Radio París II

     

     Cada cierto tiempo conviene darse una vuelta por París y gozar. Es bueno, es recomendable (nueve de cada diez facultativos lo recomiendan) para la salud mental aparecer por allí y descolgarse un poco de esta malhadada suerte que nos une a la barbarie cotidiana en nuestras vidas. Allí uno puede hacer muchas cosas maravillosas para descanso del alma, sosiego del corazón en la caída del hombre, y una de ellas sin duda es visitar al poeta Zoki, nuestro poeta navarro más insigne, wild bird de nuestras Letras (si es que se puede acaso decir que en Navarra tenemos Letras...) y cuyos versos parecen haber sido escritos para procurar la felicidad de los lectores que se acercan a ellos con la mente limpia y deseosos de un bálsamo que fuera alivio y consuelo del corazón. 

     Mamen y yo tuvimos oportunidad de disfrutar hace un tiempecito de una muy agradable velada en la casa parisina del poeta -muy cerca de donde los franceses la liaron parda hace más de doscientos años, en la zona de Opera Bastille-, hangar fabuloso de libros y recuerdos, estro-poético armónico de su vida y su bohemia, donde la escena que uno allí se encuentra es la continuación de la existencia de un poeta de verdad y las decoraciones son un trasunto de la vida misma de poeta. Pies con alma de pájaro que vuelan en el vasto mundo.

     Recojo a continuación y me hago eco de buen material de trabajo del poeta de Lesaka, Francisco Javier Irazoki, que ha ido apareciendo publicado últimamente en algunos medios nacionales.


 

25/06/2010 
Radio Paris / El Cultural.es

Se llama Juan Gracia Armendáriz. Cuando nos conocimos, él era un poeta risueño de veinte años. Había nacido en Pamplona y regresaba de México, donde fue baterista de un grupo de rock. Después se inició en la prosa y ha pasado más de dos décadas trabajando en el rincón de los artesanos pacientes. Sé cómo cuida cada línea que escribe, sin dejarse seducir por las ventajas del talento. Las páginas de la nueva obra, Diario del hombre pálido (Demipage), me evocan su identificación con James Nachtwey, fotógrafo norteamericano a quien el escritor considera una especie de monje que analiza los demonios bélicos. Idéntica hondura. Juan Gracia Armendáriz expresa con imágenes verbales su guerra contra la enfermedad. No está solo, sino que retrata las existencias frágiles de otros combatientes. Todo ello espolvoreado a menudo de humor sutil, y siempre unido por las reflexiones. También apunta los sucesos de la naturaleza, porque la vida es ensalzada en los menores detalles. Yo no olvidaré la lección aprendida durante la lectura de este libro: un hombre dolorido me confirma, con la sonrisa aquella de su juventud, que la alegría consciente es lo más profundo. 


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23/07/2010
Radio Paris / El Cultural.es

¿Con qué materiales se fabricó la vanguardia artística del siglo XX? Aún no ha sido editada en nuestro país la novela Los últimos días, donde Raymond Queneau nos da su respuesta. En salones literarios y burdeles del Barrio Latino, o ante un paisaje de lánguidos jugadores de billar y críquet, Queneau afila los diálogos para relatar las peripecias cotidianas de un París ya esfumado. En la obra desfilan alumnos que aprovechan con desidia las horas finales de su irresponsabilidad, mientras los ancianos terminan, entre bromas algo amargas, esos últimos días. Hay más: un estudiante de Filosofía que se vanagloria de no tener opiniones personales; el anarquista que dice odiar la tiranía de los peluqueros; dos jóvenes que recibieron el título de bachiller como si fuera una medalla de guerra; el anticlerical que propone llamar “casas de intolerancia” a las iglesias... Una fina ironía, con vetas corrosivas, recorre casi todas las frases aparentemente triviales. Las ideas están cubiertas por un velo de desgana y la paz pide un cuchillo que la desgarre. Raymond Queneau sube así a la superficie la sustancia que resume el fondo de su rebeldía: la desilusión popular.



