Ritual de Combatir Desnudo en el Foro de Auzolán



Cuando Alfredo me invitó a hacer esta presentación de “Ritual de Combatir Desnudo” me pregunté en calidad de qué me hacía este ofrecimiento. Y la respuesta era sencilla. Me invitaba en calidad de lector de poesía. Ni más ni menos que lector de poesía. Porque finalmente, en cualquier obra de creación, lo importante es la comunicación a un Otro de una propuesta tanto estética como filosófica. Y si apuramos más, la comunicación de una cosmovisión de la existencia humana. Más allá de la forma, de la expresión o de la métrica, creo que se le debe, incluso, exigir al poeta, en este caso, una propuesta explicativa del mundo que nos rodea a todos. Y Alfredo, no teme, como otros, contestar a esta cuestión radical de todo Arte.

Alfredo no pierde el tiempo y no hace concesiones gratuitas en su trayectoria poética -ni vital, diría yo- de obras anteriores y no iba a ser menos en este nuevo poemario. Sabe lo que quiere decir con meridiana claridad al escoger los temas y dirá lo que tenga que decir al respecto porque es honrado intelectualmente y, en primer lugar, con él mismo.

Alfredo se interroga -nos interroga- esencialmente sobre el Hombre, la Poesía y el Mundo a lo largo de las 3 partes que componen el libro.

 Luis Miguel Alonso Nájera, Iñigo Fernández Arrarás y Viztor Izco, abrazos entre guerreros, indomables hoplitas


Una primera parte que supone una toma de posición por parte del hombre ante su entorno. El Destino, el Combate -no siempre fácil- por el conocimiento, la Pasión y el Riesgo de estar vivo.

Una segunda parte que nos habla del significado de la lucha espiritual que es un combate invisible pero no menos real, del viaje humano vital y de un mundo que exige ser vivido.

Hay una tercera parte donde está presente la sabrosa decantación de la  sabiduría de la experiencia, el catártico paso del tiempo y las pocas cosas que realmente importan: el Amor, la Poesía, la Mujer – estoy muy de acuerdo en esto de que la Mujer es importante-

Silencio en la batalla de los versos

Todo esto, tratado con un lenguaje al que yo llamo “bélico-espiritual” para consignar la nobleza de la lucha humana, la lucha de todos los que estamos aquí, con nuestros miedos, conflictos y esperanzas.

Como he dicho, la esencia poética de Alfredo tiene 3 líneas de acción:

En primer lugar, el Hombre.

El Hombre es un ser integral, completo en el que cabe cualquier pasión por extrema que sea, incluso las contradictorias. Desde lo sentimientos más desinteresados hasta los más carnales. Se puede ser tremendamente austero pero a la vez salvajemente entregado a la sensualidad. De alguna manera esta propuesta recoge la tradición  epicúrea impregnada de filosofía estoica. Una mezcla tan sabia como llena de vitalidad. Y de la que solemos hablar largo y tendido en nuestras largas, alcohólicas sobremesas.

Otra línea de investigación vital es la Poesía en sí.

A veces no sabemos distinguir entre la Poesía y la Mujer. Tal vez sea lo mismo. La Poesía nos obliga, nos hiere pero también restaña las heridas acto seguido. Nos engaña y confunde pero también otorga. De ahí la importancia de los vicios instructivos, el conocer el lado más oscuro de los placeres para ser más sabios- yo esto lo practico todo lo que puedo- aunque en ocasiones nuestra estabilidad pueda saltar hecha pedazos. El peligro del goce y el goce del peligro. Tentaciones que nos enriquecen dulces y llenas de veneno.

Para acabar la presentación, hablaré del tercer eje poético que vertebra el libro, el Mundo.

El Mundo, para Alfredo, es ambivalente, heterogéneo y holístico (sus partes sumadas son mucho más que consideradas por separado). Es el escenario ideal para un Hombre que llega a él para llorar y reír. Un Mundo que nos interpela a cada instante, nos confunde, nos vapulea, nos recompensa si estamos atentos. Un Mundo en el que el Hombre debe, insisto, debe, elegir una actitud para superar las continuas pruebas a las que es sometido. Hay que mancharse en el Mundo porque no es lícito contemplarlo desde la barrera.


