sobre el tiempo y las palabras


     
  
No soy, seguramente, el más indicado para escribir un artículo sobre mi generación. No sólo porque mi opinión sería necesariamente parcial, sino también porque mi oficio (el de profesor universitario) me ha deformado irremediablemente y confundo los juicios académicos con los juicios subjetivos. Mi punto de vista es, por lo tanto, ambiguo: en ocasiones hablaré como componente de un grupo, y otras, quizás, como entomólogo. Bueno es que así lo advierta desde el principio.
    En su origen, los Novísimos aparecieron unidos por el azar, que es nombre clásico de la voluntad de poder. Fue la voluntad del antólogo, José María Castellet, empeñado en dar una continuidad a su excelente antología de la generación anterior, lo que está en el inicio de su aparición. Y también los consejos y asesorías de Pere Gimferrer y otros intelectuales menos conocidos; y el filtro de Jaime Gil de Biedma, de Carlos Barral, de diversos lectores entre los que se encontraba Vicente Aleixandre, hizo de la antología un producto típicamente catalán, odiado por el funcionariado poético de la Corte, tanto de derechas como de izquierdas.
    Este origen azaroso ha sido sumamente citado, como si se tratara de un origen infame. Se olvida que casi todos los movimientos artísticos han nacido del mismo modo, como invenciones de alguna personalidad. Es sumamente habitual que alguien descubra desde fuera lo que sólo en ese momento comenzará a darse dirección propia. No en vano casi todos los movimientos, incluidos los movimientos políticos, suelen asumir positivamente el insulto que les dedica la competencia, como en el caso de los “rojos” o el de los “surrealistas”, dos calificativos utilizados contra los rojos y los surrealistas.
    Pero el elemento azaroso y arbitrario contribuye a que la combinación de personas, gramáticas e ideologías sea confusa. El inventor pone en movimiento un juego que luego actúa por su propia cuenta. Sólo el tiempo puede decantarlo y separar las churras de las merinas. ¿Hubo en los inicios de “Nueve novísimos” algunas churras mezcladas con las merinas? Sin la menor duda.
    El tiempo, por ejemplo, ha esclarecido que los Novísimos eran fundamentalmente gente de letras, y no exactamente “poetas”. De los nueve, tan sólo Martínez Sarrión y Panero han contribuido sustancialmente a la poesía castellana de estos últimos años con trabajos relevantes. Gimferrer lo ha hecho en lengua catalana, lo que le sitúa en otra tradición literaria, pero al menos no ha traicionado el espíritu de la antología. Sólo este trío mantiene figura pública de poeta. El caso del poeta Álvarez es aparte. Quizás el único poeta profesional que ha dado España.
    Sarrión ha escrito, además, excelente prosa biográfica, y Gimferrer ha editado una novela de notable interés así como artículos de prensa sumamente originales. Pero creo que sólo estos tres Novísimos figuran, actualmente, en el selecto apartado de “poetas", tanto en los medios universitarios como en la prensa de masas. Los otros seis son ya históricos de la poesía y no poetas vivos; son el pasado, no el presente.
    Aunque resulte doloroso, es preciso añadir que Panero se ha convertido, además, en una figura simbólica más próxima a Jim Morrison que a Rimbaud, y que ello perjudica el recto juicio sobre su poesía. Es posible que en la abundante y desordenada producción de Panero se encuentre lo más brillante, lo más original y lo más duradero de la poesía de los Novísimos, pero no podremos saberlo hasta dentro de muchos años, cuando un editor minucioso y responsable sea capaz de separar los verdaderos poemas de lo que a veces no son sino documentos de un hombre perturbado. La destructiva idolatría del “loco” que en Francia ha afectado tanto al conocimiento de Artaud, de quien se ha publicado absolutamente todo sin el menor criterio literario, puede afectar también a la espléndida poesía de Panero.
    Así pues, tres poetas cristalizados y relevantes, sobre nueve proyectos en diverso estado de agonía. ¿Invalida este resultado la obra de Castellet? Yo diría que no. Pero no sólo porque entre los libros editados por los seis restantes haya páginas perdurables, sino sobre todo porque el abandono de la poesía por parte de tantos principiantes no puede sino ser significativa.
