Un hombre abandonó el mundo





UN HOMBRE ABANDONÓ EL MUNDO




Madre que nace y muere cada día,
misteriosa de la mañana,
invicta Madre,
              desnuda cubierta con velos,
fuego de mi verdad y de mi luz;
 

sabes que tu vigía y guerrero soy
por el veneno de la poesía,
que fácil desciendo por valles bajos
hasta el país de Sumer
incólume de ti,
que he de trabajar con el corazón,
como un antiguo escriba
relatos e himnos te redactaría;
 

pero tengo que aceptar a Fortuna
dondequiera se encuentre,
navegar por estrechos,
asentar allí lejanas fronteras
—la estirpe de Alejandro, del divino Dioniso—,
con viejas manos alzadas de orante
sepultar
        tus más preciadas reliquias:
hachas de combate y hojas de palma;
 

sabia Madre,
acógeme gustosa, merezco tu alabanza,
edúcame contigo
en el espíritu de los Antiguos,
que Amor se preste fácil
para deslizarme hacia tus tinieblas;
 

hazme pecar de nuevo,
participar del placer de los cuerpos,
y déjame solo en la madrugada
abandonar el mundo,
retirarme desnudo hacia los barcos

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