No me importa morir esta noche (I)

    
     Me asaltó una noche al teléfono mi querido maestro y amigo, el poeta José María Álvarez, para hablarme de un joven escritor que vivía por las playas cercanas al Mar Menor, y que esa misma noche, en esos precisos momentos en que hablábamos, había ido a visitarle a Villa Gracia -la misma experiencia alucinante que yo viví hace ya años la estaba viviendo él ahora mismo-.

     Quería ponerlo en contacto conmigo -nos debió ver almas gemelas-, le había estado hablando de mis huesos y de mi "pasión poética y vital", como él dice. Álvarez suele decir que yo soy "inoxidable". 

     En fin, me decía que teníamos que conocernos, que el chico "pertenecía a nuestro mismo mundo" (esto me emocionó profundamente, y desde ese día no puedo quitármelo de la mente: ¡Álvarez y yo en el mismo mundo, en el mismo saco! ¡dioses, quiero morir en ese veneno!). Que merecía la pena, y que su primera novela, PANTANOSA, me iba a gustar muchísimo. Que a él le había gustado -y, claro, cuando algo le gusta a mi maestro pasa a ser "material de trabajo" para mí, ipso facto-.


Así que le dio todos mis datos, todos mis sacramentos, para que se pusiera en contacto con este indomable del Norte. Y a los pocos días recibí en mi queridísimo y generoso buzón de correos un ejemplar de su libro.

     No se trataba de una novela al uso. No narraba casi nada que acaso yo mismo no hubiese vivido en mi primera juventud. Sólo que el tipo en cuestión "sabía escribir". Estaba yo, esta vez sí, ante un escritor total. Porque dicha "novela" era lo que se llama -ya he hablado en alguna otra ocasión de este tipo de libros que a mí me seducen de inmediato-, una obra total, con todas las letras. Un compendio maravilloso de Diario o dietario (como dicen los catalanes), ensayo, crítica literaria, crítica social, filosofía, política, narración de experiencias sexuales y alucinógenas con todo lujo de detalles, etc, etc...

     Me gustan los libros que "tiran" de mí. Y ese libro, PANTANOSA, del novelista mediterráneo y marino mercante en alta mar, Francisco Miranda Terrer, ha estado "tirando" de mí, hacia arriba y hacia abajo, durante casi un mes, en una lectura lenta pero a la vez enfebrecida, me ha estado corroyendo por dentro, haciéndome reflexionar -cosa que odio, buuufff... qué pereza me da a mí reflexionar, con  lo bonito y lo fácil que es simplemente emocionarse con las cosas, dejarse llevar,  el "ama, bebe y calla, lo demás es nada", que decía el bueno de Khayyam. Me ha violentado, me ha incomodado ese endiablado libro, PANTANOSA. Me ha tenido ensartado durante días y noches, como hacía con sus víctimas Vlad 'el empalador', y me ha hecho plantearme mil cosas que tenía yo ahí dormidas, adormecidas, apalancadas dentro de mi mente.

     Además el trabajo que hace Paco Miranda Terrer en este libro es impresionante. El trabajo de recuperación cultural. Su entrega maravillosa a la Cultura. La honda, la de verdad.

     Y luego está toda esa sinceridad que despliega a cada paso y que me abruma. Y esa sabiduría de la vida que pretende y que consigue, que atesora extrañamente para su juventud temprana, y que a mí personalmente me empequeñece, porque casi ridiculiza la mía, la que yo pueda acaso tener para mi edad.

     Novela ésta de iniciación a la vida de poeta o de escritor, a la búsqueda de la verdad. Reproduzco aquí como siempre, y con el consentimiento del autor, varios fragmentos del texto en un par de entregas.


***




Casi puedo ver mi vida de cabo a rabo… Veo que casi siempre he estado solo, y que lo más seguro es que el resto de mi vida lo siga estando.


Me parecía haber sido iniciado en una suerte de revelación cuyo sentido último era incapaz de desentrañar.


