Música antigua por las venas




      Me ando comprando, poliki poliki, toda la discografía de Jordi Savall. Sí, habéis oído bien: comprando. Es una pasta pero merece la pena. Y es que hace tiempo que ya no me bajo música del emule. Bufff…, me aburre. Prefiero tener los discos en la mano. Tocarlos, palparlos, que se hagan míos, carne de mi carne. De la otra manera parece que no lo son, que no existen. Lo virtual no existe.
      Así que cada viaje a París supone una vuelta con media maleta repleta de discos comprados en Gibert a buen precio. Qué felicidad, qué momento ese delicioso en que se le desprende a la carátula de su plastiquito transparente. Uyyy…, qué gustito. 
Y entre todos ellos, como digo, me privan los de Jordi Savall y su Alia Vox y su Hesperion XXI. Qué caña, qué músicos, qué elegancia, qué delicadeza, dios... Pero ¿de dónde ha salido esa gente? Ya no queda gente así. Todo eso se ha perdido, toda esa Belleza. La invisible, la intocable Felicidad...
Aquí os reproduzco un texto muy bueno que encontré hace tiempo por la red. Qué gozo. El libre derecho al placer de la Música, como testimonio individual de nuestra libertad. Que así sea.

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     Uno de los intérpretes e investigadores más importantes de la música antigua no tiene voz para cantar, pero está casado con la exquisita soprano Montserrat Savall, tiene dos hijos músicos con una carrera prometedora y dirige su propio sello musical, que ha grabado más de 160 discos. Nu estro reportero va en busca de este Shangri–La musical.

    Esa tarde del 12 de marzo de 2004, más de un millón de manifestantes se apiñaban inquietos en el Paseo de Gracia, en el centro de Barcelona. Abriéndose paso entre la multitud, el hombre subió a la tarima sacudida por el viento. Iba solo, vestido de negro y blandiendo la más frágil de las armas: un extraño instrumento de cuerdas del siglo XVII, ennegrecido por el tiempo, algo más pequeño que un violoncello y con cuerdas de tripa.

      La mañana del día anterior, el peor atentado terrorista de la historia de España había acabado con casi 200 vidas en la estación de Atocha, en Madrid. Esa tarde las calles de Barcelona eran una marea de crispación y dolor sin cauce.

      Entonces el hombre se sentó, se calzó la viola da gamba entre las piernas y acarició suavemente el arco sobre las cuerdas. “En ese momento se desconectó la electricidad. La gente gritaba ‘¡no se escucha!’; fue dramático”, rememora hoy Jordi Savall, el patriarca de la música antigua, convocado esa tarde por los organizadores de la marcha para ponerle música al desconsuelo.

      De pronto, se oyó un chispazo y comenzó a oírse por los parlantes a lo largo del paseo arbolado, desde Plaza Catalunya hasta la Diagonal, la más melancólica y antigua de las melodías catalanas. Se llama El cant dels ocells (El canto de los pájaros), pero no imita la voz de las aves. Es un lamento humano, un canto de dolor y esperanza. Esa tarde de primavera de 2004 la voz evocadora del instrumento de Jordi Savall, un instrumento rescatado de  las nieblas de la historia, acariciaba y restañaba heridas invisibles a los caminantes de la triste marcha.

      "Es la magia de la música, que puede expresar las cosas con mucha más pureza”, me explica Savall, cuidada barba blanca, pelo gris que cae en cascada sobre las orejas, anteojos finos descansando sobre la nariz aguileña. Estamos en el amplio y luminoso estudio de su casa, en el pueblo de Bellaterra, a media hora en tren de Barcelona. “La palabra puede ser manipulada; la música no”, prosigue el maestro. “En un momento así las palabras hubieran sido susceptibles de ser manipuladas. En cambio la música, si expresa la emoción y la sensibilidad, te toca el corazón”.

      A ésa, que él llama “música esencial”, Jordi Savall ha dedicado sus últimos 30 años de febril, agotadora labor. Lleva grabados 160 discos de música antigua, la mayoría en su propio sello, Alia Vox. Los discos se distribuyen en 41 países de los cinco continentes y son buscados en Nueva York, París o Bogotá por una secreta cofradía que crece cada año.

      Savall no sabe cuántos conciertos ha dado en todos estos años con su viola da gamba, en pequeñas formaciones o con los tres grupos que dirige. Serán 175 funciones en 2007, más de la mitad de las noches del año.

