Las Trincheras


No soy muy católico, lo confieso. Más bien nada. Mi educación en la adolescencia sí lo fue -vaya que sí lo fue-, pero no ha dejado en mí casi ninguna huella. Siempre he pensado, como Félix de Azúa, que a los niños en la escuela más que religión lo que habría que enseñarles es moral.

Respeto la religión católica como un hecho cultural más en mi vida, una tradición cultural más de las muchas a las que me considero adscrito. Pero nada me une ya a ella. Nada me ata. Moriré como un hombre que se va de este mundo sin saber por qué un día a él vino, esperando un retorno mítico. Si es que me da tiempo a pensarlo en ese momento incierto. Que espero que no.

El caso es que tengo algunos amigos católicos, así como no católicos, estos últimos mayoría, obviamente. Es más fácil, más cómodo no serlo que serlo, claro. Y menos comprometido. Vivimos en un mundo en el que nadie quiere comprometerse a nada. Y, desde luego, cuesta mucho menos trabajo no pensar en nada y que la vida siga y que al final pase lo que tenga que pasar...

Católicos o cristianos, a esos amigos de que hablo no sabría -ni tengo derecho- cómo llamarlos. Algunos de entre ellos son poetas grandísimos, hombres cultísimos que han dedicado su vida a cultivarse, valga la redundancia sonora, con una refinada formación en muchos autores y hechos antiguos. Vivir para enriquecerse por dentro, como es el caso de don Julio Martínez Mesanza, poeta inmenso del que tengo el placer y el orgullo de su amistad y el magisterio indeleble de sus versos.

Mesanza publicó hace unos años (en 1996) un magnífico poemario, titulado LAS TRINCHERAS, versión canónica de la vida, con el que su Obra poética daba quizá un fuerte viraje en su derrota para abrazar las solidas murallas de lo que podría llamarse  "poesía cristiana" (sí, yo también odio las etiquetas en poesía, pero es que no encuentro ahora mismo una forma mejor para expresar ese concepto). Cuando hace unos años lo descubrí, quedé rendido ante su belleza. Obra de la redención, capaz de orientar el destino de un poeta tan  alegremente pagano como yo.

Ese libro me hizo sentirme otra vez cerca de esa Verdad.  Ese combate del lado de la Virtud. Su Verdad. Tenerla otra vez presente en mi vida. Saber que sigue ahí. Volver a contar con esa vertiente de la vida tan frágil, pero de esclarecido linaje. Tan fácil a priori de desmentir, a poco que se ponga uno en plan intelectualillo y haga uso de eso que llaman el sentido común. El aburrido y políticamente correcto sentido común. Ocaso del sabio.

Sea como fuere, el poemario en cuestión, LAS TRINCHERAS, es una Obra maestra de la Poesía (otra más de Julio Martínez Mesanza) y ese vocativo tan espléndido que yo le concedo, Obra maestra, para mí es innegociable.


***




No deja de llover sobre las ruinas
que rodean mi casa, vieja y pobre,
aislada en medio de este descampado.
No llueve igual más lejos, en los huertos
que nunca pisaré, ni en las ciudades
que conservan indemnes sus iglesias;
pero sí en las trincheras, en los fosos,
en los taludes donde fui soldado.
Y llueve igual que aquella amarga noche,
mientras pasaba la segunda hora
del frío turno que precede al alba,
la hora en que los vigías se abandonan
a las ensoñaciones y en que el miedo
y con él la atención desaparecen.




LAS TRINCHERAS


Las palabras de Marta son las mismas
que oigo a mi alrededor y te reprochan,
vacías ya de fe y oscurecidas,
no haber venido a tiempo, cuando el mundo
aún no tenía enormes cicatrices
cruzándolo de norte a sur e inmensos
cráteres anegados por la lluvia;
las cicatrices en las que se agolpan
los desesperanzados, esas almas
que viven bajo tierra los tres días
que Tú estás muerto, los inacabables
milenios que esos días representan;
las almas que no ven llegar al ángel
que duerme a los soldados y remueve
la piedra del sepulcro; las culpables
que noche a noche miran cómo crece
la fuerza y la arrogancia de la guardia.


*


SUPER FLUMINA BABYLONIS


Sentados a la orilla de los ríos
de Babilonia, y a la sombra altiva
de sus torres, pensamos en la patria
que nos aguarda y lamentamos nuestro
exilio y nuestra condición de siervos.
Volvemos de servir en las campañas
de nuestros amos; hemos recorrido
la sucia piel del mundo bajo falsas
banderas, hacinados en los carros
de intendencia, y tenemos cicatrices
que recuerdan penosos altercados,
y nuestra alma está triste por el vino,
ese vino que anula, el agrio vino
de la promiscuidad; y nuestra alma
se ha vuelto igual a lo que vimos, nuestra
alma es igual que el mundo y en él muere.
Nos dicen que cantemos, pero sólo
podemos predecir. Nos piden cantos,
pero sólo podemos, a la sombra
altiva de estas torres orgullosas,
decir cómo los reinos desperdician
la gracia y cómo caen nuestras almas
como reinos de ineptos en la nada.

*




EL ESTILITA


Al cabo sólo son eso los reinos
del hombre: mudas plazas que visitan
las serpientes, mosaicos con los rostros
borrados de los padres, y columnas,
muchas columnas que ya no sostienen
ningún templo, columnas alejadas
unas de otras y en medio más columnas,
partidas y tiradas por el suelo.
Y los dioses del hombre son escoria,
obscenas y castradas esculturas
en las que ve belleza el pervertido.
Pero el siervo de Dios está subiendo
a una columna aislada, la más alta,
la del enorme e inmaculado orgullo,
y sus manos están en carne viva,
y se tiñe de sangre la columna.

