La vida misma de José Luis García Martín



Todo lo que tenía que decir ya lo he dicho, lo he repetido, he tratado de disfrazarlo de novedad. Pero ya no engaño a nadie, ni siquiera a la persona más crédula de todas: yo mismo.



El haiku... es el soneto de los haraganes. No cuesta nada jugar al 5-7-5, hasta un niño puede hacerlo. Pero precisamente porque todo el mundo puede intentarlo a veces salta la chispa, surge el prodigio. Nunca demasiado espectacular.



Tener enemigos es inevitable. Basta hacer algo para que alguien se moleste. Yo creo que la importancia de un escritor (...) se mide por la cantidad y la calidad de sus rivales.



...esos poetillas rencorosos... Ni siquiera se dan cuenta de que su odio no es más que una forma de homenaje...



...cada vez tengo menos cosas que ocultar, cada día que pasa mi insignificancia se vuelve más transparente. Me preocupa quedarme sin secretos inconfesables. ¿De qué voy a escribir cuando ya no tenga ninguno?



Estoy aprendiendo a mentir educadamente, a pensármelo mucho antes de decir lo que pienso, a ser como todo el mundo que pretenda ser algo en la vida. Pero qué difícil me resulta...
Está visto que no tengo enmienda. 



Los escritores que omiten todo lo que el lector inteligente puede poner por sí mismo suelen carecer de lectores...
El necio busca siempre ocasión de enseñar; el sabio, de aprender.
El escritor es como la bruja de Blancanieves. En todo momento le pide al espejito mágico que reafirme su única certeza -que no hay en el mundo otro escritor más valioso que él- (Jordi Costa)



Toda fama es un malentendido.
Sí, la fama, pequeña o grande, no es más que un malentendido.



Cansado de oír siempre la misma cantinela -se escribe demasiado, se publica demasiado-, sin que nadie se decida a dar ejemplo y limitar su producción...



Los amigos son los que primero dejan de leerle a uno.



No fue capaz de escribir lo que había vivido; mejor eso que lo contrario: no ser capaz de vivir, salvo en el negro y blanco de la escritura.



Yo siempre he tratado de ser distinto, distante, imperturbable, pero a nadie le afectan más que a mí las emociones ajenas.


...la vida acepta mejor lo inverosimil que la ficción.
También la verdad se inventa.



...yo no soy capaz de escribir sino lo que voy a publicar. Otra cosa me parecería como cocinar platos que no se va a comer nadie.


Nada envenena el mundo como la resentida vanidad. Nada más triste que un poeta cincuentón, que tuvo su hora, o creyó tenerla, y al que ahora cada vez se le hace menos caso...
La vanidad, cuando uno tiene veinte años, es un gracioso animal de compañía, una benigna enfermedad profesional. Luego se convierte en alimaña que ensucia la casa y que, en cuanto uno se descuida, nos roe las entrañas hasta dejarnos convertidos en un fantoche.




Bien poco vales si ni siquiera tienes enemigos.




Si alguna vez escribiera unas memorias, no contaría lo que mi vida fue, sino lo que me gustaría que hubiera sido.




Nada me divierte más que inventar una frase, atribuírsela a un escritor conocido y echarla a rodar por el mundo. Cada vez que la veo luego citada por ahí, me apunto un tanto.




...no son las antologías las que salvan a los poetas jóvenes... sino la trayectoria de esos poetas la que hace que se recuerde a determinadas antologías...




Nos fastidia el éxito ajeno, sobre todo si es de un amigo, pero lo perdonamos fácilmente si es de alguien a quien no reconocemos demasiado talento.
Sólo nos fastidia de verdad quien no tenemos más remedio que reconocer como superior. Salvo que esté muerto, claro.


...muchos poemas y... poca poesía.


Hay cosas más importantes que saber escribir para ser escritor de éxito, aunque por supuesto también ayuda. Por ejemplo, saber adular.


Cada vez me aferro más neuróticamente a la rutina. No soporta ninguna desviación, ninguna variación del plan de cada día...
Tengo la impresión de que si me desvío un milímetro el mundo se vendrá abajo.




No sería tan racionalista si no supiera que la razón tiene sus límites.




El  hipocondríaco, en cuanto oye hablar de una enfermedad, descubre en sí mismo sus síntomas. A mí me pasa lo mismo en cuanto leo una biografía. Siempre encuentro que, hable de quien hable, habla de mí.




...qué fatigoso es el triunfo: llamar, adular, insistir. Quizá por eso yo cada vez me quejo menos del mínimo éxito que tengo. Cuesta tanto cada reseña, cuesta tanto arrastrar amigos y vecinos a las presentaciones... Qué cómodo no estar en el mercado, poder despreocuparse de que a uno le hagan poco o mucho caso.




Los amigos se gastan, como la ropa que nos ponemos con demasiada frecuencia...
Pero yo no acabo de acostumbrarme a ello.




Ya no eres como antes, ya no te metes con nadie, ya no eres un crítico agresivo, me dicen. Y es cierto que muchas cosas que antes me importaban ahora cada vez me importan menos. ¡Con cuántas tonterías ha perdido uno el tiempo y la paciencia!




Uniendo la línea de puntos de unos pocos datos reales construimos un personaje imaginario. Por eso todo el mundo, si lo tratamos el tiempo suficiente, acaba defraudándonos. Por eso, si nos trata el tiempo adecuado, acabamos defraudando a todo el mundo.




Cuanto más me gusta la poesía, menos me interesan la mayoría de los libros de poemas.
Por respeto a la poesía quizá deberían de desaparecer los premios de poesía. Y la mayoría de los poetas dedicarse a otra cosa.




...hay demasiados poetas... se publican demasiados libros de versos... los muchos premios son el camino más directo hacia el olvido...




¡Qué aburrida la gente que nunca habla mal de nadie! Y qué hipócrita. (Si tampoco piensa mal de nadie, entonces es que es simplemente tonta).




Me gustaría algún día hacer un elogio del egoísmo, de la inconsciencia, de todo lo que nos permite, aunque sea por unos instantes, olvidarnos de los demás y ser felices.




...lo útil que puede ser el victimismo -y la adulación a quien corresponda- como ganzúa para abrir todas las puertas.




...odiar a alguien por motivos literarios... La verdad es que hace falta ser muy infantil (en el mal sentido de la palabra) para meter en nuestro corazón, para no poder olvidar, a quien ha escrito, en un remoto suplemento, que quizá no somos tan buenos poetas como a nosotros mismos nos consideramos...
...los hay muy sensibles a los rasguños en la vanidad. Y a mí nada me divierte más que tocarle las narices al poetastro pomposo de hipertrofiado ego y minúsculo cerebro. Algunos no me lo perdonan nunca. Comprendo el enfado momentáneo, pero un odio perpetuo me parece demasiado honor.

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
LA VIDA MISMA
[Diarios 2006-2007]
ed. Universos, 2007


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