      Los conciertos casi siempre se llenan con semanas y meses de anticipación. “La gente me dice, ‘¡pero debes estar cansado!’, y yo les digo: ‘¡no, si he pasado dos horas con la música que más me gusta, con amigos, viendo cómo el público disfruta, todo el cansancio de los viajes y los ensayos se va!’”.

      Sentado en un rincón del espacioso y tranquilo estudio de su casa, el maestro Savall levanta la mirada sobre los anteojos y lanza una comparación extraña: “Si en lugar de músico fuera vendedor de coches, ya estaría muerto con este ritmo de vida. Pero mañana voy a Viena, salgo a la mañana, a las 4 estaré ensayando en la Mozart–Saal, para mí serán horas de placer total, el ensayo, montar con mi amigo el clavecinista Pierre Hantaï un programa que hemos hecho muchas veces, ver cómo nos escuchamos, encontrar gente que te admira y aprecia, aquellos que te conocen, después del concierto firmar discos, escuchar qué dice la gente, es maravilloso”.

      El primer grupo que formó, en 1974, se llamaba Hespèrion xx. Aunque la música que interpretan iba del siglo XI al XVII, Savall quería dejar en claro que eran “un grupo de artistas modernos, de este siglo”. Con el mismo criterio, a la llegada del nuevo milenio el grupo pasó a llamarse Hespèrion xxi. Doce años más tarde fundó el grupo vocal La Capella Reial de Catalunya, y en 1989, la orquesta barroca Le Concert des Nations. Hoy los tres grupos están en plena actividad de conciertos y grabaciones.

      Para la mayor parte de los medios especializados del mundo, lo asombroso de Savall y sus cómplices no es la cantidad, ni siquiera la variedad de su música, sino la altísima calidad y la ambición de los proyectos que emprende.

      Hace dos años, al presentar su serie “Celebrating Jordi Savall” en Nueva York, la revista The New Yorker dictaminó que “finalmente, he aquí a un hombre digno de celebrarse: Savall no es sólo un instrumentista de genio, sino también un director, investigador, maestro, empresario musical y el director de un sello discográfico, minor film personality y el patriarca de una formidable familia musical”.

      ¿Patriarca? ¿Familia? Lo primero que me llamó la atención sobre el mundo Savall fue eso de la “formidable familia musical”. Para comenzar, la pareja. Jordi y su esposa, la exquisita soprano Montserrat Figueras, son como los John Lennon y Yoko Ono, como los hermanos Coen, como los Federico Fellini y Giulietta Masina de la música antigua. Es imposible pensar qué hubiera hecho cada uno sin el otro. Desde hace casi cuatro décadas que Montserrat y Jordi realizan la mayoría de sus grandes proyectos juntos.

      Los dos tienen sus caminos musicales individuales, pero la mayoría de los emprendimientos son conjuntos, ya sea que surjan de él, como los grandes discos–libros dedicados a la música de tiempos de Cristóbal Colón o una fascinante banda sonora de El Quijote; o de ella, como la recuperación de la dispersa música vocal de la diáspora sefardí, el mundo de la mujer en la música antigua (Lux Femina) o las canciones de cuna de medio mundo (Ninna Nanna).

      En los últimos años, además, los dos hijos de la pareja, ya adultos y ambos músicos de pleno derecho, se fueron incorporando al “sonido familiar”, y cada vez más han ampliado y diversificado la música de los Savall hasta límites insospechados.

      Arianna, de 33 años, participa tanto de los grupos vocales como instrumentales de sus padres. Canta el repertorio medieval y renacentista (con una voz de soprano más “blanca” y ligera que la de su madre), toca el arpa antigua y desde hace un par de años, se ha lanzado en una carrera solista, musicalizando poetas en español y catalán y llevándolos al universo de las trovadoras irlandesas, como su modelo, Loreena McKennitt. En sus canciones, recogidas en su disco debut Bella Terra, asoman dejos de jazz, melismas orientales y bossa nova.

      Ferran, de 27, el rebelde de la familia, es un muy personal intérprete de la guitarra moderna y barroca, el laúd y la tiorba medieval, y un cantante sutil e introspectivo que usa la voz como un maleable instrumento, en la onda de su inspirador, Al Jarreau. A fines de este año saldrá su primer disco, con mucho juego serio sobre temas tradicionales catalanes, versiones de poetas contemporáneos y una improvisación onírica y envolvente.

