la poesía como testimonio moral de una vida



[Cada vez tengo más claro que esto de la Poesía al final no es más que un intercambio cultural entre poetas. Y nada que se salga de ahí me interesa. Así me sucede a mí por lo menos. Nada fuera de ese intercambio cultural  entre nosotros mismos nos ha de merecer la pena ya a los poetas, a mi entender. Porque todo lo demás, casi seguro, será falso o, si no es falso, nos requerirá algo a cambio. Algo oneroso. En este sentido, nadie tan limpio de corazón, tan claro, como el poeta gaditano Felipe Benítez Reyes, que tan amable como siempre y a petición mía, me envió ayer mismo un texto que escribió hace tiempo con motivo del centenario del gran poeta del 27, Luis Cernuda, que tuvo lugar, si no me equivoco, en 2002. Este texto, buenísimo como todo lo suyo y conteniendo en sí un análisis breve pero muy inteligente de la figura y obra del gran poeta sevillano, pasa hoy, con sumo placer para mí, a engrosar las filas de este pequeño botín del mundo particular mío, en el que trato poco a poco de ir recogiendo todo aquello que amo, todo aquello que ha supuesto algo para mí y a lo que me entrego, todo lo que alguna vez me hizo feliz o podrá en un futuro inmediato hacerlo. Sin otra motivación que la de poder compartirlo con ustedes, a los que ya considero mis amigos. Nada más.]

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CERNUDA

       
Se cumple el centenario del nacimiento del poeta Luis Cernuda. Cualquier pretexto es bueno para acercarse a un poeta esencial. A un poeta, en este caso, que sigue manteniendo su condición de personaje incómodo y de referente ineludible de las generaciones sucesivas: una doble vitalidad. Pero me parece que, en contra de una opinión más o menos generalizada, el papel de Luis Cernuda frente a las generaciones que le han sucedido ha sido más ejemplar que magistral. Su poesía quizás haya representado más un ejemplo que un modelo, más una actitud frente a la poesía misma que propiamente un estilo o una estética. Porque, realmente, de la lectura de su obra se desprende, más que un modo de ejecutarla, una manera de entenderla, un modo de concebirla. La índole de esa concepción creo que se impone en su exacta evidencia: la poesía como testimonio moral de una vida. Tal vez ningún otro poeta español contemporáneo se haya dejado ver sobre un escenario tan despojado. Tal vez ningún otro se haya sentado ante el espejo simbólico de la conciencia con tanta lucidez, con tan terrible lucidez. Lo que Cernuda consigue para la poesía contemporánea es, esencialmente, un tono. Una manera de “decir”. Una manera, en fin, de “hablar en verso”, que a lo largo de su trayectoria acaba teniendo muy poco que ver con las jerigonzas gongorinas o surrealistas, que hallaron fortuna en otros poetas como Alberti y García Lorca. (Resulta significativo, por ejemplo, que Cernuda dedicase un poema a Luis de Góngora, pero que nunca escribiese un poema de modales gongorinos, tentación a la que no se sustrajo casi ningún otro poeta de su generación). En Cernuda hay una voluntad de ausencia de afán retórico -en tanto éste pueda entenderse como alarde estilístico- y hay a la vez un punto de “atildamiento” retórico, como si queriendo huir del énfasis fuese a parar en la afectación, porque la naturalidad en él casi siempre resulta una naturalidad con muchos prejuicios.


       Luis Cernuda (1902-1963)
        
  Cernuda rehuyó la altisonancia, pero no siempre pudo escapar de la grandilocuencia; huyó del Modernismo, pero la marea de la tradición le arrastró a veces a la circunspección de cierta retórica dieciochesca. (Por momentos, realmente, un poema de Cernuda puede parecer la pulcra traducción de un poema de Cernuda). La poesía es susceptible de llegar a establecer simpatías entre autor y lector. Nada más lejos del caso de Cernuda: en su obra podemos reconocernos como cómplices de su desolación, de su amarga clarividencia. Pero, como tales cómplices, no podemos dejar de intercambiar miradas esquivas, desconfiadas, como si aplicásemos la regla de oro de los espías: allá cada cual con lo suyo.
                    
Felipe Benítez Reyes

el poeta Felipe Benítez Reyes (Rota, Cadiz, 1960)

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