La mar gruesa del pasado

 
 
 
LA MAR GRUESA DEL PASADO


Cómo podrías vivir, hombre perdido,
febril de entusiasmo, empleando falaces excusas,
cuando sólo horrible vesania conocieras a tu alrededor,
cuando atónito asistieses
                         a la caída del mundo
—ni los extremos del orbe ya te acogieran—,
que sintieras seguro ansias de prenderle
fuego a la vida, al zumbido absurdo que es tu vida,
sin concesión alguna a las conveniencias.
 

Olvida a aquellos que midieron el Tiempo
y situaron los acontecimientos; no se podía derramar
su sangre pues horrendos males ello significaba,
quizá que entonces ya vieras claro tu designio,
huella indeleble, oropeles que magnificaron su victoria.
 

Ya no tenemos nada, amigo, nada excepto el pasado;
no tenemos presente ni futuro, sólo la mar gruesa
del pasado, que sucumbe ante lo imprevisto.
                         Pero hay un momento flagrante
de Luz en la noche
que te salva, hombre perdido,
un momento en que el poema llega
hasta este hombre a quien el fiero deseo de poseerlo
le acomete; su sonido lo trae
la voz que vela su insomnio,
de aquello que fue su cuerpo la herencia,
de su alma la verdadera entraña.
                          Camina entonces, amigo,
sobre los pasos enterrados de la Historia,
valiente como un león en la batalla,
¿no te recibirán acaso con honores?;
aguarda con el corazón henchido y golpea
sus inmensas puertas de bronce,
como aquel viejo hombre perdido
que ya traspuso antes que tú
el umbral de su vida equivocada.



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