...E la bellezza de la baia di Taormina


Hace ya bastantes años, buf... demasiados, tropecé por Azar (como suelen sucedernos en esta vida las cosas que más amamos, que acaso, se diría, vienen hasta nosotros sin buscarlas y parece que estuvieran ahí esperándonos desde siempre) con este poema maravilloso de mi maestro, don JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ. Este poema que lo resume todo. Lo aclara todo. Este poema en el que me sentí pleno, en el que me reconocí. Descansé en su belleza, en las aguas de su Belleza.


...E LA BELLEZZA DE LA BAIA DI TAORMINA

Llegarás a Taormina. Quizá tus pasos
revelen el cansancio.
O quizá es que al apagarse de ese día
lo comparas, y te entristeces,
con el de todo tu mundo.
Llegarás
a Taormina. Son caminos
que ya muchos pisaron
y alguno de ellos, maestro tuyo.
Y verás las ruinas del teatro,
y entre sus columnas muertas
el espejo del mar, la sagrada presencia
del Etna.
Descansa contemplando este paisaje.
La luz del movimiento del crepúsculo.
Aquí, esa grandeza que amas
nació, fue creciendo
como los olivos, el lentisco, las chumberas,
bajo los vientos de la mar,
al par de todo ello, en la claridad.
Aquí unos hombres
aseguraron con su dibujo
del mundo, ser ellos la medida
de todas las cosas. Y a esa medida levantaron
Arte y sabiduría,
leyes y placer.
Todo aquello de cuyas ruinas aún
tú te alimentas, todo aquello
que es la última instancia de tu alma.

Llegarás a Taormina,
y descansarás contemplando esa belleza.
Y ya ni siquiera la amarás.
Porque habrás comprendido.

Museo de Cera

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El Veneziano Ignorado

 

     Hace casi medio siglo que el nombre de Albinoni es inseparable del Adagio, como lo es el de Vivaldi de Las Cuatro Estaciones. Dos diferencias notables separan, no obstante, a los dos grandes venecianos en relación con su obra emblemática: para empezar, la reputación de Vivaldi se basa ya en un amplio repertorio que supera con mucho el ámbito limitado de sus cuatro conciertos más famosos, mientras que Albinoni debe la suya casi con exclusividad a su famoso Adagio en sol menor, cuya celebridad sigue ocultando una producción exuberante, apenas explorada por los intérpretes; pero sobre todo, a diferencia de Vivaldi, Albinoni debe su gloria a una de las falsificaciones más sorprendentes de la historia de la música, pues su pretendido Adagio ... ¡no salió nunca de su pluma! La mayoría de los innumerables oyentes de esta pieza, ofrecida hasta el exceso en programas de concierto y en catálogos discográficos, ignora, en efecto, que su verdadero autor no es otro que Remo Giazotto, el primer biógrafo de Albinoni, que publicó la obra en 1958 bajo el nombre del compositor. Aunque Giazotto ha reivindicado siempre para la composición una filiación que la relaciona con Albinoni al afirmar que la elaboró a partir del fragmento auténtico de una parte de bajo, su intento de legitimación ha sido vano: el fragmento en cuestión no ha sido identificado nunca, y todos los especialistas están de acuerdo en reconocer en la obra editada por Giazotto un estilo perfectamente ajeno al de Albinoni.

      Sin embargo, por una de esas paradojas tan comunes en la historia de la música, la impostura ha servido de maravilla a la causa de este gran músico sumido en el olvido permitiéndole, en definitiva, ser objeto del foco de la atención gracias al éxito del auténtico falso pastiche. Pero todavía queda mucho por hacer para que Albinoni encuentre el lugar que le corresponde en la historia de la música: entre la sombra imponente de su gran contemporáneo, Vivaldi, y la abrumadora de su falso adagio, el veneciano ignorado aguarda aún el momento de su verdadera rehabilitación.
 
por Fredéric Delaméa

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El Último Rostro


Qué bueno es Velasco, por todos los dioses del Averno... Es un hacha. Un auténtico crack, hablando en términos futbolísticos. Una bestia de la Poesía, así, con mayúsculas. No hay nadie ahora mismo en España ni, me atrevería a decir, en Europa (la situación actual de la poesía en Europa es un yermo) que escriba como él. Y menos en su generación. Se lo dije una vez por mail: te sales del planeta, amigo...

Miguel Ángel Velasco (Mallorca, 1963) creció como poeta a la sombra de otros dos grandes, Vicente Gallego y Carlos Marzal -muy amigos suyos, por cierto-, pero yo creo que los ha superado. Y con creces. Ya no tienen nada que enseñarle.

