Anábasis de Saint-John Perse



   Es al día siguiente del fin de la primera guerra mundial cuando estallan unas vanguardias que se niegan a ser herederos de nadie: Claudel, Saint-John Perse, Francis Jammes, sus mayores inmediatos, habían ido a la busca de lo concreto rechazando el idealismo simbolista y mallarmeano, pero bebiendo de él; y menos todavía herederos de una especie de “poesía social” que a principios de siglo había secundado las ideas humanistas de un Jules Romains; entre sus nombres, el Apollinaire del primer momento, o Pierre Jean Jouve; y aunque no sean aceptadas por el surrealismo programático, la filiación política de algunos —Paul Éluard, Louis Aragon— terminará llevándolos hacia ese camino de poesía política. Esta poesía del otro adopta formas muy distintas, que no tienen por qué ser obligatoriamente políticas: un Saint-John Perse o un Segalen buscan en el extranjero, en el exotismo, raíces de un sentimiento propio y personal.


Saint-John Perse, un gran poeta, menos leído hoy de lo que debiera


IV

   Así va el mundo y de ello sólo alabanza tengo. Fundación de la ciudad. Piedra y bronce. Fogatas de zarzas en la aurora
   pusieron al desnudo estas grandes
   piedras verdes y aceitosas como fondos de templos, de
   letrinas,
   y el navegante alcanzado en el mar por nuestros humos
vio que la tierra, hasta la cima, había cambiado de imagen
(vastas artigas vistas desde alta mar y esos trabajos de captación de aguas vivas en la montaña).

   Así la ciudad fue fundada y colocada en la mañana bajo las labiales de un nombre puro. ¡Los campamentos se levantan en las colinas! Y nosotros que estamos sobre las galerías de madera,
   cabeza desnuda y pies desnudos en la frescura del mundo,
  ¿de qué, pues, nos reímos?, pero ¿de qué tenemos que reírnos, desde nuestra tribuna, ante un desembarque de mozas y de mulos?
   ¿y qué hay que decir, después del alba, de todo ese pueblo bajo las velas? ¡Arribos de harinas...! Y los bajeles más altos que Ilión bajo el pavorreal blanco del cielo, habiendo franqueado la barra, se detenían
   en ese punto muerto en el que flota un asno muerto. (Se trata de arbitrar a este pálido río, sin destino, de un color de langostas aplastadas en su savia.)

   ¡En el tumulto fresco de la otra orilla, los herreros son amos de sus fuegos! Los chasquidos del foete descargan en las calles nuevas carretadas de infortunios latentes.
¡Oh mulas, nuestras tinieblas bajo el sable de cobre! Cuatro cabezas reacias al nudo del puño forman un vivo corimbo sobre el azur. Los fundadores de asilos se detienen bajo  un árbol y les acuden las ideas para la elección de los terrenos. Me enseñan el sentido y la destinación de los edificios: fachada de honor, fachada muda; las galerías de laterita, los vestíbulos de piedra negra y las piscinas de sombra clara para las bibliotecas; construcciones fresquísimas para los productos farmacéuticos. Y luego se acercan los banqueros que silban en sus llaves. Y ya por las calles un hombre cantaba solo, de aquellos que tiznan sobre su frente la cifra de su Dios. (¡Crepitar de insectos para siempre en el barrio de las basuras...!) Y no es éste el lugar para contaros nuestras alianzas con las gentes de la otra orilla; el agua ofrecida en odres, las prestaciones de caballerías para los trabajos portuarios y los príncipes pagados en monedas de peces. (Una niña triste como la muerte -hermana mayor de una gran belleza- nos ofrecía una codorniz en una zapatilla de satén rosa.)

   ...¡Soledad!, ¡el huevo azul que pone un gran pájaro marino, y las bayas en la mañana todas grávidas de limones de oro! ¡Fue ayer! ¡El pájaro ha volado!
    Mañana las fiestas, los clamores, las avenidas bordeadas de plantas leguminosas y los servicios de limpieza acarreando a la aurora grandes trozos de palmas muertas, restos de alas gigantes... Mañana las fiestas,
   las elecciones de magistrados del puerto, las vocalizaciones en los suburbios y, bajo las tibias incubaciones de tormenta,
   la ciudad amarilla, encasquetada de sombra, con los pantalones de sus muchachas en las ventanas.
   ...A la tercera lunación, los que velaban en las crestas de las colinas arriaron sus tiendas. Se hizo arder un cuerpo de mujer en las arenas. Y un hombre avanzó hasta la entrada del Desierto -profesión de su padre: vendedor de frascos.

SAINT-JOHN PERSE
Anábasis y otros poemas
trad. de Jorge Zalamea
ed. Orbis, 1983

el poeta francés, Alexis Léger, conocido como Saint-John Perse (1887-1975)

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