 IÑIGO FERNÁNDEZ ARRARÁS
Librería Auzolán de Pamplona, 27 de Mayo de 2010
***


Dedicado a los que aman como yo


Buenas tardes, amigos, amigas, muchas gracias por haber venido, gracias también, Íñigo, por esta presentación tan generosa y tan interesante.

La verdad es que siempre he sentido que una librería es el lugar idóneo para presentar un libro, sobre todo un libro de poemas. Y qué mejor librería en Pamplona que esta estupenda de Auzolán, que yo suelo frecuentar (estos meses atrás durante mi larga convalecencia me pasaba aquí las horas muertas), y en la que uno nada más entrar se encuentra con una de las mejores secciones de Poesía de toda la ciudad y su comarca.

Bien, este Ritual de Combatir Desnudo es, o pretende ser, un acto de fe, un acto de amor a la propia poesía, una entrega total a la terrible hermosura de la poesía y a su eterno femenino. Quizá, mi íntima entrega al Arte. Y esa Poesía aparece personificada en este libro bien en una diosa antigua de la que hemos oído hablar y con la que soñamos, o bien en una mujer de armas tomar que nos complica la vida.

Y ello, una vez más, tomando prestado para mí diferentes resortes y engranajes pertenecientes a la tradición cultural. La tradición cultural y artística no es algo superado, algo ya pasado, algo caduco. La tradición cultural, a la que un poeta se ha de acoger inevitablemente, es algo vivo, algo al alcance y algo útil. Detrás de los poemas de este libro que hoy presento se puede detectar fácilmente un diálogo continuo con esa tradición cultural.

He tratado (no sé si lo he conseguido) de buscar asimismo, por un lado, el sentido rítmico del verso, la música en el poema —ritmo sin el cual yo creo que no hay poesía, se podrán decir cosas estupendas pero esas cosas estupendas no serán poesía—; y también planteo aquí una incursión sencilla en el terreno de la métrica, sin seguir tampoco a rajatabla sus normas, para lo cual no me siento preparado aún.

Los poemas se van sucediendo “en serie”, encadenados hasta el final, como formando partes de un todo, interdependientes, buscando lograr esa unidad en el monólogo dramático que a mí siempre me interesa encontrar en los libros de poemas.

 Alfredo Rodríguez e Iñigo Fernández Arrarás, en el combate de los versos

Bien, hay una mujer, una mujer que aparece y desaparece a lo largo y ancho de los poemas. Y es una mujer que es todas las mujeres a la vez, y que es, asimismo, la Poesía. Es fácil reconocerla. La poesía así entendida y aprehendida, sobre todo como actividad obsesiva, crea un “personaje” –una máscara- y una identidad. Si recordáis, los atletas griegos antiguos, así como los llamados hoplitas, los guerreros, competían a veces desnudos, dirimían sus entuertos, desnudándose en público, despojándose de vestiduras y de armas, como hacemos los poetas al afrontar la creación poética. Desnudarse forma parte de un rito. La desnudez equivale a la vida nueva que simbólicamente los ritos poéticos proporcionan. Ese desnudo deviene así en el resumen y la metáfora de una armonía que necesitamos y que la poesía nos devuelve. Se trata de un rito de iniciación, un ritual íntimo. El poeta candidato a esa iniciación, a ese alucinante viaje espiritual que es la poesía, debe afrontar una especie de “muerte” ritual, antes de “renacer” como miembro de pleno derecho de la tribu. 

 Iñigo Fernández Arrarás y Alfredo Rodríguez, calentando motores antes de subirse al carro de combate

Cuando se escribe un poema, se escribe con la sospecha de que mientras lo escribimos algo va a suceder, una cosa extraordinaria, algo que nos transformará, que lo transformará todo: un poema es, de alguna manera, una vida nueva, una fuerza que se relaciona íntimamente con nosotros. Cuando terminamos de escribir ese poema parece como si aguardásemos la revelación, una revelación.

Esta pasión de la poesía que sentimos todos o la mayoría de los que escribimos, es en realidad también una defensa contra la vida. Bueno, yo siempre he puesto de manifiesto esa capacidad redentora que la poesía tiene para mí. Esa fe –si queréis- excesiva en la poesía. La fe en el lenguaje poético.

