La pasión inestable y permanente de Julio Martínez Mesanza



     
     Hace unos años viajé con mi mujer a Madrid única y exclusivamente para conocer en persona al poeta Julio Martínez Mesanza, que pasaba por allí unos días de vacaciones. Quedamos en una cervecería cerca de Cibeles y allí tuve ocasión de conversar con él durante unas horas. Persona interesantísima y de trato muy agradable, le llevaba yo mis ejemplares de todos sus libros para que me los dedicara y firmara, como buen lector y admirador -compulsivo, que diría alguno- de su maravillosa obra poética, una de las más grandes que ha dado la Literatura española en las últimas décadas. Aquel luminoso mundo de su Poesía me subyugó al instante cuando lo descubrí en la estupenda antología de nuevos poetas que publicó Julia Barella en 1987 bajo el título, DESPUÉS DE LA MODERNIDAD - poesía española en sus lenguas literarias.
    Poeta de sólida formación clásica y capaz de elevar la emoción poética a sus cotas más elevadas en sus versos, Julio escribe además, desde 2006, un magnífico blog en internet, CUESTIONES NATURALES, del que también soy yo asiduo lector y seguidor (si alguien lo desea le puedo enviar en word por mail todo el blog completo dispuesto por orden cronólogico, a modo de diario. Es una joya, os lo prometo). Pero es que además y desde hace tan sólo unos días ha comenzado a la par la andadura de otro blog monográfico suyo, de título LAS FERIDAS SONAR, en el que promete lo mejor: seguir haciéndonos felices con su vida intelectual y erudita siempre en ebullición, su inclinación noble y generosa a la Artes y a las Letras.
   Os transcribo a continuación otra joya para degustar: un texto del propio Mesanza hablando de su obra y su vida de poeta, que se publicó para la serie de plaquettes de la fundación Juan March. Me lo descubrió hace un tiempo una amiga que conocí a través de este botín del mundo que tantas alegrías me está dando.


Alfredo Rodríguez y Julio Martínez Mesanza, Madrid 2008


***


     LA PASIÓN INESTABLE Y PERMANENTE


     Las pasiones tienen la mala fama de no ser duraderas, de que su energía, por mucha que sea, se agota en un abrir y cerrar de ojos. Así, por ejemplo, la pasión amorosa, que es la pasión por excelencia. Dicen que, luego, esa pasión es sustituida por las formas mucho más contenidas del cariño y del afecto o, sin más, por la inercia de los hábitos agradables. Yo tengo mis dudas al respecto. Creo que hay pasiones amorosas inextinguibles, pese a las desalentadoras conclusiones de la neurociencia, pasiones de todo tipo que jamás abandonan sus maneras exageradas, obsesivas e incluso violentas, y pasiones que rebrotan cuando uno menos se lo espera. Mi pasión por la poesía ha sido permanente. Empezó allá por mis catorce o quince años y todavía no me deja tranquilo. Si no fuera así, no habría escrito anteayer mismo un poema de esos que no se dejan escribir, con la voluntad de quien piensa que lo que está haciendo le justifica aunque sólo sea ante sí mismo. Si no fuera así, no me habría emocionado el otro día al recordar con mi viejo amigo José del Río Mons las anónimas endechas que lamentan la muerte de Guillén Peraza, ni habría sentido una exaltación idéntica a la que sentí hace bastantes años cuando me encontré con ellas por vez primera. Si no fuera así, en fin, les aseguro que hoy no estaría con ustedes hablando de poesía, porque fingir es una de las cosas más aburridas que existen.
     
     Pero también digo en el título de esta charla que esa pasión por la poesía ha sido y es inestable. ¿A qué me refiero? A que no siempre ha tenido la misma intensidad. Sin que desapareciera por completo, ha habido épocas, más o menos largas, en las que no he experimentado un placer excesivo al leer poesía y épocas en las que he escrito más bien poco, lo que en mi caso quiere decir prácticamente nada. Mirando hacia atrás, no veo qué razón se oculta detrás de estas pequeñas pero reiteradas deserciones. Seguramente, no hay ninguna o hay muchas. Creo, en cualquier caso, que el mío no debe ser un caso único. La de novelista puede ser una profesión. No así la de poeta. Y, al no tratarse de una profesión, pienso que algunos poetas tendemos en ciertos momentos a descuidar el propósito último de nuestra actividad, que es el de hacer poemas no libros. Pero aunque de hacer libros se tratara, nos encontramos con el hecho de que un libro de poesía se hace solo, mientras que una novela sólo puede concluirse después de un trabajo intenso y constante. Escribir muy de vez en cuando y no exaltarme demasiado al leer o releer poesía no me ha llevado nunca a dudar de la buena salud de mi pasión, porque, hasta ahora, siempre ha sabido recuperarse de esas horas bajas y, a veces, con una fuerza capaz de desconcertarme; sobre todo porque, alcanzada cierta edad, uno podría creerse libre de algunas conmociones que, equivocadamente sin duda, se asocian con la adolescencia.
     
     Por otra parte, esa pasión ha especializado tanto algunos de mis hábitos, que, incluso cuando permanece dormida, me hace mirar de una manera determinada las cosas. Me hace mirarlas como si, más adelante y de la forma que sea, algo de lo que está en ellas pudiera incorporarse a un poema futuro. Naturalmente, no hago esto con todas las cosas y no lo hago siempre, pero sí con la suficiente frecuencia como para advertir que la pasión sigue ahí y que me obliga a mantenerme alerta.
     
     Hasta el momento he reunido mi obra poética en tres libros. El primero, Europa, incluye poemas escritos entre 1979 y 1990. A lo largo de la década de los ochenta fui ampliando su contenido mediante sucesivas ediciones y a finales de los noventa añadí al conjunto una serie de fragmentos, de poemas que, por una razón u otra, no había llegado a terminar. El segundo de mis libros lleva por título Las trincheras y los poemas que en él figuran están escritos entre 1986 y 1996. El tercero, Entre el muro y el foso, aparecerá en breve e incluirá buena parte de lo que he escrito
desde entonces hasta ahora. Precisamente, observando estas
fechas, me doy cuenta de que cada uno de mis libros cierra un período de actividad de una década. A esta cifra no le atribuyo ningún significado existencial; lo único que indica es que mi frecuencia de escritura da para eso, para un libro cada diez años. En el caso de Europa y Las trincheras ya tenía decidido el título que iban a llevar los libros mucho antes de publicarlos, lo que no quiere decir que trabajase bajo el influjo del mito del libro unitario. Esto de la unidad de los libros de poesía, a la que se alude en tantas y tantas reseñas, constituye una de las mayores supersticiones de la crítica en el último medio siglo. A mí me parece necesario que el Orlando y la Araucana tengan unidad y me parece evidente que los Rerum vulgarium fragmenta de Petrarca la tienen y no es ocioso que la tengan. Pero, ¿por qué pedir unidad a cualquier libro de poesía que se publica? Lo único que tiene que tener un libro de poesía son buenos poemas, porque es en los poemas en los que se lee la poesía, no en todas esas construcciones artificiales a las que se obligan los poetas para lograr que sus libros sean unitarios. Pues bien, como decía, "Europa" y "Las trincheras" fueron títulos que se me impusieron desde muy temprano mientras escribía los poemas que acabarían formando parte de esos libros. Si hay algo que, a primera vista, caracteriza estas dos colecciones y la de próxima aparición es que todos sus versos son endecasílabos blancos. Mi relación con ellos venía de antes, pero a partir de finales de los años setenta se convirtió casi en exclusiva. A veces, hago poemas de arte menor con rima asonante, pero son para consumo privado. A estas alturas, no recuerdo cuál pudo ser la primera fuente para mí de esos endecasílabos blancos. Recuerdo, eso sí, haberlos leído temprano y con agrado en Boscán, en algunos poetas españoles del dieciocho y en Juan Eduardo Cirlot. Siempre que me dencontraba con un poema escrito en este metro, notaba que discurría con una flexibilidad muy apta para cualquier tipo de tema y de tono. Veía que la variada musicalidad del endecasílabo blanco y su ductilidad para el encabalgamiento hacen que sea mucho más rico en matices y posibilidades que el alejandrino e infinitamente más que el verso libre, cuya práctica abandoné por entonces de manera definitiva. Recuerdo también que la lectura que hice de Parini, Foscolo y Leopardi en esos años de finales de los setenta influyó bastante en la que, al cabo, se convirtió en una elección duradera. Las sugerencias narrativas de Il Giorno, los evocadores y enérgicos versos conclusivos del canto Dei sepolcri, que son una de las poéticas más estremecedoras que se hayan escrito, con ese Homero ciego que penetra tropezando en las tumbas de los héroes troyanos e interroga las urnas mientras las abraza, y las pocas líneas de L'infinito, en las que cabe un mundo y una vida, representaron para mí una lección tan provechosa como inolvidable.
     