      Pero no sólo la generación joven de los Savall está incursionando en músicas alejadas de la venerable tradición europea. En el 2004 escuché en el Auditori de Barcelona a Montserrat, Jordi, Arianna, Hespèrion xxi y La Capella junto con un ensamble de música tradicional de Afganistán, un oudista de Israel, un intérprete de la lira iraquí y un ejecutante del santur griego. En diciembre del 2006, en la iglesia de Santa María del Mar compartieron escenario con músicos de la venerable tradición japonesa, tocando la biwa, el nokan y la shakuhachi.

      ¿Hacia dónde van los Savall? ¿Están juntando las músicas del mundo como los físicos buscan el principio unificador del Universo? ¿Van detrás de un diálogo intercultural que desde la música abra las orejas en un mundo de sordos? ¿O se han alejado tanto de lo que les daba su identidad y su sello de calidad única que ya no saben cómo volver?

      Es la mañana del lunes 2 de julio, y estoy saliendo a sumergirme en la frenética paz del mundo Savall. Jordi, Montserrat, Arianna, Ferran y los tres grupos actúan juntos y separados en el festival Música e Historia por un Diálogo Intercultural en la abadía de Fontfroide, escondida en las verdes colinas del sur de Francia, cuyas primeras piedras datan del siglo XI.

      El tren me deja en la estación de Narbonne, en pleno Languedoc francés, entre Perpignan y Montpellier. Marc, el ágil encargado de las tareas organizativas en el festival, me lleva a la abadía medieval surcando montes rocosos, mares de lavanda lila, oscuros viñedos. Entramos por el patio de honor, franqueado por gruesos muros. Detrás asoman los pinos sacudidospor el viento de principios del verano.

      En el patio me atacan todas juntas las fragancias del jardín en un aroma mestizo en el que se mezcla el jazmín, el mirto y la lavanda de los canteros con el boj, el pino y el tilo del bosque circundante. En la enorme cocina sepreparan los manjares para los músicos y sus invitados, bajo el lustre opaco de ollas de cobre bruñido del tamaño de un tonel.

      Al entrar en el comedor se escuchan las animadas conversaciones de los artistas, en italiano, castellano, catalán, francés, alemán e inglés. En el patio de  a lavanda, Marc sale a fumar un cigarrillo con el percusionista alicantino Pedro Estevan, el más veterano de los músicos que forman el “nucleo duro” del mundo Savall, y también el más vistoso y reconocible: su barba blanca baja hasta la altura del ombligo y de la cabeza, coronada por una brillante calva, brota una cabellera gris que cae esponjosa hasta media espalda. Visto así, de cerca, es lo más parecido al monje bribón de la banda de Robin Hood.

      Pedro Estevan termina su cigarro y se desvanece por alguna de las muchas puertas de la abadía, y yo recorro el pasadizo sobre la galería hasta el dormitorio común de los monjes, donde se cuela la luz oblicua de la tarde. Esa sala da a un balcón de donde se contempla el coro de la iglesia, que en la noche será escenario y ahora es sala de ensayo.

      Jordi Savall, en el extremo izquierdo, dirige con voz baja y tranquila y en cinco idiomas a los miembros de su pequeña orquesta. Les pide intensificar el contraste entre forte y piano. Con la viola, más que con la voz, va marcando o que quiere que haga cada uno.

      En nuestra entrevista en su casa le había comentado a Savall que, curiosamente, él es el único de la familia que no canta. “Yo canto con mi viola”, me contestó rápido. Sin embargo, su primer acercamiento a la música fue a través del canto.

      Jordi Savall nació en la pequeña ciudad catalana de Igualada, en 1941. A los seis años ingresó a las Escuelas Pías, donde empezaba cada madrugada las clases con una misa cantada. “Pero tuve un problema grave porque era el último de mi generación que conocía todo el repertorio. Los chicos nuevos no lo sabían, y yo estuve cantando muchísimo en un momento en que debía haber parado de cantar. No tenía la técnica para cantar esos agudos y creo que eso me dañó las cuerdas vocales”. Así fue como, a los 14 años, Jordi Savall se quedó sin voz. En la adolescencia, entró al conservatorio y empezó a trabajar en una fábrica de tejidos para pagarse los estudios. “Cuando tuve que hacer el examen escogí el violoncello, que era un instrumento con el cual podía cantar tan bien como cantaba de niño. No escogí el violín, que estaba demasiado lejos de la voz”.

      La búsqueda de la música cada vez más antigua, más esencial, fue una pasión temprana de Savall. En vez de inclinarse por el repertorio habitual del cello Beethoven, Brahms, Boccherini ya se sentía inclinado a tocar obras del Barroco.

