serías feliz en París y lo sabes



 
          París se construyó en una época en que los arquitectos eran también artistas. Cómo has gozado tú allí, pobre poeta enamorado. De noche, de día, al crepúsculo y al alba. Tantas “pateadas”, tantos paseos por París, tantos recuerdos en cada esquina. Kilómetros y kilómetros con tus pies. Con tus dos pies y un buen plano Michelín en tus manos. Caballero sin feudo, ese y no otro era tu ideal de vida. Tantas veces ya, las mismas calles de siempre, rue Buci, Saint Etienne du Monde, el Marais -tu querido Marais-, la alegría del alma en la rue Mouffetard comprando buen vino Beaujolais, Saint André des Arts… Y hasta tres veces has llegado a ir en el mismo año. Era tal la fascinación que ejercía sobre ti la vieja Ciudad del Mundo. Su sentido de la belleza, su anhelo de inmortalidad eran los tuyos. Sabes que sólo en Ella reside tu corazón. Tu simplicidad de corazón.


 Explorando el Latin Quartier, con el poeta José María Álvarez al fondo esperándole (París, Enero 2009)

          Desde que descubrimos el Latin Quarter en todo su esplendor no hemos dejado ya de volver una y otra vez por allí. Enamorados para siempre. Nuestro hotelito con encanto en la rue Racine. Porque siempre hay algo nuevo, nunca es igual, nunca digas, siete veces he pasado por esta calle y siempre he visto lo mismo. Porque no es así, no sería cierto y tú lo sabes. 

 De paseo por la alegre y siempre bulliciosa rue Mouffetard (Octubre 2005)
 
          Y es que París va cambiando con la luz. Las sombras del día la van velando en una incesante pugna conforme éste avanza hasta su ocaso, ante la mirada asombrada de quien se sabe poeta. Y este detalle en esta fachada, fíjate, no es el mismo ni mucho menos que el de hace unas horas, cuando pasamos por aquí camino de Le bistro en Robert de Flers. Con una inquebrantable fidelidad puedes afirmarlo. Es tal el refinamiento y la originalidad en cada detalle. Serías feliz aquí y lo sabes. Cuántas veces lo has pensado. Puedes decirlo ahora. Ahora que ya nada importa. Nuestra vida sería más feliz aquí, entre tanta y tanta Belleza. Feria de la Ascensión. Belleza de piedra y Belleza de hierro o de acero, Belleza de carne y hueso en el cenit de la luz o de la Noche. Antorcha de la Vida. Qué nos queda por ver si es que nos queda aún algo. Pero qué más da. Seguiremos yendo. A París hay que volver siempre, mínimo una o dos veces al año. París no es Francia (lo mismo que New York no son los Estados Unidos). Ha ido a lo largo del tiempo acogiendo, recogiendo a hijos perdidos de todo el Mundo. Es París —como bien dice Álvarez— un sitio al que uno va y vuelve, va y vuelve, y siempre está yendo y volviendo de allí. Y llega un momento en el que se da cuenta que ya no va ni viene, sino que siempre ha estado ahí, y ya le pertenece. Para siempre.


 Arrasando Glacier Berthillon, la mejor heladería de París en la hermosísima Île Saint Louis,  (Verano, 2009)

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