      Vistos a la distancia de diez, quince o veinticinco años, algunos poemas de Europa y Las trincheras me parecen escritos por otra persona. A veces, esa sensación se extiende a toda mi obra poética. No porque deje de suscribir lo que digo en ella y cómo lo digo, sino porque el paso del tiempo nos vuelve extrañas muchas cosas. Los poemas que siento como más míos no son aquellos que releo ahora y me convencen más, sino aquellos de los que recuerdo claramente por qué, cuándo y cómo los hice. Esos poemas están ligados a sensaciones físicas que perduran en la memoria o tienen el poder de evocar un entorno y un tiempo determinados. Muchos otros me dan la impresión de ser casi
anónimos, de estar escritos por alguien que, según parece, soy yo, pero que podría ser cualquier otro.
     
     Les hablo de mi relación con la poesía, de elecciones métricas y formales, de influencias reconocidas, de procesos creativos. No hablaré, sin embargo, sobre el contenido de mis poemas ni teorizaré sobre qué es o deja de ser la poesía. Ambas tareas son lícitas y a ellas me he entregado en más de una ocasión, pero, en el primer caso, en el de los asuntos de mi obra, creo con el trascurrir de los años que es ocioso explicar lo que se explica por sí mismo, y, en el segundo, el de la teoría poética, estoy convencido de que lo que dijese hoy aquí lo modificaría mañana ante otro público y en otras circunstancias. No porque no tenga alguna idea más o menos firme al respecto, sino porque se trata de un tema tan poco asequible que sólo podemos abordarlo con aproximaciones, siempre diferentes y, me temo, siempre fracasadas. Prefiero, pues, hablarles por una parte de la superficie de mis poemas (si algo así existe), no de lo que haya querido decir o dejar de decir en ellos, y, por otra, de lo que conozco por experiencia directa, sin extraer ninguna conclusión teórica al respecto.
     
     Hay, por ejemplo, elecciones formales en mis poemas que son deliberadas y otras de las que me he ido haciendo consciente según pasaba el tiempo. Son, por decirlo de alguna manera, los rasgos de mi estilo (si también algo así existe). Algunos de esos rasgos tienen su origen, sin duda, en mis propias limitaciones; otros, en mi carácter; otros, en fin, en el espíritu de la época. En mis poemas, por ejemplo, no hay preguntas, no se abren ni se cierran interrogaciones, ni retóricas ni de ningún otro tipo. Desconozco lo que me llevó a prescindir de un expediente tan común, pero el caso es que, desde muy temprano, no se halla en mi poesía ningún rastro de él. Muchas preguntas retóricas les parecerán, como a mí, un poco falsas, pero eso no invalida el papel eficaz que muchas otras desempeñan dentro del poema. Lo que quiero decir con esto es que, inconsciente o no, se trata de una elección que no pretendo justificar desde ningún punto de vista. El siguiente ejemplo tampoco tiene justificación. Mis endecasílabo nunca terminan con una palabra aguda o esdrújula. No tengo nada contra ese tipo de palabras, porque, si lo tuviera y las evitara siempre, me sería imposible, como es lógico, escribir varias frases seguidas con cierto sentido. El caso es que las uso con total normalidad, pero las he abolido del final de mis versos. Podría argumentar que se ven poquísimo en esa posición en la poesía española de los siglos de oro, la que he leído con mayor frecuencia, y que, cuando riman formando parte de versos de arte mayor, suelen provocar cierto inconfundible soniquete; pero ni estamos en el siglo dieciséis ni yo utilizo la rima, luego se trataría de argumentos sin peso real alguno. En fin, la ausencia de preguntas en mis poemas y la de palabras agudas y esdrújulas al final de mis endecasílabos quizá responde solamente, en el mejor de los casos, a un hábito y, en el peor, a una manía.
     
     En mis poemas es imposible encontrar palabras de esas cuyo significado sólo conocen el poeta y dos o tres privilegiados que tuvieron la fortuna de leerlas antes y la fortuna mayor de tener la memoria de recordarlas luego. Tampoco hay en ellos arcaísmos, pese a lo que opina un ilustre hispanista norteamericano, ni palabras especializadas de los oficios, de la zoología, de la botánica, de la óptica o de cualquier campo del conocimiento. A veces, puedo llevar esta tendencia congénita hasta la exageración y, si me es posible decir "árbol", no digo "cedro" y, si tengo que decir "caballo", digo "caballo" y no saco a pasear alazanes, corceles ni cosas por el estilo. Seguramente, todo esto les resulte bastante empobrecedor. No niego que lo pueda ser. Y demasiado abstracto quizá; pero toda palabra de uso poco corriente, toda palabra fuera de lugar que busca algún efecto de los llamados poéticos, tiende a concentrar la mirada del lector sobre ella y hace que éste pierda de vista el conjunto, provocando catastróficos desequilibrios en la economía del poema. Ésta es una razón que se me ocurre ahora mismo, aunque bien pudiera ser que, como en los casos precedentes, la verdadera razón se esconda en los pliegues más recónditos de eso que llamamos carácter.
     
     Para terminar este breve repaso de rasgos estilísticos o, lo que es lo mismo, de algunos de los límites evidentes de mi forma de escribir poesía, les diré que apenas utilizo metáforas y mucho menos metáforas difíciles o imposibles de entender. Suelen aparecer aisladas y a menudo son tan poco metáforas que hasta resultan imperceptibles para mí. Los poetas tendemos a pensar equivocadamente que este tipo de elecciones y muchas más que resultaría largo enumerar aquí, unas exclusivamente propias y otras compartidas con poetas en los que reconocemos cierta afinidad, son las correctas y que los demás, todos los que han elegido otras, se hallan en un grave error. Esta extraña actitud, que niega valor a la infinita variedad y riqueza de las almas, da lugar a superficiales polémicas en las que se olvida que hay tantas formas de poesía como poetas y que el nivel de excelencia debe ser la única vara de medir y no las opciones poéticas de cada cual. Reconozco por mi parte haber participado en alguna de estas polémicas con una determinación y un entusiasmo dignos de mejores causas.