Miguel Ángel Velasco sólo escribe poesía, alta Poesía, claro...  De hecho, vive única y exclusivamente por Ella y para Ella.  En alguna entrevista le he oído decir que él escribe poesía "para salirse". Está aburrido ya de ganar premios (cuando estudiaba COU ganó el Adonáis, no os digo más....) Los ha ganado todos. Una vez me dijo: Sí, mi "barricada" vital, que diría nuestro querido Vicente, no me deja otra opción que probar suerte con las convocatorias.

Bueno, hace poco tiempo hemos perdido ocasión de escucharle recitar aquí, en Pamplona. Yo mismo intenté prepararle un recital, él me lo pidió, quería venir por estas tierras de dios, esta aldea vikinga, como dice mi amigo Javier. Pero no ha sido posible. Las "fuerzas oscuras" de la Ignorancia lo han impedido, como siempre. Los de Civican ni siquiera me contestaron. En fin, ellos se lo pierden. Prefieren traer a poetastros, eso sí, con tirón mediático o popular, que no le llegan a Velasco como poetas ni a la altura de la suela del zapato. Ellos se lo pierden, sí...

Imaginároslo por un momento, caminando por el escenario, como acostumbra, micrófono en mano, la melena rizada suelta, leyendo en voz alta, por ejemplo, este magnífico poema sobre la muerte:



EL ÚLTIMO ROSTRO  


¿Será, al fin, el de ella, la más cierta
amada, hermana en danza
de sueño con la luz del alba pura?
 
¿La fugitiva única
en caída de amor,
la de veras
que es todas, la inventada?
 
¿La faz de la señora de mis días?
 
¿La máscara casual de la oficiante
del rito con las sábanas de paso?
 
¿Nos fuese intervención en lo dispuesto
conocerle su claro
semblante al nacimiento de la sombra?
 
¿A quién veré al final,
cuando tu faltriquera tintinees,
alcahueta de vida, con la grava
avara de tus fondos, y de un solo
golpe seco me acuñes,
nariz, barbilla, agudos,
mi verdad
en el paño del tránsito?

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Por tierras astures

Pravia, Asturias, Noviembre 2008

Buenas tardes, señor alcalde, amigos de Voces del Chamamé, buenas tardes a todos. Vengo desde Pamplona hasta este lugar maravilloso, bucólico, tan propicio para hablar de poesía.


Bueno, siempre he pensado que mucho más importante que los premios que uno pueda conseguir, mucho más importante que el dinero –si lo hubiera-, y mucho más importante que la publicación del libro (que es lo que todos lo poetas ansiamos: publicar, y que es el motivo por el cual me animé a participar en este certamen), más importante que todo ello es el hecho, tan emocionante para un poeta, de que unas personas que no te conocen de nada, que viven a cientos de kilómetros de tu casa, y que aman la poesía, hayan conectado con tus versos, de alguna manera les hayan tocado. Sólo eso ya lo justifica todo y a mí personalmente me hace muy feliz y me anima a seguir escribiendo.


Bien, por las referencias y el contexto el libro tiene ese tono que suele llamarse épico, o siendo más exactos, creo que emplea una lírica que usa símbolos épicos. Digamos que uso esas referencias épicas para explicarme, para hablar de mí mismo. Quería llevar diferentes sugerencias de la Historia (soy un apasionado de la Historia antigua) a mis versos, recrear ciertos momentos de la Historia que tenían una intensidad especial para mí, pues me ayudaban a explicarme, a explicar mi yo lírico.
La búsqueda de la emoción en poesía quizá sea el motor del libro, una poesía que esté llena de la intensidad de las emociones, una poesía palpitante; y ello abarcando motivos relevantes de la Historia de Occidente, de nuestra tradición cultural, la Cultura mediterránea, que es la que yo siempre he considerado como más mía. El poemario está pues lleno de guiños literarios, culturales, religiosos, mitológicos. En fin, diríamos que lo que hago es utilizar las máscaras que me proporcionan la existencia ficticia o real de diferentes personajes antiguos, con el fin de adoptar un tono clásico, recurriendo a cierto tipo de lenguaje ceremonial o ritual, enmarcado dentro de ese poso, esa tradición cultural mediterránea. El libro podría ser así un diálogo con determinados momentos concretos de la Historia, de la Épica, de la Mitología, de la Literatura, del Arte, diálogo del que emergería o trataría de emerger mi voz.


