Alfredo Rodríguez: nuevoclasicismo y estética





A l f r e d o R o d r í g u e z :  
n u e v o c l a s i c i s m o y e s t é t i c a


Con la lectura de sus poemas no podemos deducir que Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) es licenciado en Derecho y que actualmente trabaja en una multinacional americana del sector del automóvil (porque, como él dice, le gusta ese trabajo que ocupa las manos y deja libre la mente). La poesía es la vida en la que vivir auténticamente como quiere, y, así, deja su cotidianidad de trabajo y de trabajos fuera. No hay elementos autobiográficos en los poemas, casi casi nada (algo en las dedicatorias).  Si la poesía  es el ámbito de la existencia en que renace, el Alfredo  Rodríguez poeta es otro.
En “Poética” anuncia su  actitud como creador:  “Nunca desertar, nunca esconderse, uno escribe. Con esa entrega que quiere ser total y absoluta”. Y se ratifica en el mundo estético con el que se identifica, los mitos, los símbolos, el mundo grecolatino. Lo explicita y lo sitúa: como los jóvenes lacedemonios. Establece, así, con claridad sus coordenadas  para los lectores.
Las claves de su obra son rotundas. En general no hay localización temporal ni espacial, ni referencias  a la actualidad o a sucesos. Crea  un microcosmos fuera del mundo, cuyo imaginario es la antigüedad clásica, las artes plásticas grecolatinas, la mitología, la literatura. Es un poeta esteticista, que busca recrearse en la belleza, en el arte. Si lanza alguna reivindicación es precisamente esto, que el arte (la poesía) es el ámbito humano en el que la persona desarrolla y libera lo más elevado y exclusivo de su humanidad, de sus capacidades.
Resuena en sus versos el tono exclamativo e interrogativo, domina en muchos poemas sobre el enunciativo, que, unido al léxico escogido, los hipérbatos, etc., da a esta poesía carácter hímnico, declamativo (ver La ciudad incendiada). En este sentido, es s épico que lírico. Y, no obstante, en Regreso a Alba Longa parece hablar consigo mismo en un trance s lírico, parece transcribir su pensamiento sin respetar la gramática ni el discurso desarrollado según la sintaxis convencional, sin por ello rebajar el tono.
 Las características que definen su estilo también son claras, conscientes. Arcaizante, en cuanto que recuerda el estilo-tono de las traducciones de los clásicos grecolatinos, sobre todo por sus perífrasis, sus hipérbatos. Insiste en la ausencia de verbo conjugado como verbo principal en las oraciones, en cuyo lugar emplea infinitivos. Es hiperbólico en su léxico, además de que lo escoge con exquisitez (Alfredo canta la exclusividad). Al modo de los culteranos del siglo XVII, de los modernistas del XIX, o de los novísimos venecianos del XX, busca un material distinto del de la vida cotidiana para sus obras de arte. Por ello elige términos no frecuentes, giros no habituales, orden en la frase no coloquial. –En la adjetivación tenemos ejemplo de ello: adjetivos no usuales, varios y antepuestos. Tiende a lo culto, lo inusual, lo sonoro. Elige como materia creativa la palabra, busca convertirla en algo distinto de los términos que usamos para la vida cotidiana, y de ahí su trabajo estilístico, su creación de un idioma distinto del castellano pero con el castellano.
En cuanto a los temas, destaca la belleza que se ofrece a unos pocos (“La hija de Zeus”). Canta a los lujos de la vida, más bien a los lujos intelectuales, la poesía, el arte, el amor, la amistad, la belleza. La poesía es una certidumbre en este mundo: “Sobre los inicios del mundo  / perder la fe, y substituirla / por la verdad de la poesía, / hecha en marfil de unicornio” (La vida equivocada, pág. 26). Son muy frecuentes en su obra las referencias metapoéticas, donde va aclarando su concepción y vivencia de la poesía, que constituye una forma de ser y estar en el mundo: “A qué negar que seas un don / y a la vez una condena” (Idem, pág. 29). Hay algo de neorromántico en sus actitudes, el amor, la libertad, el arte, el ser humano  por encima del vulgo y del interés más práctico.
Presenta al poetariado (neologismo de Jesús Munárriz, creo) como miembros de un antiguo grupo, tribu, religión, que comparten una serie de ritos, deseos, saberes, según una concepción  romántica de la función del poeta, el vate oracular y mistérico. En Ritual de combatir desnudo recoge lo que ha aprendido, lo que ha descubierto relacionado con la vivencia de la poesía y la vida, como invocación  y apelación a un (que puede ser el mismo poeta o los otros), como nosotros o en tercera persona. Recuerda, entre otras cosas, los tratados para la educación de príncipes en ese cierto tono didáctico para minorías.
     En “Los pocos sabios que en el mundo han sido” (Salvar la vida con Álvarez, pág. 139) sigue aclarando su interpretación de la poesía, que es para Alfredo Rodríguez algo muy útil. Podríamos relacionar su creación con la idea del arte por el arte. No obstante, como vemos, el mundo artístico y la creación poética le son útiles desde un punto de vista más práctico, porque a través de ellos consigue una vivencia satisfactoria y plena. El arte por el arte no es tan puro  en este caso. Afirmó sin adornos ni disimulos en uno de sus poemas: “Hacer de mi Poesía / Esta noble forma de evadirme del mundo” (Idem,  pág. 139). –Según creo, con el paso del tiempo ha matizado  esta afirmación y ahora diría: la poesía es mi forma de estar en el mundo.
En “Coral vivo de fuego” lo afirma explícitamente: “como volver al mundo / Después de haberlo perdido”. También en “El recluso intelectual” defiende como elección posible una duplicidad de vida, casi  una doble vida: “someterse en lo exterior, así permanezca siempre  libre / tu fuero interno”. Desde su perspectiva, si se da la espalda al arte sucede algo comprobable: “En una sima del Tiempo  ha caído / la absoluta falta de sentido de la vida humana; / atrévete a plantar cara a ese vacío”. Y declara abiertamente: “Cultura o si no barbarie” (Idem, título del poema de la página 67). Salvar la vida con Álvarez es el título de su primer poemario publicado (homenaje a su maestro, el poeta José María  Álvarez). No hay que tomarlo en sentido metafórico,  sino literal. La poesía es para Alfredo Rodríguez el camino de la felicidad, encontrado tras haber creído que todo se perdió.


 Consuelo Allué
Nueva poesía en el viejo Reyno
ed. Hiperión, 2012

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