     La segunda parte de mi intervención la dedicaré a repasar mis lecturas poéticas preferidas. Puede ser útil para comunicarles de una manera práctica y directa, sin aparato teórico, algunas de las certidumbres que me he ido forjando a lo largo de mi experiencia literaria. No se esperen grandes sorpresas. Se trata de un itinerario en buena parte compartido con otros muchos. La Biblia, sobre todo Salmos y Profetas, ha sido para mí una lectura más que recurrente. Es difícil encontrar poesía más enérgica que la de Isaías y comprensión más honda de la esperanza humana que la del Salmista. Dentro de la poesía griega, he tenido predilección por los grandes trágicos. De Esquilo, me conmueve todo, hasta su epitafio, en el que, sin aludir a su gloria literaria, recuerda solamente que combatió en el bosque de Maratón, en otra de las más grandes ocasiones que vieron los siglos. No me salto a Homero. ¿Cómo podría hacerlo? Sólo que no se me ocurre ahora mismo añadir nada nuevo a todo lo que se ha dicho sobre él. Si acaso, les recomiendo leer, si todavía no lo han hecho, el ensayo que Simone Weil escribió en sus últimos y agonizantes años londinenses, La Ilíada o el poema de la fuerza. En sus páginas se encuentran en estado puro toda la belleza y el horror homéricos. Más allá de los límites de la épica, a la poesía de los griegos le cuesta abandonar el tema de la guerra. Y es que, desde la temprana adolescencia hasta la avanzada vejez, todos los ciudadanos se jugaban la vida cada verano combatiendo en las apretadas y claustrofóbicas filas de las falanges. Tirteo nos ha transmitido la visión más noble y entusiasta de ese cruel rito estival, siempre el mismo y siempre renovado, que está en la raíz de alguno de los valores cívicos más sólidos de Occidente. Arquíloco, sin embargo, nos ha dado la versión en negativo del mismo rito, con un sentido de la libertad y del individuo también genuinamente occidental. De ambos, de Tirteo y Arquíloco, pueden encontrar rastros y algún que otro préstamo en mi poesía.
     
     También pueden encontrar en mi poesía huellas y préstamos envidentes de Ennio, que no es con toda seguridad el poeta latino que prefiero, pero sí el que ha ejercido sobre mí una mayor fascinación. He tenido épocas más ovidianas, épocas horacianas y épocas, como la que trascurre ahora, decididamente virgilianas. Hay pasos de la Eneida a los que siempre vuelvo, casi con superstición, y la tumba de Virgilio en Mergellina, real o falsa, es la única tumba de poeta que he visitado en toda mi vida. La elegía latina constituye una de las fuentes más ricas para el conocimiento de la psicología humana y Propercio es uno de los más grandes poetas que han escrito sobre el amor. La elegía séptima de su cuarto libro, esa que comienza Sunt aliquid Manes, es un monumento de la literatura latina y de la literatura de todas las épocas, con esa inolvidable Cintia que regresa desde el Hades al sueño del poeta para reprocharle su ingratitud. Catulo, Propercio, Tibulo, Lucano y Juvenal, tan distintos entre sí, continúan enriqueciendo después de muchos años mi vida de lector. De todos ellos he recibido provechosas lecciones y a casi todos ellos les he rendido homenaje en mi poesía bajo la forma de la cita encubierta.
     
     Siguiendo con este repaso, sólo a veces cronológico, diré que, como muchos otros de mi generación, me adentré en la obra de los trovadores de la mano de Martín de Riquer. Es un mundo perfectamente circunscrito y, a la vez, inagotable. Bertran de Born, aparte de ser ese espeluznante fantasma de la Commedia, en la que aparece llevando su propia cabeza en la mano a guisa de farol, es uno de los poetas más políticamente incorrectos de todos los tiempos, incluido el suyo. Hablaba en sus versos de lo que le apetecía con una soberana impiedad que deja en nada el descaro de Villon, y lo que le apetecía, por encima de todo, era la guerra. No diré en cuál de mis poemas hay una cita casi textual de Arnaut Daniel, así contribuiré en mi modesta medida a aumentar el misterio de su obra, que nos invita a perdernos en la pura extrañeza. De un trovador muchísimo menos conocido, Gui de Cavaillon, leí hace unos años un poema en el que cuenta que, hallándose cercado su castillo por los franceses, él y su gente se pasan el día a caballo y que, luego de cenar como Dios manda, hacen guardia entre el muro y el foso (nos fam la gaita entre e'l mur e'l fossat). La viva impresión que produjo en mí esa solitaria guardia nocturna en el reducido e inseguro espacio que hay entre un muro y un foso terminó por convertirse en un poema que empieza, precisamente, con esas palabras, Entre el muro y el foso, que serán también el título de mi próximo libro.
     
     Tengo varias ediciones de todo tipo de la Commedia de Dante, pero la que utilizo más a menudo es una de bolsillo que me acompaña desde hace más de treinta años. Su estado de conservación es deplorable, pero a mí no me desagrada tal cosa, si acaso me anima a hojearla aún más, porque el aspecto tan desgastado de sus páginas puede expresar mucho mejor que yo el inmenso amor que siento por esta obra. He aludido ya en estas notas a otros poetas italianos, a Petrarca, a Ariosto, a Parini, a Foscolo y a Leopardi. No querría dejar fuera de ellas a Guido Cavalcanti, a Miguel Ángel, que, como poeta, me emociona menos que el escultor de la Pietà Rondanini pero más que el pintor del Juicio Final, a Tasso, deslumbrante y minucioso, entregado hasta la locura a la Verdad, en cuya indescifrable caligrafía se refleja una de las almas más ricas y complejas del dieciséis, y a tantos otros mayores o menores, desde Guido Guinizzelli a Pasolini, que han escrito en una lengua que es como otra patria para mí.
     
     Llegado al punto en que debo hablar de textos y poetas españoles, me asalta el temor de pasar por alto demasiadas de mis experiencias fundamentales como lector de poesía. Hablaré de unas pocas, consciente de que, en otra circunstancia, esta selección provisional podría cambiar, aunque nunca llegaría a ser completamente distinta. Si algo despierta en mí eso que llaman envidia sana, es la excelencia allá donde la veo y, sobre todo, la excelencia en aquellos aspectos de mi actividad para los que sé que no estoy dotado. Yo envidio la excelencia y la gracia de innumerables piezas del Cancionero Tradicional y del Romancero. Sería feliz si hubiera escrito simplemente Malferida iba la garza o si fueran míos los octosílabos del romance que empieza Por la matanza va el viejo / por la matanza adelante. El Cantar de Mio Cid, el Poema de Fernán González, todo Berceo, todo Ausiàs March, el Marqués de Santillana cuando escribe versos de arte menor, el Laberinto de Fortuna, Jorge Manrique, y no sólo por las Coplas: ésa sería mi más que previsible selección de textos y autores medievales. Puedo añadir a Francisco Imperial, a Rodríguez del Padrón y a varios poetas de los Cancioneros, pero me temo que ni aun así entraría en la esfera de la originalidad.
     