      En esos días estudiaba también en el conservatorio Montserrat Figueras, una joven risueña y talentosa, de pelo largo y renegrido, que quería ser cantante y actriz. “Teníamos el mismo maestro, nos cruzamos en conciertos, pero casi no habíamos hablado”, recuerda Montserrat. Entonces el director del grupo de música antigua donde estaba ella, Ars Musicae, le comentó que necesitan un ejecutante de viola da gamba para un concierto con la gran soprano Victoria de los Ángeles. “Y yo les dije que conocía a alguien. Seguro que puede tocar la viola porque toca Bach en el cello como nadie”.

      Montserrat se había comprometido a llamar a Jordi, pero no tenía su teléfono. “Alguien me lo dio, nos encontramos y empezamos a trabajar juntos. Él venía de un curso con un cellista que le acaba de recomendar que aprendiera a tocar la viola da gamba. Y llega a Barcelona y lo estábamos buscando para que la tocara, y hasta tenían una viola para él”.

      La familia de Montserrat estaba mucho más ligada a la música y al arte que la de Jordi. La mayoría de sus tíos y primos son músicos amateurs; un tío abuelo fue el compositor Joaquín Nin, y una tía lejana la escritora y memoria lista erótica Anaïs Nin. Es en la enorme masía medieval de la familia de Montserrat que el cuarteto Savall celebra cada año la navidad.

      “Siempre nos reunimos para cantar canciones y estar juntos, y nos vamos a esta casa inmensa y comemos turrones y chocolates y muchas buenas cosas, y seguimos cantando…”, entona jubilosa, como si la navidad fuera esta noche. “Somos una familia muy grande, muy bonita, con espíritu de clan. Todos son grandes amateurs. Tocan piano, violín, flauta, cello…”.

      Montserrat Figueras parece un personaje de un cuento irlandés. La piel muy blanca, el pelo muy negro y largo cayendo como lluvia sobre los hombros, las finas manos huesudas y expresivas. “Sin quererlo y sin saberlo”, me dice, “Yo le puse a Jordi la viola en las manos”.

      Es mediodía en Fontfroide. Un grupo de turistas japoneses recorre corazón de la abadía. Desde las arcadas de la galería oeste se puede ver el aljibe de hierro rodeado de flores rojas y más atrás, el campanario hexagonal de la iglesia. Aunque suene insólito, Fontfroi de, una de las abadías más antiguas y mejor conservadas de Europa, tiene dueños privados.




                                                                                   
      El monumento medieval pertenece a la familia Fayet, que la adquirió en 1908 y cuyos descendientes la usan para recibir turistas y para eventos musicales anuales, como clases magistrales de violoncello, un encuentro de canto gregoriano y el festival de los Savall, que comenzó el año pasado. La abadía conserva huellas de todas sus épocas y estilos, desde su fundación en 1093, bajo los cátaros, como importante centro cisterciense luego, en manos públicas desde la Revolución Francesa, devuelta a los monjes del Císter en el siglo xix, y ahora como centro cultural privado y abierto al público. En estos días el monumento parece tomado por los fantasmas de la música antigua.

      Subo desde el claustro hasta el dormitorio de los conversos, donde Arianna Savall, Pedro Estevan y el músico griego Dimitri Psonis ensayan una tarantela del siglo xvi para el concierto de la tarde. Al alejarme por el corredor hacia el dormitorio de los monjes, el arpa, el buzuki y el tambor se me mezclan con las violas, el órgano y la tiorba que, en la gran iglesia ensayan para el concierto de la noche.

      Cuando Savall se topó con la viola da gamba, a mediados de los años sesenta, había pasado muy poco tiempo desde el mítico concierto de Pablo Casals en la Casa Blanca, en 1963. Ante los Kennedy, el viejo maestro había comenzado el concierto con la simple, dulce, escalofriante El cant dels ocells.

“En esa época Casals era un mito y era un ejemplo”, dice Savall. “Era una persona que había hecho descubrir las suites para cello solo de Bach. ésta fue una experiencia que me impactó mucho, un joven que descubre unas partituras en una tienda de Barcelona y las trabaja durante diez años y las da a conocer al mundo. Podría decir que casi inconscientemente estuve buscando por años mis suites de Bach, y lo que encontré fue la música para viola de gamba”.

      El joven Jordi se pasaba horas hurgando en las viejas tiendas de música, como la Casa Beethoven de la Rambla barcelonesa. Fue ahí donde encontró el riquísimo del instrumento que brilló durante los siglos XVI y XVII y que, con el auge de la orquesta moderna, que consagraba la canónica formación de violín, viola, cello y contrabajo, se perdió en el desván de los tiempos. Hoy los grandes compositores para viola da gamba del pasado, los franceses François Couperin o Marin Marais, el español Antonio de Cabezón, los ingleses Tobías Hume o William Lawes, el alemán Heinrich von Biber comienzan a sonar de nuevo en las salas de concierto.