    La importancia que se les ha dado a los Novísimos no obedece a la sustancia de la obra y personalidad de sus componentes, sino a su impacto espectacular. Con los Novísimos aparecían algunas verdaderas novedades en el panorama literario español, que era entonces un panorama perfectamente mineralizado, de un conservadurismo faraónico. La relevancia de la antología no respondía al contenido de la misma sino al gesto. En el recinto de la momia sonaba, sin pedir permiso, un tocadiscos.
    Aparecía, en primer lugar, la ruptura con una concepción moral de la poesía heredada de la guerra civil. Tanto los fascistas como los comunistas habían logrado reducir el campo poético a una discreta agencia de publicidad. Exceptuando algunos grandes nombres del campo azul, como Luis Rosales, y del campo rojo, como Blas de Otero, el grueso, la tropa poética, se dedicaba a hacer propaganda de sus respectivos equipos de fútbol planetario. El cinismo estalinista y la abyección franquista habían logrado encontrar un terreno común: todos hacían versitos y se leían los unos a los otros. Los primeros le cantaban al Comandante (primero Guevara, luego Castro), los segundos al Generalísimo (siempre Franco), con una poesía cuartelera que se tomaba muy en serio a sí misma.
    Los Novísimos fueron atacados por ambos bandos, azules y rojos, porque escapaban al feroz utilitarismo habitual. La acusación generalizada de “frivolidad” (o de mariconería, por parte de los fascistas) indicaba claramente que habíamos interrumpido un acto religioso. El proceso de desprestigio de las viejas generaciones poéticas no sólo tuvo lugar en España. Debo recordar que poetas remarcables como Neruda o Alberti, pero también Aragon en Francia, se habían convertido en figuras grotescas debido al mismo subterfugio moral. No sólo habían perdido el respeto de los jóvenes, sino que nunca más volvieron a escribir un solo verso interesante.
    Es cierto que ahora puede decirse que con los Novísimos entró en España la posmodernidad. Y que, dada la deriva de semejante escuela, mejor que habría sido que no entrara. Pero yo no diría tanto: siendo España un país obsesivamente dedicado a convertir cualquier ideología en teología, una de las ideologías que mejor puede sentarle es el eclecticismo, la posmodernidad y el abandono de cualquier proyecto intelectual, artístico o político grandioso. Lo grandioso es tolerable en sociedades autocráticas y liberales. Pero es nefasto en sociedades que conservan muchos hábitos del Antiguo Régimen y de la herencia feudal y eclesiástica. En España las grandes ideas suelen terminar en grandes carnicerías, como en los países balcánicos a los que tanto nos asemejamos.
    La otra novedad que traían los Novísimos era la reducción de la poesía a género inter pares. Sin duda éste era también un fenómeno internacional, pero del que no había noticia en España. No hace aún muchos años la poesía gozaba de un estatuto privilegiado y jerárquicamente superior. Yo recuerdo, en mis primeras estancias en París o en Londres, a finales de la década de los sesenta, que el mundo literario y mediático distinguía perfectamente entre los novelistas, que eran gente mundana e inclinada a comprar coches de carreras y aparecer en público del brazo de hermosas mujeres, y los poetas, los cuales vivían apartados de todo bullicio mundano practicando un arte superior y sublime, perfectamente borrachos y sucios o sumidos en un ascetismo frailuno.
    Todavía en aquellos años a nadie medianamente instruido se le habría pasado por la cabeza considerar el valor literario de los novelistas como una entidad comparable al de los poetas. Por poner ejemplos, Perse, Aragon, Michaux, Ponge o Breton disfrutaban de un estatuto jerárquico muy superior al de Camus, Sartre o Malraux, por no citar a Marcel Aymé o a Mauriac, cuyo prestigio tenía mucho de extraliterario y de mundano. Los criterios literarios todavía mantenían la superioridad de la poesía como género extremo en las artes de la palabra.