     Tres de los más grandes poetas españoles de todos los tiempos fueron soldados y murieron en combate: Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega y Francisco de Aldana, pero sólo en éste la guerra entra a formar parte esencial del discurso poético. En Manrique vemos alusiones a ella y metáforas y alegorías inspiradas en las defensas militares. En Garcilaso hay escasísimas referencias a este tema. En Aldana, sin embargo, se habla del combate en primera persona y con más sinceridad de la que emplearon sus contemporáneos para hablar del amor o de cualquier otro asunto. Esta sinceridad, su energía moral y la fuerza de su expresión poética lo convierten en un caso único. Se lamenta de la injusticia de la guerra y, a la vez, siente el profundo honor de ser soldado; tras tanto andar muriendo, su alma sólo quiere escapar a ese destino de sangre, trincheras y noches de alarma, y, cuando se cree a salvo, ese mismo destino lo conduce a una heroica y descabellada empresa que concluye con su muerte en Alcazarquivir el día de la pérdida del rey don Sebastián. Un caso parecido es el del poeta inglés Wilfred Owen, que murió en el campo de batalla una semana antes de firmarse el armisticio que puso fin a la Gran Guerra. Siempre le estaré agradecido a mi buen amigo Trevor J. Dadson por haberme regalado hace ya unos años The War Poems de Wilfred Owen y darme la oportunidad de leer a tan extraordinario poeta.
     
     Otros nombres de los siglos de oro españoles que no quiero dejar de citar aquí, seguro que los están esperando todos ustedes: Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Francisco de Figueroa, Fernando de Herrera, Lope de Vega, Luis de Góngora, Quevedo, Calderón. Sólo les haré algunas breves confidencias al respecto. De todos estos poetas, siento una especial predilección por Fray Luis y por Lope. El primero nos ofrece una lección literaria o moral en cada uno de sus poemas, que no se parecen tanto entre sí como los de sus coetáneos. Hagan la prueba, yo la he hecho, de leer cada día uno de sus poemas originales y de comentarlo con otra persona que, a su vez, se someta a la misma grata disciplina.
Estoy seguro de que, al cabo de un mes, si no se han convertido a la religión de Fray Luis, habrán disfrutado al menos, despacio y con calma, de un rato diario de espléndida poesía. Y de Lope, ¿qué decirles? Creo que es el único poeta con el que he llorado y me parece de fiar y verdadero hasta cuando exagera o miente. Les comentaré también para finalizar este apartado que en la adolescencia sufrí de fiebres gongorinas. Leía y releía con injustificado entusiasmo el Polifemo y las Soledades e incluso las cosas de los epígonos, como la Fábula de Faetón, de Villamediana. Con el tiempo, Góngora es para mí el autor de romances y letrillas inolvidables y, sobre todo, de Hermana Marica, un poema que vale por toda una literatura. De aquellas fiebres me curé; de las quevedianas, por el bien de mi salud espiritual, espero no curarme nunca.
     
     De Shakespeare, como de Homero, me es difícil ahora mismo decirles algo mínimamente interesante. Me reta en la misma medida en que me abruma, así que he ido tomando de él pequeñas aunque reiteradas dosis. Goethe, Hölderlin y Novalis, Coleridge, Shelley y Keats, vuelven siempre a mis manos, pero, por encima de ellos, William Wordsworth se ha ido convirtiendo poco a poco en mi autor de referencia para ese extraordinario período que empieza poco antes de la caída del Antiguo Régimen y concluye con la resaca de las campañas napoleónicas. Wordsworth salía a pasear de buena mañana y se alejaba varias millas de su casa. Después de atravesar páramos y bosques, regresaba a ella casi a la caída del sol. Así debía hacer sus poemas, memorizándolos poco a poco a lo largo de esas interminables caminatas. Petrarca también caminaba bastante, pero seguramente dedicaba muchas más horas que Wordsworth a permanecer en su estudio. A mí me resultan entrañables estos poetas que escriben paseando y sin ningún papel cerca: son la negación absoluta de ese simpático cuento que algunos han dado en llamar miedo a la página en blanco. No quiero dejar el diecinueve sin citar a Baudelaire y Rimbaud y la verdad es que no quiero adentrarme demasiado en el veinte, donde todo aparece ante mí con menos perspectiva y mucho más movedizo. Mis últimos clásicos de esta larga lista son Yeats, Rilke, Pound, Eliot, Lorca y Borges. De ellos, Rainer Maria Rilke es el que ocupa un lugar de privilegio en mi corazón. Gracias a mi amiga Crista, leí a los dieciocho años la traducción que Torrente Ballester hizo en 1946 de Las Elegías de Duino y de Requiem. En uno de éstos, el dedicado a la escultora Paula Becker, muerta de parto, Krankheit rima con Zeit, es decir, enfermedad con tiempo.
Los ecos de esta rima plena de significado añadido me han acompañado desde entonces y también desde entonces cada relectura de los grandes ciclos de Rilke, las Elegías y Los sonetos a Orfeo, ha supuesto para mí un feliz reencuentro con aquel que era a los dieciocho.

     
     En fin, la poesía, como autor y como lector, me ha dado innumerables satisfacciones; me ha hecho conocer personas maravillosas y lugares que de otra forma no habría visto nunca. Ha estado unida en muchos casos a esos momentos de exaltación de la amistad, que son impagables. Me ha acompañado en la melancólicas horas y en las horas más felices. Bien mirado, casi todo se lo debo a la poesía. Si pienso en cualquier cosa de las que he hecho o me han sucedido, allí está ella, como causa inmediata o como causa remota, pero siempre presente. Aunque tengo el íntimo convencimiento de que yo no he estado a la altura, de que no le he correspondido. Pero eso es materia para otro capítulo, el que trata sobre la infinita facilidad que tienen los hombres para desperdiciar lo que graciosamente se les otorga.


JULIO MARTÍNEZ MESANZA
15 de Julio de 2005
Fundación Juan March, 
Poética y Poesía
 Madrid 2005

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Elegías de Sandua


     Ricardo Molina fue uno de los exquisitos nombres que me recomendó mi querido maestro Antonio Colinas en una de mis emocionantes y fecundas visitas a su preciosa casa de Ibiza. Reconozco que no había oído hablar yo nunca de este poeta, ni siquiera sabía que fue uno de los miembros del famoso grupo Cántico cordobés, del que, reconozco también, poco o nada había leído por entonces. Luego, al llegar a Pamplona, como siempre puse en marcha la maquinaria de búsqueda y captura de libros -dioses, cómo me gusta buscar y encontrar viejos libros...-, y al poco tiempo la felicidad: recibí por correo su Obra poética completa en dos tomos. Una vieja edición de Antonio Ubago para la Diputación de Córdoba.
     Hace apenas unos días, entregado por las noches -y después de los biberones- a los apasionantes artículos de crítica literaria de Luis Antonio de Villena, se me recomendaba en ellos la lectura de una de las obras de Molina: ELEGIAS DE SANDUA. Así que la cosa ya no podía esperar más. Me dispuse a su lectura.
     Bien, amigos, ha sido maravilloso descubrirlas. Prendieron sus llamas en mi corazón. Su lectura nos ilustra, nos salva por el conocimiento revelado en ellas. Cansado uno ya de esta vida antipoética y gregaria que llevamos, las ELEGÍAS de Ricardo Molina expanden sobre nosotros un exquisito perfume, invulnerable a las flechas del tiempo, los incendios y el oleaje del mundo.
     Ricardo Molina, un poeta que no debe quedar perdido ni olvidado. De ningún modo.