      Para interpretar su música, Jordi Savall y los otros pioneros tuvieron que reinventar la forma de tocar un instrumento que había perdido su tradición
interpretativa.

“Lo más importante es la forma de sujetar la viola y el arco”, me explica el maestro en su estudio localizado en Bellaterra, mientras saca su viola y su arco del estuche. El instrumento se aprieta entre las piernas. El contacto es mucho mayor con el cuerpo que en el caso del cello, que se sostiene en el suelo mediante una extensión de metal puntiagudo.

      “El cello se toca cerrado”, dice Savall mostrando con el arco el sistema, con los nudillos hacia delante. “En cambio, la viola da gamba se toca abierta”, y me hace una demostración con la palma hacia delante. “Así se puede rozar con los dedos el arco, darle otra expresividad, hacerlo cantar…”.

      Pero la España de los años sesenta definitivamente no era un país propicio para iniciar una carrera en una música desconocida y con un instrumento exótico. Un año después de casarse, Jordi y Montserrat ganaron una beca para estudiar en el más prestigioso centro de música antigua: la Scola Cantorum Basiliensis, en Basilea, Suiza.

      Cuando empezó a salir con Jordi, Montserrat estaba metida en mil proyectos, y no se decidía entre ser cantante o ser actriz. “Yo estaba haciendo teatro, tenía una vida muy llena, muy rica… claro, al lado de él era dispersa. Él cuando encontró su camino, lo siguió con una fuerza increíble. Es de seguir un camino hasta el final. Me ayudó muchísimo a centrarme, a creer que podía no hacer tantas cosas, que podía ser muy feliz haciendo una o dos. Yo dejé muchas cosas, pero entendí que se podía ser feliz dando más tiempo a profundizar en una”.

      En Suiza los Savall vivieron casi 20 años, disfrutando de una formación al más alto nivel, una dedicación total a la música, y con el descubrimiento de la precisión y el orden helvéticos. Montserrat desarrolló su impresionante carrera como soprano especializada en música antigua, en paralelo a la de su marido. En Basilea nació Arianna, y luego Ferran. Los niños se criaron políglotas (hablaban catalán y español en casa, alemán y francés en la escuela).

      En 1986 la familia volvió a Barcelona. “El único que estaba entusiasmado con la vuelta era Jordi. También para mi madre fue difícil” dice hoy Arianna. “Ella en Suiza era Montserrat Figueras, tenía sus actividades y sus proyectos; en España la gente es muy machista, ella era ‘la esposa de Jordi’, yo ‘la hija de Jordi’”.

      Arianna, en plena crisis de los 13 años, extrañaba a sus amigos, el idioma alemán y el orden de Suiza. Finalmente se sintió en casa en la caótica Cataluña de finales de la transición. La música ayudó: a los 7 había empezado a estudiar piano, y a los 10 se de cantó por el arpa. En el conservatorio  encontró una gran maestra: la argentina Magdalena Barrera.

      “Mis padres nos dieron la posibilidad desde muy pequeños de estudiar música. Pero algo hicieron muy bien, y es que ellos no nos enseñaron la música, sino que nos buscaron otros profesores”. Arianna Savall tiene la cara redonda, de una belleza clásica y serena, con algo de niña en el ademán a pesar de sus 33 años, pero con una concentración pasmosa a la hora de hacer música.




                                                         
       A los 18 años, Arianna comenzó a cantar. La madurez, los buenos maestros y el yoga la hicieron vencer su inveterada timidez. Siete años más tarde, la joven arpista y cantante volvió como alumna a la academia de Basilea donde había “nacido”. Allí se especializó en arpa antigua y se casó con otro músico especializado, un cantante noruego (“vikingo” lo llama ella con tenue sonrisa).

      Son las seis de la tarde y está por comenzar el concierto de Arianna Savall en la sala larga y abovedada del antiguo dormitorio de los hermanos conversos. La mayoría de los temas que interpretará son de su primer disco, Bella Terra, cuyo nombre hace referencia a la tierra catalana en general, y al pueblo cercano a Barcelona donde vivió la adolescencia y juventud con sus padres.

