Elegías de Sandua


     Ricardo Molina fue uno de los exquisitos nombres que me recomendó mi querido maestro Antonio Colinas en una de mis emocionantes y fecundas visitas a su preciosa casa de Ibiza. Reconozco que no había oído hablar yo nunca de este poeta, ni siquiera sabía que fue uno de los miembros del famoso grupo Cántico cordobés, del que, reconozco también, poco o nada había leído por entonces. Luego, al llegar a Pamplona, como siempre puse en marcha la maquinaria de búsqueda y captura de libros -dioses, cómo me gusta buscar y encontrar viejos libros...-, y al poco tiempo la felicidad: recibí por correo su Obra poética completa en dos tomos. Una vieja edición de Antonio Ubago para la Diputación de Córdoba.
     Hace apenas unos días, entregado por las noches -y después de los biberones- a los apasionantes artículos de crítica literaria de Luis Antonio de Villena, se me recomendaba en ellos la lectura de una de las obras de Molina: ELEGIAS DE SANDUA. Así que la cosa ya no podía esperar más. Me dispuse a su lectura.
     Bien, amigos, ha sido maravilloso descubrirlas. Prendieron sus llamas en mi corazón. Su lectura nos ilustra, nos salva por el conocimiento revelado en ellas. Cansado uno ya de esta vida antipoética y gregaria que llevamos, las ELEGÍAS de Ricardo Molina expanden sobre nosotros un exquisito perfume, invulnerable a las flechas del tiempo, los incendios y el oleaje del mundo.
     Ricardo Molina, un poeta que no debe quedar perdido ni olvidado. De ningún modo.


Alfredo Rodríguez y Antonio Colinas, 
una mañana de Oro en Can Furnet, Ibiza, verano 2008


 ***



ELEGIA XXIX

A Vicente Aleixandre



Dios mío,
cómo me atreveré a invocar vuestro nombre
si esta tierra de paso me parece tan bella.

Cómo osaré tan sólo pensar en vos, Dios mío,
si el soplo misterioso y frágil de la vida
me colma con su música
y su hálito ardiente hincha mi alma lo mismo
que una flauta silvestre,
y estas flores marchitas de la aurora a la tarde
y estos vientos que expiran en los verdes ramajes
y el azul de los cielos
y la inmovilidad vegetal de los campos
son bellos para mí, completamente bellos.

Cómo voy, oh Señor, a suplicaros nada,
si cuanto mi alma desea es tan efímero
y distante de vos… Cómo voy, oh Dios mío,
a pediros la rosa, si es veneno florido
que penetra en mi alma, la adormece y la embriaga;
si los hombres que viven y cantan como ríos
y las mujeres profundas como el bosque
y las agrestes alimañas que cualquier ruido azora
y los animales que pastan en los prados herbosos
son bellos para mí, completamente bellos.

Cómo os voy a ofrecer, oh Dios mío, tampoco
mi amor, ay, este amor egoísta y celoso,
eternamente humano y, sin embargo, insatisfecho;
el amor que es en mí como la sombra ardiente
de las cosas del mundo, de los seres mortales;
este amor que, a pesar de saberlo culpable,
a pesar de sentirlo fugitivo y violento,
es bello para mí, completamente bello.

Es que yo aunque sea vuestro hijo y lo sepa
y en el fondo os prefiera a todas las criaturas
y os ame sobre todas las cosas de este mundo,
soy semejante al árbol cuyo espeso ramaje
glorifica el azul, pero cuyas raíces
se hunden en la tierra negra e inexorable,
y aunque en una centella última de deseo
todo mi ser aspire a ser al final vuestro,
ahora, solamente ahora, solamente
este instante, Señor, soy todo de la tierra.

Y ahora me doy cuenta, y esto es irremediable,
de que no soy un hombre de mi tiempo.
No, yo debí nacer en las islas de mármol
cuyas playas doradas baña el Mediterráneo,
en la sombrosa Lesbos o en la bárbara Zante,
en la asiática Chipre, en la dorada Hiblea
o tal vez en Atenas cuya jónica frente
coronaban las musas con oscuras violetas.

Por eso me transporta un rumor de navíos
y el vasto azul homérico se dilata en mis sueños
y mi alma ahora mismo es semejante
a una cala en penumbra palpitante de vírgenes
y las olas antiguas, rojizas como el vino,
me salpican los pies con su espuma inspirada
y el fasto misterioso de Asia se despliega
en velos y perfumes ante mis ojos claros
y mis labios aspiran en un soplo salino
la ventura de ir errante por las islas…

Ah, yo debí nacer en aquel tiempo bello
de flautas pastoriles y prados de asfódelos,
entonces, como Tirsis, invocaría las musas
al escuchar el viento sonar entre los pinos,
o bien, como Menalcas, deslizaría mi alma
por las grutas sombrías como un agua de ensueño,
o acaso, como Títiro, desde un frondoso hayedo
haría resonar las selvas con el nombre
de la bella Amarilis, tan cruel como bella.

Y tendido en la hierba cerca de alguna fuente
te esperaría, oh bello amor de los idilios,
dilatando la hora pánica de la siesta
con la flauta monótona y tierna como el campo.

Y los aguzanieves cantarían en los álamos,
y en la profundidad del bosque silencioso
un ruiseñor oculto estallaría de pronto
como una rosa desesperada, y mi rebaño
mordería en los setos las bayas y las moras,
y yo haría mi canto sólo con ir nombrando
las flores y las plantas de aquel lugar silvestre:
la violeta, el Jacinto, el poleo florido,
el digital, la anémona, el verde culantrillo,
la prímula, el veleño, la dedalera, el trébol,
la valeriana, el tirso, el áspero ojiacanto,
la juncia, la verbena, el cítiso y la menta…

Luego le trenzaría una bella corona
a mi Amarilis tan bella como desdeñosa,
y al moverse un instante las espinosas zarzas
creería que un dios emboscado en la fronda
espiaba con ojos maliciosos mi alma.

Y la tarde sería una espera dichosa
de la noche divina que acerca los amantes
y los une en un lecho de hojas secas y musgo
y, entonces, yo diría: ¡Oh noche de la Arcadia,
desciende sobre el valle y tráeme a mi amada;
oh, noche silenciosa, desciende ya, no tardes
y tráeme a Amarilis de ojos primaverales!

Los sapos tañerían su flauta cristalina;
los pálidos cantores del bosque quejumbroso
pulsarían sus liras de mágica tristeza;
una nube de música velaría un momento
el rostro delicado de la luna creciente
y en el recogimiento de las colinas grises
y en el silencio oscuro de los prados bucólicos
se escucharía tan sólo
de un Cíclope nocturno el lejano sollozo.





RICARDO MOLINA
ELEGÍAS DE SANDUA (1948)
OBRA POÉTICA COMPLETA, vol 1
Excma. Diputación Provincial de Córdoba
Antonio Ubago, editor
Granada, 1982


Ricardo Molina, poeta (Córdoba, 1917-1968)

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP