Contra la corrección política




     José María Álvarez (Cartagena, 1942) fue uno de los “novísimos” de Castellet. Aunque luego hubo más “novísmos” y a veces mejores, los de Castellet abrieron brecha, pero la mayoría se fueron apagando o disgregando en menesteres no poéticos. Entre los que aún hoy destacan como poetas renovados y firmes, Gimferrer, Carnero y sobre todo José María Álvarez, que es el que se ha renovado -y mejorado- con más calidad y audacia. Sus tres últimos libros lo demuestran limpiamente, y el último “Los obscuros leopardos de la luna” (Renacimiento) lo certifica de sobra. Es un libro directo y estetizante, decadente y lleno de protesta, justiciero y elitista -porque se impone un nuevo elitismo cultural-, lleno de belleza hasta la exquisitez y lleno de ira y desobediencia contra la chatura gris, la ramplonería, la idiocia sin cultura del mundo contemporáneo. Álvarez (teatralmente, sin duda) adopta los aires señoriales de un capitán Nemo que observa hundise todo mientras oye a Mozart o relee las “Vidas paralelas” de Plutarco. Libro saturado de culturalismo y de vitalismo (porque para el hombre culto la cultura es vida) el autor presiente el final de una época y se despide de lo que fue bueno y de la libertad individual que ya casi nadie comprende, como un emperador esperando a los bárbaros…
     
     No extrañará así que un poema que luego alude al césar Vitelio se titule “Expresa su condena de todos los actuales gobernantes del mundo, con especial desprecio por los españoles”. Evoca la rebeldía de Rimbaud contra todos, pero también el esplendor agónico del genial Pound en el final de Venecia.  Celebra el exilio en París de Joseph Roth (el gran novelista de “La marcha Radetzky”) y festejando la sana, culta y directa poesía de la “Antología Palatina” (Meleagro, Estratón, Pablo el Silenciario) rememora, antes del fin, el esplendor de mil cuerpos deseados u obtenidos en un impresionante elogio de la sexualidad y la promiscuidad, desde las vampiresas adorables , hasta las lolitas, pasando por un momento de pasión sexual viendo desfilar una procesión en la Semana Santa de Sevilla (”En el puente de Triana”) y, por supuesto, siempre junto al lenguaje más directo, el refinamiento absoluto del sueño que el título sugiere (”Los obscuros leopardos de la luna”) u otras metáforas de similar buril: “qué esmeraldas en las orillas de los mares de la muerte”. Porque el poeta se sabe final y hubiera firmado con Verlaine aquel famoso verso: “Yo soy el Imperio al fin de la decadencia.”. Nos gobierna el caos y la tiranía (más o menos camuflada) o las directrices de una plebe a la que la incultura ha embrutecido, por eso grita -con Rimbaud- “Gentuza. Cómo os gusta/ obedecer, ser como los demás.” Pero el arte, la cultura y la belleza (carnal también) salvan, por lo que no se deja de añorar, aunque cada día parezca más remoto, un reino futuro de libertad y delicia, haciendo bueno el jardín de Epicuro.
     
     Este libro sorprenderá a muchos lectores: por su calidad, por su preciosismo, por sus éxtasis culturales y  la nítida limpieza de su heterodoxia y su rebeldía. Una cita, sacada del “Gatopardo” del príncipe de Lampedusa, resume este deslumbrante e inconforme conjunto: “La sala de ballo era tutta oro”. Todo de oro, sí. Rebelde, alquímico.

Decadencias, El Mundo. 
Miércoles, 22 de Diciembre de 2010
Luis Antonio de Villena


José María Álvarez, poeta

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Coloquio de los centauros






COLOQUIO DE LOS CENTAUROS

A Paul Groussac


En la isla en que detiene su esquife el argonauta
del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta
de las eternas liras se escucha —isla de oro
en que el tritón elige su caracol sonoro
y la sirena blanca va a ver el sol— un día
se oye el tropel vibrante de fuerza y de harmonía.
Son los Centauros. Cubren la llanura. Les siente
la montaña. De lejos, forman són de torrente
que cae; su galope al aire que reposa
despierta, y estremece la hoja del laurel-rosa.
Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros
alegres y saltantes como jóvenes potros;
unos con largas barbas como los padres-ríos;
otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos,
y robustos músculos, brazos y lomos aptos
para portar las ninfas rosadas en los raptos.
Van en galope rítmico, Junto a un fresco boscaje,
frente al gran Océano, se paran. El paisaje
recibe de la urna matinal luz sagrada
que el vasto azul suaviza con límpida mirada.
Y oyen seres terrestres y habitantes marinos
la voz de los crinados cuadrúpedos divinos.