Don de la ebriedad… confirmó y completó el descubrimiento sin resquicios, de un modo absoluto: hasta entonces yo había desperdiciado estúpidamente mi vida lejos de los libros.
…años —pesados como lápidas— durante los que no había hecho sino deambular a tientas por el mundo, ciego, muerto en vida.
…los libros me proporcionaron el consuelo de reconocerme…


Eso que yo pensaba que era la vida, eso que me habían hecho pensar que era la vida, no sólo se me aparecía ahora desproporcionado de todo valor, sino que resultaba un obstáculo de proporciones gigantescas que sellaba cualquier grieta por donde pudiera filtrarse el más mínimo aliento de verdadera vida, de esa vida que yo tenía forzosamente que vivir…


Claudio Rodríguez lo había visto y desde sus poemas yo lo vi. Aquellos versos resonaban transparentes en mi cerebro, podía ver a través de ellos como en un arroyo cristalino.
Por primera vez, en mitad del derrumbe, la vida se me ofrecía con toda su belleza.
Celebraba cada verso, cada brizna de aire y cada imagen de la noche con una alegría inefable.
Cada noche asistía a un milagro que nadie podía arrebatarme; en él me alejaba de la rabia y las mentiras que de día me imponían los hombres.
La lectura parecía haber activado en mi sensibilidad y mis pensamientos un resorte que, una vez puesto en marcha, desvelaba la belleza del mundo y me la brindaba como una experiencia absoluta…


…muertos me parecían estar el resto de los hombres a mi alrededor, sin libros.


La universidad resultaba una suerte de mezcla entre la fábrica y el cuartel donde cualquier pretensión de alcanzar la sabiduría era eliminada sin contemplaciones desde el primer día. No íbamos a culminar nuestra educación, no íbamos a ser más sabios, no íbamos a formarnos como seres libres, sino como soldados para un ejército de trabajadores.
…me parecía una vejación intolerable, una estafa.


Me di cuenta de que eran los libros… la fuente de vida de mi libertad, y me pregunté si alguna vez agradecería lo bastante aquel hallazgo milagroso.
Los libros colmaban el hueco de mi ser…
Los personajes de la ficción me parecían infinitamente más honestos y auténticos que la mayoría de individuos…



…mi ferviente anhelo de vida era la causa de mi exclusión.


En la universidad… las clases consistían en un dictado ininterrumpido que los alumnos copiábamos en silencio. La relación era unidireccional. No había diálogo, no había debate…
Ellos discurseaban a toda velocidad y nosotros apuntábamos cuanto decían para luego memorizarlo. A eso se limitaba todo.


Me devanaba los sesos poseído por el vértigo del librepensamiento hasta que, finalmente, me atrapaba el impulso de escribir, y entonces lo atendía abruptamente, sin orden ni remilgos formales, por puro desahogo.
La escritura se convirtió en un ritual que seguía a diario.


El hecho de que la muerte hubiese aleteado en aquella alcoba sin infundirme el menor miedo, podía parecer una explicación suficiente, sin embargo, algo oscuro y extraño permanecía inasible detrás, algo que no averiguaría hasta que no llegase mi hora.
¿Qué impidió a mi madre nombrar la muerte? ¿Qué miedo atávico obligaba al ser humano a referirla con metáforas, o incluso a engañarse con dogmas absurdos para apaciguar su terror?
Mi desprecio por los timadores que… obscenamente, vendían seguridad en el más allá a cambio de sumisión sobre la tierra, se atizó hasta el punto de que el clero pasó a engrosar mi particular listado de sinvergüenzas susceptibles de extinción…


…Escohotado, con una voz grave, que parecía surgir de profundidades abismales, desgranó serenamente, una a una, las perversiones de la política que padecíamos. No era sólo que la justicia del hombre hubiese cesado como criterio de validez legal, ni que los principios jurídicos esenciales resultaran sistemáticamente burlados, sino que los mismos fundamentos del régimen —separación de poderes y estado de derecho— habían sido privados de operatividad real mediante leyes que los excepcionaban de continuo.
Uno no tenía por qué resignarse a la idiotez a la que las leyes pretendían condenarlo, uno podía apelar a su íntima soberanía y desobedecer. Era autogobierno, y no gobierno, lo que los hombres necesitaban.
…manifestó la desazón que le generaba el hecho de que ese anhelo de libertad no encontrase eco en la mayor parte de la gente, que aparentaba conformarse con bien poco y, en ocasiones, hasta despreciarla.
…el corazón se me salía del pecho. Un hervidero de pensamientos bullía en mi cabeza.
…tuve la certidumbre de que acababa de pasar por la experiencia intelectual… más importante de mi vida.


