Miguel Ángel Velasco en su centro y en su himno


   
    
    Por esas divinidades protectoras que sólo a los navegantes nos acogen en su seno durante nuestra más larga travesía, mientras, solitarios en la noche de tan trágica noticia, únicamente nos guía la observación de la estrella Fenicia, me envía vía mail mi querido amigo, el poeta Vicente Gallego, un poema inédito inmenso, una Elegía escrita por él "en la alta brasa de la pura amistad" desde la desazón, pero a la vez desde la aceptación, por la muerte de su gran amigo, su hermano, el poeta Miguel Ángel Velasco.

     Donde quiera que estés, amigo, donde quiera que moren los espíritus de los mejores poetas después de la muerte, aquellos a los que os espera el beneficio de una vida hermosa y quedáis ahí, para siempre, purificados, aquí me hago eco yo, con el consentimiento del amigo, de este poema que a mí me llega una extraña tarde de domingo en que, muy triste aún, no sé a qué atenerme todavía, pájaros negros sobrevuelan mi cabeza, no sé cómo encarar la noche y sólo doy palos de ciego, abro el correo electrónico y me encuentro esta maravilla, este consuelo, sirviéndose de la palabra misma. Rendido ante su belleza y con los sentidos idos, siempre en inestable equilibrio, sólo acierto a decir: yo también quiero ser, como tú, descendiente directo de Aquiles.

 
***



Oh Naturaleza, nunca es temprano o tarde para mí si a ti te conviniere

-Marco Aurelio-.




MIGUEL ÁNGEL VELASCO EN SU CENTRO Y EN SU HIMNO




Sentados bajo el manto cristalino
de tu gran padre el ácido,
junto al fuego de Javea, en la alta brasa
de la pura amistad estamos hoy,
riéndonos del mundo y de lo nuestro
con esa risa tuya que era aurora
y huracán de las risas, vida a coro.

Aquí tus damas bellas:
Consuelo la primera, madre azul
de tus azules ojos planetarios,
Angelika, Isabel, nuestras amigas,
que a ti te prefirieron,
y los varones todos, tus hermanos
de afecto umbilical, un solo ombligo.

Lo que te debe en mí la gratitud,
¿en qué largo tratado
podré nunca ponerlo por escrito?
Me enseñaste a querer los minerales:
¡Míralos, si están vivos!”, me invitabas,
y Catón asentía, grande y manso,
tu eterno perro nuestro, compañero.
Recogías el hongo de la tierra,
la madera fragante, el amonites;
de la mar la gorgonia; de la luna
la pureza en el duelo;
del cielo un hilo en copo,
que hallaban en tu templo devoción,
humanidad y voz, alma en tu canto.

Aquiles de las crenchas rubicundas
cuando a guerra llamaban los placeres;
Cristo muerto de Holbein -que en tu casa
tenías a la vista, siempre expuesto-
cuando la vida echaba, legionaria,
tu pobre manto a suertes más oscuras.
Torbellino, espiral y cataclismo
encontraron en ti su cuerpo entero;
el temple su hijo raro, pues templabas
con el exceso el gris, y hasta el azul,
para que fuera azul ultramarino.
Con menos que lo más no hiciste migas,
ni quisiste saber de la tibieza,
y yo te aplaudo el gusto, mi almirante
montado en el relámpago
de la humana pasión, firme en la altura.



Vicente Gallego
Catarroja, 3 de Octubre de 2010


¿O fuisteis un sueño en el tiempo solo, señor de los versos?

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