     
QUIRÓN

Calladas las bocinas a los tritones gratas,
calladas las sirenas de labios escarlatas,
los carrillos de Eolo desinflados, digamos
junto al laurel ilustre de florecidos ramos
la gloria inmarcesible de las Musas hermosas
y el triunfo del terrible misterio de las cosas.
He aquí que renacen los lauros milenarios;
vuelven a dar su lumbre los viejos lampadarios;
y anímase en mi cuerpo de Centauro inmortal
la sangre del celeste caballo paternal.

      
RETO
           
Arquero luminoso, desde el Zodíaco llegas;
aun presas en las crines tienes abejas griegas;
aun del dardo herakleo muestras la roja herida
por do salir no pudo la esencia de tu vida.
¡Padre y Maestro excelso! Eres la fuente sana
de la verdad que busca la triste raza humana:
aun Esculapio sigue la vena de tu ciencia;
siempre el veloz Aquiles sustenta su existencia
con el manjar salvaje que le ofreciste un día,
y Herakles, descuidando su maza, en la harmonía
de los astros, se eleva bajo el cielo nocturno...

      
QUIRÓN
           
La ciencia es flor del tiempo: mi padre fue Saturno.

      
ABANTES
           
Himnos a la sagrada Naturaleza; al vientre
de la tierra y al germen que entre las rocas y entre
las carnes de los árboles, y dentro humana forma,
es un mismo secreto y es una misma norma,
potente y sutilísimo, universal resumen
de la suprema fuerza, de la virtud del Numen.

      
QUIRÓN
           
¡Himnos! Las cosas tienen un ser vital; las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
en cada átomo existe un incógnito estigma;
cada hoja de cada árbol canta un propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar;
el vate, el sacerdote, suele oír el acento
desconocido; a veces enuncia el vago viento
un misterio; y revela una inicial la espuma
o la flor; y se escuchan palabras de la bruma;
y el hombre favorito del Numen, en la linfa
o la ráfaga encuentra mentor —demonio o ninfa.

      
FOLO
           
El biforme ixionida comprende de la altura,
por la materna gracia, la lumbre que fulgura,
la nube que se anima de luz y que decora
el pavimento en donde rige su carro Aurora,
y la banda de Iris que tiene siete rayos
cual la lira en sus brazos siete cuerdas, los mayos
en la fragante tierra llenos de ramos bellos,
y el Polo coronado de cándidos cabellos.
El ixionida pasa veloz por la montaña
rompiendo con el pecho de la maleza huraña
los erizados brazos, las cárceles hostiles;
escuchan sus orejas los ecos más sutiles:
sus ojos atraviesan las intrincadas hojas
mientras sus manos toman para sus bocas rojas
las frescas bayas altas que el sátiro codicia;
junto a la oculta fuente su mirada acaricia
las curvas de las ninfas del séquito de Diana;
pues en su cuerpo corre también la esencia humana
unida a la corriente de la savia divina
y a la salvaje sangre que hay en la bestia equina.
Tal el hijo robusto de Ixión y de la Nube.

      
QUIRÓN
           
Sus cuatro patas bajan; su testa erguida sube.
  
      
ORNEO
           
Yo comprendo el secreto de la bestia. Malignos
seres hay y benignos. Entre ellos se hacen signos
de bien y mal, de odio o de amor, o de pena
o gozo: el cuervo es malo y la torcaz es buena.

      
QUIRÓN
           
Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo:
son formas del Enigma la paloma y el cuervo.

      
ASTILO
           
El Enigma es el soplo que hace cantar la lira.

      
NESO
           
¡El Enigma es el rostro fatal de Deyanira!
MI espalda aun guarda el dulce perfume de la bella;
aun mis pupilas llaman su claridad de estrella.
¡Oh aroma de su sexo! ¡O rosas y alabastros!
¡Oh envidia de las flores y celos de los astros!