Yo cada vez tengo más claro que una obra de verdad, sentida, —no sé si éste es el caso— ha de estar más allá o por encima de lo racional. Creo que el único modo de crear poesía desde lo tuyo más íntimo, tu verdad más íntima, es perderte en ese arte de la creación poética, dejarte llevar y dejarte llevar por el poema.


La voz del protagonista de los poemas de este libro, el héroe que recorre los versos de Regreso a Alba Longa es un proscrito de la Poesía, del Arte, un incomprendido, un hombre maldito que parte en un viaje iniciático huyendo de algo o de alguien, o buscando algo o a alguien, vive una serie de experiencias mediante las cuales irá adquiriendo conocimiento, y finalmente regresa.
Todo es ritual en este libro: la sangre o la violencia que pueda aparecer en los poemas es una sangre y una violencia simbólicas.


¿Y qué es Alba Longa? Bueno, se trata de una ciudad, una ciudad mítica, una ciudad que existió pero de la que nada se sabe, se perdió su rastro, una ciudad que fue el origen, el germen, de toda una civilización como Roma. Alba Longa es un sueño, una Arcadia a la que el sujeto protagonista de los poemas desea llegar para establecer en ese lugar su vida y conseguir alcanzar la Belleza. Alba Longa forma parte del territorio del Mito, aunque podría ser una patria, como dice en el magnífico prólogo que precede a los poemas mi maestro y grandísimo poeta Julio Martínez Mesanza.


En fin, yo diría que este regreso a Alba Longa es, o supone, el regreso continuo y obligado en mi vida a la poesía como vía de salvación y de retorno al paraíso perdido. Cuando leemos o escribimos poesía, regresamos a casa y regresamos a nosotros mismos, a nuestro interior, a nuestra verdad más íntima. Regresamos pues, para reencontrar lo más seguro de nosotros. Es el regreso casi inconsciente del poeta al hombre y del hombre al poeta, el regreso a aquello que le es al poeta elementalmente vital: la poesía y su latido sereno, su suero, su savia y su sangre. Muchas gracias.

Alfredo Rodríguez y Luis Alberto de Cuenca, 
otro gran maestro y buen amigo.


Biblioteca Pública de Pravia, Asturias
20 de Noviembre de 2008

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Vuelo de Altura


Muy buenas tardes, estaba yo ahora pensando que me encuentro en este momento triplemente feliz, por tener el placer (y el honor) de presentar aquí el último libro de, en primer lugar, un gran poeta, segundo, un gran amigo y tercero, una gran persona, como es Javier Asiáin: una voz de referencia en Pamplona, y en Navarra, para todos los que escribimos o pretendemos escribir poesía.

El libro se titula, como sabéis, SIMULADOR DE VUELO, un título mágico, tan significativo de lo que para Javier supone la poesía, ese subirse como él quiere a un auténtico simulador de vuelo -como hacen los pilotos cuando están preparándose para volar-, y dejarse llevar por la poesía, por el vuelo de la poesía, abandonarse, entregarse –como él hace-, estar en mitad de las olas, que vengan las olas y tú solamente las encauces. Un vuelo que en algunos poetas es bajo, muy bajo, casi rasante, y que en Javier Asiáin afortunadamente para el lector es un vuelo de altura.

Bueno, se trata del tercer gran poemario del autor, después de EFECTOS PERSONALES –que fue el primero- y VOTOS PERPETUOS –que era el último hasta la fecha y con el que ganó Javier el premio internacional de poesía León Felipe.

Y es un libro, primero de todo decir, excelentemente prologado por el ilustre (y maravilloso poeta para todos los que amamos la poesía) Don Antonio Colinas, prólogo en el que Colinas nos habla –entre otras cosas- del afán de cambio poético y del deseo de evolucionar que aprecia en este libro, y aprovecha también –entiendo yo- para hacer una crítica velada a la llamada poesía de la experiencia, de la que tanto se ha abusado en los últimos años y de la que Javier se aparta en este libro, para entrar de lleno y felizmente, en una poesía de calidad, en una poesía de enorme altura literaria, que recupera los aspectos culturales de la realidad, y una suerte de poesía en la que confluyen de manera muy lograda la tradición cultural y la modernidad más desenvuelta. Y es que sin un mínimo de conocimiento de la tradición propia es muy difícil escribir. Por eso Javier en este libro necesita tener la cabeza despierta, indagar, conocer y cantar a través de once poemas su propia tradición.

