El oro más antiguo de la humanidad






EL ORO MÁS ANTIGUO DE LA HUMANIDAD

«Oh, deja que mis libros sean mi elocuencia
y augures mudos del corazón, te hablen»
-william shakespeare-

A mi muy querido maestro y amigo José María Álvarez, 
porque su museo de cera no se termine nunca
y siga siempre iluminando mi camino.


Todo lo aprendí de aquel que vio hombres
más allá del desierto del Neguev, hombres que no sólo
despreciaban la muerte sino que la festejaban
y cuya manera de jurar era
tocar la tierra mirando al sol.
         De alguien cuya amistad
solícitamente cuidé, quien soñó que volaba
sobre las nubes y daba la mano
al mismísimo Júpiter, todo me fue dado.
Junto a quien diseñó una ciudad
marcando en el suelo sus trazos con harina
me eduqué, si aun no siempre fueran dignos de elogio
los medios de que se sirviera.
         De la suntuosidad y regalo en que vivió
todo lo deseé, permitiéndome el solaz de comprender
hasta la posición de los astros en el espacio.
O poniendo agitación y fuego en ensalzar
a aquel cuyo epitafio leí en Santa Croce de Florencia,
tanto nomini nullum par elogium.
                  De aquél que desterrado por amar apasionadamente, cuando comenzó la boga de sus versos
fue pródigo y fue odiado y adorado a la vez
todo lo aprendí.


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