La casa que habitaste


    
     Jorge De Arco es un hombre tranquilo, un poeta que pareciera acaso sacado de otra época, de otro tiempo. Enviado para darle belleza y serenidad a este mundo ingrato y a su mala muerte que nos acecha. Fiel y leal amigo de sus amigos —va dejando amigos por donde quiera que pasa —, estación de enlace entre los más dispares poetas, va conectándonos a todos, desde todas partes, hilándonos en una especie de tela de araña invisible que nos acoge como amigos por toda la geografía poética de este país.
    Pero no queda ahí la cosa, no. Además es un poeta brillante y su obra entregada hasta el momento así lo atestigua.  Jorge escribe sin prisa, lento en el tiempo —conoce bien que la belleza es lentitud —, una poesía reflexiva, elegante y refinada, exquisita y pulcra.
    Tengo ahora en mis manos su último libro, LA CASA QUE HABITASTE, premio San Juan de la Cruz, publicado por la prestigiosa colección Adonáis en 2009, y se me hace es una sensación física uno de los poemarios más vivos y palpitantes de cuantos he leído en los últimos tiempos. Su lectura en la noche apacigua el alma y reconforta. Con un decir antiguo de aparente calma, poeta del amor sereno, Jorge ha ido labrando la efigie de un hombre puro en su alquimia de la vida, que vive inmerso de lleno en la Poesía con un arrojo felizmente excesivo. Y siempre alerta, siempre en pos del Oro del poema.

 **

LUZ SEDIENTA

CREPITAN esta noche entre mis manos
   la luz sedienta,
          el verbo amante,
la desnuda madeja de tu cuerpo...,
   y a resguardo del sueño, resucito
la súbita avaricia de tu carne,
   los jirones de luna diurna y nuestra.

   Ahora, 
        la soledad reclama su lugar y su instante
y la misma agonía que respiran
las ruïnas recientes de mis párpados,
recorre los cimientos de este hogar,
de esta conciencia
de cal y llanto.

Me asomo al ventanal de la memoria
y la lenta alborada me devuelve
el río ardiente de tus pies descalzos.
Entonces, el pasado, pareciera
no haberse ido,
   no haber disuelto
       la amante ceremonia del gozo en nuestros labios.
Pero ya sin remedio tus palabras golpean
los resquicios del alma,
y el eco de tu voz
se derrama en las sábanas del tiempo
desde el instante aquel en que dijiste
"Mi corazón ya late en otra casa".

**


ESCARCHA DEL AYER

NUESTROS hijos no son los hijos del alba que soñamos,
ni en sus manos podrán
posarse nunca nuestros dedos,
ni en sus ojos cabrán las nubes nuestras,
las miradas de lenta nieve ardida
que tantas veces
imaginamos por entre sus párpados.

Llega una fecha en la que el tiempo antiguo
comienza
a podar los abrojos del recuerdo,
los granos de la culpa,
y el día se hace noche
y la noche nos sabe a luna negra.
Y no quedan excusas,
ni nada diferente
a la fiel mansedumbre que alivie el desconsuelo
de cuanto va el espíritu
diciendo del ayer y de nosotros.

De aquel diciembre
que puso en pie de amor
nuestra batalla,
de aquel invierno de aguacero,
de norias y de hogueras,
apenas si nos van restando ahora,
los pálidos paisajes
del desamparo.
En noches como esta,
de luna negra y agria,
el olvido es resina,
dura condena que me desarropa
      y me devuelve
los cálidos andenes de tu risa y tu lengua,
la dicha enfebrecida,
el diluvio lustral de tu desnudo,
el jardín de tus muslos florecidos
sobre mi boca.
Y es entonces, lo sabes, cuando el alma se impregna
de una escarcha tan triste
que vuelve condenados
los latidos, sin fin las madrugadas.
Y ya no queda
ni música ni luz que remanse el dolor
de tanta entrega y tanta fe vencidas.

Dame nuestra verdad de cada hora,
le digo a la alborada,
nuestra sed más pretérita,
      la casa que habitamos,
nuestra agua, nuestro vino dulce, tibio,
regálanos de nuevo cuanto éramos,
las descalzas heridas que trazaron
nuestro resplandor último,
los racimos de llanto que abrazáramos junto
a las playas más blancas del silencio,
aquellas dunas donde
el viento y el pecado
supieron del sabor
de los besos urgidos de las sombras
en nuestras sienes.

Huérfanos ciegos del común destino
que fluyera anudando su mortaja
a la espiral de la melancolía,
deshago mi certeza y mi costumbre
y maldigo sin voz con cada lluvia,
con cada sol de estío,
la lenta levedad de estas cenizas,
    el duelo de ser hombre y ser condena,
la inútil terquedad de haber amado,
de haber soñado un día
                                        nacer sin corazón.


JORGE DE ARCO
LA CASA QUE HABITASTE
Adonáis, ed Rialp, 2009

Jorge De Arco, poeta (Madrid, 1967)

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP