Sonetos shakespereanos



La fecunda y maravillosa traducción que de los famosos Sonetos de Shakespeare hizo el poeta José María Álvarez para la editorial Pre-textos en el año 1999 -edición hoy desgraciadamente descatalogada e inencontrable incluso en librerías de viejo (yo pude conseguir milagrosamente un ejemplar que me enviaron desde la propia editorial valenciana, uno que guardaban en el almacén descartado ya para la venta al público por estar ligeramente estropeado desde una inundación que habían tenido en el local)- es, sin ningún lugar a dudas, la más alta e interesante traducción que sobre los SONNETS del genio inglés se haya llevado a cabo en lengua española. Una auténtica obra de arte, de verdad. No estoy exagerando otra vez como pudiérais quizá pensar.

Todos sabemos lo que supone traducir poesía. La gran dificultad que entraña. Y muchas veces la imposibilidad casi total, como en el caso de la poesía china, rusa o japonesa. El resultado nunca suele tener nada que ver con aquello que en su día quiso decir el poeta en su lengua original.

Para la noble tarea de traducir poesía hay una condición previa absolutamente necesaria e imprescindible: que quien la lleve a cabo sea poeta. Efectivamente ha de ser alguien capaz de darle al texto, una vez traducido literalmente, por él mismo si domina bien ese idioma, o por otra persona especializada en el mismo, lo que se llama sentido poético.

Y en cuanto al resultado final de la obra poética traducida, una cosa tiene que quedar muy clara: con la traducción poética se está creando una obra nueva, un libro nuevo, que vivirá su vida independiente del texto original. Olvidémonos pues de aquellas traducciones que se hayan podido hacer literalmente (el problema de la traducción en este país es muy grave, algunas traducciones son, como dice Álvarez, de juzgado de guardia). Será pues un libro nuevo, uno más dentro de la obra del poeta traductor, que le dará -si es capaz de ello- su peculiar y personal toque, tono, clima, sentido y mensaje poético. El latido de la pasión del poeta antiguo en lengua extranjera. Porque, en efecto, estará creando, como digo, una obra nueva y distinta.


***



XV

Cuando medito en que todo lo que alienta
Sólo un instante la perfección conserva,
Que tan vasto escenario como el mundo
Es para obras cuyo sentido sólo conocen las estrellas;

Cuando miro a los hombres reproducirse como plantas,
Sujetos a la suerte bajo qué mismo cielo,
Humillada la juventud que fue orgullosa,
Arrastrando al olvido hasta el esplendor de su memoria;

Ante el paso de esa vana imagen
Como el oro de tu juventud refulge para mí,
En medio de la lucha que Tiempo y Decadencia
Entablan para mudar tu aurora en noche obscura.

Así, por tu amor en guerra con el Tiempo,
Lo que él arrebata, yo sé que te devuelvo.

*

XXX

Cuando en horas de dulce y silenciosa añoranza
Evoco la memoria de las cosas pasadas,
Y por tantas ausencias me lamento
Llorando el tiempo para siempre perdido,

De nocturnales lágrimas se me velan mis ojos
Por todos esos seres amados que se llevó la muerte,
Y las viejas cicatrices del amor otra vez están frescas
Como un lamento, mientras van apagándose esos rostros queridos.

El dolor del pasado va tomando mi alma,
Y dolor a dolor, en esa amarga cuenta
Que doblemente pago, evoco con tristeza
Aquello que creía ya saldado en su día.

Pero si entonces pienso en ti, oh amado amigo,
Los pesares se enjugan y yo renazco alegre.

*

XL

Toma todos mis amores, mi amor, tómalos todos:
¿Qué más tendrás que antes no tuvieras?
Ningún amor, amor, que fuera amor de veras:
Ya era tuyo lo mío sin precisar de esto.

Si por mi amor mi amor tomaste,
¿Cómo reprocharte que uses de él?
Pero repróchate a ti mismo si te engañas
Por deleitarte caprichoso con lo que poco amas.

Te perdono tu robo, fascinante ladrón,
Aunque sólo pobreza mía a ti te robes;
Ya sabe amor que no hay mayor pesar
Que la injuria del odio, más que penas de amor.

Hermosura lasciva que muda mal en gracia,
Mátame con desdén, mas que no pierda tu amistad.

*

LXVI

Harto del espectáculo del mundo, pido paz a la muerte:
No quiero ver nacer huérfano al mérito
Ni alzada en triunfo la miserable mediocridad
Y a la más pura fe violar innoblemente,

Ni el alto honor con deshonra pagado,
Ni el pudor virginal brutalmente humillado,
Ni la justicia verdadera como la injusta vista,
Ni el poder destruido por un torpe ejercicio,

Ni al arte amordazado por la autoridad,
Ni al talento censurado por la estupidez,
Ni a la lealtad por transparente vista como simpleza,
Ni al bien cautivo de la fuerza del mal;
Harto del espectáculo del mundo, dejarlo yo quisiera
Si al morir no dejase también al que yo amo.


William Shakespeare
SONETOS
Edición y traducción de José María Álvarez
ed. Pre-Textos, Colección La Cruz del Sur, Valencia 1999


Alfredo Rodríguez y José María Álvarez,
Archivo Histórico de Navarra, Pamplona 2006

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