el efecto lupa


Con ayuda de una estupenda lupa que compré en los chinos voy poquito a poco desvelando para mi deleite y para gozo de mi inteligencia (estas cosas hay que hacerlas de vez en cuando, o si no con la vida tan beocia que llevamos no sé ni cómo puede acabar nuestra inteligencia) los artículos y entrevistas que, sobre el ínclito profesor y poeta don José Luis García Martín, su amigo Marcos Tramón tuvo a bien incluir con letra minúscula (microcentesimal diría yo) en las páginas centrales del libro, titulado AÑOS, LIBROS, VIDA, que recoge toda la bibliografía oceánica de Martín hasta el año 2005 (habría que ir pensando en una continuación del libro, la cosa se ha quedado corta) y cuyo ejemplar recibí por correo hace ya unos meses directamente de manos del preclaro autor bibliografiado.

A continuación, y para dar resonancia a su voz, reproduzco uno de esos artículos de periódico o revista que aparecen sobreimpresos con letra ilegible -a menos que poseas una estupenda lupa como ésta mía- en dicho libro. Como siempre que se habla de García Martín, la cosa no tiene desperdicio. Al abrirse el loto, de su interior emergió el Poeta.

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El chocolate espeso de García Martín
(Por Antonio Manila. EL CORREO DE ANDALUCIA. La Revista. 12 Junio 1998)
     
     Que quede claro: me gusta José Luis García Martín. Como crítico, como prosista, como poeta y como amigo, que es decir como persona. Últimamente más: desde que hay que enunciar el grado de relación con él para escribir el más ligero encomio sobre su obra, como en un interrogatorio por faltas, so pena de que caiga sobre uno el peso de infundios sicalípticos o sospechas de charolismo adulador e innoble, cuando no, directamente, la acusación de pertenecer a su inmaterial cuadra de efebos. Lo reconozco, desde que ante el menor reconocimiento o ante cualquier libro de García Martín se alza el coro filarmónico de la grey de los desacomodados con sus odas biliosas y amojamadas, esgrimiendo, con sus pujos de genialidad incomprendida, la espada blanda del vilipendio y su cajón de nonatos, a uno lo que le pide el cuerpo –para ir por la vida y por la literatura- es tatuarse en algún sitio visible la estrella de David de un I love GM.

     Mi primer conocimiento de José Luis García Martín (y mi primera lealtad) fue como crítico. Por culpa de sus reseñas aún hoy guardo, desde el número seis, los suplementos culturales de La Nueva España: desde aquellas páginas hablaba un crítico no con las habituales monsergas academicistas o las frases de frasco no menos comunes de los periodistas metidos donde nadie los llama, si no alguien entusiasta y fiable, cuyos gustos, semana a semana, reforzaban en uno la impresión de haber topado con un lector de lujo que nos ahorraría la molestia de fatigar inútilmente el raudal de las novedades permitiéndonos cobrar únicamente las mejores piezas. El secreto de aquel eficaz rastreador literario –la razón, también, por la que sus estudios y antologías provocan oleadas de damnificados con el ceño espeso de agravios y perjuicios- era tener una opinión formada sobre lo que es y lo que no es alta literatura, y un sentido ecuánime e insobornable de su oficio. Resumiendo: las cosas claras; y ya se sabe que el chocolate espeso puede provocar pesadillas gástricas. Pero, con ser impagable esta labor de degustador, lo más sobresaliente de su trabajo es su capacidad para anticiparse al futuro. Precisamente lo que Marina Tsvietaieva entendía como lo que debía ser el crítico: sibila sobre una cuna. Ver en el germen la futura planta de poeta, abonarla de lecturas fertilizantes que no ahoguen las raíces –es proverbial la generosidad de García Martín, cuya biblioteca es una casa abierta con ventanas a las literaturas de medio mundo en la que puede encontrarse con sólo insinuarlo y ha sido, al menos para los que hemos podido frecuentar sus sedes de Avilés y Oviedo, nuestra librería de guardia: el sitio en donde hallar raros y curiosos o, simplemente, volúmenes inalcanzables para la economía de los veinte-, y, tras el nitrato de los libros, regar con el acicate de vanidad de las revistas o las plaquettes sufragadas de su bolsillo el primer y frágil esqueje. Lo reconozcan o no, muchos poetas lo son por esos primeros cuidados que les otorgó, como una madre distante pero atenta, ese crítico que gusta de alimentar una imagen feroz e incorregible.
     
