Velasco elegíaco

     

     Me cogí ayer a Óliver en el carro y me lo llevé a Auzolán a por LA BOLSA DE PIPAS, magnífica revista literaria, con gusto por la buena poesía, que dirige desde Mallorca el poeta Román Piña. Tal y como me habían informado tan amablemente en un comentario de este botín del mundo, acababa de salir su último número, un especial de lujo sobre el poeta Miguel Ángel Velasco, con fotos y poemas inéditos y textos escritos con cariño por sus amigos. Y allí parecía estar esperándome el único ejemplar. Para mí, para siempre.
     Velasco, sí, el hombre que entregó su vida a la alta Poesía  -enorme destino, a veces tan áspero- y que nos abandonó tan inesperadamente hace apenas unos meses, se halla ahora esperando para entrar en el paraíso de los poetas, habiéndonos dejado aquí a nosotros, sus lectores, solos, como en un campo de ruinas. Pues son sólo ruinas lo que queda en la Poesía desde que se fue Velasco.
    Reproduzco a continuación el texto que entregó el poeta Carlos Marzal sobre su amigo Miguel para este número especial de la revista.


  ***


 VELASCO ELEGIACO

     Al contrario de lo que algunos opinan, la muerte no es la que pone las cosas en su sitio cuando dice su última palabra, sino la que lo desordena todo, la que convierte nuestras vidas en una desbandada de datos, en un rosario de detalles y minucias, en un caos de anécdotas que poco a poco se disolverán camino del olvido. Por eso somos los hombres, desde la vida, desde nuestra permanencia a este lado de lo real, quienes debemos intentar poner algo de orden en las cosas, recordarlas, aun sabiendo que nada quedará ordenado para siempre.
     
     Ha muerto en Mallorca el poeta Miguel Ángel Velasco, y creo que lo ha hecho sin ocupar -por distintas razones, por la caprichosa casualidad, porque cada cual tiene, en su destino, sus recompensas y sus cruces- el lugar que le correspondía en el mundo de la literatura presente. Se trata, sin duda, de uno de los mejores poetas españoles de las postrimerías del siglo pasado y de comienzos del XXI, y muchos de sus poemas tendrán que figurar en una antología rigurosa de esta época.

     Aunque en todos sus libros hay una rara intensidad verbal y un don muy poco común para la imagen precisa y sorprendente, yo me quedo, como lector suyo, con los grandes poemas de El dibujo de la savia (1998), La vida desatada (2000), y La miel salvaje (2003), a mi entender su libro más redondo. A menudo, en sus composiciones, la mirada se suele posar en la realidad con apetito de lupa, y desde allí se eleva hacia la reflexión y hacia el cántico. Una bandada de pájaros, el intrincado laberinto de unas hojas observadas con minuciosidad, una piña en el fuego, a punto de consumirse, un viejo retrato de familia, mil y un aspectos del universo material, sirven a veces para que el poeta ausculte la respiración secreta de la vida. Para que -llegamos a creer- descorra el velo que envuelve el misterioso cosmos. Y en muchos momentos el lector, por obra de la emoción poética (que es logro de la gran escritura) comprende por un instante dicha respiración, y respira a la vez con todo aquello que lo rodea. Porque la alta poesía es conocimiento, y comprensión, y comunión, y hermandad respecto al mundo.
     Miguel Ángel es un poeta elegíaco, su obra lamenta la condición del mundo, pero, como todos los elegíacos, como todos los desengañados, celebra con efusión los momentos de intensidad que el azar nos concede.

     Vivió la experiencia de la poesía como muy pocos han hecho: fue su destino, su interés primordial, su tabla de salvación (y también su hermana amarga, la hermanastra de los reproches y las peleas). A su manera sólo suya le dispensó la más alta consideración y le entregó sus trabajos y sus ocios, sus sueños y sus pesadillas. Sé que el ejercicio de la escritura le regaló muchos momentos de plenitud.

     Su poesía, según pienso, se parece a él más de lo que se parece la de otros autores a quienes la escribieron: grave y profunda, capaz de muchos abismos y de muchas cumbres despejadas. Entrar en ella representa una experiencia de naturaleza emocional de la que se sale reconfortado con el lenguaje, con la inteligencia, con el poder mágico de la misma poesía.

     Puede que la muerte diga, más tarde la última palabra, pero los lectores podemos pronunciar la nuestra, la penúltima, la que devuelve a un poeta, por unos instantes, al elevado lugar que le corresponde.

"VELASCO ELEGÍACO"
Carlos Marzal
LA BOLSA DE PIPAS, Revista literaria trimestral 
enero-marzo 2011, nº 80

 
Carlos Marzal, poeta (Valencia, 1961)     

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