La pasión inestable y permanente de Julio Martínez Mesanza



     
     Hace unos años viajé con mi mujer a Madrid única y exclusivamente para conocer en persona al poeta Julio Martínez Mesanza, que pasaba por allí unos días de vacaciones. Quedamos en una cervecería cerca de Cibeles y allí tuve ocasión de conversar con él durante unas horas. Persona interesantísima y de trato muy agradable, le llevaba yo mis ejemplares de todos sus libros para que me los dedicara y firmara, como buen lector y admirador -compulsivo, que diría alguno- de su maravillosa obra poética, una de las más grandes que ha dado la Literatura española en las últimas décadas. Aquel luminoso mundo de su Poesía me subyugó al instante cuando lo descubrí en la estupenda antología de nuevos poetas que publicó Julia Barella en 1987 bajo el título, DESPUÉS DE LA MODERNIDAD - poesía española en sus lenguas literarias.
    Poeta de sólida formación clásica y capaz de elevar la emoción poética a sus cotas más elevadas en sus versos, Julio escribe además, desde 2006, un magnífico blog en internet, CUESTIONES NATURALES, del que también soy yo asiduo lector y seguidor (si alguien lo desea le puedo enviar en word por mail todo el blog completo dispuesto por orden cronólogico, a modo de diario. Es una joya, os lo prometo). Pero es que además y desde hace tan sólo unos días ha comenzado a la par la andadura de otro blog monográfico suyo, de título LAS FERIDAS SONAR, en el que promete lo mejor: seguir haciéndonos felices con su vida intelectual y erudita siempre en ebullición, su inclinación noble y generosa a la Artes y a las Letras.
   Os transcribo a continuación otra joya para degustar: un texto del propio Mesanza hablando de su obra y su vida de poeta, que se publicó para la serie de plaquettes de la fundación Juan March. Me lo descubrió hace un tiempo una amiga que conocí a través de este botín del mundo que tantas alegrías me está dando.


Alfredo Rodríguez y Julio Martínez Mesanza, Madrid 2008


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     LA PASIÓN INESTABLE Y PERMANENTE


     Las pasiones tienen la mala fama de no ser duraderas, de que su energía, por mucha que sea, se agota en un abrir y cerrar de ojos. Así, por ejemplo, la pasión amorosa, que es la pasión por excelencia. Dicen que, luego, esa pasión es sustituida por las formas mucho más contenidas del cariño y del afecto o, sin más, por la inercia de los hábitos agradables. Yo tengo mis dudas al respecto. Creo que hay pasiones amorosas inextinguibles, pese a las desalentadoras conclusiones de la neurociencia, pasiones de todo tipo que jamás abandonan sus maneras exageradas, obsesivas e incluso violentas, y pasiones que rebrotan cuando uno menos se lo espera. Mi pasión por la poesía ha sido permanente. Empezó allá por mis catorce o quince años y todavía no me deja tranquilo. Si no fuera así, no habría escrito anteayer mismo un poema de esos que no se dejan escribir, con la voluntad de quien piensa que lo que está haciendo le justifica aunque sólo sea ante sí mismo. Si no fuera así, no me habría emocionado el otro día al recordar con mi viejo amigo José del Río Mons las anónimas endechas que lamentan la muerte de Guillén Peraza, ni habría sentido una exaltación idéntica a la que sentí hace bastantes años cuando me encontré con ellas por vez primera. Si no fuera así, en fin, les aseguro que hoy no estaría con ustedes hablando de poesía, porque fingir es una de las cosas más aburridas que existen.
     