Yo tengo mucho que agradecerles a esos poetas que, en este determinado periodo último de mi vida tan duro, me han acompañado casi como una presencia, y me han ayudado a crecer y a ser más yo mismo, y de alguna manera me han “salvado”. Porque lo que tengo muy claro (un poeta debe tener eso muy claro) es que es a través de los otros, a través de la obra y la vida de esos otros poetas, como llegamos a encontrarnos a nosotros mismos y a encontrar nuestro camino, nuestro voz, nuestro mensaje. Eso es determinante. Esos escritos de estos autores que uno ha elegido como sus maestros le acompañan a uno durante bastante tiempo, son poemas que de alguna manera han conseguido vencer momentáneamente a la vida. Los vivimos como en una suerte de injerto y forman parte de nosotros.

En el fragor de la batalla

Así pues, por un lado, en RITUAL DE COMBATIR DESNUDO, la conexión con el espíritu griego, no una conexión buscada y elegida, sino una conexión inevitable, natural y fatídica, relacionada con la savia que nos alimentó como poetas y que aún perdura. Y por otro lado, la mujer, la conexión femenina, esa fijación en la mujer como si la mujer lo contuviera y lo resumiera todo.

Cuando un poema o un verso que hemos leído en algún sitio nos viene a encontrar, cuando tenemos la sensación de que se dirige a nosotros, de que está escrito para nosotros, está claro que de un modo u otro nos pertenece y entonces lo tomamos prestado, ya para siempre, como si fuera nuestro. Y claro, luego está la Memoria, porque la literatura, y más en concreto la poesía, no es más que un esfuerzo contra el olvido. El tiempo dirá si eso que hemos escrito y publicado, después se convierte en literatura o no. Porque a mí un tema que me preocupa mucho en esto de la poesía, un tema que me obsesiona y que siempre tengo plenamente en cuenta a la hora de enfrentarme a la escritura poética, es esa prueba, la dura prueba del paso del tiempo. Yo no quiero por nada del mundo, no me gustaría nada, abrir este libro dentro de diez, quince o veinte años y avergonzarme de él, que se me cayera de las manos. Espero que mi poesía aguante ahí sin fisuras. Ya veremos…

José Antonio Reyes, Iosu Calvo, Orlando Merino, Félix Jiménez, Javier Asiáin, Mikel Sanz, Ángel Alcalá, Mikel Iriguibel, Carlos Pérez Conde, Peio Etxarri, Consuelo Allué, Mayte Ludeña, Dani Aldaya, Nerea de Auzolán..., esforzados combatientes...

Y lo que tengo, lo que guardo dentro de mí, después de haber escrito este RITUAL, es una conciencia y un deber. La conciencia de ser tan sólo otro eslabón más de una cadena que se tiene que ir renovando, y a la vez el deber de gratitud para con mis maestros, ese conjunto de poetas que me han ayudado a verme y a reconocerme.

Yo creo que escribo como el que va invitado a una cena en casa de un amigo y se presenta allí con una botella de buen vino. ¿Para qué escribo, pues? ¿para qué he escrito este libro? Pues para contribuir de alguna manera al festín de los libros. Que esa fiesta, ese festín sea inagotable. Si en mis poemas alguien encuentra una millonésima parte de la felicidad que yo he encontrado en los libros de algunos poetas, ya me daría por satisfecho.

He tratado pues en este Ritual de buscar la poesía más inspirada de la que he sido capaz, esa poesía dictada por una extraña fuerza que no acabamos de controlar, que nos sobrepasa, pero que ha de rebosar sentido y emoción, en ese ritual de combatir para el que nos desnudamos, desnudamos nuestro corazón y nuestra alma, como antiguos guerreros hoplitas, cuando nos disponemos a escribir un poema. Espero que os guste el libro y muchas gracias.

ALFREDO RODRÍGUEZ 
Librería Auzolán de Pamplona, 
27 de Mayo de 2010

Alfredo Rodríguez, en el final del combate de los versos

Read more...

Una jarra de vino entre las flores



Martín.-- La historia la he contado muchas veces. Tenía yo diez años y la profesora de Lengua –Sara Suárez Solís— nos hizo un dictado, según costumbre de entonces para aprender ortografía. Aquellas palabras se me quedaron para siempre en la memoria: “¿Cuánto podrá durar para nosotros / el disfrute del oro, la posesión del jade...?”

Marcos.—“Cien años cuanto más: ese es el término / de la esperanza máxima”. Hemos acabado por aprendérnoslo todos de memoria.

Martín.-- Fue mi primer encuentro con la poesía. Tardé tiempo en saber de quién eran aquellos versos. Un día leyendo la antología de poesía china de Marcela de Juan me los encontré. Los versos que me descubrieron la poesía y que creía anónimos eran nada menos que de Li Po.