Un libro en el que se funde lo transcendente con lo más real, con lo más cotidiano, y un libro que supone –con respecto a su obra anterior- un viraje en el camino, un claro cambio de registro –aunque este poeta evidencia talento en cualquier registro en el que se ocupe-, un cambio de tono literario, con formulaciones, imágenes, modos que a veces no tienen un desarrollo demasiado racional en el poema, en los que Javier Asiáin está caminando por otro lado, un lado quizá más oscuro, con muchas pinceladas de carácter metafórico, de surrealismo e irracionalidad, y sobre todo con una exquisita orfebrería verbal, una alta retórica ornamental, un querer abandonarse al lenguaje, en esa búsqueda constante y casi casi agotadora suya de una expresividad nueva en cada libro.

No se trata de una poesía de esas que se digieren inmediatamente. Más bien diríamos que es un libro difícil para el lector poco avezado, pues se trata de una poesía que exige mucho al lector, que casi pretende una criba de lectores, como si el poeta quisiera quedarse a solas con ese lector maduro que verdaderamente busca: aquél que Javier cree que merece la pena. Pero siempre hay en el libro los elementos suficientes como para que el lector, en sucesivas relecturas –y a poco que sea buen lector- pueda recoger el sentido y recibir la luz de sus versos. Porque ese es el gran reto de la poesía: que el lector pueda encontrarse a través de la oscuridad con una luz nueva.


Y entrando en la carne de los poemas podría decirse que se trata de un libro por momentos árido, áspero incluso, denso, muy denso, incómodo a veces, y arrebatado otras, hasta conmovernos poderosamente con ese lenguaje ceremonial o ritual que tanto ama Javier.
Pero a la vez hay que decir que es un libro celebrativo y festivo. Hay un poso de tradición, de cántico, de celebración de la Cultura con mayúsculas. En este SIMULADOR DE VUELO, que el propio autor define –en alguna entrevista que le escuchado- define como un cuaderno de homenajes, Javier Asiáin ensaya diferentes posibilidades de la nueva poesía. Diríamos que abre diferentes caminos. Y es que cada poema está escrito en un registro distinto, (son poemas extensos, muy extensos algunos, que me consta fueron escritos a lo largo de varios años, y poemas que también me consta han sido muy trabajados, muy pulidos, tamizados y puestos a secar durante tiempo). Pero a la vez, desde arriba el autor crea o consigue crear una sensación de unidad. Esa sensación de unidad viene sin duda propiciada por el hilo conductor que vertebra el libro y que no es otro que ese homenaje que Javier va haciendo a sus maestros, a sus lecturas, a sus poetas áureos, a sus pintores, a sus músicos de cabecera, también a la historia de algún locus amoenus que aparece. En definitiva un homenaje a sus mitos. Yo creo que Mitos es la palabra que mejor definiría este libro: toda una galería de personajes his­tóricos, cuyo universo se nos abre para crear con ellos un auténtico crisol en este libro, una arcadia idílica y al mismo tiempo dolorosa. Y es que cuando nos sumergimos en la lectura de SIMULADOR DE VUELO lo que recibimos no es sino un inmenso caudal de conocimientos. Así pues no intentemos forzar nada para acceder a esta poesía, sólo subámonos a este simulador de vuelo, de alta escuela, y tratemos en su lectura de estar abiertos de espíritu durante todo el viaje, para que pueda llegar a nosotros su emoción, la emoción de su poesía, para la cual no hace falta preparación alguna, aprendizaje ni trabajo previo. Muchas gracias.


Casa de Cultura de Basauri, Bizkaia
Mayo 2008

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Placer, Fortuna y Libertad


¿Qué se puede hacer cuando uno siente que la suya es una vida equivocada?


Vamos a ver, querida amiga, mi vida no está equivocada ni mucho menos. Quizá alguna vez lo estuvo, pero ya no. Uno debe evitar por todos los medios el crecimiento erróneo de su vida pasada, de su vida equivocada, y precisamente un poeta dispone de muchos y muy buenos resortes para conseguirlo: todos los versos que nos han legado, que nos han dejado escritos los grandes maestros del pasado. Leerlos y releerlos, alimentarse de ellos hasta que se conviertan en carne de tu carne, en sangre de tu sangre. Hasta conseguir ennoblecernos. La vida ennoblecida disipa para siempre a la vida equivocada.


Jugando con algunas frases del prólogo, ¿qué parte de azar y qué de orden tiene la poesía?


Pues no lo sé, eso habría que preguntárselo al prologuista, a mi querido maestro, el poeta José María Álvarez. Él es quien ha escrito esa joya de prologuito. Él, precisamente, en uno de sus versos dice que “el Azar es nuestro padre”. Yo, por mi parte, en alguno de los míos hablo de “el mundo y su desorden miserable”. Saque usted la conclusión que más conveniente crea de todo este entuerto.


Dedica el libro a sus maestros, menta a Baudelaire, Colinas o Genet, entre otros. ¿Qué se aprende de los grandes? ¿Por qué los jóvenes acuden tan poco a ellos?


En los grandes está todo. Todo lo que un poeta necesita saber ya está dicho por ellos. Los poetas somos simples correas de transmisión. Nadie escribe de la nada, haciendo tabla rasa. Si alguien lo hace o cree hacerlo es que es un ingenuo. Cuando escribes estás uniendo lo tuyo propio con “eso” otro que te han dado todos esos escritores de los que te has ido alimentando a lo largo de tu vida, todos esos viejos poetas que has leído y que has amado. Eso ha sido así desde los tiempos de Homero, desde los tiempos de Shakespeare, o de Garcilaso, por poner algún ejemplo.

En cuanto a los jóvenes de hoy, si no leen es lisa y llanamente porque no saben qué leer. Y de eso tienen mucha y gran culpa los educadores tan nefastos de que disponen en institutos y universidades. Necesitan con urgencia un guía que les “ilumine” el camino. Bueno, no todo está perdido. Aún hay tiempo para la esperanza, para lograr lo que nunca tuvimos.


¿Tiene ‘caprichos extravagantes’ el poeta?


La poesía en sí es el auténtico capricho extravagante al que yo me refiero con ese título. El hecho de escribirla, de dedicar gran parte del tiempo de que uno dispone a leer poesía y tratar de escribir poemas lo mejor que uno puede, es un capricho extravagantísimo. No le quepa a usted la menor la duda de ello. Hay que tener en cuenta que la poesía (afortunadamente) no sirve para nada, para nada rentable, material, me refiero. Con la poesía no sólo no se gana dinero, sino que incluso se pierde. Así que la vocación de poeta es algo así como la sangre que discurre por las venas y que no es necesario programar.

Por otro lado Capricho Extravagante es el nombre de un grupo de músicos internacionales que se unieron para interpretar prodigiosamente música antigua, del Renacimiento y del Barroco. Le recomiendo a usted encarecidamente sus discos. Yo los utilizo de fondo para leer y para escribir. Su música es consustancial a mi escritura, a mi poesía.


“Este extraño retorno de un hombre/ que todo lo desea y con nada cuenta”. ¿Cuál es el deseo del poeta?


Ese retorno, ese deseo, es el viaje iniciático del hombre al poeta y del poeta al hombre. Es un viaje de ida y vuelta y un deseo sucesivo, sin solución de continuidad. Uno está siempre “rumiando” poemas (como dice mi amigo y poeta, Javier Asiáin), a todas horas, en cualquier momento del día. Y ese deseo no es otro que el de conseguir alguna vez ese verso perfecto, ese poema perfecto, esa página perfecta que nos haga trascender. Mitigar esa tensión entre el paso arrollador del tiempo y el deseo de permanecer. No confundirnos nunca con la nada.


“Toda una vida estaría bien empleada a su único deseo”. ‘Deseo’ es una palabra constante en este poemario. ¿Qué supone para usted este recinto?


Bueno, es lo que acabo de comentarte. El poema en concreto del que está extraído ese verso que has entresacado, habla del supuesto primer poeta del mundo desde que el mundo es mundo. Ese viejo e imaginario hombre de la Antigüedad (quizá ubicado en Egipto, quizá en China o en Grecia o en Mesopotamia) que sintió la necesidad de poetizar, que tomó partido rotundo y retador a favor de la realidad poética.


Desde que el hombre es poeta, ha hablado siempre de amor. ¿Qué ha aprendido desde entonces?


Tantas cosas, querida amiga. Lo primero, que el amor es algo que te lleva y te trae de culo. Con perdón por la expresión. Lo segundo, que siempre hay uno que ama más que otro en la relación entre dos personas. Y por último, que uno debe renunciar a muchas cosas en el amor, y debe aceptar otras muchas si quiere que ese amor no termine como el rosario de la aurora.


Me sorprende –gratamente- la mención a Bunbury, extrayendo dos versos de su canción ‘Los placeres de la pobreza’. No puedo evitarlo, ¿qué le gusta del maño?


