Crisálida sagrada



   Conocí al poeta y novelista Antonio Enrique (Granada, 1953) hace unos años durante unas lecturas en Murcia y me resultó al instante un tipo interesantísimo. Poeta de mucho oficio y de larguísimo recorrido, diríase una especie de sabio a la antigua, una mente preclara, pero a la vez un tipo ocurrente y divertido. De exóticas anécdotas vitales. Recuerdo que comimos juntos, conectamos de inmediato y estuvimos hablando de Jerusalén y de los judíos. Él refería entonces mi parecido físico con la raza judia.

   Hace unos meses Antonio me envio por correo un librito precioso, de una belleza fina y delicada, una joya de orfebrería de esas que con tanto gusto, con exquisita dedicación, suelen editar en el Sur (dios, cuándo tendremos por aquí a alguien que sea capaz de editar libros así..., en fin...), con un título  precioso, sugerente: CRISÁLIDA SAGRADA. Una especie de plaquette, monográfico del Dolor, con versos de altura literaria, pero a la vez de una simplicidad antigua, mágica ciencia mística y una visión luminosa de la poesía.

   Y es que hace ya muchos años que en Granada se conjuraron tres poetas amigos en pro del hedonismo de las formas y el principio de individuación y de la diferencia aplicado a la alta poesía. Eran y son alternativa y tregua al caos ramplón y clónico, dominante en poesía en las últimas décadas. Estoy hablando del genial Fernando de Villena, de José Lupiáñez y del propio Antonio Enrique. Tres poetas que se hacen llamar la Academia de Oriente. Belleza en estado puro, amigos.

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VIII


Riámonos ante su majestad el Dolor,
tan arriba en el trono de todo lo creado.
Riámonos hasta la contorsión,
la bilis blanca y la bilis negra.
Riámonos, amigos,
que la vida no es tan breve,
y no se sabe de qué vamos a volver,
si de simples bufones disfrazados
o de danzarinas ante Su Majestad.
Quiero vencer el hastío
que me provoca tanta máscara.
Hazme un lado en tu trono, Majestad,
para que yo también bostece.






XIII


Esencia del dolor:
la muerte (se dice así).
Sobrevuela los tejados,
se arremolina en los rayos del sol
mientras declina.
Si te llaman hermana,
¿por qué levantas la mano
contra los más desprotegidos
primero?
Desciende cautelosa
de su fatal carro de lágrimas.
Y los hombros te sacude
antes de asestar el golpe.
Es triste la muerte no por lo que es
sino por lo que deja:
cementerios desamparados,
crisantemos marchitos,
cruces sin fin.
Y en medio de la niebla
un huérfano, una viuda,
un hombre o una mujer
sin saber donde ir,
por no tener a quien mirar.
Ni quien le mire.
La siento, la presiento,
la olfateo.
Sobrevuela el mundo.
Lo sobrevuela.
Y no se retrasa: simplemente aguarda
sin decir si ahora,
o luego.

ANTONIO ENRIQUE
CRISÁLIDA SAGRADA
Los Cuadernos de Sandua, Córdoba 2009


Antonio Enrique, poeta en Guadix

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