Razón y profecía de Tosigo Ardento




     
Viernes, 25 de octubre de 1985   
    
   Hay poetas cuya presentación sería incurrir en la más grave descortesía; José María Álvarez es uno de ellos. Uno de los tres o cuatro de su generación cuya obra se singulariza hasta extremos de excepción, a tiempo que se agiganta al cabo de los años. Es, por demás, un ensayista fino y un conferenciante brillantísimo. Quien le conoció supo de su carisma. De su absoluta independencia al respecto de cualquier poder establecido, esto es, en los tiempos que andamos, de su elegancia.

    Por lo mismo, hay libros cuya crítica constituye un placer. Lo es "Tósigo Ardento". Una sorpresa. Una chinoiserie -en su amplio sentido- escrita con ágil penetración, con justeza. Con técnica suma, con temblor. Tósigo Ardento: la razón de su título no solamente se justifica sino que no se explica otro, luego de su lectura. Su autor, asimismo, podrá incluirlo o no en su hasta ahora obra única -Museo de Cera, precisamente reeditada el año pasado por la comunidad murciana-, obra orgánica que va engrosándose como los cercos o anillos en la madera de un árbol. Pero lo incuestionable es que Tósigo Ardento constituye una suite aparte, perfectamente cerrada y autosuficiente.

   Integran Tósigo Ardento (Bégar ediciones, Málaga, 1985) poco más de medio millar de versos comprendidos en tres partes, de las cuales, la central, más que breve, se diría vertiginosa, con efectos de estricto destello; es así que describe una columna solitaria en el borde de un promontorio siciliano, y esta columna, simbólica de las glorias pretéritas, pareciera que ejerce de parteluz en el ajimez que fuese el libro. Sus versos, los de todo el libro, se nos presentan quebrados, brevísimos -a veces un simple artículo-, verdaderas culebrinas de luz, con frecuentes encabalgamientos abruptos que predisponen a la suspensión de ánimo, a tiempo que abundantes espacios blancos que sugestionan contraponiendo, a la caída visual, auténticos impactos visuales: "Esto es cuanto quedará (Espacio). Eso. (Espacio, vuelta de página). Y la Esfinge" (pag 57).


   Algo, ahora, sin lo cual no es posible seguir. Tósigo Ardento no es, en su estricto sentido, un poema cúbico sino -permítaseme el juego de palabras- polifacético. Su estirpe arrancaría en Espacio de Juan Ramón, T.S. Eliot tal vez, Pound. Pero tanto los cambios de ritmo como las concisas evocaciones historicistas, aunque, a efectos de primera lectura, parezcan rígidos por la celeridad de su alternancia, pronto se nos ofrecen en su honda coherencia, en su irreprochable síntesis. Son, por ello, visiones unisegmentales, es decir, unidas, fundidas. Soldadas por algún perfil, esto es, imágenes que obran como reminiscencia, como conclusión de un elástico silogismo esparcido por todo el texto.


   Es algo como esto. Parte primera: recuerdos de algún lugar marino entrevisto en la infancia. A seguido, como un considerando de algo por pasar, el monólogo que empieza: "Siempre has sido / nocturno..." (pag. 17). Luego viene, magnificadas por el recuerdo, como ecos visionarios, el fasto de ciudades legendarias: Istambul, New York, Esmirna, Alejandría, Venezia. Venezia, Piazza San Marco, Café Florián. Parte tercera: vuelve el monólogo, esta vez en forma y tono displicentes de memento: "Shakespeare salvó por poco / la / cabeza. Es algo / en lo que debemos / reflexionar medirnos / cuidadosamente / el / cuello" (pag. 42). Vuelve todo, se va embridando. Y, al pronto, como cerrando con seis doble, Venezia, Piazza San Marco, el Café Florián, con este escueto verso, en solitario: "Stendhal se sentó en este / café" (pag. 43). Por eso, en virtud de las líneas que se trenzan en leit motiv, hemos llamado suite a este Tósigo Ardento. Y habría ahora que apellidarla. Suite veneziana.


   El libro, tenso, nervioso, no concede un solo verso a la tregua. Complace volver sobre lo leído. Sobre versos estéticamente definitivos, como si uno de ellos, el que que dice: "¡Ah, el verso que no moriría!", sirviese de paradigma al libro entero; sobre versos de glosa (en este caso de Montaigne, que tanto influyera sobre Shakespeare), así como de anécdota, perfectamente ensamblados, corporizados, a la línea sonora y conceptual del poema (los alusivos a Ernst Jünger, Rimbaud, Plutarco). Versos, en suma, de raigambre plástica, ajustados, severos, terminan siendo sentenciadores. Sirven. Profetizan. Y esto es lo turbador. Lo exasperante. El poeta nombrado José María Álvarez está en posesión del mayor sarcasmo y de la mayor ternura. El resultado es suntuoso: la lucidez.


   Suite veneziana, dijimos. Venezia desde luego, por muy novísimo que por generación sea, no es en él un rasgo, una moda. Es una condición, un talante (otro miembro de su generación, Gimferrer, demostró lo mismo en su libro titulado Fortuny). Venezia (ciudad de Venus) lo es también de rango saturniano. No hay dos estirpes cuya unión sea más fecunda. Rojo y negro. El refinamiento y la barbarie, el amor y la muerte. El poeta de Tósigo Ardento elige para morir el invierno y Venezia, las elegancias máximas de la naturaleza y el arte. Porque conviene estar de gala para morir. Y, sin embargo, Tósigo Ardento no es solamente su muerte, es la muerte de toda una época, de todo un mundo. La nuestra, el nuestro. Que se siente en Venezia. Por tanto, no ha lugar al gesto, a la desesperación, antes bien al júbilo, al carnaval, a la parafernalia: "El / mundo se derrumba. Ah, / maravilloso. Veremos una caída memorable" (pag. 19). Y ésta es su razón: la grandeza. Y ésta su profecía: el exterminio. El poeta muere y vuelve Roma incendiada a iluminar su rostro. Sublime soberbia (pobrecitos, la poesía os sobrevive). No merece vivir, no es honesto, en un mundo ajeno a lo hermoso; el poeta al menos ha de dar testimonio: se impone el "ardento tósigo". Es entonces cuando "La noche es hermosa, divina. Tampoco importa mucho / que una civilización / se hunda" (pág. 61).


   No más, por favor. Esto último, con que concluye el libro, causa el efecto de cuando vas y dices (pag. 26): "Y pensé en las Stanze / del Vaticano, / creadas para gozo de un gran papa. / Él hubiera / estrellado su copa contra un fresco / en una noche deliciosa. / Y Rafael hubiese decorado de nuevo esa pared, / y quizás aún mejor". Un libro donde he encontrado la mejor imagen sobre los palacios del Gran Canal - "joyas tiradas en una sábada de seda"- y la más bella metáfora que nunca se haya escrito sobre las góndolas. Son -dice- "labios de la muerte".

Razón y profecía de “Tosigo Ardento”
Por Antonio Enrique
CUADERNOS DEL MEDIODÍA, Diario de Granada, 
 25 de octubre de 1985


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