Ánima de Cañón


 

     Cuando uno descubre los poemas de Miguel Ángel Velasco, hábil y experimentado navegante por estos mares, uno quiere inmediatamente ser poeta y nada más que poeta. Se abre paso a galope y a golpes de espada si hace falta. Es eso, y sólo eso, a lo único que aspira ya en la vida, y no se arredra a la difícil travesía, alivio de nuestras fatigas. Y orgulloso lo siente y orgulloso lo piensa, y asimismo lo dice, lo proclama, lo comenta en sociedad. Ama la Poesía, pone cerco a su fortaleza y jamás alzará el sitio.

     Con el nuevo arte de la luz que respira ÁNIMA DE CAÑÓN, el ultimísimo y brutal poemario del poeta mallorquín (cuyo ejemplar estuve esperando como agua de mayo durante dos largos meses desde que lo solicité en mi librería de siempre: ¡¡dos meses, dios, dos meses para enviar un puñetero libro desde Sevilla a Pamplona!!, que los distribuidores de esa editorial habría que colgarlos del palo mayor) penetra uno en un territorio excesivo, caballo de las olas, se baña en él y ahí encuentra la felicidad, se siente infante en tierra extraña, hechizado por esa manera de poetizar con la que trabaja Velasco, poesía de inusitadas dimensiones, con esa aura de misterio que parece rodear a su persona y a sus versos.

     Miguel Ángel Velasco aparece y desaparece en mi vida como por arte de magia. La última vez que tuve contacto con él -allá por Junio del presente- 'paraba' el poeta por Madrid. Por lo visto llevaba más de un año encerrado en una habitación a cal y canto, con el cometido único y exclusivo de escribir poesía. El ascenso a la armonía y el conocimiento de su mundo desvanecido. Estratagema devastadora para este indomable que ahora lee sus últimos poemas publicados, aprende a amarlos, se entrega feliz a ellos, se recuesta en su lujoso lecho de amor y muerte. Entona un himno a Dioniso con los poemas de ÁNIMA DE CAÑÓN, brinda por los que aman como él y como Velasco, y por su mundo de los dos que ahora se derrumba.


*
  
Miguel Ángel Velasco, poeta en estado puro




ÁNIMA DE CAÑÓN


¿Qué será cuando el día se congele
con la detonación de nuestra carga
en el hueco del tiempo?

¿Cuándo nos engatille
la del cuerpo mayor, 
la fusilera Hécate,
con la espingarda de la luna
en desvelo de caza,
de la que ser su blanco;
o a contraluz de un sol que se comprima
en una carabina, en su mirilla,
y al fondo nuestra liebre, un punto trémulo
del túnel frío que se estreche en nada?

¿Saldrá el alma
soñándose fogueo, en expansión
reversible su posta, hacia una luz
que nos funda en su seno?

¿Se alzará en perdigones, loco polen
de plomo y extrañeza,
al encuentro del cáliz de la noche?

¿O quedará sin más amartillada,
de este lado del tímpano,
soldada a su calibre,
sin dar siquiera un humo leve el ánima?  







EL RÍO DE LAS LÁGRIMAS


Tiene su nacimiento en ese témpano
que le clava la pena al corazón.
Si bien venía ya en la tierna hebra
del cordón de agua rota, inaugurando
el miedo de lo abierto.
Mana del olivar, bajo la cepa
que hunde sus raíces en el manto
de los dormidos. Sigue el curso,
exhausto, con la balsa
de la Medusa. Lo congela el pánico
al paso de Esperanzas y de Hornos.
Se parte en dos mitades, dos jirones
del cuerpo separado del amor.
Corre por pedregales y campañas
más raudo que el amor, y más allá
de la piedad del justo, y aún va lento
nuestro río que nunca desemboca
porque lo sorbe el labio y va de vuelta
a nunca se acabar, Nilo de aceite
que renueva la vela de los muertos.






CONJURO


Duendes del cobalto, distraedme el vértigo,
selladme las huras, llevadme las meigas,
apartadme ojos santos de caballo,
su inocencia fuerte, que quiero abrazarlo.

Las palabras, hongos, me revuelven todo.

Trasgos de la mina, libradme, favor,
del gesto estucado, de la ciega máscara
de yeso y oficio. De mi hosco muñeco
de cuerpo presente.

                                   La cera, tan fría,
me quema del padre. Qué seca que quema
quemadura vieja, la mano del muerto.

¿O fuisteis un sueño en el tiempo solo,
señor de los versos? Pero puedo oíros:
pegasos, pegasos... llevaos el pálpito,
llevaos la alpaca de la fama, todo
el oro no vale lo que lleva el agua,
pegasos, pegasos... la corazonada
con la tramontana, con el viento ebrio,
llevaos la ganga, el miedo del verbo.









SONDA



Un rito de peligro
tras la línea de sombra te ha llevado
a esta planta ya no
de hombres, de cohombros
que filtran su desierto y su ricino.


Fantasmas del catéter, nos cruzamos
una mirada esquiva
que sopesa la bolsa de los posos
con la curiosidad del daño ajeno
que aligere del propio.
Un hombre vale aquí
el color de su orina.


Sabía pocas cosas
antes del paso por la planta I
del hospital en que expiró mi padre,
del moridero en que cesó mi abuelo:
que el hombre es la criatura que depone
el albedrío en los poderes sordos
y al mismo tiempo el gajo pudoroso
que se disculpa por sentir dolor.


Y poco más puede decir que sepa
un servidor devuelto a sus penates,
salvo, tal vez, que el animal humano
comparte con el asno
la terminal, desesperada hidráulica
de crecerse en el clavo del agravio.
Aquí habla el estupor
de no saber por qué
se entiesa mi hombrecito
con el cordaje seco de la sonda.










VIDA PROVOCADA
(LAPIS EXILII)



Hoy le place a mi alma una puntada
que le acierte al camino de la sangre
para empujar el émbolo servido
con la oscura delicia.


Miro mi saliva reflüir sumisa
como un lirio de mar, sumar su púrpura
al poso refinado
de la cápsula amarga, y ya es un raudo
trepar el jugo heroico por la escala
de su fundido acorde, espina arriba
y resguardar el casco cada cálido
cotiledón de luz.


Qué enteramente estarse el ojo quieto
del remolino, así,
tan en su centro absorto, y devanando
al mismo tiempo crines,
mansas trenzas de agua, como el vaso
de la templanza exhala, mientras rueda,
su vellón de vapor,
su delicada lana
filosofal, la alquimia de la muerte.


Salve, raíz,
soy piedra en el rodar.








DIONISIACA



Misterio que así puedas,
sobre mi corazón, arrebujada,
dormir. ¿No oyes las aspas?
Voltean el molino de la sangre.


Fuese un pulmón la música
y comprendiera, amada,
tu olvido manantial.


¿No sigue allí, a flor de agua,
enturbiando el mosaico, confundiendo
tablero, luna, augurios,
el batir? ¿No se filtra
de mi piel a la tuya el sedimento,
la broza que las venas comunican
al caracol del sueño?





ÁNIMA DE CAÑÓN
MIGUEL ÁNGEL VELASCO
ed. Renacimiento, Sevilla 2010

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