      Arianna se coloca en el centro del escenario. Viste un largo vestido verde agua  y un foulard verde musgo. A su izquierda, Dimitri Psonis flaco, huesudo, pelos blancos y camisola blanca ordena sus instrumentos de cuerda orientales (bendir, saz, buzuki y oud) sobre una alfombra colorida. Del otro lado, Pedro Estevan, todo de negro, se acomoda el tamborín bajo la barba flotante.

      Ha elegido poemas clásicos de la literatura española (san Juan de la Cruz, Machado, García Lorca) y joyas de la poesía catalana (Salvador Espriu, Joan Salvat–Papasseit, Miquel Martí i Pol) a los que impregna un aire entre celta y morisco, con toques de bossa nova. Sentada en su banquito, abrazando y acariciando el arpa, parece segurísima de su arte y de la imagen que quiere proyectar. Sus canciones arrullan.

      Al menos, parecen bien arrullados mis vecinos de la segunda fila Montserrat y Jordi que cierran los ojos mientras su hija canta, en el dulce catalán de Joan Salvat–Papasseit, “Dame la mano que iremos por la rivera / en la orilla batida por el mar, / tendremos la medida de todas las cosas / sólo con decirnos que nos seguimos amando”.

      Al día siguiente, a la misma hora y en el mismo escenario, se estrena el grupo de Ferran Savall. Poco queda de clásico en los caminos musicales del hijo menor. Rodeado por el guitarrista Mario Mas, el ejecutante de bandurria y guitarra de 12 cuerdas Javier Mas, el contrabajista Jordi Gaspar y (única importación de los grupos familiares) la percusión de Pedro Estevan.

      Si Arianna toca habitualmente el arpa en Hespèrion XXI y canta en La Capella Reial de Catalunya, los encuentros parecen más esfuerzos voluntariosos de acercar mundos dispares.

      El último intento, extraño y fascinante, es el disco Lachrimae Caravaggio. Partiendo de seis pinturas del genio más enigmático, intenso y violento del siglo xvi, Jordi Savall compuso obras de sabor arcaico, que interpretan miembros de sus dos grupos instrumentales. Cuatro de los 30 temas del disco son improvisaciones a dos voces donde dialoga la viola da gamba del padre con los melismas vocales cercanos al jazz progresivo del hijo.

      Hace dos años los cuatro hicieron un disco familiar llamado Del tiempo y del instante (con Pedro Estevan en la percusión). Es una extraña y emotiva búsqueda de espacios de encuentro musical.

      Uno de los temas del disco es “El cant dels ocells”. Cada uno en su estilo, los cuatro van dándole vueltas y vueltas a la melodía principal. Primero toca el tema, como en la marcha del 2004, la viola de Jordi. Montserrat entra cantando a los pájaros que cantan al Señor, y Arianna se le suma. Cuando entra la voz de Ferran, haciendo en  jazzesco la segunda voz, parece como si viniera de otro universo. Al final se restablece la armonía, pero con un picor excitante de juego al borde del abismo.

      La llegada a Barcelona del niño Ferran fue mucho más turbulenta que la de su hermana. Llegó con seis años, y dice que procuró olvidar el alemán y dejar atrás la infancia suiza. Con padres en permanente gira de concierto, el espíritu inquieto y sensible del hijo menor seapartó de la disciplina escolar. “La escuela ni la terminé”, me confiesa. “Teniendo unos padres que siempre están afuera, eso te da una cierta libertad para desarrollar una personalidad independiente en el sentido de que no los echas de menos. Lo aceptas. Esa libertad, siendo adolescente, era peligrosa”.

      Ferran tiene la cara afilada y chispeante, como congelada en la ironía y la curiosidad del niño crecido. Y tiene el pelo crespo y la nariz angulosa de su padre.


—¿Y cuál era tu modelo musical en esa época? —le pregunto.
—¡Nirvana! —contesta, casi sin pensarlo. A los 16, como todos los chicos de esa edad, quería tocar como Nirvana.

      El joven Savall entró a la escuela de guitarra Luthier, donde, al igual que su hermana, se topó con un excelente profesor: Xavier Coll (“un psicólogo, un gran motivador”).

      Ferran se recuerda a los 20 años cantando y tocando la guitarra en las pequeñas plazas bohemias de su barrio de Gràcia, en Barcelona. “Había muchas plazas y cada noche estaba lleno de gente con las guitarras. Yo me iba a tocar con la gente, y tengo una relación especial con hacer música al aire libre. Lo que hacía mucho era improvisar, mezcla de ska, imitando la fonética en inglés”.

