Epifanía de la basura



     En tres de sus entradas (pero todas están en el mismo campo semántico) el diccionario de la RAE define así el término “basura”: “Cosa que ensucia”. “Residuos desechados y otros desperdicios” o “Cosa repugnante o despreciable.” Y acepta como coloquialismo que se usa el término como aposición para “indicar que lo designado por el sustantivo al que se pospone es de muy baja calidad.”. Así hace años que oímos hablar a los sindicatos, por ejemplo, de “contratos basura”, para referirse a un contrato laboral abusivo, malo o precario. Se habla (muchísimo) de la “comida basura” -hamburguesas baratas, productos llenos de grasas animales, saturados de colesterol- que muy frecuentemente consumen niños y adolescentes. Pero la basura se sigue expandiendo: “Televisión basura” es la que llena algunas cadenas del mal llamado “mundo del corazón”, donde (por dinero) se investiga la vida privada de personas de ningún relieve y se entra en tertulias vocingleras y horteras, donde interesadas e interesados en tan importantes temas se ponen como pingos o verduleras de antaño, para gozo de una audiencia corta o chata. Eso ha generado que se hable ya de “fama basura”, donde se produce el mayor contrasentido. Clásicamente la fama fue la “tercera vida”, entendiendo que una era la vida en la tierra que nos es común, otra (para los creyentes) la vida en el más allá y una tercera esa “vida de la fama” que Jorge Manrique evoca a la muerte de su padre el condestable don Rodrigo. La Fama (a menudo con mayúscula) era la vida que el honor y la altura de sus obras o hechos procuraría a una serie de elegidos. Virgilio era famoso, Dante era famoso, Alejandro también lo era y se pensaba emular tales ejemplos. Cierto que la democratización de la vida y del arte y el arriesgado y terrible tema de la masificación en el que no entraré (el hombre deja de ser individuo para volverse “masa” y enajenar su yo) hicieron que la célebre y antigua sentencia de Andy Warhol, vieja ya pues se dijo en los primeros años 70 del siglo pasado, fuera aplaudida tanto por ocurrente como por visionaria: “En el futuro todo el mundo tendrá quince minutos de fama.” Por supuesto lo que Don Quijote o Cervantes entendieron por “fama” nada tiene que ver con la plebeyizada fama de Warhol, cuyas últimas consecuencias (murió en 1987) él no ha llegado a ver.  Puede haber (y la hay) una fama barata y efímera basada en el mundo del espectáculo o de los “mass media”, siempre en función de alguien que hace algo singular, aunque sea malo. La fama baratillo de cantantes o modelos sin demasiada consistencia o rigor. Nos acercamos pero no llegamos a la “fama basura”, que es la que detentan (y en muy alto grado) personas que nada de mérito han hecho sino exhibir su vulgaridad entre el aplauso general mediocre.

     Una piensa, en buena lógica, que una sociedad como la nuestra que ha perdido el miedo y el asco al concepto “basura” hasta el extremo de divertirse y gozarse con él, no puede ser -mayoritariamente- sino una “sociedad basura”, una sociedad en que los emblemas de la excelencia no sólo se han perdido sino que han sido sustituidos por sus contrarios, una sociedad de la bajura y la falta de calidad, de gusto y de formación cívica e intelectual. ¡Qué manjar para los políticos mediocres! ¿Qué no podrán hacer y proponer a una sociedad intelectualmente desarmada y que ha acogido con perturbadora naturalidad en su seno “basurero” y “basuras”? Nos dicen (muy demagogos) que el pueblo es sabio. Pero ya no hay “pueblo” sino “clase media baja” y en su mayor parte de sabia tiene muy poco. Atrevámonos a decirlo: en este momento una amplia parte de la sociedad, gregarizada y masificada es tonta, sandia. Y por eso se deleita en la “basura” que produce y consume. Nunca tan cierto como hoy el viejo adagio que declaraba: “Los sandios hacen los banquetes a los sabios”, porque en efecto ahora nos domina la vulgaridad, la absoluta bajada de todo listón de altura, y la “basura” como identidad, consecuentemente. Recuerdo unos versillos de Antonio Machado, que sin duda no daría crédito a lo que vemos hoy: “¡Que dificil es/ cuando todo baja, / no bajar también!” Apliquémonoslos, sin excepciones. No hemos sabido ilustrar a la democracia y esta (con el ensalmo de los antidemocráticos poderes económicos mundiales) es hoy una democracia de ignorantes, de la que no pueden salvarse los políticos de todo signo que la viven sin asombrarse ni reaccionar ante el general dominio de tanta basura.

     ¿Es normal vivir como si tal en una “sociedad basura”? ¿Se puede no intentar un cambio de rumbo fuerte e inmediato de subida de listones  y prestigio de la excelencia, más que desprestigiada, ignorada ahora? ¿O nos valdrá en nuestra memez proyanqui decirnos que en este estado de cosas los EEUU fueron pioneros? Vivimos al borde de otro abismo (además del deterioro ecológico) y nos reímos de que los “finos” sean los mindundis de la nada esnob y los “horteras” la mayoría masificada, ignorando que unos y otros (y los espectadores que ríen) son todos basura. Erasmo en su “Elogio de la sandez” se quedó muy corto.

Epifanía de la basura 
LUIS ANTONIO DE VILLENA
5 de Noviembre de 2010
El Mundo

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