      
QUIRÓN

Cuando del sacro abuelo la sangre luminosa
con la marina espuma formara nieve y rosa,
hecha de rosa y nieve nació la Anadiomena.
Al cielo alzó los brazos la lírica sirena,
los curvos hipocampos sobre las verdes ondas
levaron los hocicos; y caderas redondas,
tritónicas melenas y dorsos de delfines
junto a la Reina nueva se vieron. Los confines
del mar llenó el grandioso clamor; el universo
sintió que un nombre harmónico sonoro como un verso
llenaba el hondo hueco de la altura; ese nombre
hizo gemir la tierra de amor: fue para el hombre
más alto que el de Jove; y los númenes mismos
lo oyeron asombrados; los lóbregos abismos
tuvieron una gracia de luz. ¡VENUS impera!
Ella es entre las reinas celestes la primera,
pues es quien tiene el fuerte poder de la Hermosura.
¡Vaso de miel y mirra brotó de la amargura!
Ella es la más gallarda de las emperatrices;
princesa de los gérmenes, reina de las matrices,
señora de las savias y de las atracciones,
señora de los besos y de los corazones.

      
EURITO
           
¡No olvidaré los ojos radiantes de Hipodamia!

      
HIPEA
           
Yo sé de la hembra humana la original infamia.
Venus anima artera sus máquinas fatales;
tras sus radiantes ojos ríen traidores males;
de su floral perfume se exhala sutil daño;
su cráneo obscuro alberga bestialidad y engaño.
Tiene las formas puras del ánfora, y la risa
del agua que la brisa riza y el sol irisa;
mas la ponzoña ingénita su máscara pregona:
mejores son el águila, la yegua y la leona.
De su húmeda impureza brota el calor que enerva
los mismos sacros dones de la imperial Minerva;
y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte,
hay un olor que llena la barca de Caronte.

      
ODITES
           
Como una miel celeste hay en su lengua fina;
su piel de flor aun húmeda está de agua marina.
Yo he visto de Hipodamia la faz encantadora,
la cabellera espesa, la pierna vencedora;
ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto;
ante su rostro olímpico no habría rostro adusto;
las Gracias junto a ella quedarían confusas,
y las ligeras Horas y las sublimes Musas
por ella detuvieran sus giros y su canto.

      
HIPEA
           
Ella la causa fuera de inenarrable espanto:
por ella el ixionida dobló su cuello fuerte.
La hembra humana es hermana del Dolor y la Muerte.

     
QUIRÓN
           
Por suma ley un día llegará el himeneo
que el soñador aguarda: Cenis será Ceneo;
claro será el origen del femenino arcano:
la Esfinge tal secreto dirá a su soberano.

      
CLITO
           
Naturaleza tiende sus brazos y sus pechos
a los humanos seres; la clave de los hechos
conócela el vidente; Homero con su báculo,
en su gruta Deifobe, la lengua del Oráculo.

      
CAUMANTES
           
El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe,
en el Centauro el bruto la vida humana absorbe,
el sátiro es la selva sagrada y la lujuria,
une sexuales ímpetus a la harmoniosa furia.
Pan junta la soberbia de la montaña agreste
al ritmo de la inmensa mecánica celeste;
la boca melodiosa que atrae en Sirenusa
es de la fiera alada y es de la suave musa;
con la bicorne bestia Pasifae se ayunta,
Naturaleza sabia formas diversas junta,
y cuando tiende al hombre la gran Naturaleza,
el monstruo, siendo el símbolo, se viste de belleza.

     
GRINEO


Yo amo lo inanimado que amó el divino Hesiodo.

     
QUIRÓN
           
Grineo, sobre el mundo tiene un ánima todo.

      
GRINEO
           
He visto, entonces, raros ojos fijos en mí:
los vivos ojos rojos del alma del rubí;
los ojos luminosos del alma del topacio
y los de la esmeralda que del azul espacio
la maravilla imitan; los ojos de las gemas
de brillos peregrinos y mágicos emblemas.
Amo el granito duro que el arquitecto labra
y el mármol en que duermen la línea y la palabra...

      
QUIRÓN
           
A Deucalión y a Pirra, varones y mujeres
las piedras aun intactas dijeron: "¿Qué nos quieres?"

      
LÍCIDAS
           
Yo he visto los lemures florar, en los nocturnos
instantes, cuando escuchan los bosques taciturnos
el loco grito de Atis que su dolor revela
o la maravillosa canción de Filomela.
El galope apresuro, si en el boscaje miro
manes que pasan, y oigo su fúnebre suspiro.
Pues de la Muerte el hondo, desconocido Imperio,
guarda el pavor sagrado de su fatal misterio.