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24/07/2010
Babelia EL PAÍS

Estos dos poemas en prosa de Francisco Javier Irazoki pertenecen a “Los descalzos”, el libro que escribe actualmente. Fueron recientemente publicados en Babelia, el suplemento cultural del diario El País.


CONOCIMIENTO

Ya la vi en los primeros días que recuerdo. Al principio la gota estaba a una altura inalcanzable: en las cimas de los grandes árboles, pendiente de una hoja invisible. La distancia no difuminaba la imagen, y percibí en su interior algunas palabras borrosas. Con el sol del verano la gota de agua aparecía sin sujeción en el horizonte.
     Conforme crecí la gota descendió hasta el alero de un tejado. Mis años fueron el imán que me acercaba a una esfera de palabras siempre ilegibles. Llegaron los días violentos de la juventud y ella los acompañó desde una tapia. En la edad que precede a la vejez la encuentro suspendida de los arbustos y hierbas. Solitaria, sobresale incluso en medio de la lluvia.  
     Los viejos no caminan con lentitud por culpa de la carga del tiempo; sólo intentan no pisar la gota de agua caída al suelo de los últimos caminos que recorren. Hasta que los pies cansados rompen esa pequeña bolsa líquida. De ella salen libres las palabras indescifrables cuyo significado, por fin esclarecido, nadie puede transmitir.


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LADRÓN DE PALABRAS

     Inventé excusas y tuve la llave para abrir la puerta del colegio. Terminadas las clases, vi el aula silenciosa y, sobre la mesa del profesor, un diccionario que deslicé en mi cartera. Los remordimientos aumentaron el peso del libro.
     A la noche me encerraba en una habitación de mi casa y extraía la única obra de la biblioteca. Pero pronto la leí en presencia de la familia, y los padres creyeron que hojeaba un volumen de aire entre sus útiles de trabajo. Solamente la hermana se dio cuenta de la caída de unas páginas, descosidas como mi conciencia después del hurto.
     Llegaron entonces los malos sueños en que una rebelión de niños abría las tapas grises y duras del tomo, patrullaba con ira por los caminos de los verbos, tomaba al asalto las ciudades del vocabulario y dejaba un campo de ilustraciones y etimologías incendiadas.
     En otras pesadillas, el placer de descubrir la palabra tundra contenía la sombra de mis amigos atrapados en el hielo y el musgo. Sus cuerpos rodaban por una ladera en el vocablo alud. O padecían sed cuando me alegré por el conocimiento de la voz estepa. Escribí frases cuyos significados se hundían si pensaba en los compañeros de escuela a los que privé del libro.   
     El robo fue germinador. En unos meses conseguí comprarme varias novelas de Pío Baroja y con las expresiones aprendidas hice mi refugio.
     El diccionario envejeció conmigo. No devolví esa llave de culpa y felicidad.

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10/09/2010
Radio Paris / El Cultural.es 
 

Antes que ETA empiece el traslado de su negocio de señoritos sanguinarios, nos conviene escuchar a una mujer. Todas sus frases son vitaminas para la memoria. Durante años la razón y valentía de Maite Pagazaurtundua fueron el alivio de muchos ciudadanos. Desde muy joven estuvo en las luchas a favor de la democracia, y nunca ha cedido, dejando claro que la ética debe imponerse al miedo. Si en demasiados lugares la libertad no era un vacío retórico, sino el oxígeno amenazado, Maite puso el coraje. Ahora sigue con una labor más silenciosa pero no menos eficaz y ha dado su apoyo a la edición del volumen Vidas rotas (Espasa), mil trescientos folios escritos por Rogelio Alonso, Florencio Domíguez y Marcos García Rey. La historia de cada víctima de ETA está bien recogida en una obra necesaria como pocas. Leo las páginas tristes mientras Maite Pagazaurtundua argumenta otra vez con una coherencia que no excluye la palabra perdón. Allá donde ETA levante su copa de insensibilidad, y la tribu brinde o diga que cincuenta años de sangre no son nada, ese libro y esa mujer van a ser dos espejos justos.

Por Francisco Javier Irazoki


el poeta Zoki, o un hombre que vale por muchos
(foto Barbara Loyer)

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