Almuzara.-- Muchos descubrimos la poesía china en esa antología, quizá la primera traducida directamente del chino.

Herme.-- Curioso personaje Marcela de Juan. Su padre era el mandarín Hwang Lü He, un diplomático que había sido Secretario de la Legación Imperial de China en España; su madre era belga; ella nació en La Habana. Cuando cumplió tres años, su padre decidió que había llegado el día de empezar a reducirle los pies y una noche, al acostarla, se los vendó con una tira de lienzo blanco después de haberle doblado los dedos hacia dentro... Marcela contuvo las lágrimas. Sabía que debía ser fuerte y no llorar. Pero a los pocos momentos entró en silencio la madre y desató las vendas. Nunca volvieron a ponérselas.

Martín.--  Quizá lo más interesante de esta reedición es el prólogo, “Evocación y elogio de Marcela de Juan”, escrito por el diplomático Antonio Segura Morís.


Ángel.-- Pero ¿por qué se titula Segunda antología de la poesía china?

Martín.-- Marcela de Juan publicó dos ediciones de su antología antes de la versión final, de 1973: una en 1948 y otra en 1962. Esta última es la que se reedita ahora, no sé si con buen criterio. No hay mucha diferencia con la edición que todos conocemos. Simplemente se ha eliminado el capítulo dedicado a la Revolución Cultural, hacia la que sintió una simpatía solo explicable por la distancia y la nostalgia. Abandonó China en 1930, no volvió hasta 1975. Viajó por el mundo entero, nunca dejó de sentirse en España como en casa, pero China era para ella el paraíso perdido. No podía verla con objetividad.

Almuzara.-- Estos poemas fueron escritos hace siglos para ser cantados en una lengua extraña y, sin embargo, por milagro de la traducción, nos siguen conmoviendo: “Me preguntáis por qué estoy aquí, en la montaña azul. / Yo no contesto, sonrío simplemente, en paz el corazón. / Caen las flores, corre el agua, todo se va sin dejar huella...”

Martín.-- Se tiende a considerar la traducción como algo secundario, como una mera ayuda para acceder al original, pero no siempre es así. No se puede hacer la historia de la poesía española sin tener en cuenta ciertas traducciones, como estas o los Poemas arábigoandaluces de Emilio García Gómez.

Herme.-- Al margen de su importancia en la historia de la literatura, como aficionada a la poesía yo no puedo prescindir de ciertas traducciones. Las de Marcela de Juan, las de García Gómez o las de Ángel Rupérez en Lírica inglesa del siglo XIX, un libro aparecido por primera vez en Trieste, la editorial de Trapiello y Valentín Zapatero, y que ahora se reedita en una rara colección que mezcla a Menéndez Pelayo con Martín Vigil y que pone en latín la nota que indica que todos los derechos están reservados: “omnia proprietatis ivra vindicantvr”.

Marcos.-- La poesía inglesa del siglo XIX deslumbró a Cernuda y nos sigue deslumbrando a nosotros. A mí por lo menos. Aunque reconozco que los largos poemas de Wordsworth o de Tennyson me resultan insoportables.

Almuzara.-- Pero Wordsworth escribió que “el niño es el padre del hombre” y solo por eso ya merece ser recordado. Su inspiración estaba en la infancia y en la naturaleza, pero también es autor del soneto “Escrito en el puente de Westminster”, uno de los más hermosos poemas que se hayan dedicado a una ciudad.

Herme.-- En la antología de Rupérez descubrí yo a alguno de los poetas que prefiero, poetas aparentemente menores, como Christina Rossetti. El final de su poema “Recuerda” me parece el más conmovedor epitafio que se haya escrito nunca: “Más quiero que me olvides y sonrías / que no que me recuerdes y estés triste”.


Martín.-- Las breves semblanzas biográficas con las que se presenta a los poetas añaden atractivo al libro. “Los últimos años de su vida –se nos dice de William Blakeestuvieron presididos por su fervor hacia la Revolución Francesa, la pobreza y la amistad con el pintor de paisajes John Linnell, amistad que como cálido refugio para su soledad se prolongó hasta su muerte”.

Marcos.-- Tennyson se retiró a la isla de Wight y allí “a duras penas aprendió a convivir con su irreprimible proclividad a la hipocondría y a la más lúgubre de las melancolías”.

