Oro viejo en tu corazón


 

Cuántas veces un poema o un poemario de algún poeta que a nadie interesaba, a nosotros nos ha estimulado. Ha golpeado en nuestra conciencia, nos ha alegrado el corazón como un buen vino degustado entre amigos. Nos ha impactado. 
Para siempre hemos rendido ahí armas, hincado rodilla en tierra. Hasta que “eso”, esa cosa, nos ha tomado. Y su emoción se apoderaba de nosotros. 
Y entendíamos entonces que descubrirlo y degustarlo había sido decisión de suprema oportunidad. Nos habíamos postrado del todo ante su presencia como en un rito oriental.



Qué extraño es ese hombre que toma un libro entre sus manos. Lo que para unos es Arte, gloria, sanación, cura de la vida, para otros no supone nada, no remueve nada ahí dentro donde tiene que remover. Y aquello que  una vez podía haber sido emoción privilegiada se difumina, se desdibuja por completo, no escancia su río de Oro en la boca. No es ni podrá ser nunca esencia de su credo.



Recuerdo haber preparado personalmente y con todo el cariño, para un buen amigo, un cuaderno artesanal con una selección antológica de poemas de uno de mis maestros. Aquellos poemas que yo más amaba. Los que robaron mi corazón en la madrugada cuando fue su momento —ahora quizá serían otros los elegidos, el tiempo no pasa en balde—, los que más me impresionaron. Obreros en la fragua del propio corazón.



Se trataba, como digo, de un buen amigo (aún sigue siéndolo). Y de un gran poeta. Él y yo habíamos vivido juntos muchas cosas aun cuando no nos conocíamos. Debíamos estar por entonces en contacto interestelar. Así lo hemos evidenciado después. Ahí estábamos los dos. En el mismo sitio, el mismo día, a la misma hora, viendo el mismo espectáculo, y no nos conocíamos aún. Pero estaba escrito. Todo debía estar escrito. 


Y sin embargo, nada. La pócima milagrosa no causó su efecto. Fluorescente poción de Amor. Los poemas de mi maestro, seleccionados por mí de entre su inabarcable obra, no le “llegaron”, apenas le "tocaron". No fue posible el hechizo. El Canto no llegó a su Destino en la fértil vega de su sensibilidad y su inteligencia incontestables para mí.


 


Esos poemas que yo tanto había amado durante todos aquellos años, ocultos en mí tras unas puertas cerradas y selladas, al pairo ahora en la bahía de su mente, es curioso pero no fueron nunca en la madrugada Oro viejo en su corazón.

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