Álvarez no se acaba nunca




     ¡Cómo me río yo con José María Álvarez! Qué tío...  Y es que Álvarez, como acostumbro a decir, no se acaba nunca. Unas risas aseguradas con él y con sus cosas. Sin que su carácter se ensombrezca nunca. Antes al contrario, siempre lleno de alborozo.

     Cuando ya crees que te lo ha dado todo, con sus poemas, fascinantes, con su sabiduría, inabarcable, y de la que te hace partícipe, con el placer de asistir en primera fila al espectáculo de su inteligencia, en cada cosa que dice, hasta la cosa más nimia, más insignificante la vuelve él interesante a tus oídos, cada vez que abre la boca, cada línea o verso que escribe, cada pensamiento que esboza o que, en una simple mirada suya azul eléctrica, se trasluce, va y te sorprende el tío con una de sus genialidades humorísticas repletas de fina ironía, sorna rebelde, sarcasmo de lujo, escepticismo, estoicismo, epicureismo, inconformismo, rebeldía absoluta, qué sé yo..., todo está ahí, tantos años, tantos siglos de historia, de Arte, de Literatura en sus palabras, tanta sabiduría —la sabiduría de Adriano o la de Marco Aurelio—, los más grandes espíritus de la historia de la humanidad se dan cita en su cabeza, y ese sentido del humor (que yo, personalmente, tanto valoro en las personas, para mí fundamental...) suyo, tan fino, inteligentísimo, tan de vuelta de todo, tan del blanco al negro pero sin pasar por el gris (como a mí me gusta), con el que tanto disfruto, y con el que algunas veces me río hasta a carcajadas.

     Es que no sabéis las cosas que se le ocurren, amigos, daría para un libro, y las suelta así, como le vienen a la cabeza, sin medir las consecuencias —como se han de decir las cosas cuando ya nada te importa el qué dirán: dios, qué sensación de libertad más absoluta —, sin cortarse ni un pelo, le duelan a quien le duelan, y yo me río, me troncho, joder, me troncho..., escuchándoselas decir en persona, o escritas en un libro, un diario, un poemario, una novela, un capítulo apasionante de sus memorias infinitas, o por teléfono —casi una o dos veces a la semana,  o el otro día por webcam, ¡¡qué descubrimiento la webcam!!, qué sé yo la de veces que me he reído con él. Qué felicidad... Hasta en los días más sombríos. Poniendo boca abajo o patas arriba este mundo exterior turbulento y hostil. Que nada o bien poco vale.

     Que algunas veces hasta me acuerdo al tiempo de sus cosas, sus historias, sus anécdotas, sus frases geniales, para grabarlas y luego rebobinarlas y darle al play de nuevo, para la posteridad..., y me sigo riendo, yo, a solas, en el trabajo, sin venir a cuento de nada, como si estuviera loco deben pensar. Felizmente loco, sí.

     José María Álvarez ha sufrido la incomprensión más atroz en su propia tierra. Se le ha abominado allí. Literalmente. Como si fuera un ogro, un apestado, un monstruo de las cavernas, se le ha silenciado o ninguneado. Impunemente.
Recuerdo una vez hace años en que deambulábamos con el coche en su ciudad buscando su casa (es muy complicado encontrarla), paramos en una pastelería que luego resultó estar a dos o tres manzanas de su domicilio para preguntar por él y nadie le conocía. El escritor más genial de este país, el poeta más grande, y no habían oído hablar de él a dos manzanas de su casa. Para matarlos, joder... A gusto les hubiera hecho yo comerse todos los pasteles de la tienda hasta atragantarse... Zampabollos...

     Cuando, en realidad, y hasta en los detalles más pequeños de la vida, es una persona encantadora, entrañable, fascinante, de la que se podría estar aprendiendo y aprendiendo durante una vida entera, inteligentísima como digo, generosa, atenta, de una sensibilidad omnímoda, una sensualidad delicadísima, exquisita, un amor a la Vida... Álvarez se inflama de amor a la Vida.

     Bueno, en fin, estas cosas pasan. Hasta yo mismo las vivo alguna vez por aquí, sin ir más lejos... 
Como él mismo diría, allá ellos...
O, como diría yo, ellos se lo pierden.


Amada García Puente, José María Álvarez, Alfredo Rodríguez y Pilar Diez Nieto
Riva degli Schiavoni, Venezia, 2005, 
Unas risas aseguradas.

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