      
ARNEO
           
La Muerte es de la Vida la inseparable hermana.

      
QUIRÓN
           
La Muerte es la victoria de la progenie humana.

      
MEDÓN
           
¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella;
en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
y en su diestra una copa con agua del olvido.
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

      
AMICO
           
Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte.

      
QUIRÓN
           
La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.

      
EURITO
           
Si el hombre —Prometeo— pudo robar la vida,
la clave de la muerte serále concedida.

     
QUIRÓN
           
La virgen de las vírgenes es inviolable y pura.
Nadie su casto cuerpo tendrá en la alcoba obscura,
ni beberá en sus labios el grito de la victoria,
ni arrancará a su frente las rosas de su gloria...



*           *           *


Mas he aquí que Apolo se acerca al meridiano.
Sus truenos prolongados repite el Oceano.
Bajo el dorado carro del reluciente Apolo
vuelve a inflar sus carrillos y sus odres Eolo.
A lo lejos, un templo de mármol se divisa
entre laureles-rosa que hace cantar la brisa.
Con sus vibrantes notas de Céfiro desgarra
la veste transparente la helénica cigarra,
y por el llano extenso van en tropel sonoro
los Centauros, y al paso, tiembla la Isla de Oro.

 
Rubén Darío, 1896
Prosas profanas y otros poemas (1896-1901) 
 

 Ruben Darío, poeta

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Razón y profecía de Tosigo Ardento




     
Viernes, 25 de octubre de 1985   
    
   Hay poetas cuya presentación sería incurrir en la más grave descortesía; José María Álvarez es uno de ellos. Uno de los tres o cuatro de su generación cuya obra se singulariza hasta extremos de excepción, a tiempo que se agiganta al cabo de los años. Es, por demás, un ensayista fino y un conferenciante brillantísimo. Quien le conoció supo de su carisma. De su absoluta independencia al respecto de cualquier poder establecido, esto es, en los tiempos que andamos, de su elegancia.

    Por lo mismo, hay libros cuya crítica constituye un placer. Lo es "Tósigo Ardento". Una sorpresa. Una chinoiserie -en su amplio sentido- escrita con ágil penetración, con justeza. Con técnica suma, con temblor. Tósigo Ardento: la razón de su título no solamente se justifica sino que no se explica otro, luego de su lectura. Su autor, asimismo, podrá incluirlo o no en su hasta ahora obra única -Museo de Cera, precisamente reeditada el año pasado por la comunidad murciana-, obra orgánica que va engrosándose como los cercos o anillos en la madera de un árbol. Pero lo incuestionable es que Tósigo Ardento constituye una suite aparte, perfectamente cerrada y autosuficiente.

   Integran Tósigo Ardento (Bégar ediciones, Málaga, 1985) poco más de medio millar de versos comprendidos en tres partes, de las cuales, la central, más que breve, se diría vertiginosa, con efectos de estricto destello; es así que describe una columna solitaria en el borde de un promontorio siciliano, y esta columna, simbólica de las glorias pretéritas, pareciera que ejerce de parteluz en el ajimez que fuese el libro. Sus versos, los de todo el libro, se nos presentan quebrados, brevísimos -a veces un simple artículo-, verdaderas culebrinas de luz, con frecuentes encabalgamientos abruptos que predisponen a la suspensión de ánimo, a tiempo que abundantes espacios blancos que sugestionan contraponiendo, a la caída visual, auténticos impactos visuales: "Esto es cuanto quedará (Espacio). Eso. (Espacio, vuelta de página). Y la Esfinge" (pag 57).


   Algo, ahora, sin lo cual no es posible seguir. Tósigo Ardento no es, en su estricto sentido, un poema cúbico sino -permítaseme el juego de palabras- polifacético. Su estirpe arrancaría en Espacio de Juan Ramón, T.S. Eliot tal vez, Pound. Pero tanto los cambios de ritmo como las concisas evocaciones historicistas, aunque, a efectos de primera lectura, parezcan rígidos por la celeridad de su alternancia, pronto se nos ofrecen en su honda coherencia, en su irreprochable síntesis. Son, por ello, visiones unisegmentales, es decir, unidas, fundidas. Soldadas por algún perfil, esto es, imágenes que obran como reminiscencia, como conclusión de un elástico silogismo esparcido por todo el texto.


