Los siete libros del Mediterráneo


     
     Qué extraño me sentí la otra mañana, en la sala de espera de la consulta del ginecólogo de la Seguridad Social, con un libro maravilloso, una joya, una delicia, una golosina entre las manos: LOS SIETE LIBROS DEL MEDITERRÁNEO, del genial poeta granadino Fernando de Villena, que ha resultado ser amigo a su vez de un viejo amigo mío, Antonio Enrique, otro maestro, otro genial poeta de la vega granadina, que tuve la suerte de conocer hace años una primavera gloriosa en Murcia y con quien aún mantengo contacto.

     Subrayaba a lápiz, como siempre ya no sé leer de otra manera versos del libro, y hacía marcas asteriscos, uno, dos o tres, según mis preferencias— junto a los títulos de los poemas del libro. Lo tenía comprado desde hacía tiempo (me enamoré del título y de la portada, esa ilustración enigmática de Fuensanta Niñirola, en cuanto lo vi en Xalbador, y lo adquirí al instante, sí señor, no pude resistirme), pero hasta ese día de la semana pasada, en que iba a tener largo tiempo de espera mientras atendían a Mamen, no lo metí en el bolso por la mañana al salir de casa.

     Teniáis que haber estado allí, amigos. Teniáis que haber visto las caras, las miradas, extrañas, atónitas, como mendicantes, imprecantes qué sé yo..., inquisitoriales me atrevería a decir, de la gente que entraba y salía o permanecía durante un rato allí conmigo, a mi lado, en la fría y blanca sala de espera. Desde luego, tiene razón mi maestro José María Álvarez, no exagera, no, cuando dice que te miran como si fueras sospechoso cuando te ven leyendo un libro.

     Qué se preguntaría para sus adentros esta gente de mí, dios...:
-¿Quién será este tío tan raro con ese libro en la mano leyendo aquí solo? 
-¿Qué estará leyendo este tipo extraño y qué estará apuntando ahí? 
-¿Aún hay hombres que leen libros? qué raro...
-Parece normal, va bien vestido, pero lleva foulard de cuadros y chaleco fashion ¿será homosexual? tan bien arreglado, por aquí, no sé yo..., todo esto es muy raro.
-¿Qué hará aquí este tío en una consulta ginecológica con un libro que parece de poemas? ¿aún hay gente que lee poesía?

     Miradas de reojo, miradas de soslayo —no, no eran "pajas mentales" mías otra vez, no, mi "querido" cuñadito tocapelotas, me estaban mirando a mí—, miradas oblicuas, como mirando sin querer mirar, como viendo sin querer ver, miradas al libro cuando yo no miraba (la portada es muy llamativa, en rojo y azul, y la hermosa flautista con la flauta doble antigua, hermosísima), cuando hacía  como que leía y en realidad les observaba yo a ellos

     Gente corriente, gente del común, gente como otra cualquiera, almas grises, pensando en la compra del hiper (era viernes, acababa la semana, toca hacer la compra), o en la cena de esa noche con los del currelo, ojeando revistas médicas de las que no entienden ni jota, ni papa (la gente ya no lee ni el prospecto de los medicamentos como para leer y entender revistas), vestidos de manera uniforme, en tonos grises (¿por qué la mayoría de la gente en Pamplona viste en tonos grisáceos?), aburridos, con gesto cansado, bostezando cada dos por tres o tosiendo incómodamente. Hablo de hombres jóvenes y mujeres jovenes, y alguna que otra mujer mayor. Aunque, bien pensado, éstas sí leen. Las mujeres mayores puede que sean las únicas lectoras de poesía —no poetas— que queden ya en nuestro mundo de locos. Si es que aún queda algún lector de poesía que no sea a su vez poeta. Que es mucho decir.




EL MEDITERRÁNEO


Vincularé Tu nombre al mío humilde,
tu nombre azul y altísimo
de sueños y de gestas,
de dioses y de efímeras banderas...
Tu nombre, sí, tu nombre, mar sagrado,
mar venerable y nuestro,
sabio Mediterráneo,
carcelero de fustes y denarios
que en fantasmas trirremes
son teatro a la danza de las algas,
al salto de los pulpos,
a la huida argentina de los peces
hacia grutas de sombra
donde su pena esconden y vergüenza
sirenas derrotadas...

Como ciñes el brazo de las rocas
con pulseras de fénices espumas
ceñiré con mi verso fugitivo
el talle de tu historia,
feliz Mediterráneo;
como besas los puertos más ocultos
y las dársenas sucias
de las viejas ciudades
que a tu espejo se asoman
—suave o apasionadamente fuerte—,
así yo besaré tus hondas calas,
el corimbo festivo de tus islas,
la memoria piadosa de tus héroes...

En vano la medusa
que llega desde América del Norte
podrá con su veneno contagioso
derrotar la hermosura de tus mitos,
la suavidad perfecta
de las muchachas ágiles,
morenas tal las ánforas de antaño,
que miden con tus olas sus cinturas,
con tu espuma sus risas;
la dicha ilimitada de quedarse
tendido en las arenas escuchando
con los ojos cerrados como valvas
tu pálpito dorado,
tu pálpito de siglos y leyendas.


Fernando de Villena
LOS SIETE LIBROS DEL MEDITERRÁNEO
ed. Evohé Desván, 2009

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