Bajo la protección de los ángeles custodios




En 1989 podía sentirse cierto optimismo ante el futuro inmediato de la poesía española. Hábitos negativos como la deliberada oscuridad y la falta de plan a la hora de concebir el poema, adquiridos a lo largo de las pasadas décadas, habían caído en descrédito y los poetas novísimos, que habían ejercido una influencia devastadora, no gozaban de prestigio alguno entre las nuevas generaciones. Solamente seguía siéndoles fiel su guardia pretoriana: cierta crítica que aún no advertía que la claridad había jugado fuerte y había ganado la apuesta. Por esas mismas fechas, otras sectas, como la de los silenciosos, sólo hacían reír después de estar acostumbrados a provocar impostadas respuestas místicas en los lectores, y el problema de la página en blanco empezaba a considerarse como lo que en verdad era: el problema de la mente en blanco. Las filas neosurrealistas, por aquel entonces, se nutrían de adolescentes casi analfabetos y esto era del dominio común. Pero no todo habían sido negativo en la actuación de estos grupos: habían alejado por completo de la poesía al público, y, sin público lector que no fueran los mismos poetas y con una crítica incapaz en su mayoría de discernir los acontecimientos, esos mismos poetas pasaron a ser la única autoridad. La importancia que esa caída total tuvo para el renacer del género nunca se ponderará en su justa medida. Por irónico que resulte, la situación de la poesía en 1989 era mejor que la de la novela, ésta sí con lectores, porque podía imponerse de nuevo una autoridad sin depender de editoriales y suplementos literarios.
     
Durante los años setenta y a principios de los ochenta, algunos autores se habían alejado, con mayor o menor fortuna, de la corriente dominante. Se puede hablar de una resistencia silenciosa o, mejor, silenciada. Pero hay que esperar a 1985 para encontrar un libro que una a su calidad el suficiente carácter emblemático como para convertirse en punto de referencia. La caja de plata de Luis Alberto de Cuenca es ese libro.
     
Iba a ser uno de los hijos tardíos del movimiento anterior, como a menudo sucede, un poeta, en este caso, que había desarrollado hasta la exageración algunos motivos novísimos y que conocía por dentro el mecanismo culturalista, quien, de manera más evidente y por contraste, mostrara la debilidad de la poesía dominante hasta entonces. En la década anterior había publicado dos libros de escuela, Los retratos y Elsinore, y otro que revelaba cierto cansancio de las viejas fórmulas y daba alguna pista de lo que sería su modo de hacer en adelante, Scholia. Todo ello le había proporcionado alguna consideración en círculos restringidos, aunque hacia 1986 su indudable prestigio se lo debía casi exclusivamente a su actividad filológica; de suerte que, cuando en ese año La caja de plata recibió el Premio de la Crítica muchos pensaron que se trataba de un reconocimiento indirecto a la amplia labor literaria de Luis Alberto de Cuenca. El autor de estas líneas fue el primero en sorprenderse de tal concesión, precisamente porque se encontraba entre sus más firmes admiradores y no había visto desde que apareciera el libro ninguna señal que indicase especial aceptación o éxito, pero más tarde pensó que ese acierto involuntario o inconsciente tenía un alcance significativo, porque varias de las características fundamentales de la poesía que empezaría a hacerse notar en los años sucesivos ya estaban en La caja de plata.
    
¿Cuáles son esas características fundamentales? En principio dos que destacan a primera vista y que no se habían desterrado del todo, aunque ahora adquirían nueva significación: la voluntad de narrar y la importancia concedida a la métrica; y luego una tercera, genuina de Luis Alberto de Cuenca y que es la que influyó de forma más evidente: la nueva manera, alejada de la retórica y de la estridencia, de concebir la posición del poeta entre la realidad y lo fingido. De esta última se derivaría otra característica, la de la utilización del sueño como vehículo no de confusión, sino de ordenación de la realidad, de una realidad que a veces se nos hace íntima a través de lo más inesperado: la hipérbole. En esa línea discurre El otro sueño (1987).
     
El libro que aquí presentamos recoge la obra de Luis Alberto de Cuenca escrita entre los años 1970 y 1989 y revisada por el autor. Incluye cuatro libros: Elsinore, Scholia, La caja de plata y El otro sueño, además de poemas publicados sólo en revistas, una plaquette y textos inéditos. Algunos de los mejores poemas de la década de los ochenta se encuentran en las páginas que siguen.


JULIO MARTÍNEZ MESANZA
Madrid, 2 de octubre,
festividad de los Ángeles Custodios


Prólogo del poeta Julio Martínez Mesanza al libro
POESÍA 1970-1989, Luis Alberto de Cuenca
ed. Renacimiento 1990
    el poeta Luis Alberto de Cuenca

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