     Como prosista, los diarios y artículos de García Martín están atravesados de una idéntica concepción creadora, mundana, melancólica, libresca. Espigándolos por cualquier parte se hallan ciudades, recuerdos, citas reelaboradas en el taller de la memoria que, como raspaduras metálicas esparcidas por el suelo de un obrador, sus manos aprovechan para una aleación de la mejor ley. Y nunca aburren. Hay quien se tira a ellos con la intención morbosa de ponerse al día en murmuraciones y comadreos; otros lo hacemos buscando noticia sobre la vida de un amigo contada por el mismo: los rincones, libros y amores que ha visitado en los últimos tiempos, sabiendo que, haya resultado herido o indemne, nos dará un espléndido retablo de experiencias compatibles.

     El paraíso, para García Martín, bien podría adoptar la forma de una tertulia. En algún lugar –si no me falla la memoria- ha manifestado que le resultaría más fácil renunciar al amor que a la charla con contertulios inteligentes. Desde hace bastantes años, ese punto de encuentro, independientemente de sus sucursales, es la tertulia de Oliver, cátedra de ingenio, amistad y tutelaje. Sobre la amistad ya han quedado dichas cosas más arriba, es una amistad fundada en la conversación, pero conviene resaltar que es un afecto hospitalario y gratuito, que García Martín ofrece a todo el que por ella pase. En alguna ocasión él ha escrito, no sé si para justificar su carácter abierto y bondadoso, que los jóvenes son la posteridad; a mí me parece que los contertulios de Óliver de alguna manera somos algo así como una prolongación de sí mismo, una familia interina y cambiante a la que él da unidad y ve crecer con orgullo o amargura, según los casos. Y ese parentesco, con su lastre de altruismo y ternura, va incluso más allá de los límites de la vida: recuerdo su labor de albacea literario de Victor Botas. Desde que Victor murió, amigo y alter ego, compruebo en mis visitas a Oviedo que el brillo de su mirada ya no es el mismo.

     Si he dejado la faceta poética de García Martín para el final –last but not less- es porque me parece, con ser mucho lo anterior, que es donde más y mejor se expresa su condición creativa. Los poetas que me gustan son aquellos que alcanzan a alzar en su obra un paisaje emocional, un cuadro que se convierte en correlato de su obra y de su vida. Martín, bajo una apariencia varia y plural de escenarios, ha sabido esconder y revelar a un tiempo esta verdad esencial: estemos donde estemos, ese lugar se inunda de nosotros. Martín es un poeta que viaja –aun cuando no se mueve de sí- con su universo a cuestas, un universo que se convierte en el nuestro por la magia de la literatura. Sólo los que tienen menos luces que la bombilla de una nevera no han sabido ver en Principios y finales uno de los grandes poemarios españoles de este fin de siglo: poemas amorosos, desolados, lúcidos, sabios. Aunque no fuera por este último libro, aunque de toda su obra sólo se salvase el más breve de sus poemas, ese rotundo endecasílabo: “Vuelve el sol. No sabe que te has ido”, José Luis García Martín ya merecería estar en todos los recuentos de poesía actual (como lo están tantos autores de la Antología Palatina, o lo están Safo y Monterroso por fragmentos mínimos en los de sus respectivas épocas y géneros). Un poeta es eso: el que en once sílabas sabe comprimir el mundo.


AÑOS, LIBROS, VIDA
Bibliografía comentada de José Luis García Martín 
Marcós Tramón
ed. Llibros del Pexe, 2005


 José Luis García Martín, hombre temerario y atrevido

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