La solución que llamamos hombre






LA SOLUCIÓN QUE LLAMAMOS HOMBRE

(a mon seul désir)

A mis maestros, 
Tomaso Albinoni, Marin Marais, 
Biagio Marini y John Dowland, 
su Música es un nuevo modo de comprender 
la vida y el arte.


Antes de que existieran cronistas, estelas se erigiesen  
o fayenzas se modelaran, él vivía como hechizado,
admirarse y sorprenderse de todo daría
un gran peso a su causa —concebida sólo para agradar—,
solicitando amores como si no hubiere muerte,
transportado con arrobo a los placeres del cuerpo,
danzó exultante aquel que conocía
los secretos de su obtención.
   Hablaba de sí mismo sin falsa modestia,
y qué si parecía persona de dudosas prendas,
claridad de espíritu para comprender
no le faltaba, y sentía el poder del Arte
pues sólo en su valor se sostenía
la base de su creencia.
                       Los sentidos atados,
agudísimos y delicados, en un estado
de sumisión absoluta, de infatigable curiosidad;
toda una vida estaría bien empleada a su único deseo,
sentencia de doliente ironía,
que en proporcionarle trabajos o provechos
no hubiese caído jamás.
Y si en aquel menester hubiera sido posible
poseer el secreto de la vida —pues a tanto llegaba
su energía— cómo no gozar así de este Azar cortesano
para contradecir los dictados del mundo.









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