Poesía inglesa del siglo veinte (I)

    
     
     Me envía por correo postal (adoro los envíos de libros por correo, ya lo he apuntado en muchos momentos de este dietario) el poeta José Luis García Martín una reliquia, un relicario en plata sobredorada y azul, una vieja edición de POESÍA INGLESA DEL SIGLO VEINTE que él mismo recopiló en 1993 (los años noventa para mí fueron el Shangri-la de la Literatura) en un trabajo de ésos de ratón de biblioteca que a él tanto le gustan y con el que tanto nos enriquece a sus lectores.

     Tengo que reconocer, antes de nada, que nunca he sido yo muy devoto de la poesía inglesa. Siempre he pensado, supongo que erróneamente -no prentendo yo aquí sentar cátedras ni dogmas de ningún tipo-, que para los ingleses contemporáneos (posteriores a la revolución industrial) la poesía es sólo un pensamiento brillante. Que carece de emoción y de belleza. Lo cual, supongo también, es consecuencia directa de su forma de ser. Es gente ésta que nunca expresa emociones. Que todo se lo guardan. Bien, como refiero, hablo desde la ignorancia, no me tengáis muy en cuenta. Mira que yo sólo soy un poeta, y del montón.

      Pero es que me ha atrapado a mí este libro, me ha tomado en su herencia, como a obreros en una fragua. Como un lenguaje culto que vence entre las tribus. Ha roto el cerco, la atalaya de la distancia en que me situaba yo de este tipo de poesía más digamos narrativa, menos lírica que otra cosa.

     El ejemplar es una joya y además está envejecido y fatigado (dios..., cómo amo los libros así...), y además trae una dedicatoria personal de Martín que no me resisto a obviar aquí, porque me toca muy de cerca, me envenenaba de emoción al releerla mil veces cada vez que tomaba el libro entre mis manos este verano en el campo:

"a Alfredo Rodríguez, 
poeta apasionado y lector entusiasta...".  

Buuuffff..., touché.

     Recopilando, como digo, de aquí y de allá, de ahora y de otrora y de todos lados, buenas traducciones de excelentes poetas ingleses del siglo XX, llevadas a cabo con maestría y sobre todo con sentido poético por parte de otros tantos buenos poetas y literatos españoles, como Javier Almuzara, Eduardo Apodaca, José Manuel Benítez Ariza, Juan Bonilla, Victor Botas, Javier Cantero, Carlos Clementson, Luis Alberto de Cuenca, Aquilino Duque, Alejandro Duque Amusco, Joaquín Fernández, Alvaro García, Vicente García, José Luis García Martín, Jaime Gil de Biedma, Juan José Lanz, Javier Marías, Julio Martínez Mesanza, José María Micó, Luis Javier Moreno, Justo Navarro, Miguel d'Ors, José Luis Piquero, Emilio Quintana, Esteban Torre y Luis Antonio de Villena.

     Así que en ésas he andado yo con él todos estos días ya pasados de calor sofocante y bullicio de fiestas populacheras, a todas horas gozándolo, entre bañitos de agua clorada purificatorios del alma, y traguito va traguito viene a la botella de buen Oporto conservado bien frío y cerca de mí, que nadie se me la beba. Que hasta al currelo -cuando se finiquitaron las vacances- me lo he estado llevando para acabarlo (soy lector lento, extremadamente lento) y allí andaba a escondidas de los jefes, leyéndolo y releyéndolo por aquí y por allá, hasta que me cazaron en un renuncio, y así, muy diligentes ellos, se reunieron ad hoc y han decidido meterme más trabajo. Qué majos...

    En fin. Una gozada de libro, una auténtica tabula vitae, puedes abrirlo por donde quieras y entregarte a él. Feliz apartamiento del mundo. Las traducciones son muy buenas y están hechas, como digo, por poetas (no por catedráticos listillos de literatura, fríos y literales, sin alma, y que creen saberlo todo y en el fondo yo creo que no han entendido nada), por buenos poetas, lo cual ya es en sí una garantía de calidad. Denominación de origen y ese espíritu subversivo que alumbra a todo poeta que se precie.

     Pero al César lo que es del César. Causa siempre asombro constatar el trabajo impagable de este hombre, de García Martín, durante todos estos últimos años. Treinta años, que se dice pronto. Siempre bajo la advocación de lo que yo llamaría una sangre nueva, el Oro del poema, la perla que yace escondida en los fondos abisales del Océano. Ir a por ella en un viaje iniciático, y sólo para mostrárnosla. Eso ha sido su vida.


*


José Luis García Martín, con la poesía y la música a otra parte


***


    Leyes de Dios y leyes de los Hombres
que os cumplan quienes puedan, quienes quieran,  
pero no yo. Que Dios y el Hombre
hagan cumplir sus leyes a los suyos,
pero no a mí pues no soy como ellos
y siento ajeno todo lo que es suyo.
Juzgo sus hechos, los condeno a veces,
mas ¿cuándo me atreví a dictarles leyes?
Sólo les pido que a otro lado miren,
pero ellos necesitan arrancarles
lo suyo a sus vecinos
para hacerles bairlar como desean
con cárceles, con horcas, con fuegos del infierno.
¿Cómo podría superar
esa maldad de Dios y de los Hombres?
Tengo miedo y me siento extraño
en un mundo que no creado yo.
Son ellos quienes mandan,
tienen la fuerza aunque estén locos.
Y como de momento no es posible
viajar a otro planeta
no me queda remedio: guardaré
-aunque las sienta ajenas-
las Leyes de los Hombres y de Dios.


E. A. Housman (trad. Juan Bonilla)





*


SEXTINA DEL TROTAMUNDOS


Hablando en general, los he probado todos,
los felices caminos de este mundo.
En general, los he encontrado buenos
para los que no pueden, como yo,
usar la misma cama mucho tiempo
y van de un lado a otro hasta que mueren.

Qué más da dónde o cómo uno se muere,
mientras haya salud para mirarlo todo,
las diferentes cosas, el modo en que las hacen,
los hombres y mujeres que se aman en el mundo...
En fin, aprovechando el tiempo,
poniendo buena cara, si no es bueno.

A cuenta o al contado... No está bien.
Hay que tener el hábito o morir,
a no se que tu vida dure muy poco tiempo
y no hagas predicciones ni te inquietes, y todo
te dé igual, mientras haya qué comer en el mundo,
sin pensar en las cosas que has dejado de hacer.

¿Y qué cosa me queda por hacer?
He probado bastantes, y me han salido bien,
en diversos empleos alrededor del mundo,
porque "el que trabaja ha de morir",
aunque eso no es razón para estar toda
la vida sin cambiar de oficio: hay poco tiempo.

Y bien, en ningún sitio he estado mucho tiempo;
ningún sueldo bastaba para hacer
que me quedara cuando me fastidiaba todo
y había que largarse por las buenas
y ver cómo las luces del muelle van muriendo
y acompañar al viento alrededor del mundo.

Es como un libro, pienso, este maldito mundo,
que lees, y te preocupa cierto tiempo,
hasta que sientes que te morirás
si no acabas la página presente
y pasas a la próxima, puede que no tan buena.
Pero te empeñas en pasarlas todas.

Bendito sea el mundo, da igual lo que nos haga;
todo está bien, excepto si dura mucho tiempo.
A mi muerte, escribid: "Le gustó todo".


R. Kipling (trad. José Manuel Benítez Ariza)





POESÍA INGLESA DEL SIGLO VEINTE
Edición de José Luis García Martín
ed. Universos, Llibros del Pexe, Gijón 1993

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