Ángel.-- Un tanto afectado sí que resulta el antólogo.

Herme.-- Pero eso es parte de su encanto.

Martín.-- A John Clare “varios nobles le protegieron y habilitaron para él una granja donde, al tiempo que escribía, se iba ganando la vida. Pero fueron luego esos mismos nobles los que se desentendieron de él abandonándolo al sordo ímpetu de su extraviada soledad”.

Marcos.-- ¡Pobre John Clare! “Depresivo y borracho –concluye Rupérez--, pasó los últimos veintitrés años de su vida en un manicomio”.

Herme.-- Fue en esta antología donde yo descubrí que Lord Byron era algo más que su escandalosa, pintoresca y admirable biografía. Me sorprendieron las estrofas del Don Juan que se traducen. En una de ellas se refiere a “John Keats, a quien mató una crítica / cuando sin duda en verdad prometía algo grande”.

Ángel.-- ¡Ya entonces existían los García Martín!

Herme.-- “¡Pobre tipo! ¡Qué destino tan triste!”, añade.


Almuzara.—Yo recuerdo mi visita al cementerio acatólico de Roma, donde está enterrado Keats. Al pie de la pirámide de Cestio, rodeado de muros que lo apartan del tráfico, lleno de orondos gatos apacibles, el lugar donde yace aquel “cuyo nombre fue escrito en el agua”, según se lee en la estela funeraria, es uno de los más hermosos que conozco. Tenía Keats poco más de veinte años cuando murió “después de lluviosos días de sufrimiento, hospedado en una desangelada habitación cuyas ventanas dan a la plaza de España”. Ahora siempre llena de turistas, al contrario que el tranquilo cementerio.

Marcos.— Morir antes de hacer su obra era su gran temor: “Cuando me embarga el miedo de que puedo morir / sin que mi pluma haya cosechado los frutos de mi alma...”

Herme.—Pero de él siguen vivos más poemas que de autores de larga vida. Y qué espléndidas, qué lucidas sus cartas. Son absolutamente contemporáneas. Lo que dice de la impersonalidad del poeta —“un poeta es lo menos poético que existe”— podía haberlo firmado Pessoa. Parece mentira que en pleno romanticismo se escribieran cosas así, tan contrarias a la poesía entendida como simple desahogo del corazón.

Almuzara.-- Pero comparados con la poesía china, hecha con cuatro trazos, qué retóricos parecen todos estos poetas ingleses, incluso los menos retóricos. “Sobre las olas, una cabeza blanca: un viejo pescador / salió a pescar en barca, que se mece en el viento. / Ahora mordió el anzuelo una perca muy grande; / los nietecillos soplan la lumbre entre las flores”. Eso escribió Chen Ku, del que, en las notas finales, además de las fechas de nacimiento y muerte (618-707), solo se nos dice que “vivió solitario y es uno de los poetas más célebres de la dinastía Tang”.


Marcos.-- Los datos biográficos que nos ofrece Marcela de Juan son también muy curiosos. De Ch’en Hu solo se nos indica que vivió solitario en medio de la naturaleza y que su carácter era altivo y huraño. Po Chu Yi “antes de publicarlos, leía sus poemas a la sirvienta y los destrozaba si esta no los comprendía”.

Ángel.-- Conozco un poeta en León que hace exactamente lo contrario.

Herme.-- Sin desdeñar a Browning, a Thomas Hardy, a Yeats –qué bien se traduce “Cuando seas vieja”—, yo también me quedo, como Almuzara, con los poemas chinos, llenos de amigos que se despiden, de mujeres solas que suspiran en la alta noche, de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

Ángel.-- Siempre dispuesta a no dejarnos beber solos, como en el poema de Li Po: “Una jarra de vino entre las flores. / No hay ningún camarada para beber conmigo, / pero invito a la luna / y, contando mi sombra, somos tres...”

 
CAFÉ CON LIBROS


"Una jarra de vino entre las flores"


José Luis García Martín




José Luis García Martín charlando consigo mismo

Read more...

Los hombres intermitentes


    Reconozco que al principio no me entró. Que me costó en un primer momento, en una primera y hasta segunda lectura, entrar. Serán mis prejuicios, quizá, hacia todo lo que no sea poesía escrita "en vertical". No me acababa de creer yo toda esta historia, nueva para mí, de la prosa poética o de la poesía escrita en apaisado, "en horizontal".  Era como si se me estuviera haciendo colar por poesía lo que uno no veía sino como prosa lírica o verso narrado que entonase su peculiar Canto.

