La experiencia visionaria de Miguel Ángel Velasco


      

   Además de sus versos, refulgentes, el poeta Miguel Ángel Velasco, indomable y libérrimo, nos dejó textos en prosa maravillosamente lúcidos, textos que dejan una honda impresión literaria, como éste que apareció en 1993 en el número 15 de la Revista Archipiélago que llevaba por título "La mirada sin dueño" y que recogía una conferencia del poeta en la Universidad de Verano de El Escorial.
La experiencia estética, la experiencia artística, la voluntad literaria y la experiencia visionaria se aunaron en su vida y en su obra en una feliz amalgama. Son esas lecciones de vida que sólo el arte de Velasco puede darnos. Aquí queda dicho.


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     Hablar de la experiencia visionaria es un trance para el que no cabe ahorrar cautelas, por cuanto es fácil ir a dar en una terminología ampulosa, saturada de términos correspondientes al campo semántico de la religión. Y, sin duda, a los arrobos deparados por sustancias incrementadoras de la percepción tienen con el fervor religioso un fundamento común, ya que si la predisposición al goce nos lleva a la mediación química para modificar nuestro ánimo, no parece un móvil menor el anhelo de suspender nuestra incredulidad. Es entonces cuando la farmacia sustituye a la gracia.
     
     Cierta memoria del edén debe de pervivir en las maltrechas entretelas del alma para que el hombre no se resigne a su condición de desterrado del jardín y busque auparse por sobre la tapia para rememorar tiempos mejores. Pero en nuestra exaltada indiscreción con respecto al contenido de los amenos lugares, no contentos con el balbuciente inventario de las maravillas del jardín, solemos acudir a conceptos que dejan más al desnudo nuestras dificultades para nombrar el misterio (los antiguos, más prudentes en esto, recurrían al salmo). Se diría que no hubiese nada que no fuera místico. Y pocas veces se sigue la sensata recomendación que nos da la etimología de la palabra: la de guardar silencio; no hacer precaria prosa del acontecer extático, a riesgo de banalizarlo.
     
     ¿Qué hacer entonces con el oro viejo de las palabras? ¿Con qué balanza pesar el vocabulario del éxtasis para hacer justicia al don de la ebriedad? Acaso con una tan liviana como precisa, que muy pocas veces nos es dado manejar, pero que puede ayudarnos en nuestra tentativa de acertar a decir el estremecimiento, en voz baja, como quien da las gracias.
     
     El que les habla no iba a ser una excepción con respecto a la indiscreta recreación verbal de la experiencia visionaria. Cuando me he visto en la necesidad de manifestar su contenido, éste ha discurrido por cauces rítmicos y versificados. En esas ocasiones he intentado oscurecerme lo más posible en los versos, como conviene a una poesía que pretende mostrar, traer a presencia. Oscurecerme como se exhorta a hacerlo en APARICIÓN:


Está ya anocheciendo, pero tente,
aguarda un poco más. Desdeña ahora
la luz señera de la casa. Escucha
crujir la muchedumbre de los pinos,
el arroyo correr, la nota líquida
en la garganta del zorzal, y siente
latir el bosque en vilo de inminencia.
Cierra manso los ojos y respira
el verde olor de la espesura, yérguete
en el impulso de aspirar y seas
un solo pulso absorto con la fronda.
Ahora abre los ojos a la noche,
ve los bultos severos de los pinos,
su rigidez alerta; pero aguarda,
aguarda todavía: mira alzarse
el rostro que invocaste, el rostro amado,
como otra luna entre las negras ramas.

     
     Sin embargo, no todo es rocío de mieles en el trato con los fármacos visionarios. En El origen de la tragedia se nos recuerda que por medio de la ebriedad la naturaleza habla al hombre con una claridad espantosa; a esta cegadora revelación alude BELEÑO DE SOMBRA:


A raíces sabía, ¿recuerdas?, aquel beso,
a pan ácimo y sangre, a lágrimas antiguas.
Un viento de ira hendía nuestra carne y dejaba
desnudo de su aroma un lirio duro: el hueso.

Habíamos bebido del purpúreo veneno
pero olvidando acaso hacer las abluciones.
Sólo sé que esa noche recorrimos desnudos,
con ebriedad de culpa, las bodegas del tiempo.