     Pero también digo en el título de esta charla que esa pasión por la poesía ha sido y es inestable. ¿A qué me refiero? A que no siempre ha tenido la misma intensidad. Sin que desapareciera por completo, ha habido épocas, más o menos largas, en las que no he experimentado un placer excesivo al leer poesía y épocas en las que he escrito más bien poco, lo que en mi caso quiere decir prácticamente nada. Mirando hacia atrás, no veo qué razón se oculta detrás de estas pequeñas pero reiteradas deserciones. Seguramente, no hay ninguna o hay muchas. Creo, en cualquier caso, que el mío no debe ser un caso único. La de novelista puede ser una profesión. No así la de poeta. Y, al no tratarse de una profesión, pienso que algunos poetas tendemos en ciertos momentos a descuidar el propósito último de nuestra actividad, que es el de hacer poemas no libros. Pero aunque de hacer libros se tratara, nos encontramos con el hecho de que un libro de poesía se hace solo, mientras que una novela sólo puede concluirse después de un trabajo intenso y constante. Escribir muy de vez en cuando y no exaltarme demasiado al leer o releer poesía no me ha llevado nunca a dudar de la buena salud de mi pasión, porque, hasta ahora, siempre ha sabido recuperarse de esas horas bajas y, a veces, con una fuerza capaz de desconcertarme; sobre todo porque, alcanzada cierta edad, uno podría creerse libre de algunas conmociones que, equivocadamente sin duda, se asocian con la adolescencia.
     
     Por otra parte, esa pasión ha especializado tanto algunos de mis hábitos, que, incluso cuando permanece dormida, me hace mirar de una manera determinada las cosas. Me hace mirarlas como si, más adelante y de la forma que sea, algo de lo que está en ellas pudiera incorporarse a un poema futuro. Naturalmente, no hago esto con todas las cosas y no lo hago siempre, pero sí con la suficiente frecuencia como para advertir que la pasión sigue ahí y que me obliga a mantenerme alerta.
     
     Hasta el momento he reunido mi obra poética en tres libros. El primero, Europa, incluye poemas escritos entre 1979 y 1990. A lo largo de la década de los ochenta fui ampliando su contenido mediante sucesivas ediciones y a finales de los noventa añadí al conjunto una serie de fragmentos, de poemas que, por una razón u otra, no había llegado a terminar. El segundo de mis libros lleva por título Las trincheras y los poemas que en él figuran están escritos entre 1986 y 1996. El tercero, Entre el muro y el foso, aparecerá en breve e incluirá buena parte de lo que he escrito
desde entonces hasta ahora. Precisamente, observando estas
fechas, me doy cuenta de que cada uno de mis libros cierra un período de actividad de una década. A esta cifra no le atribuyo ningún significado existencial; lo único que indica es que mi frecuencia de escritura da para eso, para un libro cada diez años. En el caso de Europa y Las trincheras ya tenía decidido el título que iban a llevar los libros mucho antes de publicarlos, lo que no quiere decir que trabajase bajo el influjo del mito del libro unitario. Esto de la unidad de los libros de poesía, a la que se alude en tantas y tantas reseñas, constituye una de las mayores supersticiones de la crítica en el último medio siglo. A mí me parece necesario que el Orlando y la Araucana tengan unidad y me parece evidente que los Rerum vulgarium fragmenta de Petrarca la tienen y no es ocioso que la tengan. Pero, ¿por qué pedir unidad a cualquier libro de poesía que se publica? Lo único que tiene que tener un libro de poesía son buenos poemas, porque es en los poemas en los que se lee la poesía, no en todas esas construcciones artificiales a las que se obligan los poetas para lograr que sus libros sean unitarios. Pues bien, como decía, "Europa" y "Las trincheras" fueron títulos que se me impusieron desde muy temprano mientras escribía los poemas que acabarían formando parte de esos libros. Si hay algo que, a primera vista, caracteriza estas dos colecciones y la de próxima aparición es que todos sus versos son endecasílabos blancos. Mi relación con ellos venía de antes, pero a partir de finales de los años setenta se convirtió casi en exclusiva. A veces, hago poemas de arte menor con rima asonante, pero son para consumo privado. A estas alturas, no recuerdo cuál pudo ser la primera fuente para mí de esos endecasílabos blancos. Recuerdo, eso sí, haberlos leído temprano y con agrado en Boscán, en algunos poetas españoles del dieciocho y en Juan Eduardo Cirlot. Siempre que me dencontraba con un poema escrito en este metro, notaba que discurría con una flexibilidad muy apta para cualquier tipo de tema y de tono. Veía que la variada musicalidad del endecasílabo blanco y su ductilidad para el encabalgamiento hacen que sea mucho más rico en matices y posibilidades que el alejandrino e infinitamente más que el verso libre, cuya práctica abandoné por entonces de manera definitiva. Recuerdo también que la lectura que hice de Parini, Foscolo y Leopardi en esos años de finales de los setenta influyó bastante en la que, al cabo, se convirtió en una elección duradera. Las sugerencias narrativas de Il Giorno, los evocadores y enérgicos versos conclusivos del canto Dei sepolcri, que son una de las poéticas más estremecedoras que se hayan escrito, con ese Homero ciego que penetra tropezando en las tumbas de los héroes troyanos e interroga las urnas mientras las abraza, y las pocas líneas de L'infinito, en las que cabe un mundo y una vida, representaron para mí una lección tan provechosa como inolvidable.
     
      Vistos a la distancia de diez, quince o veinticinco años, algunos poemas de Europa y Las trincheras me parecen escritos por otra persona. A veces, esa sensación se extiende a toda mi obra poética. No porque deje de suscribir lo que digo en ella y cómo lo digo, sino porque el paso del tiempo nos vuelve extrañas muchas cosas. Los poemas que siento como más míos no son aquellos que releo ahora y me convencen más, sino aquellos de los que recuerdo claramente por qué, cuándo y cómo los hice. Esos poemas están ligados a sensaciones físicas que perduran en la memoria o tienen el poder de evocar un entorno y un tiempo determinados. Muchos otros me dan la impresión de ser casi
anónimos, de estar escritos por alguien que, según parece, soy yo, pero que podría ser cualquier otro.
     
     Les hablo de mi relación con la poesía, de elecciones métricas y formales, de influencias reconocidas, de procesos creativos. No hablaré, sin embargo, sobre el contenido de mis poemas ni teorizaré sobre qué es o deja de ser la poesía. Ambas tareas son lícitas y a ellas me he entregado en más de una ocasión, pero, en el primer caso, en el de los asuntos de mi obra, creo con el trascurrir de los años que es ocioso explicar lo que se explica por sí mismo, y, en el segundo, el de la teoría poética, estoy convencido de que lo que dijese hoy aquí lo modificaría mañana ante otro público y en otras circunstancias. No porque no tenga alguna idea más o menos firme al respecto, sino porque se trata de un tema tan poco asequible que sólo podemos abordarlo con aproximaciones, siempre diferentes y, me temo, siempre fracasadas. Prefiero, pues, hablarles por una parte de la superficie de mis poemas (si algo así existe), no de lo que haya querido decir o dejar de decir en ellos, y, por otra, de lo que conozco por experiencia directa, sin extraer ninguna conclusión teórica al respecto.
     
     Hay, por ejemplo, elecciones formales en mis poemas que son deliberadas y otras de las que me he ido haciendo consciente según pasaba el tiempo. Son, por decirlo de alguna manera, los rasgos de mi estilo (si también algo así existe). Algunos de esos rasgos tienen su origen, sin duda, en mis propias limitaciones; otros, en mi carácter; otros, en fin, en el espíritu de la época. En mis poemas, por ejemplo, no hay preguntas, no se abren ni se cierran interrogaciones, ni retóricas ni de ningún otro tipo. Desconozco lo que me llevó a prescindir de un expediente tan común, pero el caso es que, desde muy temprano, no se halla en mi poesía ningún rastro de él. Muchas preguntas retóricas les parecerán, como a mí, un poco falsas, pero eso no invalida el papel eficaz que muchas otras desempeñan dentro del poema. Lo que quiero decir con esto es que, inconsciente o no, se trata de una elección que no pretendo justificar desde ningún punto de vista. El siguiente ejemplo tampoco tiene justificación. Mis endecasílabo nunca terminan con una palabra aguda o esdrújula. No tengo nada contra ese tipo de palabras, porque, si lo tuviera y las evitara siempre, me sería imposible, como es lógico, escribir varias frases seguidas con cierto sentido. El caso es que las uso con total normalidad, pero las he abolido del final de mis versos. Podría argumentar que se ven poquísimo en esa posición en la poesía española de los siglos de oro, la que he leído con mayor frecuencia, y que, cuando riman formando parte de versos de arte mayor, suelen provocar cierto inconfundible soniquete; pero ni estamos en el siglo dieciséis ni yo utilizo la rima, luego se trataría de argumentos sin peso real alguno. En fin, la ausencia de preguntas en mis poemas y la de palabras agudas y esdrújulas al final de mis endecasílabos quizá responde solamente, en el mejor de los casos, a un hábito y, en el peor, a una manía.
     
