Maquiavelo en San Casciano


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MAQUIAVELO EN SAN CASCIANO



Al tordo que madruga en los olivos
tiendo tempranas redes,
mientras dura setiembre
y un cielo gris apaga
el eco doble de esta pena
en pobreza y destierro.
           
                               Tengo un bosque
cuya madera hago talar, pues de tan poca
riqueza me sustento.
os negocios de la República y los reyes
de España y Francia
o el gran Duque lejos están;
mas bueno fuera que alguien
pagase en este tiempo aquel saber de entonces.

Los leñadores en el bosque
disputan entre sí o ponen pleito
a más rudos vecinos,
mientras cierto Frosino da Panzano
arrebata mi leña por diez liras
que tiempo ha le debo, según dice,
de una partida en casa de Antonio Guicciadini.
Al carretero he acusado
como ladrón. Mas fue vano negocio.

Aquel saber de entonces, digo, a él he vuelto
por holgura de tiempo y de tristeza,
y he compuesto un opúsculo
cuyo destino ignoro, aunque tal vez me valga
ganancia, más favor o mudada fortuna.

Caído luego el día,
después de la comida familiar
apenas hecha de frutos de esta tierra,
en la taberna el juego
me aleja de lo mío
entre el sudor vulgar de las cartas usadas,
el agrio olor del huésped,
los gritos iracundos de mis nuevos amigos,
el carnicero del lugar,
un molinero a veces, menestrales
de craso vino y pan y harapientos bolsillos.
No hay en mí orgullo
ni vanidad sujeto a tal miseria,
y acaso la fortuna se avergüence
de haberme reducido a tan ruin destino.

Llega al cabo la noche.
Regreso al fin al término seguro
de mi casa y memoria.
                                          Umbral de otras palabras,
mi habitación, mi mesa.
                                         Allí depongo
el traje cotidiano polvoriento y ajeno.
Solemnemente me revisto
de mis ropas mejores
como el que a corte o curia acude.
Vengo a la compañía de los hombres antiguos
que en amistad me acogen
y de ellos recibo el único alimento
sólo mío, para el que yo he nacido.
Con ellos hablo, de ellos tengo respuesta
acerca de la ardua o luminosa
razón de sus acciones.

Se apaciguan las horas, el afán o la pena.
Habito con pasión el pensamiento.
Tal es mi vida en ellos
que en mi oscura morada
ni la pobreza temo ni padezco la muerte.


José Ángel Valente
LA MEMORIA Y LOS SIGNOS, 1960-1965
Ed. Galaxia Gutenberg.

José Ángel Valente, poeta

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