*


HE SOÑADO DE NUEVO CON JINETES


He soñado de nuevo con jinetes
pesadamente armados. A lo lejos
acampan. Vemos la humareda enorme
de sus festines y sus grandes sombras.
Sabemos que vendrán tarde o temprano,
y ante su carga no valdrán las hachas
ni las cobardes hoces, ni la astucia.
Sobre nuestras espaldas de vencidos
golpearán terribles sus espadas.
Quisiera desertar, pero me dicen
que sé algo de estrategia y que soy joven.
Quisiera estar del lado de los otros.

*




BODAS


A través de mis ojos le llegaban
ordenadas imágenes de vida:
un valle con olivos y trigales,
y, entre ellos, los viñedos más hermosos.
Le llegaba también el tenso arco
de los vuelos de otoño, las veloces
bandadas y las cimas a lo lejos;
y mis oídos sobre ella vertían
olvidados sonidos, y ella, triste
y avergonzada, como quien explica
una muerte, quería que mis ojos
no vieran y no oyeran mis oídos.
Decía que se había acostumbrado
al silencio sombrío del sepulcro
y que toda esa luz y ese sonido
evocaban en ella la perdida
gracia y la redención desperdiciada.
Cerré, para que el alma no sufriera,
de nuevo su sepulcro y el recuerdo
le ofrecí, que es su plato preferido.
Así, volvió a gustar de los errores
como sólo sabía hacerlo ella,
viendo siempre la imagen favorable:
si de amor se trataba, la hermosura, 
y se voluntad, los pobres triunfos.
Al final de ese valle había un pueblo
cuya iglesia se alzaba dominante
en lo alto de una loma, y parecía,
más que iglesia, atalaya o sitio fuerte:
evoqué las conquistas que hace el alma,
y cómo, en una zona fronteriza,
si no quiere perder lo que ha ganado,
las fortifica y permanece alerta;
y evoqué los fracasos de la mía
y sus fallidos arrepentimientos, 
sus obras de defensa detenidas
y las piedras tan pobres que empleaba.
Cuando llegué a la iglesia, atardecía;
en el altar mayor se celebraba
una boda y oí que el sacerdote
comentaba a los fieles las palabras
que a los corintios dirigió San Pablo,
esas en las que dice que aunque hablara
todas las lenguas que los hombres hablan
y aquella de los ángeles, sería,
sin caridad, igual que un bronce hueco,
y que la caridad todo lo excusa,
todo lo cree, todo lo soporta.
Mientras la ceremonia continuaba,
yo repetía para mí las frases
del Apóstol y mi alma respondía
interponiendo imágenes confusas
que hacían tropezar mi entendimiento;
sacaba a relucir pequeños casos
de la rutina diaria y viejas deudas,
también lo por hacer y lo mal hecho;
mujeres más amargas que la muerte
traía a mi memoria y maltrataba
mi voluntad, agonizante vieja
incapaz de impedir que los ladrones
penetren en su alcoba y a su vista
roben las cosas de valor que guarda;
ésa fue desde siempre su costumbre:
distraer mi atención con sus locuras
y hacer así que la oración fracase.
Cuando acabó la Misa y quedé solo
ella había triunfado y de mi boca
no oía ya las frases del Apóstol;
le daba todo igual, que fuera usura,
rapiña, orgullo, lo que amor llamamos:
dejaba de sangrar su herida abierta,
y no por curación, sino por muerte.

*



STELLA MARIS


Guía, estrella del mar y de la Gracia,
al puerto de tu amor la triste nave
desnortada de orgullo y ponla
lejos del remolino de las leyes.


*
 
LA ANSIEDAD INFINITA


Duerme siempre en un carro de combate.
Su sueño es agitado, como todo
sueño en las cuadras. Duerme siempre armado
y le despiertan los caballos. Duerme
un corto sueño y otro corto sueño
y en sus sueños se adentra por los bosques
y por los rojos mares del combate.

*




LA FRONTERA MILENARIA


Los que no viven nuestra oscura vida;
los que, cuando el destino echó las suertes,
recibieron los huertos y los mares
y no estas ciénagas sin luz; los hombres
que siempre deberían ser felices
y, sin embargo, tienen triste el alma;
ésos nos llaman sanguinarias bestias
porque amamos la guerra y preferimos
dejar a nuestro paso las rodadas
de un carro de combate y no los surcos
que abre el arado y ver los frutos ciertos
de nuestra artillería en el paisaje
a esperar la cosecha siempre incierta.
Pero ésos no han nacido en esta tierra,
ni tienen por vecinas a las hordas;
dejaron de esperar, les dio lo mismo
que viniese o no el ángel que remueve
la piedra del sepulcro el tercer día;
nosotros lo esperamos hace mucho,
de guardia en las sombrías soledades
de esta oscura frontera milenaria.

*


CUESTIONES NATURALES II


Vagas estrellas que arden para nada;
muertas lunas que surcan el vacío;
el cielo que vigila nuestro insomnio,
y, aquí abajo, la sucia piel del mundo
y la vida, su huésped más terrible.
Lo incomprensible no es que lo crearas,
sino que, pese a conocer lo absurdo
que era para los hombres tu universo,
te hicieses uno de ellos y quisieras
participar en esta pesadilla.

JULIO MARTÍNEZ MESANZA
LAS TRINCHERAS
ed. Renacimiento, Sevilla 1996


Alfredo Rodríguez y Julio Martínez Mesanza, Madrid 2008

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