Baffo y los Placeres de Venezia


   
   Reina en Venezia tal regocijo, tan grata es la vida allí, que no hay nada semejante, me parece, en el mundo entero. Hay tanta relajación en las costumbres, tanta gracia en los modales, la ciudad contiene tantas y tan grandes bellezas, que acaso pareciera consagrada a Venus. Ya no se encuentra allí la austeridad de antaño; todas las mujeres hoy os brindan una buena acogida, y podéis presentaros en todas partes. La mujeres casadas ya no viven retiradas, se las ve caminar día y noche por la ciudad. Van solas con su amigo, y no las sigue, como antaño, el imbécil de su marido. Podéis encontraros libremente con ellas en su cama, y el marido no sabe nada, o, si lo sabe, no le preocupa. Son muy pretenciosas en su acicalamiento y, cuando están preparadas, se acompañan de su caballero, incluso a la iglesia. Antiguamente las damas nobles no iban a los cafés, donde sólo se veían putas y madamas. Hoy están repletos de burguesas, vendedoras, grandes damas y busconas muertas de hambre. Por la tarde salen y van a la plaza, donde se ven mujeres de todo tipo, que arrastran una larga cola. Se pasean por el Liston, con unos aires, un brío, que en verdad dan ganas de pellizcarlas. Aquí hay nobles en abundancia, todos vestidos a la francesa, y comiendo todo lo que poseen. Forman una tropa de al menos cien mil individuos, que llevan una vida de auténticos sibaritas. Se pasan las noches enteras en fiestas, juegos y cantos; y, entretanto, sus mujeres fornican con sus amantes. Los casinos están de moda. El lujo y los placeres que allí se encuentran atraen a un tropel de gente que deja allí sus cerquíes.


   El dinero circula por todas partes; la ciudad se embellece; pero el vicio esquilma todos los monederos. Sin todos estos vicios, los artistas caerían en el olvido, y no tardarían en desaparecer. Sin la ambición, la glotonería y los amores, grandes tesoros quedarían ocultos en un rincón. Es lamentable que no haya más putas en esta ciudad, pero las mujeres casadas se encargan de sustituirlas. La puta de profesión es una cosa de la que todo el mundo puede disponer, mientras que la mujer casada es un coto reservado. Es mucho más agradable ir a donde no puede entrar todo el mundo, no correr el riesgo de derrames, y no tener que pagar, poseer a una mujer, sin tenerla a cargo, y dejar al marido el cuidado de los hijos que puedan sobrevenir, tener un palco en el teatro, una casita; ir a pasear con ella, y satisfacer todos sus caprichos a costa del marido. Pero lo que más me gusta es que, cuando uno se cansa, la planta y se pega a otra. Se hace lo mismo con ésta; y cuando, tras haberla servido bien día y noche, se empieza a tener frío a su lado, es el momento de ir a calentarse a otro horno. Estos cambios tienen una gran ventaja, porque permiten degustarlo todo, y la misma caja de almendras garrapiñadas puede cautivar a más de una boca. Hay también multitud de virtuosas, cantantes y bailarinas, monturas espirituales en las que es agradable cabalgar. Su talento y sus gráciles ademanes hacen su compañía sumamente atractiva; pero tienen el incoveniente de imponer un decoro; y, como sus pretensiones son elevadas, cuesta una fortuna.
   
   Si la mujer es bella, y tiene reputación, corréis el riesgo de gastar mucho en ella mientras otros la gozan. Puede también ocurriros, cosa muy amarga, encontraros con una mujer música, que se marcha sin avisar. Las cantantes y bailarinas viven con ostentación, y hoy son reinas que arrastran a los penes a su paso. Esas mujeres ejercen gran poder sobre los hombres; tienen libertad de comportamiento, y son el honor de su sexo. Tienen un encanto que atrae; no llevan nunca un desgarrón, y van siempre tan limpias por dentro como por fuera. En lo que a mí respecta, reconozco desde hace tiempo que, sin el riesgo de contraer la sífilis, el placer de fornicar con ellas sería comparable a los del paraíso. Qué felicidad, qué regocijo oír cantar a una virtuosa al penetrarla. ¿Qué placer es comparable al de sentir a la amada bailar bajo el pene? Su conversación suele estar llena de encanto, y las que son fornicables desafían toda comparación. Yo no sé cómo es en Francia, ni qué se hace en Alemania; pero sé que Venezia es el país de las delicias, donde se fornica hasta la saciedad. Me sorprende que ya no vengan extranjeros, pues aquí cualquiera que no tenga la tiña se divierte a sus anchas. Antaño venía gente de los países más lejanos para disfrutar de las putas que había entonces; y como no se disfrutaba de la libertad de hoy en día, no quedaba otro remedio que limitarse a esa esfera. Mientras que en la actualidad, con un poco de maña y destreza, se puede penetrar en todas las esferas donde reinan Marte y Venus. Que viva, pues, esta ciudad, centro de los placeres, tan agradable para los extranjeros como para los indígenas.

Giorgio Zorzi Baffo
Placeres de Venezia
DICCIONARIO DEL AMANTE DE VENECIA
Philippe Sollers
ed. Paidós, 2005
Giorgio Zorzi Baffo (1694-1768), poeta lubrico veneziano

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