¿Que qué me gusta de Enrique Bunbury? Por favor: TODO. Y cuando digo todo es absolutamente todo. Enrique Bunbury es otro de los grandes genios denostados y ninguneado en este país. Los mediocres y los envidiosos no le perdonan que sea tan grande. Es y ha sido con diferencia el mejor cantante, el mejor intérprete, el mejor letrista de la música popular española. Ahora andan por ahí acusándole de plagiar versos. Por favor, todo el mundo ha tomado para sí prestados alguna vez versos de otros autores. Y es bueno que así sea: es fundamental. Las emociones son un bien cultural común. La cultura de la humanidad es algo con lo que todos los artistas tenemos derecho a trabajar. Eso ha sido así durante toda la historia de la Literatura, de la Música, del Arte. Todo gran artista es un gran prestatario: toma para sí lo que necesita de otros autores que le interesan y de los que necesita alimentarse.

Volviendo a Bunbury: si como ha nacido en Zaragoza hubiera nacido en California o en Londres sería un mito universal de la música del siglo XX-XXI. A la altura de Bowie, de Morrison o de Dylan. No me cabe la menor duda.


“Esta vida harto vulgar/ y un mundo que a tus ojos agoniza, desabrida misión/ tan inferior a ti, cuando ya por nada recibe/ honda impresión tu ser”. ¿Qué mueve al poeta a escribir?


Esa “desabrida misión” a la que me refiero en el poema son ni más ni menos que los “trabajos” a los que hoy en día se ve impelido a ejercer un poeta, un artista, para poder subsistir en la vida. Es denigrante. Esas cosas no hubieran sucedido en otras épocas. Pero claro, entonces no existía esa desidia infinita que hoy existe por las cosas del espíritu.

En cuanto a su pregunta: nadie sabe porqué escribe. Se trata de una necesidad insondable del alma. Nunca le pregunte usted a un poeta porqué escribe. Escribe por lo mismo que transpiran los poros de su piel, por lo mismo que necesita continuamente evacuar líquidos de su cuerpo: “palabras irisadas como frecuentes fluidos / que tuviera que ir eliminando / poco a poco tu organismo” digo en uno de los poemas del libro. Creo que queda claro.


Por último, haciendo uso de uno de los títulos de sus poemas, ¿qué prefiere: el placer, la fortuna o la libertad?


“Placer, fortuna y libertad” eran las palabras que pronunciaban los piratas cuando entrechocaban sus jarras de ron en las viejas tabernas de los muelles tras una victoria en alta mar. Era su brindis. Los poetas pertenecemos sin duda a esa raza: a la raza de los piratas. Vivimos y viviremos siempre sin apagar en nuestro corazón la llamada de la bandera negra con la calavera. Es nuestro Sino. Forma parte de nuestra canallesca.

¿Que qué prefiero de las tres cosas? Sin duda el Placer. La experiencia que tenemos del mundo se produce a través del placer del cuerpo. ¿Ha oído usted hablar de Epicuro y del epicureismo? Ahí está todo. Epicuro proponía la realización de la vida buena y feliz mediante la administración inteligente de placeres. Él sí que sabía.


Entrevista al poeta Alfredo Rodríguez
por Esther Peñas Domingo
Madrid, 17 de Noviembre de 2008

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Admonición y De Amicitia

Alfredo Rodríguez y Julio Martínez Mesanza, Madrid Marzo 2007

No debes escuchar a la tibieza,
ni a su amiga triunfante, la ironía.
No vayas con quien nunca dice nada,
ni con quien vive siempre enmascarado.

Es su Admonición, su consejo. Son versos de un gran poeta, Julio Martínez Mesanza. Otro de los grandes. Otro de los silenciados aquí, en este país extraño que olvida a sus mejores hijos y premia a los bastardos. Por no ser de la misma cuerda. La cuerda oficial, oficiosa u oficialista y su alargada y diabólica sombra. La maldita cuerda.

Alguien dijo que en la historia de la mayoría de los lectores de poesía hay un número limitado de poetas que realmente han contado. Como si cada uno tuviera asignado un "cupo" que las circunstancias de la vida irán llenando con un poeta u otro. Y éstos son los poetas a los que uno vuelve, los poetas en los que uno va profundizando con los años, los poetas que le acompañan durante toda la vida. Julio es uno de ellos para mí.

Julio Martínez Mesanza vive en Tel Aviv y desde allí nos escribe, nos ilumina con sus CUESTIONES NATURALES. Además escribe un libro de poemas desde hace años, pero él, al contrario que otros, nunca tiene prisa por publicar. Sabe que el arte es incompatible con la prisa, y que la Belleza es lentitud -como decía Pound. También sabe que la poesía es exprimir todas sus posibilidades al lenguaje para que surja una verdad. Y Julio tiene muy claro cuál es su Verdad. Esa Verdad suya, la que está en sus poemas, a mí, personal y humildemente, me “toca”, y no sabría decir bien por qué, no sabría explicarlo desde mi raciocinio. Mi torpe y fatigado raciocinio. Los grandes poetas, los más grandes, se nos imponen más allá de la razón.