     En mis poemas es imposible encontrar palabras de esas cuyo significado sólo conocen el poeta y dos o tres privilegiados que tuvieron la fortuna de leerlas antes y la fortuna mayor de tener la memoria de recordarlas luego. Tampoco hay en ellos arcaísmos, pese a lo que opina un ilustre hispanista norteamericano, ni palabras especializadas de los oficios, de la zoología, de la botánica, de la óptica o de cualquier campo del conocimiento. A veces, puedo llevar esta tendencia congénita hasta la exageración y, si me es posible decir "árbol", no digo "cedro" y, si tengo que decir "caballo", digo "caballo" y no saco a pasear alazanes, corceles ni cosas por el estilo. Seguramente, todo esto les resulte bastante empobrecedor. No niego que lo pueda ser. Y demasiado abstracto quizá; pero toda palabra de uso poco corriente, toda palabra fuera de lugar que busca algún efecto de los llamados poéticos, tiende a concentrar la mirada del lector sobre ella y hace que éste pierda de vista el conjunto, provocando catastróficos desequilibrios en la economía del poema. Ésta es una razón que se me ocurre ahora mismo, aunque bien pudiera ser que, como en los casos precedentes, la verdadera razón se esconda en los pliegues más recónditos de eso que llamamos carácter.
     
     Para terminar este breve repaso de rasgos estilísticos o, lo que es lo mismo, de algunos de los límites evidentes de mi forma de escribir poesía, les diré que apenas utilizo metáforas y mucho menos metáforas difíciles o imposibles de entender. Suelen aparecer aisladas y a menudo son tan poco metáforas que hasta resultan imperceptibles para mí. Los poetas tendemos a pensar equivocadamente que este tipo de elecciones y muchas más que resultaría largo enumerar aquí, unas exclusivamente propias y otras compartidas con poetas en los que reconocemos cierta afinidad, son las correctas y que los demás, todos los que han elegido otras, se hallan en un grave error. Esta extraña actitud, que niega valor a la infinita variedad y riqueza de las almas, da lugar a superficiales polémicas en las que se olvida que hay tantas formas de poesía como poetas y que el nivel de excelencia debe ser la única vara de medir y no las opciones poéticas de cada cual. Reconozco por mi parte haber participado en alguna de estas polémicas con una determinación y un entusiasmo dignos de mejores causas.

     La segunda parte de mi intervención la dedicaré a repasar mis lecturas poéticas preferidas. Puede ser útil para comunicarles de una manera práctica y directa, sin aparato teórico, algunas de las certidumbres que me he ido forjando a lo largo de mi experiencia literaria. No se esperen grandes sorpresas. Se trata de un itinerario en buena parte compartido con otros muchos. La Biblia, sobre todo Salmos y Profetas, ha sido para mí una lectura más que recurrente. Es difícil encontrar poesía más enérgica que la de Isaías y comprensión más honda de la esperanza humana que la del Salmista. Dentro de la poesía griega, he tenido predilección por los grandes trágicos. De Esquilo, me conmueve todo, hasta su epitafio, en el que, sin aludir a su gloria literaria, recuerda solamente que combatió en el bosque de Maratón, en otra de las más grandes ocasiones que vieron los siglos. No me salto a Homero. ¿Cómo podría hacerlo? Sólo que no se me ocurre ahora mismo añadir nada nuevo a todo lo que se ha dicho sobre él. Si acaso, les recomiendo leer, si todavía no lo han hecho, el ensayo que Simone Weil escribió en sus últimos y agonizantes años londinenses, La Ilíada o el poema de la fuerza. En sus páginas se encuentran en estado puro toda la belleza y el horror homéricos. Más allá de los límites de la épica, a la poesía de los griegos le cuesta abandonar el tema de la guerra. Y es que, desde la temprana adolescencia hasta la avanzada vejez, todos los ciudadanos se jugaban la vida cada verano combatiendo en las apretadas y claustrofóbicas filas de las falanges. Tirteo nos ha transmitido la visión más noble y entusiasta de ese cruel rito estival, siempre el mismo y siempre renovado, que está en la raíz de alguno de los valores cívicos más sólidos de Occidente. Arquíloco, sin embargo, nos ha dado la versión en negativo del mismo rito, con un sentido de la libertad y del individuo también genuinamente occidental. De ambos, de Tirteo y Arquíloco, pueden encontrar rastros y algún que otro préstamo en mi poesía.
     
     También pueden encontrar en mi poesía huellas y préstamos envidentes de Ennio, que no es con toda seguridad el poeta latino que prefiero, pero sí el que ha ejercido sobre mí una mayor fascinación. He tenido épocas más ovidianas, épocas horacianas y épocas, como la que trascurre ahora, decididamente virgilianas. Hay pasos de la Eneida a los que siempre vuelvo, casi con superstición, y la tumba de Virgilio en Mergellina, real o falsa, es la única tumba de poeta que he visitado en toda mi vida. La elegía latina constituye una de las fuentes más ricas para el conocimiento de la psicología humana y Propercio es uno de los más grandes poetas que han escrito sobre el amor. La elegía séptima de su cuarto libro, esa que comienza Sunt aliquid Manes, es un monumento de la literatura latina y de la literatura de todas las épocas, con esa inolvidable Cintia que regresa desde el Hades al sueño del poeta para reprocharle su ingratitud. Catulo, Propercio, Tibulo, Lucano y Juvenal, tan distintos entre sí, continúan enriqueciendo después de muchos años mi vida de lector. De todos ellos he recibido provechosas lecciones y a casi todos ellos les he rendido homenaje en mi poesía bajo la forma de la cita encubierta.
     
     Siguiendo con este repaso, sólo a veces cronológico, diré que, como muchos otros de mi generación, me adentré en la obra de los trovadores de la mano de Martín de Riquer. Es un mundo perfectamente circunscrito y, a la vez, inagotable. Bertran de Born, aparte de ser ese espeluznante fantasma de la Commedia, en la que aparece llevando su propia cabeza en la mano a guisa de farol, es uno de los poetas más políticamente incorrectos de todos los tiempos, incluido el suyo. Hablaba en sus versos de lo que le apetecía con una soberana impiedad que deja en nada el descaro de Villon, y lo que le apetecía, por encima de todo, era la guerra. No diré en cuál de mis poemas hay una cita casi textual de Arnaut Daniel, así contribuiré en mi modesta medida a aumentar el misterio de su obra, que nos invita a perdernos en la pura extrañeza. De un trovador muchísimo menos conocido, Gui de Cavaillon, leí hace unos años un poema en el que cuenta que, hallándose cercado su castillo por los franceses, él y su gente se pasan el día a caballo y que, luego de cenar como Dios manda, hacen guardia entre el muro y el foso (nos fam la gaita entre e'l mur e'l fossat). La viva impresión que produjo en mí esa solitaria guardia nocturna en el reducido e inseguro espacio que hay entre un muro y un foso terminó por convertirse en un poema que empieza, precisamente, con esas palabras, Entre el muro y el foso, que serán también el título de mi próximo libro.
     
