¿Tosigo Ardento? (II)


Pocos poemas extensos me han hecho gozar a mí tanto como TOSIGO ARDENTO de José María Álvarez. No soy yo muy dado, lo reconozco, a este tipo de poema de poemas, que cabalgan sinuosos por decenas de páginas pareciéndome inabarcables. Y es que suelen dar pereza al lector iniciado, la verdad, estos dilatados poemas. No me suele encajar a mí de primeras tan prolongada medida de versos. Se me colma el vaso de la ansiedad por hacerlos míos.

Pero recuerdo ahora con mucho cariño los tiempos en que TOSIGO ARDENTO conquistó mi corazón. Catapultas, arietes y brulotes de versos de un arrojo excesivo. La máscara labrada con primor por el mejor orfebre de los versos de este país. 

Lo recuerdo con tanto cariño. Como la nebulosa incierta en el tiempo del mejor orgasmo que uno haya tenido. Con esa indolencia y debilidad de voluntad que ha de tenerse en la vida de poeta. Sus dimensiones de felicidad visibles reparándome el alma.

Coincidió por entonces (el poema fue publicado en 1985 pero yo no lo descubrí hasta bien entrados los felices noventa) que la música prodigiosa e injustamente olvidada del músico veneciano Tomaso Albinoni había entrado con fuerza en mi vida, como escritura en mí de las palabras divinas. Música de blancas balaustradas. De la que perdura en el corazón por toda la eternidad.

Discos y más discos con todos sus Opus al completo me estaban haciendo feliz. Discos, la mayoría de ellos, comprados en el Boulevard Saint-Michel, el famoso Boul' Mich' parisino, en la gigantesca tienda de Gibert Joseph, donde está todo, donde uno puede encontrarlo todo y, a veces, a muy buen precio. 



Disfrutar de ese placer como nunca. Transverberación del alma, de personalísimo cuño. Eso fue. La vibración en el ánimo del lector con TOSIGO ARDENTO en el corazón. Las palabras mágicas que aquel buhonero de la Capadocia, vendedor de joyas falsas, le dirigió a mi maestro Álvarez en el Gran Bazar de Istanbul. Mis enemigos han llenado de tosigo ardento tu corazón, y ahora tu corazón ya no cree en mí... La sabiduría de tantos siglos de Historia condensada en un simple par de palabras. Veneno Ardiente.



Auscultado el destino, en una noche de oro viejo, mi santo padre, el Azar, quiso maridar a su albur uno y otra: TOSIGO ARDENTO en la relectura y la música indiferente al devenir del tiempo de Albinoni. En una audiencia secreta, el extenso poema de José María Álvarez y los adagios de infinita belleza del compositor veneciano con el loudness activado de fondo en mi viejo equipo de música (el que luego vendí por tres perras en Cash & Convert al salir de mi larga estancia en el hospital, en aquella paranoia orgiástica que me entró por querer venderlo todo, por querer acabar con todo, borrón y cuenta nueva de mi vida).

Aquella noche la Maravilla. La fusión de los átomos aquella noche. Principio y final. Espíritu que prefigura el Arte. Enigmático y fascinante poema de poemas, TOSIGO ARDENTO. Y su jura sobre las reliquias de la Música de Albinoni. Como palacios de oro flotando en las aguas verdosas del Gran Canal. Un prestigio visible, como ningún hombre había visto antes.

***





Saliendo de la niebla en el frío

de una mar triste
flotan los grandes balnearios[1].

(…)

Y
escuchas
el romper de un oleaje
antiguo.

(…)
                                                                                     
                                                                  Mientras
envejezco.

(…)

Terrazas
de playas solitarias,
con el vaso en la mano

Siempre has sido
nocturno. Por eso amas
Istanbul, suntuosa, y amas Venezia,
y la madrugada de New York, coches
de policía en la lluvia.

(…)

Como ahora se pierden
sobre la mar quieta
los grandes balnearios destruidos,
sus largas pasarelas misteriosas.

(…)

Las gaviotas
pasan al otro lado de la
niebla.

(…)

El

Mundo se derrumba.

(…)

Deja

pasar la noche, bebe,
                                               escucha
la mar que
rompe
contra los balnearios destruidos.