Si tuviese al justo de enemigo,
sería la justicia mi enemiga.
A tu lado en el campo victorioso
y junto a ti estaré cuando el fracaso.
Tus palabras tendrán tumba en mi oído.
Celebraré el primero tu alegría.
Aunque el fraude mi espada no consienta,
engañaremos juntos si te place.
Saquearemos juntos si lo quieres,
aunque mucho la sangre me repugne.
Tus rivales ya son rivales míos:
mañana el mar inmenso nos espera.

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El hombre exiliado en el Arte

Alfredo Rodríguez y José María Álvarez, Place de la Madeleine, París 2009

No ha habido ningún Álvarez antes de Álvarez. Hombre inteligente y libre, a quien el Arte y la Vida han pulido y refinado, no ha habido a mi entender, en España, desde el último tercio del siglo XX y hasta nuestros días, poeta de mayor altura, en proporción con la cual injustamente no ha gozado, por parte del mezquino mundillo de la poesía, sino de una menguada consideración, como si de un oscuro complot urdido se tratase. No hay duda sin embargo de que su obra no ha cesado de fascinar e influir a muchos poetas hasta hoy día. Porque leer hoy la poesía de José María Álvarez —muy celebrada por el lector inteligente— y meditar acerca de la alegría permanente que siente este hombre por haber dedicado su vida a ella, produce asombro y fascinación y, a la vez, sugiere la idea de que la única salvación de nuestra Poesía pasaría quizá porque apareciesen dos o tres poetas más con la misma grandeza, el valor y la serenidad en el espíritu que tiene la suya.


Aficionado a alambicar y mezclar las cosas de la vida con la literatura, en sus versos y en su oratoria despliega todas las galas de su talento, pero también dispara las más aceradas saetas contra todo lo divino y lo mundano, previniéndonos a cada paso de que la Libertad está en peligro. José María Álvarez, poeta, viajero ilustrado, un hombre que lo ha visto todo, lo sabe todo, lo ha leído todo —no en vano su principal ocupación ha sido y es la lectura de buenos libros—, su Poesía inevitablemente ha de trascender, pues está ungida con los sagrados óleos del Arte y del Tiempo. Tiempo que la ha de estimar en su justa valía.


Durante el mes de Enero de 2009 tuve el honor y el placer de visitarle en su casa de París, en pleno Barrio Latino, a pocos pasos de Notre Dame, la vieja catedral bordeada por el Sena, donde el poeta vive (como bien dice) en una especie de exilio dorado, bajo la atracción misteriosa y casi invencible que ejerce sobre él la ciudad más esplendorosa y elegante del mundo. Recuerdo, la tarde que llegué con mi grabadora de mano y los últimos libros que me tenía que firmar y dedicar, la voz de Álvarez arriba, al final de la escalera, mientras subía a su casa —me esperaba en el rellano—, esa voz cavernosa, con su habitual alegría, clamando: “Estás pisando unos suelos treinta años anteriores a la Revolución Francesa”. Con su hipnótica y penetrante mirada, me fue explicando que todos los suelos de la casa, así como las enormes vigas de madera en el techo, e incluso la hermosa chimenea, eran de mitad del siglo XVIII. Otro día me contó que justo en el portal de al lado había vivido el mismísimo Napoleón, cuando aún no era cónsul.


Fueron otra vez días muy felices, días intensos, como son siempre los días junto a Álvarez, no dando al cuerpo más que el leve descanso. Días lumínicos, de largos y emocionantes paseos, de agradables conversaciones —que han quedado plasmadas en este libro—, siempre con ese cielo, como él dice, inmenso y omnipresente de París, transmitiéndome en pequeñas dosis el tesoro de su sabiduría, su inextinguible sed de saber. También el tesoro de su amabilidad y de su ternura. Porque Álvarez es como un niño grande, un niño feliz y enamorado, inquieto y desasosegado unas veces, tranquilo y reposado otras, uno de sus encantos radica en que nunca se sabe lo que va a decir o hacer en el momento siguiente. Así contagia a los que le rodean su fascinación por la Vida, por el Arte, por la Poesía, siempre con la serenidad que da el ser y sentirse poeta verdadero.


