Dalt Vila argótica

     
     Cuando hacemos un recorrido por la laberíntica Dalt Vila, afortunadamente todavía son reconocibles un buen número de elementos góticos: la preciosa puerta de la antigua Curia, en su día un ventanal; la catedral, que comenzó siendo gótica; restos de lo que fue el edificio de la Universitat, hoy Museo Arqueológico; la bellísima ventana del Museo Puget, anteriormente conocido por Can Llaudís o Can Comasema… y otros muchos.
     
     Según el misterioso escritor Fulcanelli, de la primera mitad del siglo XX, es un error pensar que el término gótico procede del pueblo germánico godos, o de goes, mago en griego; a lo que hace referencia realmente es a art goth, argot, a la interpretación cabalística de un lenguaje secreto, un argot de aquellos que las diseñaron y las levantaron. «Los argotiers, o sea, los que utilizan este lenguaje, son descendientes herméticos de los argo-nautas, los cuales mandaban la nave Argos y hablaban la lengua argótica mientras bogaban (…) en busca del famoso Vellocino de Oro».
     
     En un interesantísimo despliegue de originalidad, el conocimiento sale de los monasterios para mostrarse en piedra. Todo allí reflejado, la ciencia, la belleza del arte y hasta lo simbólico, lo iniciático, lo expuesto al ojo de todos pero que sólo unos pocos privilegiados saben interpretar. Entre gárgolas amenazantes, vistosas vidrieras y altísimas agujas, algunos observadores han querido ver todo un tratado de alquimia. ¿Se han fijado que la estructura de la planta en cruz, con el añadido del ábside, es igual a la forma del angh, la milenaria cruz egipcia que representa lo que no tiene comienzo ni fin? El majestuoso edificio es como el horno, el atanor, después de haber entrado se sale transformado, más espiritual. La Piedra Filosofal, la que permite cambiar metales de poco valor en oro, es el símbolo de lo que hay de divino en el hombre, de lo que no perece tras su muerte.
     
     Víctor Hugo dijo de Nôtre-Dame de París que era «el compendio más cabal de la ciencia hermética, de la cual la iglesia de Saint Jacques de la Boucherie era un jeroglífico completo». En el siglo XIV y hasta el XVI los iniciados se citaban en una de sus tres puertas en el día de Saturno todas las semanas, para contrastar el ritmo de sus investigaciones.
Detrás de los restos góticos de Dalt Vila también se intuye a maravillosos ingenuos intentando reproducir la leyes del Génesis en un húmedo y mal ventilado laboratorio.
 
Asunción Ballester
Diario de Ibiza
13 de septiembre de 2010 


Alfredo Rodríguez, Dalt Vila, Eivissa, verano 2007

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