Epifanía del libro

 
     Hablaba Borges en el “Poema de los dones” de “algo que no se nombra con la palabra azar”. Ese algo probablemente hizo que Cervantes y Shakespeare, dos de los grandes autores de Occidente, murieran el mismo día del mismo año: 23 de abril de 1616. En su homenaje surge el “Día del Libro” que festejamos hoy, como invitación a la lectura y al libro.
     Es posible (pero irá lento) que el libro conozca nuevos soportes tecnológicos que sustituyan al papel, como este sustituyó al pergamino y al papiro. Insisto, irá lento porque la costumbre y la textura del papel gusta a la mayoría y tiene arraigo viejo. Pero, como fuere, con el soporte que sea, lo que no tiene sustitución a la vista es la lectura en sí, fuente de placer y fuente de conocimiento. De acuerdo que el placer es básico en cierto tipo de libros (novela, relato, poesía) pero no es un placer plano o meramente argumental, es un placer activo y lingüístico que pide pensamiento y sorpresa, ahondamiento en la magia del lenguaje que es, al fin, el de nuestra capacidad de conocer, pensar y ser libres. Pues como pensamos con palabras (lo concluyeron Wittgenstein y Saussure) quien no lee, no sólo carece de léxico sino de sintaxis interior, así es que no piensa y por tanto –en un mundo dominado por una mercadotecnia a menudo vulgar- sólo puede seguir como corderito lo que le dictan, más o menos subliminarmente.  La dicotomía es así de rotunda: no únicamente o lectura o ignorancia, sino lo que aún parece más grave, aunque la mayoritaria alienación lo pase por alto, o lectura o sumisión, esto es, incapacidad de pensar, ergo incapacidad de libertad… ¿Dirá alguien que no importa el libro, que el ensayismo es aburrido?
     Aunque no es menos verdad que cuando hablamos de festejar el libro (pero en el libro están todos los libros) solemos hablar de libros de ficción, de entretenimiento o de ocio. Algunos pensaron que la televisión acabaría con la lectura como pasatiempo, y que eso redundaría en beneficio de una literatura más elaborada y más cultivada, fuera en general del “bestsellerismo”. Pero no ha sido así; desde la señora Rowling a Ken Follet, pasando por Ruiz Zafón (es lista más que incompleta) han venido a demostrar que la lectura-pasatiempo sigue muy viva. Y ello –aunque implica elementalidad- no debe parecernos mal. La mayoría llegamos a la lectura, siendo niños o adolescentes, porque algunos libros nos absorbían hasta más allá del sueño: en mi caso fueron Salgari y Ridder Haggard. Y es evidente que esa magia, a la que Savater llamó “la infancia recuperada” no debe perderse. Si bien lo ideal y obvio es que tampoco permanezca sólo ahí. Pues lo que llamamos “literatura” tiene más sendas, mayor adultez, más pensamiento y circunvoluciones, lo que no supone goce menor, sino un gozar diferente, más complejo, más cultivado, más rico… De adolescente (seducido por una biografía de Proust obra del olvidado André Maurois) intenté leer “A la recherche…” y me aburrí a las cien páginas. Lo leí hacia mi treintena y fue y es uno de los libros que más me han fascinado en la vida. Igual tontería es dar a leer “Don Quijote” a chicos de quince años, sin experiencia de la vida y la derrota. Como decía el clásico: “Habent sua fata libelli”. Los libros tienen su destino y tiempo, sí. Pero no hay camino sin libros y sin saber. ¡Buena lectura!
 
LUIS ANTONIO DE VILLENA
Epifanía del libro
Decadencias, El Mundo
Abril de 2008

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