Fueron varios los amigos poetas -Santi, Javier, Julen, Consuelo, José Luis...- que me lo recomendaban como lectura imprescindible, como grato descubrimiento envuelto en corona de yedra. Pero yo, erre que erre, más papista que el papa, me resistía, me negaba a que la Muralla fuera franqueada. Qué ciego estaba, dios... Como un patio oscuro, así era mi mente. 

Hasta que en una de esas lecturas surgió el Sol en su cenit. Su esencia renovadora. Acaso fuera la forma en que teje su tela de araña poética Francisco Javier Irazoki lo que me subyugó. El retorno a sus versos mercenarios. Zoki, príncipe fugitivo de Troya, o mejor, Héctor devuelto a Troya en brazos de los poetas navarros, me dije a mí mismo.

Esa feliz combinación de agudeza y dulzura en su obra, LOS HOMBRES INTERMITENTES, la punta de plata que me llevó a Zoki y a su mundo hecho del color del lapislázuli.  Dura inteligencia y fragilidad. Atalaje de su carro de guerra el amor al Mundo y el dolor adverso que aún no ha sido expiado. Me entregó a él. Tuve que ir a conocerle en persona, a su casa de París, por poder ver bien quién estaba detrás de esos versos del hombre intermitente. El sustrato propio del Poeta en su hábitat.

Zoki tiene en sus ojos todo el lujo y magnificencia que puede embellecer la vida. Con razón aquella mujer extranjera, hermosa e inteligente, se enamoró de él el mismo día en que le conoció, cuando fue a entrevistarle para su trabajo, para su tesis doctoral.

Luego viene cuando te sientas a leer tranquilo, a oscuras, un día cualquiera en casa, en tu sitio de siempre, -tu crisálida perfecta, que nadie te la quite nunca- ese libro, LOS HOMBRES INTERMITENTES, y se abre una sola puerta en toda la noche. La Puerta de Oro del conocimiento. Y al poco sumerges en una copa de buen vino el collar de perlas de Zoki, para beberlo una vez disueltas.  Y empieza la Ceremonia, el Canto: Amé, fui rechazado y desaparecí...

El poeta navarro, Francisco Javier Irazoki /  París, Mayo 2010  (foto Barbara Loyer)


SOMBRA COMERCIAL

CAMINABA DISTRAÍDO, pero me detuvo la fuerza de una imagen publicitaria. La foto de tamaño natural de una mujer joven que tenía en la mirada un cerco de decrepitud. Detrás de ella se veían los objetos y el ambiente de cualquier escena anodina de la ciudad: quioscos, automóviles, transeúntes, otros anuncios. Miré a mi alrededor y era difícil definir dónde acababan los movimientos vivos de la urbe y dónde empezaba el cartel.
   
Al día siguiente, me obsesionó el retrato de la mujer. Fui al lugar en que se encontraba su fotografía y contemplé sin prisa las formas cubiertas por el vestido de gasa transparente, los labios, los ojos. Me avergoncé de que a su elegancia yo respondiese con mi traje donde se prolongaba el gris perpetuo de este cielo.
   
Repetí las visitas. Casi a diario, al atardecer, me paraba ante la imagen de la chica. Descubrí en ella pequeños detalles que al principio me pasaron inadvertidos. Una noche llegué ojeroso a la cita, y me pareció que el pelo de la mujer estaba algo despeinado, noté arrugada su ropa, vi una levísima mancha en su cintura.
   
Mi aspecto fue empeorando. Como si desease acompañarme en el sufrimiento, la muchacha encerró sus atractivos en el cercado de vejez de los ojos. El humo había ensuciado la copa de vino que levantaban sus manos.
   
Ella transformó el círculo de vejez de la mirada en una cuerda que puso a mi alcance para que subiera al interior del cartel en que se anunciaba. Lo hice y me instalé a sus espaldas.
   
Desde entonces, aunque nadie se fije en mí, soy la sombra de la mujer. Apagadas todas las luces, espero que ella se dé la vuelta y ponga en pie esa sombra. Antes que amanezca y un nuevo caminante quede paralizado delante de la fotografía.



VISITAS DE LA CULPA

NO ES UN LADRÓN ni el hielo que se agrieta, pero me desvelan su ruidos en el tejado.
   