     Tengo varias ediciones de todo tipo de la Commedia de Dante, pero la que utilizo más a menudo es una de bolsillo que me acompaña desde hace más de treinta años. Su estado de conservación es deplorable, pero a mí no me desagrada tal cosa, si acaso me anima a hojearla aún más, porque el aspecto tan desgastado de sus páginas puede expresar mucho mejor que yo el inmenso amor que siento por esta obra. He aludido ya en estas notas a otros poetas italianos, a Petrarca, a Ariosto, a Parini, a Foscolo y a Leopardi. No querría dejar fuera de ellas a Guido Cavalcanti, a Miguel Ángel, que, como poeta, me emociona menos que el escultor de la Pietà Rondanini pero más que el pintor del Juicio Final, a Tasso, deslumbrante y minucioso, entregado hasta la locura a la Verdad, en cuya indescifrable caligrafía se refleja una de las almas más ricas y complejas del dieciséis, y a tantos otros mayores o menores, desde Guido Guinizzelli a Pasolini, que han escrito en una lengua que es como otra patria para mí.
     
     Llegado al punto en que debo hablar de textos y poetas españoles, me asalta el temor de pasar por alto demasiadas de mis experiencias fundamentales como lector de poesía. Hablaré de unas pocas, consciente de que, en otra circunstancia, esta selección provisional podría cambiar, aunque nunca llegaría a ser completamente distinta. Si algo despierta en mí eso que llaman envidia sana, es la excelencia allá donde la veo y, sobre todo, la excelencia en aquellos aspectos de mi actividad para los que sé que no estoy dotado. Yo envidio la excelencia y la gracia de innumerables piezas del Cancionero Tradicional y del Romancero. Sería feliz si hubiera escrito simplemente Malferida iba la garza o si fueran míos los octosílabos del romance que empieza Por la matanza va el viejo / por la matanza adelante. El Cantar de Mio Cid, el Poema de Fernán González, todo Berceo, todo Ausiàs March, el Marqués de Santillana cuando escribe versos de arte menor, el Laberinto de Fortuna, Jorge Manrique, y no sólo por las Coplas: ésa sería mi más que previsible selección de textos y autores medievales. Puedo añadir a Francisco Imperial, a Rodríguez del Padrón y a varios poetas de los Cancioneros, pero me temo que ni aun así entraría en la esfera de la originalidad.
     
     Tres de los más grandes poetas españoles de todos los tiempos fueron soldados y murieron en combate: Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega y Francisco de Aldana, pero sólo en éste la guerra entra a formar parte esencial del discurso poético. En Manrique vemos alusiones a ella y metáforas y alegorías inspiradas en las defensas militares. En Garcilaso hay escasísimas referencias a este tema. En Aldana, sin embargo, se habla del combate en primera persona y con más sinceridad de la que emplearon sus contemporáneos para hablar del amor o de cualquier otro asunto. Esta sinceridad, su energía moral y la fuerza de su expresión poética lo convierten en un caso único. Se lamenta de la injusticia de la guerra y, a la vez, siente el profundo honor de ser soldado; tras tanto andar muriendo, su alma sólo quiere escapar a ese destino de sangre, trincheras y noches de alarma, y, cuando se cree a salvo, ese mismo destino lo conduce a una heroica y descabellada empresa que concluye con su muerte en Alcazarquivir el día de la pérdida del rey don Sebastián. Un caso parecido es el del poeta inglés Wilfred Owen, que murió en el campo de batalla una semana antes de firmarse el armisticio que puso fin a la Gran Guerra. Siempre le estaré agradecido a mi buen amigo Trevor J. Dadson por haberme regalado hace ya unos años The War Poems de Wilfred Owen y darme la oportunidad de leer a tan extraordinario poeta.
     
