No me importa morir esta noche (II)




…fue el salto a los libros de ensayo, que hasta entonces no me había sentido preparado a dar, lo que definitivamente clarificó mi forma de entender el mundo.
 

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Experimentar con drogas no era ningún pasatiempo; era un reto ético, un arte cuya práctica exigía despejar todas las falsedades que ora propagaba el anatema, ora la frivolidad.
…la lección implícita en aquellos ensayos no estribaba tanto en las ideas específicas que manejaban como en la apertura que inducían hacia otros libros.
Se me antojaba que si la vida tenía alguna finalidad, algún sentido, era pensarla, vivirla pensando. No había más verdad que la búsqueda de la verdad.


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Vagabundeaba por los jardines dedicado a emborronar folios y folios de versos disparatados en pos de una voz.


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…descubrí que los antiguos disponían de un poder fantástico: impedían apercibirse del curso del tiempo, lo detenían en puros instantes donde todo se tornaba son de mar Mediterráneo…


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¿Culpable de qué? ¿De querer vivir, de querer cometer mis propios errores? Bastante error implicaba ya estudiar algo que despreciaba.


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…aquel extraño exilio interior al cual me acogía en mi propia casa….


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…lo que me interesaba era saber, no aprobar exámenes como un autómata, y si tratar de aprender algo recibía como recompensa un suspenso tras otro, eso no constituía un problema, no para mí.


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...ante esa angustia de la que… se empeñaban en hacerme partícipe, la rabia y la impaciencia que sentí estuvieron a punto de expresarse sin ambages, pero… me mordía la lengua para no explotar. Con un nudo en la garganta, recordaba a Kant: sólo la verdad, pero no toda la verdad, me repetía, y callaba.


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…cometer mis propios errores constituía un acierto a la larga…


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Y mis palabras brotaban desde una sinceridad bestial.


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Mientras paseábamos me fijé en las placas de cerámica donde aparecía escrito el nombre de las calles: Plaza de los lobos, Sierpe alta, Niños luchando… Incluso en menudencias como esa, la ciudad ofrecía continuos destellos de belleza.
En la alcaicería adquirí una postal y mi corazón rompió a latir tumultuosamente. …escribí… lo que sigue:
   
      Feliz al fin. No lo sería más aunque estuvieras conmigo, aunque tu voz me hablase y pudiera acariciarte o besarte. Me has descubierto una libertad que nadie más podía enseñarme. Y ahora quiero ser como tú, pero te escapas… ¡No te conozco! ¿Quién eres? Debo aprender de ti… Aprenderé a amarte sin pedir nada, con un amor perfecto. Bastará saber que existes, y amarte me hará más libre.


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Sólo mientras leía o escribía sentía que gozaba de una libertad total.


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Todo lo que necesitaba para sentirme protegido era comprobar los bolsillos de mi abrigo verde antes de trasponer la puerta y palpar en alguno de ellos la sólida figura rectangular de un libro.
Llegado el caso, podía uno servirse de él como de un valladar inexpugnable.


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…me convencí de que tarde o temprano, si persistía en el intento, llegaría a hacer con mi vida lo que me diera la gana. Si de veras demostraba arrestos, llegaría a ser lo que quisiera.


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Busqué refugio en los libros, que destilaban sin desmayo explicaciones y respuestas. La vida se expresaba a través de ellos tal y como yo la necesitaba, con todo su dolor, mas también con toda su carga poética…
…hacían soportable la existencia.
Constantemente ponían de relieve mi mediocridad.


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La culpa me afligía por omisión, cuando desperdiciaba un día entero sin abrir un libro, o cuando no conseguía leer una obra que sabía excelente…


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…desplegué las páginas del diario sobre la mesa y, de repente, me pareció escrito en una lengua indescifrable. Traté de concentrarme, pero en vano: todas las noticias eran igual de ridículas, hablaban de una vida completamente irreal.


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…en los diarios del maltrecho Kafka… descubrí que nunca podría ser Kafka, que no había tanta literatura en mí, ni tanto miedo, donde recordé que era otro.


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Sólo me apetecía bajar hasta el fondo de mi copa y embriagarme con su recuerdo. ¿Alguna vez llegaría a ser como ella? ¿Hasta dónde tenía que ensanchar mi libertad para alcanzarla? Se me apareció desnuda y blanca, como una estatua griega viva.



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…estar triste y contrito, padecer como un mártir una vida horrorosa y detestarse uno a sí mismo, constituían algo enteramente aceptado…
En cambio, era inconcebible que una libertad sin restricciones, que aspirase a ser total, por más dichoso, pleno, jovial y auténtico, por más amable que hiciese a quien la realizara, suscitara idéntica reacción.


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El gran problema era el miedo. Había que liberarse del miedo.


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Al contrario que en mi trato con las personas, con quienes nunca adivinaba cuál era la forma correcta de comportarse… con los libros todo era distinto, las cosas se volvían transparentes…
…en ningún caso una pérdida de tiempo.

Leía y nada podía detenerme, arrastrado… …los libros… …por los que yo descendía para descubrir el dolor, la libertad y la creación exuberantes del fondo de la vida.


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…el error de involucrarme en discusiones estériles con mis condiscípulos.


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Una sed acuciante… me quemaba en las entrañas como una hoguera y me impedía renunciar al sueño de la libertad, la belleza y la sabiduría.
una belleza empañada de infinita melancolía, que no pertenecía al presente, que no tenía nada que ver con el aquí y ahora…


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…aquí, la política se reducía… a un ritual macabro mediante el que los poderosos imponían coactivamente su vasta realidad de amigos y enemigos y exprimían a la gente tratando por todos los medios de alimentar su ignorancia, y contra eso casi nadie se levantaba.