   Es algo como esto. Parte primera: recuerdos de algún lugar marino entrevisto en la infancia. A seguido, como un considerando de algo por pasar, el monólogo que empieza: "Siempre has sido / nocturno..." (pag. 17). Luego viene, magnificadas por el recuerdo, como ecos visionarios, el fasto de ciudades legendarias: Istambul, New York, Esmirna, Alejandría, Venezia. Venezia, Piazza San Marco, Café Florián. Parte tercera: vuelve el monólogo, esta vez en forma y tono displicentes de memento: "Shakespeare salvó por poco / la / cabeza. Es algo / en lo que debemos / reflexionar medirnos / cuidadosamente / el / cuello" (pag. 42). Vuelve todo, se va embridando. Y, al pronto, como cerrando con seis doble, Venezia, Piazza San Marco, el Café Florián, con este escueto verso, en solitario: "Stendhal se sentó en este / café" (pag. 43). Por eso, en virtud de las líneas que se trenzan en leit motiv, hemos llamado suite a este Tósigo Ardento. Y habría ahora que apellidarla. Suite veneziana.


   El libro, tenso, nervioso, no concede un solo verso a la tregua. Complace volver sobre lo leído. Sobre versos estéticamente definitivos, como si uno de ellos, el que que dice: "¡Ah, el verso que no moriría!", sirviese de paradigma al libro entero; sobre versos de glosa (en este caso de Montaigne, que tanto influyera sobre Shakespeare), así como de anécdota, perfectamente ensamblados, corporizados, a la línea sonora y conceptual del poema (los alusivos a Ernst Jünger, Rimbaud, Plutarco). Versos, en suma, de raigambre plástica, ajustados, severos, terminan siendo sentenciadores. Sirven. Profetizan. Y esto es lo turbador. Lo exasperante. El poeta nombrado José María Álvarez está en posesión del mayor sarcasmo y de la mayor ternura. El resultado es suntuoso: la lucidez.


   Suite veneziana, dijimos. Venezia desde luego, por muy novísimo que por generación sea, no es en él un rasgo, una moda. Es una condición, un talante (otro miembro de su generación, Gimferrer, demostró lo mismo en su libro titulado Fortuny). Venezia (ciudad de Venus) lo es también de rango saturniano. No hay dos estirpes cuya unión sea más fecunda. Rojo y negro. El refinamiento y la barbarie, el amor y la muerte. El poeta de Tósigo Ardento elige para morir el invierno y Venezia, las elegancias máximas de la naturaleza y el arte. Porque conviene estar de gala para morir. Y, sin embargo, Tósigo Ardento no es solamente su muerte, es la muerte de toda una época, de todo un mundo. La nuestra, el nuestro. Que se siente en Venezia. Por tanto, no ha lugar al gesto, a la desesperación, antes bien al júbilo, al carnaval, a la parafernalia: "El / mundo se derrumba. Ah, / maravilloso. Veremos una caída memorable" (pag. 19). Y ésta es su razón: la grandeza. Y ésta su profecía: el exterminio. El poeta muere y vuelve Roma incendiada a iluminar su rostro. Sublime soberbia (pobrecitos, la poesía os sobrevive). No merece vivir, no es honesto, en un mundo ajeno a lo hermoso; el poeta al menos ha de dar testimonio: se impone el "ardento tósigo". Es entonces cuando "La noche es hermosa, divina. Tampoco importa mucho / que una civilización / se hunda" (pág. 61).


   No más, por favor. Esto último, con que concluye el libro, causa el efecto de cuando vas y dices (pag. 26): "Y pensé en las Stanze / del Vaticano, / creadas para gozo de un gran papa. / Él hubiera / estrellado su copa contra un fresco / en una noche deliciosa. / Y Rafael hubiese decorado de nuevo esa pared, / y quizás aún mejor". Un libro donde he encontrado la mejor imagen sobre los palacios del Gran Canal - "joyas tiradas en una sábada de seda"- y la más bella metáfora que nunca se haya escrito sobre las góndolas. Son -dice- "labios de la muerte".

Razón y profecía de “Tosigo Ardento”
Por Antonio Enrique
CUADERNOS DEL MEDIODÍA, Diario de Granada, 
 25 de octubre de 1985


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¡Sin prisioneros!


