Poesía inglesa del siglo veinte (II)



     Con un exquisito gusto, una impresionante riqueza expresiva en el lenguaje, en una lectura muy personal de lo que acaso fue la famosa Batalla de Lepanto, y en una muestra espléndida de lo que yo denominaría poesía metaliteraria o épica (nunca utilizaría ese término tan denostado, arma arrojadiza contra el poeta cultista o cultivado, de "culturalimo" del que todo el mundo habla tan a la ligera y siempre para mal), que enlaza con determinados momentos de la Historia y de la mejor tradición literaria y artística, y con plena voluntad, tanto para el que lee el poema como para el que escribe, de iniciarse en el ejercicio de una poesía 'adulta', nos adentramos en el gozo inesperado, la emoción redimida en la sangre, con la lectura poética de esta joya que  me aparece por sorpresa en la edición que de la POESÍA INGLESA DEL SIGLO VEINTE preparó el poeta José Luis García Martín, -y cuyo último ejemplar tuvo la amabilidad él mismo de enviarme por correo hace unos meses-, recogiendo en este caso un largo y tremendo y magnífico poema del escritor británico Gilbert Keith Chesterton, inmejorablemente traducido al alimón por dos de los mejores poetas españoles vivos -íntimos amigos entre ellos, por cierto-, Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza. La Poesía convertida en música de la Historia. Ahí va.

*** 





LEPANTO


Las blancas fuentes manan en los patios del sol,
y el Sultán de Bizancio ríe al verlas correr.
Y es su risa otra fuente en ese rostro tan temido,
una risa que agita la selvática tiniebla de su barba
y enarca la sangrienta media luna de sus labios,
porque hasta el más remoto mar de la tierra lo estremecen sus naves.
Han desafiado a las blancas repúblicas por los cabos de Italia,
han estrellado el Adriático contra el León del Mar,
y el Papa ha tendido sus brazos a todas partes ante la agonía y la perdición,
y ha reclamado a los reyes de la Cristiandad espadas para defender la Cruz.
La fría reina de Inglaterra se mira en el espejo;
la sombra de los Valois bosteza en Misa;
desde las fantásticas islas del ocaso se oyen apenas los cañones de España,
y el Señor del Cuerno de Oro sigue riendo al sol.


Las colinas mitigan el batir de confusos tambores
allí donde sólo un príncipe sin corona se ha conmovido en un trono sin nombre,
allí donde, surgiendo de dudoso solio y afrentado sitial,
el último caballero de Europa descuelga las armas del muro,
el último trovador rezagado que escuchó el canto del pájaro,
que otro tiempo marchara cantando hacia el Sur cuando el mundo era joven.
En aquel enorme silencio, por el sinuoso camino
asciende poco a poco y sin miedo el clamor de la Cruzada.
Entre el gemido de los fuertes gongs y el retumbar de los cañones,
Don Juan de Austria marcha a la guerra,
y hay rígidas banderas que forcejean con las heladas ráfagas de la noche,
y oscura púrpura en la sombra, y oro viejo que brilla,
y carmesí de antorchas en los atabales de cobre,
y clarines, y trompetas, y cañones, y él, que llega.


Don Juan ríe a través de su airosa barba rizada,
y los estribos son para él como todos los tronos del mundo,
y yergue su cabeza como bandera de todos los libres.
¡Luz amorosa de España, hurra!
¡Luz de muerte para África!
Don Juan de Austria
cabalga hacia el mar.


Mahoma está en su paraíso sobre el lucero de la tarde
(Don Juan de Austria marcha a la guerra)
y reclina el poderoso turbante en el regazo de la hurí eterna,
su turbante tejido por los crepúsculos y los mares.
Espanta del jardín a los pavos reales cuando despierta de la siesta,
y camina entre los árboles, y es más alto que los árboles,
y su voz, a través del jardín, es un trueno que invoca
al negro Azrael, y a Ariel, y a Ammón en el viento,
a los Gigantes y a los Genios
de alas y ojos múltiples,
cuya firme obediencia rompió el cielo
cuando Salomón era rey.


Se precipitan, de rojo y púrpura, desde las rojas nubes de la mañana,
desde los templos donde los dioses amarillos cierran sus ojos con desprecio,
y, vestidos de verde, suben rugiendo desde los verdes infiernos del mar,
donde hay cielos caídos, y colores perversos, y criaturas sin ojos;
sobre ellos se arraciman los moluscos y se rizan las grises selvas del mar,
salpicadas de un espléndido mal, el mal de la perla;
surgen en humaradas de zafiro por las azules grutas de la tierra,
se agolpan, y se maravillan, y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: "Trizad las montañas donde se ocultan los ermitaños;
cerned las arenas rojas y plateadas hasta que no quede vestigio de santo,
y perseguid volando a los infieles día y noche, sin darles descanso,
pues lo que fue nuestra aflicción vuelve otra vez desde el Oeste.
Hemos impreso el sello de Salomón en todo lo que existe bajo el sol,
de sabiduría, y de tristeza, y de dolor de las cosas hechas,
pero un clamor se oye en las montañas, en las montañas, y reconozco
la voz que hizo temblar nuestros palacios, hace ya cuatrocientos años:
él es quien no dice 'Kismet', el que ignora el Destino;
es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo a nuestras puertas;
el que se ríe cuando las apuestas le son desfavorables:
ponedle bajo vuestro pie, para que nuestra paz reine en la tierra".
Escucha el redoblar de los tambores y el retumbar de los cañones
(Don Juan de Austria marcha a la guerra)
Resuelto y sereno, ¡hurra!,
¡rayo de Iberia!,
Don Juan de Austria
sale de Alcalá.