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…lo primero era… soltar lastre, llegar a ser lo que se suponía que tenía que ser y, seguidamente, desprenderme de ello para empezar a ser lo que en verdad quería ser.


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Sólo ponerme a escribir aplacaba mi desasosiego, así que escribía a la menor oportunidad… y lo arrumbaba todo en un cajón.
…si lo que realmente pretendía era, no sólo desahogarme, sino escribir algo valioso, algo vivo de verdad, de verdad sincero, debía experimentarlo antes, intensamente, y rumiarlo dentro de mí, tal vez durante años.


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La literatura desvelaba una especie de trama interna, un orden secreto de vasos comunicantes, de pasadizos subterráneos que traspasaban idiomas, épocas y continentes. Algo inefable, incognoscible, indefinido, indeterminado, fundamentalmente extraño, hervía por debajo en los libros. Fuego siemprevivo, había dicho Heráclito…  …esa presencia escondida había magnetizado irremediablemente las obras de los escritores que me cautivaban.
…a través de ellos cobraba forma ese algo proteico. Infinitas formas singulares, perfectamente diferenciadas, que, no obstante, aludían a lo mismo.
Aquí y allá relampagueaban las conexiones.


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…todo aquel otro mundo definido, controlado y convenido, donde tenía obligatoriamente que desenvolverse, infestado de psiquiatras, policías, gobernantes, reglamentos, jueces y facturas, donde a cada cosa y a cada hombre se les adjudicaba una etiqueta con su precio, era falso. Un mero sucedáneo de vida que ejercía de escudo y muralla, que proporcionaba la burda ilusión de la seguridad a cambio de una obediencia deletérea… …repleto de corrupción y dolor…  …mundo profiláctico, así llamado real. Un hatajo de mentiras insufrible…


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…la ausencia de paradigmas estéticos de nuestra época, o, por decirlo con más concisión, el nihilismo reinante.


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…esa obscenidad monumental denominada siglo XX. …el así llamado progreso de la historia… escondía… un pretexto ideal para que los hombres arrasaran a sangre y fuego con la tierra entretanto permanecían sujetos a un yugo tras otro.


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…Jünger me impresionaba, sobre todo, porque, a mi juicio, había sabido convertir la vida en lo más parecido a una obra de arte…


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Si no hubiera libros no querría vivir. Pero sin música… sin música no podría.


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La intervención del azar en cuanto acontecía se sustraía a cálculos y medidas. Aparecía y desaparecía por doquier de manera endiablada, trastocando el mundo incansablemente.


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…tampoco conseguía comprender qué había sucedido durante el concierto. ¿Cómo podía haber sentido físicamente la música? ¿Por qué la había notado colear entre mis tripas igual que una serpiente bailarina y revolverme por dentro con esa violencia? ¿Por qué no me había limitado a oírla en vez de vivirla así, orgánicamente? ¿Acaso era posible experimentar la música con todo el cuerpo, como el sexo?


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Y reía, reía sin cesar. Como si la vida fuera juego solamente, como si a ella no le afectasen las trampas contra las que yo me estrellaba a todas horas, como si para ella no rigiesen las mismas leyes que al resto nos maniataban. Pensé que estaba loca. Una de dos: o era una especie de diosa o estaba loca. De cualquier modo, yo la amaba.


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La semana santa…  La visión de vírgenes, crucificados y penitentes, me puso de un genio espantoso.
Yo no quería creer en nada, ni siquiera en mí mismo; yo quería experiencias. Necesitaba sentir el mundo, convertirlo en un laboratorio donde poner mi vida a prueba.
…decidí… …esperar en la playa hasta que la tempestad escampase. Allí, al abrigo del mar, existía un refugio inatacable, donde Dios nada podía. Y no hacía falta creer en el mar. El mar no exigía obediencia, no exigía sacrificios. Bastaba con desnudarse y meter un pie…
…una vivencia grandiosa, que ninguna fe alcanzaría jamás a suplir.


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…nos plantábamos en Amsterdam prestos a efectuar una cata exhaustiva de cuantas modalidades de cáñamo nos propusieran los suntuosos menús de aquellos establecimientos que el pacato estado español prohibía porque sí, por simple maldad, no fuera a ser que a uno le diera por experimentar que sentir y pensar eran lo mismo…


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Sé que es algo bueno, algo hermoso… ¡algo de verdad!, y no estoy dispuesto a renunciar. Amarte me hace mejor… Créeme, con amarte me basta. Nunca te he pedido que te enamores de mí; no te exijo nada a cambio. Sería un egoísta si lo hiciera. ¿Qué clase de amor sería el mío si sólo te lo diera al recibir el tuyo? Un sentimiento así sería mezquino… Yo no quiero ser mezquino…
Podemos amar un paisaje, una puesta de sol, un poema, un cuadro, una sinfonía… y no necesitamos que nos amen. Los amamos por sí mismos; nos da igual cómo se comporten con nosotros. Entonces, si somos capaces de amar un millón de cosas simplemente porque existen, ¿por qué con las personas tiene que ser distinto?... Quiero ser capaz de amar así… No quiero amarte de otra forma.
Mientras te ame estarás conmigo… Amarte será suficiente.
No amo únicamente tu belleza o tu inteligencia… ¡Amo sobre todo tu libertad! ¿No entiendes que lo que estoy intentando es aprender a ser como tú?



Entreverados fragmentos entresacados de la novela PANTANOSA
de Francisco Miranda Terrer
Ediciones Libertarias, 2010 


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