Los estudios de derecho me han causado una impresión nefasta. En la práctica, no constituyen sino un mero instrumento dirigido a justificar la realidad política y masacrar el más mínimo afán de saber…


En ocasiones pienso que para mí sólo será posible la libertad si me convierto en escritor, pero he comenzado a leer tan tarde, he perdido tanto tiempo, que todo lo que voy a tener que pelear para lograrlo se me aparece como una monstruosidad…
…con esta impaciencia que me devora hacia todos los libros que aún no me atrevo a leer, para los que aún no estoy preparado; libros que, sin embargo, necesito enfrentar cuanto antes.


En ocasiones, repentinamente, me ponía de pie sobre una mesa y cantaba los versos de Claudio Rodríguez. “¡NUNCA serenos! ¡Siempre con vino encima!”…

…una verdad incontrovertible: que la locura era, en realidad, una cuestión de grados. Todos los hombres atravesaban alguna vez ese estado. La palabra cordura era un término sin contenido… se definía como por arte de contraste, era una ausencia. Nadie podía estar totalmente cuerdo; si lo estaba, era por estar vacío.


…la honestidad constituía, a mi juicio de entonces, la virtud literaria primordial —y no sólo literaria—…
…los libros no tenían que halagar, no tenían que edificar. Los libros tenían que buscar la verdad, la inextricable, la increíble verdad. En ese destino trágico residía la grandeza del arte y el pensamiento.


Para mí los escritores eran personajes míticos. Nunca terminaba de separarlos de sus obras. En mi imaginación, el autor y sus libros eran una y la misma cosa.


Como solía sucederme con los libros, que cada vez que cerraba uno aumentaba la lista de los que me faltaban por leer, la excursión al museo había sacado a la luz infinidad de pintores aún por descubrir…
Nuestra singladura apenas había comenzado, pero lejos de atemorizarnos, la magnitud de la tarea que teníamos por delante nos puso eufóricos. Igual que era imposible una vida sin sufrimiento, también lo era una vida sin goce.


…resultaba imposible discutir sobre política más allá del maniqueísmo que lo dividía todo en derecha e izquierda y buenos y malos…
…un estado metamorfoseado en Leviatán… había usurpado al pueblo la capacidad nomotética y desplegaba sus tentáculos por doquier con el fin de controlar conductas y conciencias…
…en ocasiones, el solo hecho de escuchar lo que decíamos entre nosotros… bastaba al energúmeno de turno para amenazarnos o incluso agredirnos sin mediar palabra.


Mi vida corría una existencia paralela en los libros. Sólo a través de la lectura conseguía entrever, pálidamente, un sentido en lo que me pasaba.


Encontré un rumbo que orientara mis acciones, una consigna sobre la que no recaía la menor duda. Amaría.
Y no permitiría que nada ni nadie me desviara un milímetro de ese propósito.
Más, ¿qué amar, a quién?  …amaría la libertad, y amaría a cuantos la amasen, por encima de todo, sin reparar en consecuencias, con un amor pleno, incondicional. Amaría la belleza. Amaría la verdad.




…la vida era un milagro… …la eternidad residía en el aquí y ahora y en la naturaleza se encarnaban dioses incontables. Fuera de ella, por sobre la naturaleza, ¿qué más Dios hacía falta? Lo que hacía falta era librarse del miedo a morir. ¡Incluso la muerte era un milagro!


Sentí que ya la vida se me había dado, que había logrado rasgar el velo que la envolvía, y que de esa brecha se derramaban sobre mi cuerpo, desgarrado también, todos sus dones. Y mi cuerpo era alma abierta, desde la médula de mis huesos hasta el último cabello; y no tenía más alma que mi cuerpo.


Entusiasmo, etimológicamente, significa llevar el dios dentro.
Ingenuo, etimológicamente, significa nacido libre.


…la renuncia a las condiciones de la vida burguesa como… un paso ineludible en mi búsqueda de la autenticidad. No bastaba refugiarse en libros y pinturas, era la vida lo que por encima de todo exigía trascender al estatuto de obra de arte.
la vida era arte o no era nada.
…mi único asidero firme, la belleza, comenzara también a resquebrajarse, a desvelarse infinitamente más compleja y huidiza de lo que yo creía.

 
fragmentos de la novela PANTANOSA
Francisco Miranda Terrer
Ediciones Libertarias, 2010

el escritor Francisco Miranda Terrer (Valencia 1976) 

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