      Y entonces descubrió a Al Jarreau, se compró todos sus discos, se acercó a las improvisaciones atrevidas de Ella Fitzgerald, en un camino que lo fue acercando a la libertad del jazz vocal, el ska, la voz como linterna para internarse en los laberintos de su sensibilidad desbordada.

      En su concierto, Ferran utiliza una voz fresca, frágil, a punto de quebrarse, para desgranar una combinación de cancione más contemporáneas y más antiguas que las que conforman el repertorio de su hermana. El joven se acerca desde un sonido muy actual al repertorio mítico catalán, como “La canço del lladre” (canción del ladrón), el himno “Els segadors” y la célebre canción de cuna “El noi de la mare” (“Qué le daremos al niño de la madre / Qué le daremos al hijo del Señor”), que Montserrat le cantaba por las noches en Basilea.

      Terminada la función nos sentamos ante una fuente de piedra, en el patio de honor, donde Ferran me explica que el sonido que buscaba para el concierto y para su primer disco, que saldrá a fin de año en España es “íntimo, tal vez sensual, natural, todo muy cercano. Buscaba un sonido como si tuviera la guitarra aquí, al lado del oyente, sin una sala, que la acústica salga del instrumento y de mi cuerpo”.

      Esa mañana, yendo de un ensayo a otro, me crucé por el pasillo con Montserrat, que portaba un cuaderno de los antiguos, con tapa de cuero y gruesas hojas cargadas de dibujos, partituras y poemas.

      “Me construyo mi propio mundo”, exclamó con atiplada voz de soprano. Del cuaderno con dibujos lee las notas en los conciertos. “Me voy a ensayar”, se despidió como un duende en el bosque, y desapareció, como si fuera a una fiesta, por la escalera que daba al claustro.

      A las nueve de la noche del martes, tercer día del festival, se presenta uno de los proyectos más ambiciosos de los Savall: el rescate de los romances y danzas que ponen música a las páginas de El Quijote. Salió el año pasado, conmemorando los 400 años de la publicación del libro.

      En el disco original un actor clásico lee los fragmentos de la novela que se entrelazan con la música que Cervantes menciona, implica, o tal vez la que reverberaba en su cabeza mientras componía las aventuras del ingenioso hidalgo. Para este concierto, el texto cervantino lo dirá en francés el gran actor catalán José María Flotats, veterana estrella de la Comedie Française. “Dans un village de la Manche dont jene veux pas me rappeler le nom…”,  comienza Flotats, y parece que nos estuviera contando un suceso reciente.

      En el momento en que el caballero de la triste figura pierde la razón, avanza hacia el centro del escenario Montserrat Figueras, deslizándose entre los ejecutantes de salterio y vihuela. Con un gesto teatral de alegre desatino, abre su gran cuaderno, donde ha pegado las partituras en letras grandes, junto con dibujos y frases que la inspiran, y canta: “Yo soy la locura / la que sola infundo / placer y dulzura / y contento al mundo”.

      Sigue una alegre danza de Diego Ortiz, y al levísimo inclinar de la cabeza del maestro, Flotats comienza a relatar la primera salida de el Quijote, montado en su fiel Rocinante.

      Así está la escena esa noche: en su extremo izquierdo del escenario, Jordi dirige a una veintena de cantantes e instrumentistas con leves movimientos de cabeza y con la viola entre las piernas. Montserrat está sentada con el pelo negrísimo en cascada, entre los cantantes. En el otro extremo, Arianna aferrada a su arpa como a la crin de un caballo conocido. Y desde el balcón sobre el coro, Ferran, el hijo pródigo, sonríe ante la imagen tan lejana y tan familiar de su familia haciendo música antigua.

      El gran golpe de fortuna le vino a Jordi Savall en 1991, cuando el director cinematográfico Alain Corneau decidió hacer una película con la novela Todas las mañanas del mundo, de Pascal Quignard, sobre la relación entre el gran violista del siglo XVII Monsieur de Saint Colombe y su discípulo Marin Marais, quien llegaría a ocupar un puesto de poder y prestigio en la corte de Luis XIV.

      Quignard se había prendado de Saint Colombe y Marais tras escuchar un disco de Jordi Savall en 1976. “La imagen de Saint Colombe se me quedó para siempre impregnada del semblante de Jordi”, escribiría años después el novelista.

      La película, una hermosa y sobria superproducción francesa, cuenta con las emotivas actuaciones de Gerard Depardieu como el Marin Marais viejo y de su hijo Guillaume Depardieu como el Marais joven.