Alfredo Rodríguez y Antonio Colinas, 
una mañana de Oro en Can Furnet, Ibiza, verano 2008


 ***



ELEGIA XXIX

A Vicente Aleixandre



Dios mío,
cómo me atreveré a invocar vuestro nombre
si esta tierra de paso me parece tan bella.

Cómo osaré tan sólo pensar en vos, Dios mío,
si el soplo misterioso y frágil de la vida
me colma con su música
y su hálito ardiente hincha mi alma lo mismo
que una flauta silvestre,
y estas flores marchitas de la aurora a la tarde
y estos vientos que expiran en los verdes ramajes
y el azul de los cielos
y la inmovilidad vegetal de los campos
son bellos para mí, completamente bellos.

Cómo voy, oh Señor, a suplicaros nada,
si cuanto mi alma desea es tan efímero
y distante de vos… Cómo voy, oh Dios mío,
a pediros la rosa, si es veneno florido
que penetra en mi alma, la adormece y la embriaga;
si los hombres que viven y cantan como ríos
y las mujeres profundas como el bosque
y las agrestes alimañas que cualquier ruido azora
y los animales que pastan en los prados herbosos
son bellos para mí, completamente bellos.

Cómo os voy a ofrecer, oh Dios mío, tampoco
mi amor, ay, este amor egoísta y celoso,
eternamente humano y, sin embargo, insatisfecho;
el amor que es en mí como la sombra ardiente
de las cosas del mundo, de los seres mortales;
este amor que, a pesar de saberlo culpable,
a pesar de sentirlo fugitivo y violento,
es bello para mí, completamente bello.

Es que yo aunque sea vuestro hijo y lo sepa
y en el fondo os prefiera a todas las criaturas
y os ame sobre todas las cosas de este mundo,
soy semejante al árbol cuyo espeso ramaje
glorifica el azul, pero cuyas raíces
se hunden en la tierra negra e inexorable,
y aunque en una centella última de deseo
todo mi ser aspire a ser al final vuestro,
ahora, solamente ahora, solamente
este instante, Señor, soy todo de la tierra.

Y ahora me doy cuenta, y esto es irremediable,
de que no soy un hombre de mi tiempo.
No, yo debí nacer en las islas de mármol
cuyas playas doradas baña el Mediterráneo,
en la sombrosa Lesbos o en la bárbara Zante,
en la asiática Chipre, en la dorada Hiblea
o tal vez en Atenas cuya jónica frente
coronaban las musas con oscuras violetas.

Por eso me transporta un rumor de navíos
y el vasto azul homérico se dilata en mis sueños
y mi alma ahora mismo es semejante
a una cala en penumbra palpitante de vírgenes
y las olas antiguas, rojizas como el vino,
me salpican los pies con su espuma inspirada
y el fasto misterioso de Asia se despliega
en velos y perfumes ante mis ojos claros
y mis labios aspiran en un soplo salino
la ventura de ir errante por las islas…

Ah, yo debí nacer en aquel tiempo bello
de flautas pastoriles y prados de asfódelos,
entonces, como Tirsis, invocaría las musas
al escuchar el viento sonar entre los pinos,
o bien, como Menalcas, deslizaría mi alma
por las grutas sombrías como un agua de ensueño,
o acaso, como Títiro, desde un frondoso hayedo
haría resonar las selvas con el nombre
de la bella Amarilis, tan cruel como bella.

Y tendido en la hierba cerca de alguna fuente
te esperaría, oh bello amor de los idilios,
dilatando la hora pánica de la siesta
con la flauta monótona y tierna como el campo.

Y los aguzanieves cantarían en los álamos,
y en la profundidad del bosque silencioso
un ruiseñor oculto estallaría de pronto
como una rosa desesperada, y mi rebaño
mordería en los setos las bayas y las moras,
y yo haría mi canto sólo con ir nombrando
las flores y las plantas de aquel lugar silvestre:
la violeta, el Jacinto, el poleo florido,
el digital, la anémona, el verde culantrillo,
la prímula, el veleño, la dedalera, el trébol,
la valeriana, el tirso, el áspero ojiacanto,
la juncia, la verbena, el cítiso y la menta…

Luego le trenzaría una bella corona
a mi Amarilis tan bella como desdeñosa,
y al moverse un instante las espinosas zarzas
creería que un dios emboscado en la fronda
espiaba con ojos maliciosos mi alma.

Y la tarde sería una espera dichosa
de la noche divina que acerca los amantes
y los une en un lecho de hojas secas y musgo
y, entonces, yo diría: ¡Oh noche de la Arcadia,
desciende sobre el valle y tráeme a mi amada;
oh, noche silenciosa, desciende ya, no tardes
y tráeme a Amarilis de ojos primaverales!

Los sapos tañerían su flauta cristalina;
los pálidos cantores del bosque quejumbroso
pulsarían sus liras de mágica tristeza;
una nube de música velaría un momento
el rostro delicado de la luna creciente
y en el recogimiento de las colinas grises
y en el silencio oscuro de los prados bucólicos
se escucharía tan sólo
de un Cíclope nocturno el lejano sollozo.





RICARDO MOLINA
ELEGÍAS DE SANDUA (1948)
OBRA POÉTICA COMPLETA, vol 1
Excma. Diputación Provincial de Córdoba
Antonio Ubago, editor
Granada, 1982


Ricardo Molina, poeta (Córdoba, 1917-1968)

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el eterno femenino



...si Dios resplandece a través de las Cleopatras de la Isla Elefantina, si Dios resplandece a través de las Vestales de Egipto y de Persia y de Grecia y de Roma y de Siracusa, también resplandece gloriosamente a través de las mujeres de cada tiempo y de cada época, y a través de la madre que arrulla al hijo en sus brazos... 

El Principio Femenino Universal resplandece en cada piedra, en el lecho cantarín de cada arroyuelo, en la montaña deliciosa llena de árboles, en toda la Naturaleza... Resplandece el principio femenino en toda obra: en el ave que vuela taciturna, que regresa a su nido para arrullar a sus hijos; en el pez que se desliza entre las profundidades del borrascoso Ponto, entre las fieras más terribles de la Naturaleza. El Principio Femenino Universal, el Eterno Femenino, brilla entre los luceros más lejanos que anidan en el corazón de toda mujer que ha resplandecido...

Osiris, desdoblado, convertido en mujer, anida con su amor en el corazón del sistema solar. El Eterno Femenino es el asiento de donde surge toda vida en el amanecer de la Aurora del Mahamvantara. El Logos hace fecunda la materia caótica, hace que resplandezca el vientre de la Virgen-Madre, del Eterno Femenino, para que surja de entre el caos, reluciente, el universo...

Las columnas "J" y "B" de todo templo, están presentes en el templo corazón. Las columnas masculina y femenina no están demasiado cerca, ni demasiado lejos; hay un espacio entre ambas para que la luz pueda penetrar en medio de ellas. El Eterno Femenino resplandece no solamente en eso que no tiene nombre, no solamente en el Espíritu Universal de Vida, no solamente en las estrellas -que se atraen y repelen de acuerdo con la Ley de las Polaridades-, el Eterno Femenino resplandece también dentro del átomo, dentro de los iones, dentro de los electrones, dentro de los protones, en las partículas más infinitesimales de todo eso que vibra y palpita en la creación. El Eterno Femenino es el rayo que despierta las conciencias adormecidas de los hombres.