(…)

Alguna noche, en Piazza
San Marco[2], contemplando
su esplendor,
 imaginaste
aquel era el lugar
perfecto
para acabar tu vida. Sí, ahí, la última botella

(…)

una de esas
noches asombrosas de final de Verano
entre cientos de turistas, un vals ramplón,
tu memoria es como la cama de una puta.

(…)

apagándose en tu cabeza
la música

(…)

Hay luces en la niebla.
Lejos. Como perlas.
Pasa la mar su lengua.

(…)

Besarías
a la Muerte en la boca.

(…)

Nada

tienes.

Esa arena
que tomas en tu mano.

(…)

—los palacios se reflejaban en el Gran Canal
como joyas tiradas en una sábana de seda—

(…)
                   
                 aquellos techos y pinturas aquellos
muebles y objetos
preciosos, aquellas ropas todo, alguna vez
fue elegido por alguien (alguien cuya vida
casi ni imaginar podemos)
porque era el decorado natural
de su vivir

(…)

pedazos de un sueño abandonado
ya sin ninguna relación
con nuestra vida.
                                      Y pensé en las Stanze
del Vaticano

(…)



Ver el final.
                                               Y como esa belleza

la soledad de mi memoria.

Y es por eso
que no debes temer
la muerte

(…)

casi
comprendes todo.

(…)

La Muerte baila para excitarte
en una pista de cemento una canción
estúpida. Pasan
niñas que son abismos.

(…)

                                 Si no leyésemos a
Homero,
Virgilio, Tácito.

(…)

esta columna,
solitaria en el borde del promontorio,

(…)

Columna en el sol de la tarde
inmensa de Sicilia.

(…)

y mirando el fuego bebimos vino
y el poniente como un pavo real
fue cerrándose solitario y lejano
al fondo de las aguas. Alguien entonó
versos de la Iliada

(…)

Esa claridad.

Decidida por alguien

contra el mismo Destino.

(…)

meditar mucho aquello
que Montaigne escribió: la necedad es amo
tan implacable
que no sólo corrompe mi
juicio, sino
también
mi conciencia.[3]              

(…)

Brillaban
las puertas del Florian[4]

(…)

Como los ojos de los niños limpiabotas
de Istanbul

(…)
  
Aprende
a sobrevivir. Siempre
ha valido
poco
nuestra cabeza.

(…)

mientras pasan las góndolas
como labios de la Muerte mientras pasa tu vida
y la reconoces en algún
fragmento

(…)

y tú,

bebedor solitario

(…)

tú,
que sabes el final

(…)

ves sobre la Dogana
apagarse el oro
del mundo, la Fortuna[5] de pronto quieta
en el silencio de los vientos

(…)



qué hermosa es esta Piazza
para morir.
Sin conocer a nadie

(…)

Calles que ciegan al viajero, rostros
de mujeres.
                                                        La
noche es una locura. Tiene
brillo de espejos. Sientes
cómo el alcohol es uno
con tu cuerpo,
te hace perfecto como un verso de Virgilio.

                                      Todos
los que fui han ido
muriendo en noches
así.

(…)
fe en la Poesía.

(…)

como
una
puta que
se retira
cansada


             En
la noche vidriosa

beben. 

 fragmentos de TOSIGO ARDENTO
José María Álvarez 
Begar Ediciones, 1985

 Alfredo Rodríguez y José María Álvarez, Venezia 2005



[1] Antiguos balnearios –hoy abandonados- en la localidad de Lo Pagán, en el Mar Menor de Murcia, en donde nuestro poeta veraneaba en su niñez.
[2] En Venecia.
[3] Del Libro III de sus Ensayos.
[4] Famoso Café veneciano en Piazza San Marco.
[5] La Punta della Dogana, edificio triangular construido en el siglo XV en el extremo más estrecho del barrio de Dorsoduro, a la entrada del Gran Canal, entre San Marcos y la Giudecca. Un conjunto escultórico de Bernardo Falcone remata la torre, dos atlantes arrodillados que sostienen sobre sus espaldas una esfera dorada sobre la que flota una veleta que representa a la Fortuna. El lugar es maravilloso, y también lo es la piedra de Istria de las paredes exteriores o sus monumentales puertas.

Enlaces al recitado de TOSIGO ARDENTO por el poeta José María Álvarez:
http://www.youtube.com/watch?v=MGtKnvsABUY
http://www.youtube.com/watch?v=dm8qspNEDjk&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=XlBDeZPb6xI&feature=related

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