Cuando anochece, una mujer camina sobre nuestros techos de cinc. Con pasos lentos, a veces acelerados por algún acceso de ira, recorre las cubiertas, y sus sonidos regulan mi vigilia. Para los habitantes de las casas contiguas, esos pasos tienen el ritmo sosegador del agua que choca contra un acantilado.
   
De día permanece silenciosa en un escondite. Como a los pájaros, le subimos restos de comida, y yo le echo migas de insomnio. Al alejarnos, vemos su sombra proyectada sobre los adoquines.
   
Desconocemos su rostro y su idioma, y los vecinos la llaman por el nombre de una amante perdida. Esperan su regreso nocturno con mayor esperanza que quienes ofrecen unas flores a los muertos más recordados.



LOS HOMBRES INTERMITENTES


AMÉ, fui rechazado y desaparecí.
   
Me abandonó una mujer que, conforme se despedía, borraba mi cuerpo. Su ausencia me volvió invisible. Acudí al trabajo, donde hice las tareas de costumbre, pero nadie pudo notar mi presencia; entré sin ser visto en los lugares concurridos de siempre. Ningún familiar o conocido sufriría por perderme, porque también mi pasado se evaporó en sus recuerdos. Encontraron mi imagen en los álbumes y sólo distinguieron un fondo de vegetación indefinida. Los amigos se acercaron a mí como si atendieran a un bloque de aire.
   
Mi sufrimiento se apretó en una ráfaga con que tocaba a quienes me habían acompañado antes del eclipse. La soledad era pasar por debajo de aquellas ropas.
   
Años más tarde, quise a otra mujer. Ella retuvo el soplo del que surgieron dos brazos y piernas, unos labios pegados a los suyos. Saqué mis zapatos escondidos detrás de los arbustos, y regresé despacio a las fotografías. Y, cordiales, todos nos miramos envejecidos con naturalidad.



FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
Los Hombres Intermitentes
ed. Hiperión, 2006


Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra 1954), poeta, narrador y lírico. foto Barbara Loyer

Read more...

Larga carta a Francesca



La novela escrita y publicada a partir de 1945 en Europa y América me temo que está hoy día infinitamente sobrevalorada. Nunca antes en la historia lo había estado así. Debe ser quizá porque se trata de un invento relativamente moderno. En cuanto a la poesía, puede existir a veces el gran error de estimar que se trata solamente de una manía vanidosa o un capricho de primera juventud de escritores que vivieran al parecer en una eterna primavera adolescente y nunca madurasen.
Nada hay que me moleste más como poeta que el hecho de que algunas personas que se han sentido interesadas en algún momento determinado por mi obra –para volver luego a desaparecer- me requieran, me “animen” para que escriba una dichosa novelita. Como si el hecho de escribirla fuese el Sancta Sanctorum en la vida de un escritor.

Sabéis que sólo leo novelas escritas por poetas. Ahí sí, señores. Ahí está la vida. La novela de la vida. Que es la que a mí me interesa. Sólo confío ya en ellos. Porque sólo ellos saben amar como amo yo. Porque sólo esas novelas son pedazos desgajados de vida. Sangre cruda, húmeda y sin cuajar todavía. Trozos de carne ensangrentada, palpitando todavía.

Y en este terreno fértil, abonado y fiable de la novela escrita por poetas (porque de todo hay, claro, también las hay ilegibles como una que publicó hace unos años cierto poeta famosísimo…), tengo que significar aquí la otra novela del poeta Antonio Colinas, la correspondiente en el seguimiento de su biografía a la etapa de su juventud en Italia. Se trata de LARGA CARTA A FRANCESCA (1986), novela llena de sugestiones italianas: ciudades como Milán, Florencia y Venecia, el arte, la pintura, la música...
Fueron cuatro años de deslumbramiento (entre 1970 y 1974) los que Colinas pasó en Italia, como lector de Español en las Universidades de Milán y Bérgamo. 


La experiencia italiana ha sido trascendental en la vida de Colinas, en su visión del mundo. Además el poeta disfrutó de otra experiencia: la Italia de los lagos. Bebió de la cultura y de la naturaleza, de la “Italia esencial” y de sus signos. Sintió renacer en su ánimo los antiguos ideales de Verdad y Belleza. Allí enseñó y aprendió; aprendió en sus diferentes viajes y en el mundo del Arte, en el cine, en los grandes poetas (Dante, Leopardi, Quasimodo…) y en el trato con escritores que vivían en Italia (Montale, Pound, Neruda, Asturias, Alberti…).