    Esa jerarquía ya no existe. Pero los primeros síntomas del asalto a la fortaleza del poder literario por parte de los novelistas (un asalto que contó, naturalmente, con la cooperación del poder universitario y del poder mediático), comenzó por aquellos años setenta. Los novelistas se aproximaron a la función de los poetas (en Francia había comenzado Céline, pero quien usurpó de verdad la jerarquía fue el Nouveau Roman) y tomaron por asalto el papel social de Inspirados que antes sólo se concedía a los poetas. Los Telquelianos aprovecharon ese relajo en las formas con gran habilidad y lograron imponer un género híbrido, ni poético ni prosaico, que dio enorme popularidad al Gran Timonel.
    Se observará que en sus poéticas los Novísimos afirmaban estar influidos por poetas como Perse o Paz, pero también por novelistas como Faulkner o Proust, y en el mismo nivel, en el nivel poético. Esto significaba una novedad en la España de Franco. Los poetas oficiales españoles de aquella época jamás habrían citado a un solo novelista si alguien les hubiera preguntado por sus influencias literarias. Todos habrían recitado el catecismo: Berceo, Juan de la Cruz, Quevedo, y así sucesivamente. Pero ninguno habría añadido, Valle Inclán, o fray José de Sigüenza. Si la separación jerárquica entre la poesía y la prosa era fuerte en Francia e Inglaterra, en España era abismal. De hecho se trataba de dos castas hindúes, y no se cruzaban. Pero los Novísimos no sólo citaban como influencias poéticas a Faulkner y a Proust, también citaban cosas extrañísimas como Lezama Lima (desconocido entonces en el mundo entero), Henry James (no había una sola traducción en España), o el Club de Fútbol Barcelona (Vázquez Montalbán). Las “influencias” eran, con toda claridad, una oferta de supermercado y habían perdido su severidad. Sólo algunos profesores de una ingenuidad desoladora se las tomaban en serio. El consumo hacía su aparición como valor estético sin que Warhol hubiera pisado TVE.
   No es extraño, por lo tanto, que la mayoría de los Novísimos se dedicara posteriormente a la novela. En verdad estaban atraídos por la narrativa desde el principio, y hay mucha narrativa minúscula, microscópica, en los poemas de algunos Novísimos como Carnero, Álvarez o Molina Foix. Y ha sido un milagro que ninguno de ellos haya acabado como director de cine, pues ésa era, sin duda, la “influencia” preponderante. Los Novísimos, de eso estoy persuadido, anticipaban la penetración de una cultura propiamente mercantil en un país como España que aún vivía en pleno siglo XVIII.
    En mi caso debo decir, modestamente, que mi inclinación hacia la novela se produjo por desesperación hacia la poesía. Cuanto mayor era el conocimiento que tenía de ella, cuanto mayor era mi pasión hacia algunos poetas, mayor era mi convencimiento de que mis propios “poemas” eran triviales, innecesarios, caprichosos. Dejé de escribir poesía por respeto hacia la poesía. Como se ve, soy de los que continúa creyendo que la poesía es el género supremo en las artes de la palabra, y que debería recibir un trato distinto, jerárquicamente distinto, al de la prosa.
    Finalmente, un tercer elemento me parece digno de mención a la hora de enjuiciar a los Novísimos: su sentido del humor. Con poquísimas excepciones, el mundo literario hispano ha sido siempre de una seriedad, de una severidad, escurialense, fúnebre, de tanatorio. Siendo la literatura (y las artes en general) una actividad muy mal vista por los españoles, siempre se ha disfrazado de entierro. Nuestros últimos poetas internacionales, la sobrevalorada “generación del 27”, hablaba habitualmente desde la cátedra, y su interlocutor más modesto era la Raza Blanca. Los poetas del franquismo no se dirigían a nadie por debajo de La Hispanidad. Y los del otro bando hablaban familiarmente con el Proletariado Internacional. Algo han cambiado las cosas, pero debo decir que los Novísimos seguramente fueron los primeros en quitar morgue al mundo poético y literario hispano, aunque con ello aceptaran representar al Bufón en el que se convertía el Hombre de Letras. No es mal papel, en una sociedad controlada por la familia Macbeth.
    Yo recuerdo perfectamente, por aquellos años, a los poetas oficiales del franquismo vestidos como italianos, es decir, con correajes ornamentales y condecoraciones superfetatorias, dirigiéndose a Dios en público con el empaque de un mayordomo. Pero al otro lado aparecían luminarias de la revolución mundial que se dirigían al Pueblo con superior entusiasmo al que utilizaban dirigiéndose a su señora. El Pueblo español no se lo agradeció jamás, ocupado como estaba en rellenar quinielas, pero seguramente tampoco Dios se lo agradeció demasiado a los del bando azul, a la vista de los acontecimientos.
    Los Novísimos enlazaban con aquel desenfado del primer Alberti casi patafísico, con el Lorca fascinado por el surrealismo, y también con el cinismo de los primeros españoles que visitaron Hollywood, el sarcasmo de Valle-Inclán, y, más allegadamente, con la ironía de Gil de Biedma o el expresionismo de Benet. Los modelos, los ejemplos, las influencias, de repente, dejaron de ser pontificios.
    Para varios Novísimos, entre los que me cuento, fue además esencial el magisterio de Juan Benet, posiblemente el novelista que más ha hecho de este siglo por acercar la literatura española a los hábitos comunes en los países industrializados. Todavía hoy es posible distinguir entre críticos (y literatos) de museo o vivientes según comprendan o no la importancia de la prosa de Benet. Hay una fuerte corriente, muy bien establecida en la Corte, que sólo aprecia a los imitadores del siglo XIX y considera a Benet un escritor insoportable. El casticismo continúa siendo una fuerza muy asentada entre los feudales.
    Se entenderá ahora por qué en los primeros párrafos de este artículo dije que la relevancia de los Novísimos fue más una relevancia espectacular que una relevancia sustancial. Su ejemplo, y no su obra, tuvo una decisiva influencia en el deshielo del mundo literario español, en los años terminales del Dictador.
    Esa influencia no habría sido posible sin el apoyo de las zonas más sanas de la vida literaria hispana de aquellos años. Sin la simpatía con que tomaron el asunto personajes como Gil de Biedma, Aleixandre, Octavio Paz, Carlos Barral (como poeta y como editor), o Jaime Salinas (fundador de Alianza Editorial), el fenómeno habría quedado en nada. El talante desenfadado, transgresor, más insumiso que “de izquierdas” que exhibía la antología, fue un talante con el que se identificó una parte notable del mundo intelectual, literario y artístico del país, sobre todo entre los más jóvenes. Ellos fueron quienes le dieron difusión.
    Al cabo de tantos años, y a pesar de los infinitos ataques de los que fuimos objeto quienes aparecimos en aquella antología, vuelvo a hojear el libro, sonrío sin amargura viendo la fotografía de Castellet (en 1970 era diez años más joven que yo mismo ahora) y observo que en veinticinco años no ha vuelto a suceder nada similar. ¿Sería concebible que una antología de poetas provocara semejante escándalo hoy en día y cubriera las páginas de diario que aquélla cubrió? La desaparición de la poesía, la cual no tiene ya influencia verdadera ni siquiera en los departamentos universitarios, hace inimaginable una acogida semejante.
    En consecuencia, no tengo más remedio que concluir con una reflexión pesimista, una reflexión que confirma todo lo que he ido creyendo sobre el destino de la poesía y de las artes en general, tomadas en su sentido más riguroso, en estos últimos años. Y la conclusión es la siguiente: seguramente los Novísimos fuimos los últimos poetas populares que ha habido en España. Popularidad ya muy escasa, naturalmente, pero alguna. Por los menos nos leyeron unos miles, y otros miles se enteraron de que algo había sucedido en el esotérico mundo de la poesía. En la actualidad los lectores de poesía apenas son unos cientos y su aparición en los medios de formación de masas es esporádica y ornamental, lo que no minimiza en absoluto su importancia literaria (y puede que incluso la acreciente). El éxito considerable de un escribidor como Gala no hace sino machacar a un cadáver.
    Pero que esto sea así, que la poesía haya regresado al reducidísimo círculo de los iniciados, no sólo anula cualquier satisfacción personal, sino que nos condena a los pensamientos más tenebrosos.
Noviembre de 1995


Sobre el tiempo y las palabras. Los Novísimos.
FÉLIX DE AZÚA
LECTURAS COMPULSIVAS. Una invitación
Ed. Anagrama, Barcelona 1998

el poeta y ensayista Félix de Azúa, Barcelona, 1944

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