De semblante noble, de viva y curiosa imaginación, sintiendo a veces desprecio del mundo, con la solemne grandeza de un personaje de la edad Antigua, sus palabras son siempre honestas y leales, y hablan de alguien cuya vida ha sido un apartarse de todo lo que no representase sacrificio por la Poesía. Lector infatigable, por sus venas corre el veneno de la Literatura, de vasta cultura y subyugante conversación —lo que se dice un maestro en términos absolutos—, uno disfruta escuchándole hablar de cualquier cosa, no importa el tema, pues posee el don inmanente de hacer que cualquier nimiedad en sus labios se torne interesante: lo mismo hable de la segunda guerra mundial, que de unos guisantes maravillosos que sólo venden en París y que se los lleva por latas cuando vuelve a España; lo mismo hable de su amado Borges, o de un reciente viaje rocambolesco y lleno de aventuras a Marraquesh, que de un chubasquero increíble que se ha comprado y que cuando uno no lo usa lo puede llevar perfectamente enrollado en un bolsillo: “este es el mejor invento del mundo” —asegura.


Estuvimos trabajando en la edición anotada de su obra poética, MUSEO DE CERA, que desde hace unos años preparo, y aprovechamos también para realizar una serie de entrevistas, que completasen las que había ido concediendo en los últimos años. Grata manera de ver transcurrir los días, siempre con el convencimiento de que todo lo que concierne a un gran poeta y a su vida nos ayudará a comprender mejor su obra. Así convenimos en que ya existía un material abundante e interesante que diera como para un libro, y que éste fuese la continuación necesaria de su anterior libro de entrevistas, el que se publicó bajo el título AL OTRO LADO DEL ESPEJO (Conversaciones ordenadas por Csaba Csuday).


Las páginas que siguen son el testimonio de una vida apasionada, incansable y alegre, una vida marcada por el orgullo de su condición de poeta, pero también por su búsqueda de la lucidez intelectual y de su libertad como persona. José María Álvarez, uno de los últimos supervivientes de la noble estirpe de los poetas verdaderos —aquellos que son capaces de hacer vibrar de emoción el alma del lector—, el hombre exiliado en el Arte, la Belleza y la alta Poesía, que bebió la vida a grandes tragos, como un lapidario que tallase un brillante de gran valor.

De EXILIADO EN EL ARTE,
Conversaciones en París con el poeta José María Álvarez
Alfredo Rodríguez
Pamplona, febrero de 2009

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La vida de poeta


Nos hemos acostumbrado a vivir sin Poesía. Hasta incluso dentro mismo de nuestro pequeño mundo de amantes, vivimos sin Poesía. Nos avergonzamos de Ella. La eludimos. La negamos tres veces antes de que cante el gallo. La maltratamos, nos burlamos de su grandeza. De lo que para tantos hombres fue. Comprendemos a quienes la desprecian, les aceptamos entre nosotros. Les tememos.

Si hubo un tiempo en que el Poeta era un ser excepcional, alguien mimado por las gentes de bien, hoy es un individuo extraño, sospechoso. Casi marginal. Alguien que pasa por loco, por outsider. Que sufre la indiferencia en su entorno más cercano. Que escribe cosas ridículas que no sirven para nada, ni a nadie interesan.

¿En qué consistirá la “vida de Poeta”? -se pregunta una y otra vez la gente. La palabra Poeta despierta la más sobresaltada alarma en el seno de los círculos conservadores: el Poeta parece ser para ellos un hombre reñido con el mundo natural, un hombre que sueña imposibles y que vive quimeras, y cuyo alejamiento de la vida vulgar le impulsa a leer y a escribir.

¿Está en lo cierto el hombre burgués y prosaico al creerlo así? ¿No será, quizá, que el Poeta ha vivido mucho más intensamente el mundo de la realidad que él? ¿No será que ha llegado prematuramente a una idea tan quintaesenciada, tan abstracta, tan sublimada de las cosas que, por ello, ha venido a ser irreal a los ojos de aquel?

La gente considera que, en el Poeta, el desprecio por los convencionalismos, el hastío, la arrogancia, el frecuente desorden de su vida, son propios del vencido por la vida vulgar, por la vida prosaica. Cuando, en realidad, caracterizan al vencedor, a aquel que, por conocer demasiado bien esa vida, se emancipa de ella.

Reciba el lector, con aquella benevolencia que siempre se supone en quien acoge un libro, esta discutible y contrahecha obra que se quiere tender como puente que facilite al curioso el viaje por el mundo de la Poesía.

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