En las tierras del Oriente jamás se levantan monumentos a los héroes, a los varones, sino a las mujeres que saben amar. Se le rinde culto al Eterno Femenino con los diversos nombres orientales: ella es la Shakti Hindú, ella es la Kundalini divinal, ella es, precisamente, el Verbo en su aspecto femenino universal. Las sacerdotisas del Japón, las mujeres del amor..., allí jamás lo profanan, lo consideran como algo demasiado sagrado. En el mundo de la antigua Grecia, las Vestales eran siempre respetadas por todos los varones, porque verdaderamente ellas, en sí mismas, eran la sacerdotisas del amor.

...es la adorable Isis, la casta Diana, es también el Gran Alaya del Universo...
...es la matriz de toda esta creación; en realidad de verdad no hubieran surgido jamás los mundos de entre el caos, de entre el Gran Alaya, si previamente el Eterno Femenino no hubiera existido. Dios-Madre, la matriz universal, resplandece entre el caos profundamente.
...es el poder más grandioso de este Universo. 
...es el Alma del Universo, como decía Platón, el Anima Mundi crucificada en el planeta Tierra. El Sol de la Medianoche vive enamorado de la mujer. El Sol de la Medianoche, el Logos, ama a la mujer. Ella es Urania-Venus, la que tiene el libro de la sapiencia en sus manos. Ella es, precisamente, la Vestal que está entre las dos columnas en el templo egipcio. Ella es la esposa del Tercer Logos. El Yoni femenino representado por el Santo Grial, por el Vaso de Hermes y de Salomón. Es en este cáliz delicioso en el cual bebió el Cristo, en la última cena... 
Se dice que aquella reliquia resplandeció sobre la mesa sacra. En esa reliquia bebió el vino de la sabiduría. El Eterno Femenino resplandece también dentro del Sanctum Sanctorum, resplandece en todo lo creado, resplandece en todo lo que es, ha sido y será. Paz Inverencial.
 
SAMAEL AUN WEOR
gnosticum philosoforum


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Dalt Vila argótica

     
     Cuando hacemos un recorrido por la laberíntica Dalt Vila, afortunadamente todavía son reconocibles un buen número de elementos góticos: la preciosa puerta de la antigua Curia, en su día un ventanal; la catedral, que comenzó siendo gótica; restos de lo que fue el edificio de la Universitat, hoy Museo Arqueológico; la bellísima ventana del Museo Puget, anteriormente conocido por Can Llaudís o Can Comasema… y otros muchos.
     
     Según el misterioso escritor Fulcanelli, de la primera mitad del siglo XX, es un error pensar que el término gótico procede del pueblo germánico godos, o de goes, mago en griego; a lo que hace referencia realmente es a art goth, argot, a la interpretación cabalística de un lenguaje secreto, un argot de aquellos que las diseñaron y las levantaron. «Los argotiers, o sea, los que utilizan este lenguaje, son descendientes herméticos de los argo-nautas, los cuales mandaban la nave Argos y hablaban la lengua argótica mientras bogaban (…) en busca del famoso Vellocino de Oro».
     
     En un interesantísimo despliegue de originalidad, el conocimiento sale de los monasterios para mostrarse en piedra. Todo allí reflejado, la ciencia, la belleza del arte y hasta lo simbólico, lo iniciático, lo expuesto al ojo de todos pero que sólo unos pocos privilegiados saben interpretar. Entre gárgolas amenazantes, vistosas vidrieras y altísimas agujas, algunos observadores han querido ver todo un tratado de alquimia. ¿Se han fijado que la estructura de la planta en cruz, con el añadido del ábside, es igual a la forma del angh, la milenaria cruz egipcia que representa lo que no tiene comienzo ni fin? El majestuoso edificio es como el horno, el atanor, después de haber entrado se sale transformado, más espiritual. La Piedra Filosofal, la que permite cambiar metales de poco valor en oro, es el símbolo de lo que hay de divino en el hombre, de lo que no perece tras su muerte.
     
     Víctor Hugo dijo de Nôtre-Dame de París que era «el compendio más cabal de la ciencia hermética, de la cual la iglesia de Saint Jacques de la Boucherie era un jeroglífico completo». En el siglo XIV y hasta el XVI los iniciados se citaban en una de sus tres puertas en el día de Saturno todas las semanas, para contrastar el ritmo de sus investigaciones.
Detrás de los restos góticos de Dalt Vila también se intuye a maravillosos ingenuos intentando reproducir la leyes del Génesis en un húmedo y mal ventilado laboratorio.
 
Asunción Ballester
Diario de Ibiza
13 de septiembre de 2010 


Alfredo Rodríguez, Dalt Vila, Eivissa, verano 2007

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Enganchado a Luis Antonio de Villena




     Me he enganchado a Villena. Sí, a Luis Antonio de Villena. Y no me refiero a su poesía, a la que hace tiempo que no regreso, aunque en su día me fascinó, ya lo creo (me recuerdo ahora comprando emocionado hace años en González Palencia o Diego Marín, de Murcia, LA BELLEZA IMPURA, aconsejado por Soren Peñalver, poeta local al que allí mismo, en esa magnífica librería, acababa de conocer), sino a su prosa, a su críticas literarias. 

     Las he encontrado todas en su web. Maravillosa web la de Villena, sí señor.  Rebosa un esplendor cultural único. Es además una web viva, en constante movimiento, quiero decir. Una especie de blog que se va renovando cada pocos días con nuevos artículos y noticias literarias. Cuando sea mayor y poeta famoso -ejem...- yo también quiero tener una web como esa. 
     
     Así que me he armado de paciencia, como acostumbro cuando algo me gusta mucho, me atrapa, cuando algo me interesa de verdad, y me he ido recopilando poco a poco y en orden cronológico para leerlos a modo de diario -me encanta hacerlo así, ya lo sabéis- todos los artículos literarios que Luis Antonio de Villena ha ido publicando desde 2003 en diversos medios escritos, periódicos de tirada nacional y revistas literarias, y que aparecen en su web en orden inverso al cronológico -algo que nunca comprendo por qué- como en los blogs literarios.
     
     Maquetar, imprimir, encuadernar. Ha sido un trabajo duro y caro, pero ha merecido la pena, sin duda. Lo de siempre: si alguien está interesado en que se lo envíe por mail con mucho gusto se lo hago llegar.

     Ahora estoy disfrutando de lo lindo -en los ratillos que Óliver me deja- con este nuevo libro de Villena que yo mismo me he construido. Alimentándome con toda esa sabiduría destilada, la cultura que atesora este hombre. Alta cultura. El aprendizaje de las artes heroicas junto a un sabio maestro. Platino iridiado, como él mismo diría, hermoso basalto puro. Os dejo ahí un esbozo para  ir abriendo boca:

***


 ¿Tendrá lectores Montaigne?