     Otros nombres de los siglos de oro españoles que no quiero dejar de citar aquí, seguro que los están esperando todos ustedes: Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Francisco de Figueroa, Fernando de Herrera, Lope de Vega, Luis de Góngora, Quevedo, Calderón. Sólo les haré algunas breves confidencias al respecto. De todos estos poetas, siento una especial predilección por Fray Luis y por Lope. El primero nos ofrece una lección literaria o moral en cada uno de sus poemas, que no se parecen tanto entre sí como los de sus coetáneos. Hagan la prueba, yo la he hecho, de leer cada día uno de sus poemas originales y de comentarlo con otra persona que, a su vez, se someta a la misma grata disciplina.
Estoy seguro de que, al cabo de un mes, si no se han convertido a la religión de Fray Luis, habrán disfrutado al menos, despacio y con calma, de un rato diario de espléndida poesía. Y de Lope, ¿qué decirles? Creo que es el único poeta con el que he llorado y me parece de fiar y verdadero hasta cuando exagera o miente. Les comentaré también para finalizar este apartado que en la adolescencia sufrí de fiebres gongorinas. Leía y releía con injustificado entusiasmo el Polifemo y las Soledades e incluso las cosas de los epígonos, como la Fábula de Faetón, de Villamediana. Con el tiempo, Góngora es para mí el autor de romances y letrillas inolvidables y, sobre todo, de Hermana Marica, un poema que vale por toda una literatura. De aquellas fiebres me curé; de las quevedianas, por el bien de mi salud espiritual, espero no curarme nunca.
     
     De Shakespeare, como de Homero, me es difícil ahora mismo decirles algo mínimamente interesante. Me reta en la misma medida en que me abruma, así que he ido tomando de él pequeñas aunque reiteradas dosis. Goethe, Hölderlin y Novalis, Coleridge, Shelley y Keats, vuelven siempre a mis manos, pero, por encima de ellos, William Wordsworth se ha ido convirtiendo poco a poco en mi autor de referencia para ese extraordinario período que empieza poco antes de la caída del Antiguo Régimen y concluye con la resaca de las campañas napoleónicas. Wordsworth salía a pasear de buena mañana y se alejaba varias millas de su casa. Después de atravesar páramos y bosques, regresaba a ella casi a la caída del sol. Así debía hacer sus poemas, memorizándolos poco a poco a lo largo de esas interminables caminatas. Petrarca también caminaba bastante, pero seguramente dedicaba muchas más horas que Wordsworth a permanecer en su estudio. A mí me resultan entrañables estos poetas que escriben paseando y sin ningún papel cerca: son la negación absoluta de ese simpático cuento que algunos han dado en llamar miedo a la página en blanco. No quiero dejar el diecinueve sin citar a Baudelaire y Rimbaud y la verdad es que no quiero adentrarme demasiado en el veinte, donde todo aparece ante mí con menos perspectiva y mucho más movedizo. Mis últimos clásicos de esta larga lista son Yeats, Rilke, Pound, Eliot, Lorca y Borges. De ellos, Rainer Maria Rilke es el que ocupa un lugar de privilegio en mi corazón. Gracias a mi amiga Crista, leí a los dieciocho años la traducción que Torrente Ballester hizo en 1946 de Las Elegías de Duino y de Requiem. En uno de éstos, el dedicado a la escultora Paula Becker, muerta de parto, Krankheit rima con Zeit, es decir, enfermedad con tiempo.
Los ecos de esta rima plena de significado añadido me han acompañado desde entonces y también desde entonces cada relectura de los grandes ciclos de Rilke, las Elegías y Los sonetos a Orfeo, ha supuesto para mí un feliz reencuentro con aquel que era a los dieciocho.

     
     En fin, la poesía, como autor y como lector, me ha dado innumerables satisfacciones; me ha hecho conocer personas maravillosas y lugares que de otra forma no habría visto nunca. Ha estado unida en muchos casos a esos momentos de exaltación de la amistad, que son impagables. Me ha acompañado en la melancólicas horas y en las horas más felices. Bien mirado, casi todo se lo debo a la poesía. Si pienso en cualquier cosa de las que he hecho o me han sucedido, allí está ella, como causa inmediata o como causa remota, pero siempre presente. Aunque tengo el íntimo convencimiento de que yo no he estado a la altura, de que no le he correspondido. Pero eso es materia para otro capítulo, el que trata sobre la infinita facilidad que tienen los hombres para desperdiciar lo que graciosamente se les otorga.


JULIO MARTÍNEZ MESANZA
15 de Julio de 2005
Fundación Juan March, 
Poética y Poesía
 Madrid 2005

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