Un poema sencillamente impresionante, durísimo, sobrecogedor, perteneciente al nuevo libro de José María Álvarez que ve la luz estos días en las librerías y con ese título radiante -préstamo de un verso del viejo Yeats- LOS OBSCUROS LEOPARDOS DE LA LUNA. 
Un monólogo dramático en la acostumbrada línea maestra alvareziana, en el que nos habla, se dirige a nosotros como poetas vivos, el mismísimo Rimbaud. 
Última llama del incendio, amigos...


*
 
¡SIN PRISIONEROS!


Eso fue el mundo para mí. Un abismo,
y en ese abismo nada.
-Gabriel García y Tassara-

Contextus totus viriles est.
-Séneca-


No. No me hables de París, de aquellos
imbéciles que babeaban ante no se qué
virtudes
de la Poesía. Piara
de falsarios. ¿Sabes? ninguno estaba
dispuesto a
apostar lo que hay que
apostar.
No. No busques en mi rostro
-Por cierto ¿por qué no quitas
esa fotografía mía que tienes entre tus libros?-,
no busques en mi mirada, en mi gesto
nada de aquello.
Cuando yo desperté de ese sueño
estaba ya cociéndome en Harar.
Hay que tocar la carne fría de lo que sientes
que está más allá.
Esas espesas quemaduras
como un sol de lija.
Sí. Olvidar lo que escribí
y quién era cuando lo hice.
Al menos este sudor es verdad, y estas moscas, y estas
pulgas, y esta peste, y los muslos
de esta abisinia, y la gentuza con que trato cada día.
Siempre he preferido al peor delincuente
que aquellos intelectuales. Al menos el proscrito
está vivo. Aquellos amaban cadáveres.
No, no quiero saber nada, y tú, si me haces caso
sal también de ahí.
Lo importante es la vida,
su trallazo.
Y la Poesía es un destino en carne viva.
Lo que había sido un mundo ardiendo
es una mentira donde nos pudrimos,
barata, sórdida;
sobre toda verdad, toda pasión,
párpados pegajosos,
una tumba de piel.
Lo único que no miente,
alguno que otro coño.
¿Sabes lo que querían aquellos intelectuales?
Ser respetables.
Quiero decir, que hablasen de ellos,
que los estimasen
los mandarines miserables de la Cultura.
Y dinero.
Yo ya vi el futuro.
¿A quién le importará la libertad?
La mayoría está dispuesta a venderla
por una gamella donde el hampa que nos gobierna
eche de comer lo que ellos quieran que comamos.
¿La Literatura? ¿El Arte?
Las heces de ese amasijo igualitario.
¿Y las mentiras sobre la sexualidad?
cuando sólo existe ciega como la luz,
bestial como la mar.
Gentuza. Cómo os gusta
obedecer, ser como los demás.
O peor aún. Ya ni os dais cuenta.
¿No es mejor llegar antes al final?
Arrancarse la piel
y que se pudra al sol, a que la cuelguen
en una de sus Universidades y la muestren
a los suyos: Miren ustedes esa piel
de poeta.
No. Nosotros
no hemos venido a ser respetables,
ni queridos, ni a ser felices.
A nada. No hemos venido a nada.
Hemos venido a todo.
Seres monstruosos y magníficos, sin
explicación, condenados
a la soledad, a ver Más Allá,
crucificados en lo Imposible.
En cada uno de nosotros
empieza y termina todo el Arte.
Tu mismo, Álvarez, cuando estas bebiendo abajo
deja de mirar con idolatría
esa casucha donde viví unos días, en Buci,
o de pensar en la chère grande âme
que decía Verlaine
(después lo cambiaría por el culo
que desde luego es una verdad más interesante).
No. Viene un mundo
donde seremos ininteligibles.
No ya lo que digamos, lo que amamos:
Sino lo que somos.
La Historia, ya sin eje,
resuena en la soledad como la risa de un loco.
Escúchala como yo la escucho.
Sólo los locos están a nuestra altura.
Yo soy el único gran viudo.
Y desde esta Luna atroz, te aviso:
Ya estás muerto.






José María Álvarez
LOS OBSCUROS LEOPARDOS DE LA LUNA
ed. Renacimiento, 2010

Alfredo Rodríguez y José María Álvarez, invierno en Paris, 2009

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