     
     El informe PISA acaba de sacarnos, otra vez, como uno de los países más incultos de Europa y con más bajo índice de lectores, especialmente entre jóvenes. Dejen los políticos de cualquier lado de decir qué “sabio”, “maduro” y “prudente” es el pueblo español. Si es en la vida cotidiana, pase. Si se refiere a lo intelectual, chitón. Salva la élite de siempre (que probablemente encoge) el pueblo español -qué pena decirlo- es ignaro y obtuso, desde los ricos, con más culpa, hasta los pobres. Ignaro y obtuso. El número 37 o 38 del mundo…

     Por eso me pregunto si tendrá lectores Michel de Montaigne (”el señor de la Montaña” como lo llama Quevedo quien sí lo leyó) aunque igual podría preguntarme quién lee a Cervantes o a Baroja que siempre gozó del favor de los lectores, atravesando modos y modas. Es el caso que aunque muchas veces traducido al español aquí y en Hispanoamérica, la edición en un solo pero manejable tomo que acaba de sacar de “Los ensayos” Acantilado, con prólogo de Antoine Compagnon y traducción de J. Bayod Brau, es una apetecible ocasión de leer a uno de los padres del pensamiento liberal europeo. Usan la edición póstuma de 1595, en la que Marie de Gournay, además de cuidar el texto anterior pudo incorporar las muchas adiciones manuscritas que Montaigne había hecho en los márgenes de las ediciones primeras. ¡Qué festín azoriniano! Textos (con el rico tono digresivo que caracteriza al ensayo) sobre  “El dormir”, “La virtud”. “El arte de la discusión”, “La vanidad” y tantas otras joyitas… Pero sin recurrir a casos más explícitos como “Defensa de Séneca y de Plutarco”, dos de sus maestros, Montaigne todo está tan abarrotado de cultura clásica, que ello se vuelve una dificultad (y no chica) añadida para el romo y casi nunca humanista lector de hoy. Por ejemplo: “El arte de la discusión” cita a Platón en la tercera línea, y en la novena (y es un rico ensayo de al menos 20 páginas) ya está reforzando su decir con tres versos de Horacio. Plutarco aparecerá, como es de precepto, enseguida…

     ¿Cuánta gente sabe hoy no ya quiénes fueron sino qué significaron nombres tan altamente elementales como Platón, Horacio o Plutarco? ¿Y para qué sirve eso?, exclamarán los aguerridos e hinchados gañanes de turno… Esta casi imposibilidad de leer hoy a Montaigne (aunque una editorial lo brinde idealmente para todos) es el resultado de una pésima política educativa que padecemos hace más de 20 años y con raíces profundas y viejas. Digámoslo a las claras, la cultura en general, los idiomas y las humanidades son, ahora mismo, la gran asignatura pendiente de la democracia española, cojitranca por ello, con las debidas excepciones. Un pueblo inculto no sabe pensar (puesto que se piensa con el lenguaje) y un pueblo que no sabe pensar ni es verdaderamente libre, ni por tanto tiene acceso real -aunque lo parezca- a las virtudes de la democracia que son virtudes de libertad, opuestas en todo al estúpido y castizo: ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Un dicho de gañanes, por qué no usar el nombre… ¡Pobre Quevedo que instó a Baltasar de Zúñiga a traducir a Montaigne hacia 1634! Somos uno de los pueblos más incultos de Europa. Y eso que no he mencionado, en nuestro autor, las citas en griego. ¿Pero qué es eso?, berrean.

Luis Antonio de Villena

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la Obra total de Antonio Colinas

      
     Repaso ahora antiguos mails, correos que me llegaron antes y durante la pasada navidad -ajetreados días "luchando" a todas horas con Óliver- y recuerdo uno muy especial de mi maestro Antonio Colinas. Me contaba que acababa de llegar hacía poco de México, de la feria del Libro de Guadalajara, donde había tenido una acogida fabulosa entre sus lectores aztecas. Me adjuntaba además información sobre su nuevo libro que verá la luz en breve -el mes que viene- en la prestigiosa editorial Siruela. Se trata de su Obra poética completa, tesoro extraordinario para los que le seguimos de cerca desde hace años, la Obra total para los que vivimos todavía en la historia y en el mito de la Poesía.


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Ediciones Siruela publica la poesía completa de una de las voces más personales y valiosas de la poesía española actual.

Novedades enero-marzo 2011
Ediciones Siruela
22 febrero poesía 
ANTONIO COLINAS / OBRA POÉTICA COMPLETA (1967-2010)
Libros del Tiempo n.º 303 968 pp. 
 
    Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), poeta, narrador, ensayista y traductor, es autor de una amplia obra escrita en varios géneros literarios, del que no es el menor el de la poesía, que nutre siempre el conjunto de su escritura. Además de libros de poemas, es autor de dos novelas, de cuatro libros de relatos, de estudios biográficos sobre Giacomo Leopardi, Vicente Aleixandre o Rafael Alberti, de tres libros de aforismos, entre los que destaca Tres tratados de armonía, y de varios de pensamiento, especialmente centrados en temas de poética o relacionados con las distintas artes. Entre otros, ha recibido el Premio Nacional de la Crítica (1975), el Premio Nacional de Literatura (1982) y el Premio de las Letras de Castilla y León (1999).

     «Antonio Colinas, joven maestro. El itinerario reiterado del poeta consigue la meditación lírica a lo María Zambrano, el esencialismo de un Juan Ramón Jiménez menos exaltado y,por supuesto, un parentesco con sus propios versos, cada vez más recogidos en lo íntimo.  Hoy Colinas es nuestro poeta esencial, o de lo esencial: una dirección poética que se había perdido.» (Francisco Umbral)

     «Antonio Colinas es una de las personalidades más destacadas de la juventud literaria española, figura ya en la primera línea de los poetas jóvenes y para mí es uno de los de obra más brillante y cumplida. Le considero como uno de los valores más personales y sólidos de la nueva literatura española. Creo en su brillante realidad y porvenir.» (Vicente Aleixandre)
     
     En 1990, María Zambrano escribió sobre la poesía de Antonio Colinas que ésta «no se perdería» porque era el resultado de haberse elaborado «paso a paso»; es decir, se debía a un proceso creativo en el tiempo y profundamente unido a la experiencia de vivir. En estevolumen el lector encontrará la obra poética total de este autor, que se abrió en los años sesenta con libros como Preludios a una noche total, que se expandiría con uno de lospoemarios más emblemáticos de la poesía española última, Sepulcro en Tarquinia, y quemadurará en otros como Noche más allá de la noche, Jardín de Orfeo, Libro de la mansedumbre, Tiempo y abismo o Desiertos de la luz. Este volumen recoge dieciséis libros, algunos rescatados o ampliados ahora, como La viña salvaje, o El laberinto invisible, que incluye sus últimos poemas inéditos. Esta visión de conjunto y cambiante supondrá para el lector una experiencia útil e iluminadora. 
 
Salvemos la casa de Aleixandre, Enero 2003

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Antonio Colinas conmueve con sus poemas, marcados por la experiencia de vivir

 4/12/2010   

Guadalajara (México)
     
     Resumir casi cincuenta años de poesía no es fácil, pero el poeta español Antonio Colinas logró hoy emocionar a un nutrido grupo de lectores a los que leyó una selección de sus poemas, "muy unidos a la experiencia de vivir" y que, "frente al malditismo airado", buscan sanar. "La poesía es palabra que sana y salva", dijo Antonio Colinas, de 64 años, en una de las veladas poéticas que se organizan en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y que representan un verdadero remanso de paz en medio de la multitud que hoy ha acudido a la FIL, la víspera de su cierre. 
     Colinas, uno de los poetas españoles más premiados y cuya obra se caracteriza por su capacidad para fundir tradiciones literarias, culturales y filosóficas, fue presentado por la escritora y periodista mexicana Karla Sandomingo. Sandomingo (Guadalajara, 1970) aludió a "la contemplación, a las imágenes poéticas que reflejan instantes visuales como ráfagas", como una de las constantes de la poesía del autor de "Sepulcro en Tarquinia" (Premio Nacional de la Crítica 1975). Como reveló esta poeta, Antonio Colinas se considera "un extraterrestre", porque "en estos tiempos que corren", dados a la frivolidad, dedicarse a la poesía no es lo habitual. Y aunque sea un extraterrestre, el escritor quiere que sus versos "no se deslinden del lector, que no sean inaccesibles". "La obra de Colinas tiene como punto de partida la vida cotidiana, desde la cual observa el mundo", afirmó Sandomingo, antes de que el autor de "Los silencios de fuego" hablara de las tres grandes etapas que hay en su poesía, la primera de ellas "más apegada a la emoción, a la cultura" y cuya obra central sería "Sepulcro en Tarquinia". Ese libro es, en opinión de muchos lectores, el mejor de Colinas, pero el escritor prefiere "Noche más allá de la noche", perteneciente a una etapa "más meditativa". Con la madurez, el escritor alumbró versos "más humanistas" y en los que aparecen "los temas de nuestro tiempo, como el amor, la naturaleza, la muerte, el más allá y lo sagrado", sin que esto último tenga que ver, aclaró, "con lo clerical ni lo religioso".
     Este escritor, que dentro de pocos meses publicará su obra poética completa en la editorial Siruela, fue leyendo poemas de todas esas épocas y, entre uno y otro, iba diciendo que su poesía está "muy unida a la experiencia de ser", y que, aunque sus raíces estén en León, al noroeste de España, su obra "es un diálogo con otros lugares, con otras culturas, sobre todo con el Mediterráneo". De símbolos del Mediterráneo está cuajado el poema "Fe de vida": "Esperar junto a este mar (en el que nacieron las ideas)/ sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas.)/ Ser sólo la brisa en la copa del pino grande/, el aroma del azahar, la noche de las orquídeas/ en las calas olvidadas", dicen sus primeros versos. Colinas reside actualmente en Salamanca (oeste de España), pero antes vivió en Italia, en Córdoba (sur de España) y en la isla de Ibiza (en el archipiélago de las Baleares), y a la que fue a pasar un año y se quedó veintiuno. Como todo ser humano, Colinas ha pasado por momentos duros en la vida y hacia los 40 vivió algunos de ellos. A esa edad "todo se convulsiona y hay descreimiento, desengaño. Esos momentos el poeta los supera con la escritura", confesó este hombre que ha ganado premios como el de Castilla y León de las Letras y el Internacional Carlo Betocchi por su labor de puente cultural entre Italia y España.
     En su poesía "está la vida, pero no es poesía de la experiencia". "La palabra poética tiene que ser nueva, tiene que metamorfosearse", y no ser una mera "fotografía de la realidad". La poesía "debe tener un voltaje y debe emocionar", concluyó el escritor. 

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Antonio Colinas, una voz sin fronteras y el rock star del momento 

 

 5/12/2010


Guadalajara, Jalisco

     La tarde del viernes, Antonio Colinas se convirtió por un momento en una suerte de estrella de rock; al salir del Salón 1 —donde fungió como moderador de un diálogo que reunió a los poetas Antonio Gamoneda y Juan Gelman—, fue abordado por un grupo de jóvenes que le solicitaron que les firmara el libro que compraron al ingreso de la sala y, por si no hubiera sido suficiente, se acomodaron todos en torno a él para la foto del recuerdo. Colinas esperó que a la cámara hiciera cuatro veces “click” y después fue recuperando el espacio para transitar tranquilo. Todavía no se publica su Obra poética completa, editada por Siruela, y ya han comenzado a acecharlo; aunque quizá la razón de ello sean los innumerables libros que ha publicado en diversos géneros literarios, lo que lo convierte en uno de los autores más importantes de la comitiva de Castilla y León que llegó a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
     “No hemos llegado a tiempo de publicar el libro, aparece en febrero. Son 16 libros, casi 50 años de poesía. Yo también soy mayor, en el sentido que decía Gelman, aunque me trataran de joven. Y, bueno, será un poco el resumen de mi vida, en el sentido de que poesía para mí y vida, siempre van unidos”, advierte el autor.

     Antonio Colinas le ha apostado a ser un escritor del mundo, a no quedarse en un solo lugar y mirar más allá, aunque ello no significa que deje atrás sus orígenes. “Tengo mis raíces en León, en mi tierra, pero siempre me he esforzado por proyectar estas raíces; un poco por mis vivencias, he estado muchos años en el Mediterráneo en Italia en una isla, pero también por mi confección de la poesía, que creo que debe tener ese sentido de universalidad, en el sentido de que el ser humano no habita una aldea, sino un planeta, lo cual no quiere decir que esté a favor de una mala utilización de la globalización. Quiere decir que hay ese universalismo fértil”. Es por ello quizá que a Antonio Colinas no se le puede insertar en una generación literaria, pues al final decidió seguir un curso independiente. “Una generación tiene un interés didáctico: puede servir para iluminar en la enseñanza, para formar a los jóvenes, pero también hay un uso interesado de las generaciones literarias, como de las antologías, y yo creo que a la larga lo que queda son los poetas independientes, a la larga cada poeta tiene su voz; llega un momento en que el poeta tiene que ser fiel a su propia voz: dejar de escuchar los cantos de sirena, aguantar las críticas, saber que va contracorriente de su tiempo, y seguir escuchando su propia voz, que ahí es de donde nace su palabra”, dice.

En 50 años cambian muchas cosas, ¿cómo ha mutado su voz poética?
 
—Mi voz creo que asomó desde el principio. Era una voz emocionada, lírica; aparecieron también los grandes temas de mi poesía: el amor, la naturaleza. Pero luego, claro, fui evolucionando, me puse a tono con los poetas de mi generación; hice una poesía en la etapa en que viví en Italia más apegada a la cultura, a la cultura siempre como expresión de lo vivo. Y luego, a medida que avanzamos en años, el poeta va de la emoción a la meditación; la poesía se va volviendo más meditativa, hay más pensamiento en nuestra poesía, de tal manera que eso sería una segunda etapa; y en una tercera, que podríamos considerar de carácter más humanista, aparecen los temas de nuestro tiempo, las guerras, el terror, la unión de las dos Alemanias, la caída del Muro, pero estos temas siempre filtrados a través de mi voz, que busca siempre la universalidad.

¿Hay poesías que se quedan solamente en sus territorios, que no alcanzan a superar las barreras?
 
—En sentido positivo y negativo sucede esto. Es decir, a veces la poesía muy localista se queda en un costumbrismo, tiene un sentido popular o antropológico, pero normalmente el poeta trabaja con los grandes temas y los grandes temas son universales: el amor, la naturaleza, el tiempo, la muerte, el más allá, lo sagrado —una presencia, toda la realidad, como digo yo, es sagrada, si el ser humano la mira con ojos de piedad—. Entonces, estos grandes temas son universales, por eso en este tipo de eventos internacionales todos vibramos con la poesía.
 
Frase: "No hay una sola poética, sino tantas poéticas como poetas auténticos"

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Antonio Colinas y Caterina Valdés durante los Premios Príncipe de Asturias,  
Hotel Reconquista, Oviedo, Octubre 2010

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