En las rutas marinas del Norte, San Miguel está en su montaña
(Don Juan de Austria está dispuesto y parte)
donde los grises mares brillan y las agudas mareas cambian,
y la gente del mar trabaja y se izan las rojas velas.
Empuña su lanza de hierro y bates sus alas de piedra.
El clamor atraviesa Normandía; el clamor marcha solo;
el Norte está lleno de cosas confusas, y de textos y ojos dolientes, 
y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
y el cristiano mata al cristiano en una estrecha y polvorienta estancia,
y el cristiano teme a Cristo, que tiene un nuevo rostro sentenciador,
y el cristiano detesta a María, a quien Dios besó en Galilea,
pero Don Juan de Austria cabalga hacia el mar.
Don Juan llama a través del viento y del eclipse,
grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
la trompeta que dice
Domino gloria!
Don Juan de Austria
arenga a las naves.


El rey Felipe está en su aposento con el Toisón de Oro al cuello
(Don Juan de Austria está armado en cubierta);
tapiza las paredes un terciopelo negro y suave como el pecado
por el que enanos se deslizan, con el que enanos juegan.
Sostiene un pomo de cristal del color de la luna,
que acaricia, y el pomo vibra, y él tiembla,
y es su rostro como un bulbo de leproso blanco y gris,
como plantas en altas casas privadas de la luz del día,
y la muerte está en ese pomo, y el fin del noble empeño,
pero Don Juan de Austria ha hecho fuego sobre el Turco.
Don Juan está cazando, y sus lebreles han ladrado.
Como un estampido, el rumor se su ataque recorre Italia.
Cañón sobre cañón,
cañón sobre cañón, ¡hurra!
Don Juan de Austria
ha desatado el cañoneo.


El Papa estaba en su capilla antes de que rompiera el día o la batalla
(Don Juan de Austria está oculto entre el humo),
en el lugar oculto de la casa del hombre donde Dios mora toda el año,
en la secreta ventana desde donde el mundo parece pequeño y muy querido.
Ve como en un espejo sobre el mar monstruoso del crepúsculo
la media luna de las naves crueles cuyo nombre es misterio;
las naves que proyectan grandes sombras y oscurecen la Cruz y el Castillo,
cubriendo los alados leones de las galeras de San Marcos;
y sobre las naves hay palacios de morenos caudillos de negras barbas,
y bajo las naves, prisiones, donde con numerosos sufrimientos
se quejan los cautivos cristianos enfermos y sin sol, raza afanosa,
como una estirpe en ciudades subterráneas, como una nación en las minas.
Están perdidos como aquellos extenuados esclavos que en el cielo de la mañana colgaron
las escalas de los más altos dioses, cuando la tiranía era joven.
Son incontables, mudos, desesperados, como los que cayeron o escaparon
ante los caballos de los grandes reyes en las canteras de Babilonia.
Y más de uno ha enloquecido en su mudo aposento en el infierno,
donde le espía un rostro amarillo a través de la reja de su celda,
y ha olvidado a su Dios, y ya no espera una señal.
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde la popa pintada con la matanza,
volviendo púrpura el océano, como el ensangrentado bajel de un pirata,
haciendo correr el escarlata de la sangre sobre los platas y los oros,
rompiendo las escotillas y reventando las bodegas.
Surgen entonces en tropel los miles de cautivos que se afanaban bajo el mar,
blancos de dicha, y ciegos de sol, y aturdidos de libertad.
Vivat Hispania!
Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
ha liberado a su pueblo!


Cervantes, en su galera, vuelve la espada a su vaina
(Don Juan de Austria regresa con una guirnalda).
Y sobre una tierra fatigada una senda perdida en España,
por la que en vano cabalga eternamente un insensato caballero flaco,
y ríe, pero no como los sultanes, y torna el acero a su funda...
(Pero Don Juan de Austria regresa de la Cruzada).


G.K. Chesterton (1874-1936)
Traducción de Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza
POESÍA INGLESA DEL SIGLO VEINTE
Edición de José Luis García Martín
Universos Uno, ed. Llibros del Pexe, 1993


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