La erosión y sus formas





Pedro A. González Moreno es uno de los mejores poetas de España en la actualidad, y quizá el mejor de su generación o de su ámbito. Así lo veo yo, no es que traté de sentar ninguna cátedra al respecto. Es sólo mi gusto de lector.


Pedro es un poeta de verdad, lo cual marca sin duda en estos casos la diferencia. Alguien con una obra detrás, como a mí me gusta decir. Una obra interesantísima, por supuesto (no una sucesión de poemarios publicados por publicar, no... Cuando se publica por publicar es mejor no publicar nada, estarse calladito). Estoy hablando de Alta Poesía. De calidad.  Basta con acercarse a cualquiera de sus libros.


Y todo ello sin hacer ruido. Poco o nada de ruido y muchas nueces, como debe ser. Ni bombo ni platillo, sólo Poesía, buena Poesía. 


El caso es que apenas su nombre “suena”. Ese nombre, Pedro A. González Moreno, no sale en los grandes “titulares” de la crítica oficial poética en prensa, ni suena en los premios millonarios y prebendas que se reparten entre ellos los amigos de la Cosa Nostra. Así que no se puede decir que sea uno de los “consagrados” (ya sabéis, ellos se lo guisan, ellos se lo comen), pero lo que importa de verdad, lo único que ha de importar de un poeta, SU OBRA POÉTICA, es una de las más altas y hondas de los últimos tiempos dentro de la poesía española. De esclarecido linaje.


Un auténtico placer su lectura, a la que uno ha de volver necesariamente cada cierto tiempo. Itinerario vital y artístico de este poeta. 

Un honor su amistad. Aunque no tengo el gusto aún de conocerle, mantenemos fluido contacto electrónico y epistolar de vez en cuando (Algún día hablaré de sus cartas, sus maravillosas cartas).

Pues ahí va, amigos, una pequeña muestra de los tesoros y bagajes en custodia por este querido poeta de la tierra manchega. Aquellos versos salidos de su espada desnuda que más me deslumbraron a mí en su día.



*




Cuando la luz sea nuestra

   
     Nosotros partiremos. Por frondas interiores
y arboledas de sal crepuscular
bajarán nuestros pasos.
Las últimas derivas de una sangre sin cauce
dejarán en las olas
el perfil de un abrazo;
la última palabra germinará en el sándalo
dormido de los bosques,
se esparcirá por parvas
nevadas de poemas y de pájaros,
propagará sus músicas por los espacios dulces
donde ayer estuvimos.

   Habrá un caer de sacrílegas palomas
arrasando la noche,
tormentas de panales derretidos extendiendo su
                                                                                     fuego
por el alba final de nuestros nombres.

   Beberemos el último sorbo
de muerte o mar o lluvia
y quedará tan sólo de nosotros
un recuerdo de cuerpos besados para siempre.

   Nosotros dejaremos
los odres encendidos de ceniza y nostalgia.
Nosotros partiremos y en los antiguos pámpanos
arderá nuestro olvido. Por oscuras estancias
tal vez vuelvan a oírse los oscuros galopes
de infancias resurgidas. Nosotros partiremos
y quedará un misterio de barcos y de nombres
hundiéndose a lo lejos,
un grito de naufragio resonando en la noche.
Pero por los espacios, por las frondas aquellas
que sembramos de vida, vagarán cada tarde
cuando la luz sea nuestra,
nuestros ojos sonámbulos,
nuestras sombras erráticas
y el desnudo metal indestructible de los sueños antiguos.



***


   
   Entro siempre en el nombre igual que quien regresa
a un desván muy antiguo, ve ante sí sus recuerdos
y nada reconoce.

   Igual que quien descorre unas cortinas
que se abren al vacío
y descubre de pronto que recordar es sólo
asomarse a las sombras;
como se entra en un cuerpo
que tampoco las manos reconocen
(la memoria se empieza perdiendo por el tacto),
así entro yo en los largos paisajes del olvido,
como se entra en un nombre
que cuando se pronuncia va agrandándose y crece
por encima del vaho de sus sílabas.

   Entro siempre en el nombre como se entra en un cuerpo:
besando su misterio al pronunciarlo.



***



    En esta habitación, que va adquiriendo
día a día el tamaño de todos sus fantasmas,
no cabe ni siquiera
la voz con que te busco,
ni el leve contraluz en donde la memoria
alzó su arqueología de promesas.
Nadie
podría traspasar esta puerta de agua
sin ser agua también;
ni avanzar a través de la espesura
del aire, donde esperan, emboscados, tus ojos
el reino de una nueva claridad.
Todo, dentro, se queda
sellado por el lacre de los recuerdos;
dentro crecen las llamas imposibles
de poemas no escritos,
crece el humo y la luz arbolunar
de unos espejos rotos
en donde ya no caben nuestros gestos,
en donde ya no cabe ni ese grito
de mi voz inventándote.



***


   
     Habitamos primero la memoria,
sus paisajes de cera
germinal, sus imágenes
todavía sin peso,
sus formas indecisas,
aquel silencio de su voz sin ruido.

   Todavía sin nombres,
todo allí estaba escrito
con la caligrafía rumorosa y lenta
que sólo tiene, si se toca, el humo.

   Primero fue el recuerdo.
Y después una larga travesía hacia nada,
un despertar de pronto entre las ínsulas
de este incompleto atlas
que llamamos la carne.

Vino el cuerpo, su lento nomadismo,
sus mil distintos modos
de erosión y distancia;
vino el cuerpo a envolver a la memoria
entre sus ásperas cortezas, vino
a darle sus arcillas
agrietadas de cántaro donde nunca hubo agua;
a darle el pentagrama desnudo de su piel,
para que, amargamente, fuese en él la memoria
del dolor escribiéndose.



***




El cerco


   Ahora que la noche
tiene ese aroma de la fruta
madura, y llueve, ven
aquí. Sin prisa; deja
que el agua y que la luz discurran
ya sin nosotros; ven, acércate
a este fuego. Las llamas
arden para los dos. No importa
que no haya velas encendidas.
Basta con avivar
de cuando en cuando los rescoldos. Echa
algún recuerdo (la memoria
arde como las ramas secas
de un nido); dale al fuego
todo lo que te pida, todo
lo que no sea posible retener en los labios.
Llueve en la calle, pero
ahora que conoces ya mi nombre,
no tengas miedo a la intemperie. Es larga
la noche, sin embargo
será más larga aún
la hoguera. Ya no importa
salir al mundo, porque al otro lado
de esos cristales, puede
que el mundo ya haya sido borrado por la lluvia.
Aquí, en tu piel, tal vez se encuentre ahora
ese último espacio
habitable del mundo.
Ahora que tenemos
toda la sombra por delante,
sólo es preciso alimentar la hoguera
con más recuerdos, con
más libros, con más mapas
de islas y ciudades que habrán sido
también borradas por el agua. Acércate
sin prisa. No preguntes.
No te preguntes nada. Sólo
procura que este fuego no se apague.
No puede haber respuestas
que expliquen este tiempo detenido.
Haz un ramo de luz con esas llamas
para hacer frente al miedo
o a la noche. No rompas
la piel de esta burbuja
que estallaría sólo con besarla.
Antes de que el invierno
nos ponga cerco, llena
las copas. Nadie sabe
cuándo amanecerá. Sólo sabemos
que queda fuego para compartirlo.
Ahora, que está lloviendo para siempre,
es el momento de apagar las llamas
o no dejarlas extinguirse
nunca. Ahora que el frío
se adueña poco a poco de la casa.
Ahora que todo puede
suceder todavía.
Ahora que ya conozco tu nombre
y sé que nunca
tendrá un nombre más bello la derrota.


PEDRO A. GONZÁLEZ MORENO
LA EROSIÓN Y SUS FORMAS 
(Antología 1986-2006)
ed. Vitrubio, Madrid 2007

el poeta Pedro A. González Moreno (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1960)

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