En LARGA CARTA A FRANCESCA otra vez la Maravilla está ahí esperándonos, la sabiduría intacta, savia virgen del Poeta inmenso que sobrevuela por sus páginas. El ensayo poético clarividente. El lujo de las recomendaciones de obras literarias y musicales, que tanto enriquecen al lector que se precie y que yo tanto agradezco. Y esas frases, fragmentos subrayados por este lector impenitente en su día -y que aquí reproduzco-, que están en mí, ya forman parte de mi vida para siempre.

***

…la obsesión de que algo estaba a punto de culminar, de madurar en su vida.

…releía algunos versos (…) y sentía que ahora el dolor le llegaba filtrado; filtrado por la Belleza que latía en los textos…

…lo que una persona, no desprovista de sensibilidad, puede sentir…

En Italia había llegado a rozar con sus labios el mismísimo rostro de la Belleza.

…era tan sublime aquella música, tan profunda; era un reflejo tan desgarrador de la Belleza y del sentido trágico de ésta…

la luz de un conocimiento ardiente que le urgía a su vida.

…se puso a trabajar otra vez en el extenso poema (…) [debe referirse seguramente a SEPULCRO EN TARQUINIA] versos en los que el Arte, el deseo y la enfermedad se debatían obsesivamente.


…las figuras veladas por una luz que parecía lumbre gozosa.

…la felicidad fácil de tu sonrisa.

…la liberación por el Arte

…Simonetta, amante y cortesana bellísima que conmovió a toda Florencia el día de su muerte haciendo brotar lágrimas de los ojos de todos los hombres y mujeres…


…había criticado con firmeza los cerrados comités y asociaciones de escritores y de artistas, que controlaban férreamente ediciones y exposiciones –toda vocación naciente- cerrando el paso a cualquier iniciativa artística en libertad. (…) favoritismo y “amiguismo”, que no siempre beneficiaban a los mejores (…) exigiendo para el artista la máxima libertad…

…le enervaba el dogmatismo ideológico (…) y se esforzaba en buscar equilibrio y flexibilidad en su interior.

Algo echaba en falta (…), algo que le equilibrara…

…hallar en aquella música el punto medio (…). La melodía armónica y perfecta

El rostro de mármol (…) los ojos cerrados, caídos, guardaban un secreto, o un placer, o un dolor.

encontrar la clave, la bisagra que unía vida y creación. El descubrimiento del Arte le había conducido a la vida y huyendo de la vida (…) recuperar (…) la palabra que libraba al ánimo de la pesadumbre
(…) la palabra (…) ser manantial (…) revelársele…


La música había hecho brotar llamas de los muros del templo; ardió su rancia atmósfera de siglos y pasó a nuestros pechos produciendo en ellos una sensación dulce y fogosa.

…la ciudad, como una escenografía de cartón piedra, pero al mismo tiempo apoteósica, como obra que, no siendo de este mundo, se ofrece para ser gozada con libertad plena.

arte en el arte entramado, misterio bajo el misterio.

La música (…) vibración que atemperaba el mundo, que fundía los contrarios, que armonizaba las malas fuerzas extremas.

Intentaba extraer del Arte cuanto éste pudiera tener de esencial.


…aquel entusiasmado escepticismo suyo que nacía de la experiencia y del dolor.

[sobre D’Annunzio] …entre la mucha hojarasca de los de aquel autor había algunas piezas de buen oro, extraordinarias gemas, como aquellos intensos poemas de lujo, placer y muerte

…aquellas velas (…) que intensificaban las conversaciones, las lecturas, las músicas…

buscar la purificación huyendo hacia Oriente, hacia el manantial de la luz…
(…) el Arte y la búsqueda de un conocimiento absoluto…

…los acordes que siglos atrás un humano le había arrancado a la Divinidad para goce y condenación de los propios humanos.

Había decidido purificar su vida

…la búsqueda de una luz de conocimiento absoluto.

…la luz y la armonía de los días felices.

ANTONIO COLINAS
LARGA CARTA A FRANCESCA
ed. Seix Barral, 1986
 Antonio Colinas, la poesía está en la raíz del hombre, pues nació con la palabra

Read more...

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP