su experiencia estética, artística, su voluntad literaria, su compromiso, su búsqueda. No sé si al final lo conseguí. Lo mantuve durante más de un año día tras día, escribiendo hasta los domingos y fiestas de guardar; al final, con el nacimiento de mi hijo —tú ya sabes bien de eso—, tuve que abandonarlo. Ahora regreso a él esporádicamente, pero sí, le tengo mucho cariño a ese blog; hice buenos amigos gracias a él por toda España, y algún que otro enemigo también, por qué no decirlo.
     —ECP: Tengo la sensación de que tu segundo libro, La vida equivocada (Delirio, 2008), es el más culturalista y metaliterario de todos. ¿Me equivoco?
     —AR: Lo de culturalista es una palabra que casi es un insulto si te la dicen en este mundillo de los poetas. Ha adquirido un sentido peyorativo. Pero sí, el diálogo con la tradición cultural mediterránea —que es a la que me considero adscrito— es quizá en ese libro donde más se produce. Y la metaliteratura, claro, los guiños literarios. Yo lo planteé como una continuación de Salvar la vida con Álvarez, su otra cara de la moneda, su reverso: lo que le puede suceder a un hombre si no lee libros, si abandona o se aparta de la Cultura, si no se cultiva y se ennoblece cada día con ella, si se deja embaucar por los cantos de sirena de esa modernidad uniforme, banal y plana a que asistimos en nuestra vida diaria y que nos quieren hacer colar de matute.
     —ECP: ¿Cómo es Alba Longa para ti? Invita a quien no conozca tu tercer libro, Regreso a Alba Longa (Vitruvio, 2008), a que lo lea. ¿Qué le dirías?
     —AR: Ese libro lo que quiere contar es el regreso, el retorno perenne de un hombre a la poesía, a su suero, a su savia, a su sangre. A pesar de que todo lo que le rodea cada día en su vida cotidiana le invita a abandonar ese lugar, él desobedece, y tiene que volver allí una y otra vez porque su corazón es un caudaloso río que le lleva hasta allí para curar sus heridas, sus dolores, sus males. Es la poesía entendida como plenitud del bien. Una especie de estado de gracia.

 
 —ECP: En Ritual de combatir desnudo (Huerga & Fierro, 2010) vislumbro una personalidad poética más sólida, una madurez dentro del siempre reivindicado hedonismo. ¿Contra qué combates, Alfredo? ¿Quién es el enemigo? ¿Por qué tiene tanta importancia el ritual?
     —AR: Un poeta lucha incesantemente cada día contra sí mismo, o ha de hacerlo si aspira a dar testimonio de su verdad artística, lucha lo mejor que sepa y pueda por conseguir ese verso perfecto, ese poema perfecto, que le haga trascender al Tiempo, ya sabes, el deseo de permanencia a través de un buen puñado de poemas. Es una suerte de despojamiento interior que se produce cada día en su vida, en la búsqueda del poema, del oro del poema. Mantenerse en tensión. El enemigo es todo aquello que le aparta de la poesía, de su cultivo. Todo ese proceso es un ritual, con su iniciación, su tránsito y su celebración íntima, a veces un ritual sangriento, porque como dice mi amigo Javier Asiáin, escribir es desangrarse.

     —ECP: ¿Cómo te defenderías ante la acusación negativa de que tu lenguaje poético es arcaico?
     —AR: Bueno, no hay nada de qué defenderse. Cada poeta, como dice Álvarez, recorre su camino, toma una opción u otra. Yo soy quizá un poeta de corte antiguo. Siempre he amado esa poesía que trata de recuperar el tono antiguo, que es el tono intemporal de las cosas. Pero a la vez me interesa lo que ello conlleva de ruptura, de rebeldía. Me fascina ese estilo que inició hace ya 2500 años Píndaro, lo que se llamó el estilo de lo sublime.
     —ECP: Recuerdo que hace tres años me dijiste que lo que más solías leer era poesía o, como mucho, algo de ensayo. ¿Seguimos en la misma línea lectora? ¿No te interesa la ficción narrativa?
     —AR: No, no me interesa para nada la novela, y menos la mayor parte de lo que se publica hoy día. No es literatura, nunca va a serlo. Es sólo entretenimiento. No pierdo el tiempo ahí. Últimamente lo que más leo es literatura memorialística: diarios —adoro los diarios, de Trapiello, García Martín, Llop, Puig, Jiménez Lozano, de Álvarez, claro…—, memorias, biografías o libros miscelánea… Los ensayos sí, sobre todo de Historia o Arte. De política no, cero. Y por supuesto poesía, pero cada vez más relecturas de mis maestros o alguien que de repente me deslumbra un día, como me está sucediendo ahora con la poesía de José Carlos Llop.
      —ECP: Es palpable tu especial querencia al arte de la música, que influye notablemente en tu creación poética. ¿A qué músicos o compositores les debes más horas de placer?
     —AR: Sí, la música está siempre ahí, forma parte de todo, va indisolublemente unida a la poesía. Leo y escribo con música de fondo. Se me hace ya indispensable. Lo que más amo es el Renacimiento y el Barroco, italiano sobre todo, pero también francés o inglés, y en menor medida alemán. Albinoni por encima de todo, horas y horas con él, y también Corelli, Marini, Marais, Merula, Storace, Biber, Purcell, Dowland…, bueno hay muchos, Vivaldi, por supuesto, la música sacra. Adoro las grabaciones de Jordi Savall, quiero tener toda su colección de discos, aunque son carísimos. Los quiero todos. Cada vez que voy a París me surto allí a placer de discos que aquí ya no venden o son inencontrables.
     —ECP: ¿Y a qué ciudades? Porque el viaje está tan presente o más que la música en tu obra.
     —AR: Sí, claro, París sobre todas. Es una bocanada de aire fresco para el alma cuando vuelvo allí. Además allí está mi maestro, Álvarez, en el barrio Latino, que es el mejor y más sabio cicerone. Pero esa ciudad como tal apenas aparece en mis versos, está más en mi vida. Es medicina para el alma. Luego está Venecia, a donde tengo unas ganas inmensas de volver, y que ésta sí la he tratado varias veces en mis poemas. Es el viaje que ahora más me apetecería hacer, fíjate. Uno vuelve de allí siempre cambiado. Es otro. Quizá sea para siempre la ciudad de los poetas. Y también está Ibiza, la Ibiza esencial, como la llama Colinas, a quien suelo visitar allí en verano. Es el descanso del guerrero. Allí disperso los malos espíritus. El Mediterráneo se ha convertido en mi patria espiritual.
     —ECP: Aunque estás licenciado en Derecho, trabajas en una multinacional americana del sector del automóvil porque te gusta ese trabajo «que ocupa las manos y deja libre la mente». ¿Te consideras una especie de obrero de alma aristocrática?
     —AR: Sí, soy un obrero, para bien o para mal. Es la vida que he elegido vivir. Nadie me ha obligado a ello. Es duro pero pagan bien y me permite llevar luego la vida que quiero, dedicarme a lo que verdaderamente me importa. Sin una cosa quizá no podría existir la otra. La Poesía se ha convertido ya para mí en una manera de vivir. En cuanto a lo del alma aristocrática, no sé, no creo, sólo se me ocurre decirte que detesto la vulgaridad y la incultura, sobre todo cuando se regodea en sí misma.
     —ECP: Siempre utilizas la palabra poesía con mayúscula. ¿Por qué?
     —AR: Bueno, la escribo así cuando hablo de ella personificándola, como esa gran Dama caprichosa que es. Mima a sus elegidos y se mofa de los advenedizos. Es la protagonista principal en la mayoría de mis poemas. Cuando digo Ella en mis versos, no me estoy refiriendo a ninguna mujer. Hablo de Ella, de la Poesía. Es más grande que todo.


     —ECP: Tu último poemario, De oro y de fuego (Los papeles del sitio, 2012), está a la venta desde hace unos días. No hay persona más indicada que tú para adelantarnos las intenciones de ese libro.
     —AR: Es la culminación de lo que yo llamo trilogía del combate, después de Regreso a Alba Longa y Ritual de combatir desnudo, entendiendo por combate esa lucha interior del poeta contra sí mismo de que te hablaba antes. Las intenciones son claras: el oro y el fuego del poema. Es a lo que aspiro. No hay más. Quemar la vida por un buen poema. Ese es el fuego, ese entusiasmo. Y por otro lado, el oro de la literatura, el fulgor lumínico del lenguaje, la búsqueda de resplandor: lo que ha de ser la poesía cuando lo es de verdad. Que nos salve los mejores momentos de nuestra vida. Ese es el oro del poema.
En París, buscando el resplandor     Foto: Carmen Marí



 Revista EL COLOQUIO DE LOS PERROS, nº 30

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