Tú mirabas la lava helada de mi boca,
mis cabellos en fuga, la escarcha de mi pómulo.
Yo tus ojos sesgados de alimaña acosada
que al punto se tornaban madrigueras de sombra.

No osábamos tocarnos. Y, sin embargo, amiga,
mas pudo la honda pena de vernos destrenzados
cual nos verá la tierra ese día en que ardan
con nuestro turbio aceite sus lámparas votivas.

Y así fue que, tomándonos de las manos marmóreas,
sorbimos nuestros labios como una pulpa impura,
atónitos del eco que en el tuétano hacía
la caracola amarga de aquel beso de sombra.

     
     Lo anterior nos remite a lo que se diría constituye el corazón de la experiencia visionaria: su notable eficacia para combatir la moral de identidad, ya sea apelando a un amor nacido de la conmiseración, de la identificación con el otro y su dolor, que es el nuestro, ya en nombre de la gratitud: si descubrimos que el hilo de la miel también puede medir el tiempo, si olemos el olor a sándalo de los cuerpos cuando bullen sin usura, si la experiencia es buena, en suma, es de esperar que la plenitud sentida nos dote de una abundancia cordial presta a traducir en ternura para con los otros, ya en la vida diaria, la exaltación que nos ha henchido.
     
     Si la experiencia es, por el contrario, difícil, es probable que ello redunde en una mayor capacidad de atención para reconocer el rostro de la dicha cuando ésta se presenta de forma pudorosa, con el humilde atavío de la costumbre. Recordemos el relato que Albert Hofmann nos hizo de un experiencia abisal con psilocibina, y la emoción que le embargó al contemplar la renovada transparencia de la vida recobrada.
     De esa maravilla les habla a continuación LÁZARO:


Míralas bien las cosas, reverberan
tocadas por el polen de la aurora:
la filigrana lenta de la savia,
el trémulo rocío, cada gota
en que se copia entera la mañana,
la lumbre cristalina del racimo,
el zarcillo y su rúbrica menuda,
no menos soberana que el oleaje
del encinar; el iris de los ojos,
del mismo fino estambre que esa nube
que se desteje en hebras melodiosas;
el viento de oro en la vibrante rama,
la luz de la resina, el claro anillo
de esta mañana del milagro: toda
la noche cabe en una rosa blanca.

      
     Sustancias como el ácido lisérgico tienen la virtud de proveernos de lo que podríamos denominar, según expresión feliz de Claudio Rodríguez, uno de nuestros más altos poetas, una mirada sin dueño. Con esos ojos desprevenidos vi unas lombardas de las que, para finalizar, les hablo:


Ebrio iba del mundo cuando vi aquellas coles
rizándose de plata como espuma del surco.
Diríase que públicas al par que pudorosas,
absortas en su pompa de corolas atroces.

Tan pronto raso añil como seda violeta
o copiando del cielo el zafiro más puro
las coles se irisaban como si las bruñese
el tornasol profundo de una rosa secreta.

La savia dibujaba con pincel minucioso
en las sedas azules filigrana escarlata.
Honda lumbre encendía las coles cristalinas
de rosa madreperla cual lámparas sagradas.

Al punto la madeja delicada de hojas
se henchía sudorosa de una savia más viva
y aquellas hortalizas parecían de pronto
el sueño vigilante de grandes mariposas.

Largo tiempo el que estuve asomado a la huerta
pues todo se entendía junto a aquella verdura.
Eran la misma cosa su rica nervadura
que las venas azules de mi mano en la cerca.

Y cuando me alejaba de las coles, sabiendo
que mi vida más cierta se quedaba con ellas,
vi en sus hojas alzarse como enaguas y alas
de novicias y ángeles remontándose al cielo.

     *Esta comunicación se presentó en el curso “Contracultura, desobediencia civil y farmacia utópica” de la Universidad de Verano de El Escorial en 1993. Los versos inéditos del poeta son una primicia de su próximo libro.

LA MIRADA SIN DUEÑO
Miguel Ángel Velasco
Archipiélago. Cuadernos de Crítica de la Cultura.
Nº15 / 1993

Miguel Ángel Velasco, poeta (1963-2010)

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