      Con las regalías de la película y de su banda sonora (premiada con un César de la academia francesa), Jordi construyó su espacioso estudio en Bellaterra y comenzó a emprender proyectos de mayor envergadura. De allí surgieron el sello discográfico propio y las cada vez más incesantes giras internacionales de conciertos.

—Yo digo que mi último maestro de viola da gamba fue Alain Corneau—me confió Savall en nuestra primera entrevista.

—¿Cómo es eso?
 
—Yo tocaba mucho en concierto la música que debía grabar para la película, y creía que debía tocarla igual. Pero Corneau me dijo, como si yo fuera un actor: “Acuérdate, aquí estamos en la escena en que Marais se despide de Madelaine (la hija de Saint Colombe, a quien el joven Marais seduce y abandona). Ella está en la cama, se está muriendo, él sabe que es la última vez que va a tocar esa pieza para ella”. Esto me cambió totalmente.

Y en ese momento, Savall me revela su secreto: “Yo aprendí a tocar la viola como un actor de teatro. Colocarme en el momento preciso de la escena que te toca vivir. Fue para mí una lección extraordinaria y me cambió incluso la forma de preparar mi música. La música debes recrearla cada día con tu voz y tu instrumento. Con cada intérprete y en cada interpretación es otra. Si algún arte puede ser solamente actual, es la música. La música antigua es de hoy”.

      Ya es medianoche. Hace media hora que terminó el concierto del Quijote y los músicos se vistieron otra vez de calle. Jordi, en pantalones de lino crudo, habla en un rincón de la iglesia con Arianna, en jeans y blusa a rayas blancas y negras.

      Todos se preparan para otra de las maratonianas sesiones de grabación a las que los tiene acostumbrados el perfeccionista Savall. Van a grabar el Ave María chino, último tema que falta del próximo disco–libro, la música del encuentro entre la Europa del Renacimiento y el Extremo Oriente a propósito del 400 aniversario de la misión de San Francisco Javier.

      Nicolás, el joven técnico, está instalado en el viejo dormitorio común de los monjes, subiendo las escaleras desde la nave abacial. El Ave María chino dura unos cuatro minutos. Es una melodía sinuosa, espiritual, que combina lo rotundo occidental con lo sutil oriental.

      En el centro del grupo se colocan dos músicos tradicionales japoneses: Hiroyuki Koinuma, portando una flauta tradicional nipona, y Yukio Tanaka, que blande un biwa, una especie de guitarrón con mástil de barco antiguo, cuyas cuerdas toca con un gran triángulo de madera.

      Silencio total en la iglesia. Va a comenzar la grabación. Dimitri Psonis da dos toques a una campanita para iniciar la melodía, en la que se van sumando el biwa japonés, la viola da gamba de Jordi Savall, la vihuela, el salterio, luego el órgano y los instrumentos de viento, la flauta y el arpa de Arianna. Los miembros de La Capella Reial se ensamblan con fervor, como si no hubieran estado cantando desde hace 14 horas. Todo termina con dos toques finales de campanita.

—Muy fuerte —dice Jordi—. Ahora, más religioso.

Afuera todo está oscuro. Tocan todo el Ave María chino una segunda vez, y una tercera.

—Más expresivo, menos mecánico —dice Jordi, y para explicarles lo que quiere toca la melodía con su viola. Es como una plegaria.

      De pie entre los otros cantantes, la cara de Montserrat se ilumina por el brillo de los reflectores en las páginas blancas de su gran cuaderno. Cuando canta, levanta el tomo suspendido en sus manos, como si fuera el libro sagrado de un creyente o un bebé.

      Después de la quinta toma, todos suben por la escalera hasta el dormitorio de los monjes, que se ha transformado en el cuarto del ingeniero de sonido.  Jordi se sienta a escuchar la toma, que sale por tres altavoces de alta calidad montados sobre una mesa de madera. Todos los demás se paran a sus espaldas, esperando el veredicto.

¿Cuál es el veredicto? —le pregunto a Jordi.
—Muy bien, muy claro. Pero vamos a hacer unas tomas más.

      La última toma arranca como si estuvieran empezando el día. Avanza la melodía por el linde entre los sonidos orientales y occidentales, entre la música clásica de hoy y la melodía popular en una época remota. Se van apagando suavemente las voces y los instrumentos y, en el momento en que la armonía está a punto de desvanecerse en el aire, suena el primero de los toques de la campanita de Dimitri Psonis. Un instante más tarde, sobre las dos y media de la mañana, suena la segunda y última nota cristalina y pura, rebota contra las paredes y se pierde como un suspiro por los recovecos de la piedra austera.

Por Roberto Herrscher
octubre 2007


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