Del pensamiento inspirado



Hay una obra monumental del poeta Antonio Colinas que ha pasado prácticamente desapercibida para el pequeño gran público de la poesía, e incluso para buena parte de los que nos consideramos amantes de su Obra. En el caso concreto de este lector que os habla, esa Obra es caballo de las olas, imponente fortaleza para mí, donde siempre encuentro resguardo, cobijo en horas de soledad y recogimiento.

Se trata del compendio de ensayos, artículos, prólogos y conferencias escritas, publicado en dos volúmenes, bajo los auspicios de la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León, y que lleva por brillante título DEL PENSAMIENTO INSPIRADO.

Amigos, os lo recomiendo como una joya reluciente en ese botín del mundo que yo me llevaría a la fabulosa isla de Tule al acabar mis días. Es un trabajo inmenso y generoso, un work in progress en toda regla, una obra a lo largo del tiempo, que fue saliendo a la luz poco a poco, como un conjunto monumental durante años, desde la pluma brillante e inteligente del poeta leonés, y que fue recogido por fin en el año 2001 -desde mil sitios en que yacía desperdigado- por los hijos del poeta, Alejandro y Clara Colinas, dentro de lo que supondría un trabajo de magnitudes gigantescas.

La Obra recoge, hasta la extenuación, gran cantidad de conferencias, artículos periodísticos, ensayos literarios, prólogos y pensamientos, que Antonio Colinas fue entregándonos desde los años 70' y hasta principios del nuevo milenio. 

Decenas de nombres importantísimos de la Literatura Universal van desfilando, en un tour de force impresionante, por las páginas de ambos volúmenes, que están a su vez divididos en cuatro partes, que llevan como título, SÍMBOLOS DEL ORIGEN, ONCE CLÁSICOS DE EXCEPCIÓN, TESTIMONIOS DEL ESCRITOR Y DEL PENSAMIENTO INSPIRADO.

Ante Obras así, de tamaña envergadura, de tanta altura y vocación literaria y humana, uno se empequeñece, le entra a uno como lector una especie de síndrome de Stendhal, con vahídos incluso, en el que el enriquecimiento cultural y el placer del alma se aúnan en la lectura. Haciendo que uno ya no vuelva a ser el mismo después de sumergirse en tan oceánica Obra, si es que es capaz de "enfrentarse" a los dos volúmenes por solaz y placer, para entrar a resguardo de los fríos vientos que nos asolan por ahí.















A MODO DE PRÓLOGO

He sido siempre fiel a no levantar un alto muro entre creación literaria y vida, por ello las consideraciones que yo pueda aportar a este prólogo deben ser obligadamente de índole personal. Me refiero a que, mientras elaboro o recopilo los ensayos de este libro en la primavera del 2001, reparo en que hace exactamente treinta años —en la primavera de 1971—, comencé a colaborar de una manera constante en los medios de comunicación españoles.
        
      De la primavera de ese año de 1971 es, por ejemplo, un artículo sobre Bécquer que publiqué en el diario Madrid, periódico de tan señalada memoria, y algún otro en la revista Ínsula. A continuación —estaba yo viviendo ya en Italia—, reanudé mis colaboraciones en ese mismo periódico, que sobre todo consistieron en una serie de significativas entrevistas con escritores italianos, o que se hallaban en Italia. (Recordaré, entre los más llamativos, mis encuentros con Eugenio Montale, Pablo Neruda o Ezra Pound).
        
      Treinta años, pues, se cumplen ahora de comunicación con periódicos y revistas, aunque ya antes de esa fecha de 1971 hubiese yo iniciado mi modesta y juvenil colaboración con algún otro medio, como El Adelanto Bañezano, el semanario de mi ciudad natal. Creo que es del otoño de 1962 el primer artículo que publiqué en él y que nacía de una noticia de aquellos días: la muerte del poeta Leopoldo Panero. Fue la poesía la que impulsó muy tempranamente —tenía yo entonces sólo 16 años—, mi primer artículo. Sin embargo, como ya he dicho, es la fecha de 1971 la decisiva para mí como articulista y ensayista.
        
      Enseguida debo explicar también el calificativo de inspirado, que yo le aplico al pensamiento de que se escribe en las páginas que siguen; pensamiento que es no sólo el de los numerosos autores que he amado y, en algunos casos, por los que me he sentido muy influido, sino también mi propio pensamiento. Se da, por tanto, en los textos que siguen una simbiosis, para mí muy querida, entre el autor que se lee y el autor que escribe; simbiosis que no siempre es fácil reflejar; simbiosis que me lleva a rehuir tanto la seca erudición como un subjetivismo que remonta los límites de lo que solemos reconocer como artículo o ensayo.
        
      Sin embargo, cuando hablo de pensamiento inspirado también me estoy refiriendo a un tipo de artículo o ensayo que rompe con el férreo dogmatismo de los géneros; es decir, que participa también de las características de otros géneros, como la poesía. Hay, pues, una base de raíz poética en casi todos los textos que el lector va a leer. También subrayo que el texto inspirado remite a un tipo de saber que va a contracorriente y que, por tanto, bien podríamos calificar —por aplicarle un nuevo y apresurado calificativo—, como heterodoxo. Si el lector repasa el índice de estos dos volúmenes verá que los autores, libros y temas en él contenidos aluden a un tipo de ser, de pensar y de escribir, a contracorriente. Y, precisamente por ello, heterodoxo.
        
      Juan de la Cruz, Giacomo Leopardi, Carl Gustav Jung, María Zambrano, son algo más que grandes maestros del pensamiento universal. A la vez, estamos ante verdaderos paradigmas del pensamiento a contracorriente y precisamente por ello —aunque perseguidos, marginados o cuestionados en su tiempo—, son hoy faros luminosos que imponen su verdad, sus grandes hallazgos.
        
      De la misma manera que se da esta originalidad en determinados autores que amamos, también se puede dar en muchos de los temas aquí recogidos. Así, escribir sobre el pensamiento primitivo oriental, sobre la mística universalizada (la expresada en sus diversas corrientes), de cierto lirismo inspirado y radical o de lo que entendemos por pensamiento de la “nueva era”, nos pone también los límites de lo que no es manido y usual, de un tipo de pensamiento no sometido a lo “noticiable” o a los grupos de poder cultural y a sus “productos”; en definitiva, de una manera de pensar a contracorriente.
        
      No faltan tampoco, a la hora de desarrollar temas sugestivos y eternos, aquellos que poseen una fuerte carga simbólica. Me estoy refiriendo a temas como el mito, el jardín, el viaje, el espíritu mediterráneo o la poesía. La visión de temas como éstos también responden a una visión no tópica, universalizada, como otros más concretos que hacen referencia no sólo a lo estrictamente literario sino también a la función social del escritor o del traductor, e igualmente a los temas medioambientales. Hacia estos últimos he mostrado, desde hace muchos años, una grata (y útil, y necesaria) inclinación.
        
      He comenzado diciendo que nunca pude separar la creación literaria de mi vida, y que como vía de conocimiento concebí sobre todo esa creación. Ahora es el momento de decir que tampoco he podido separar nunca la literatura de otras formas de conocimiento como pueden ser la filosofía, las distintas religiones o la ciencia. El “todo es uno y todo es diverso” platónico y el “microcosmo que influye en el macrocosmo” de los sufíes, siempre resonarán como reglas de oro en las mentes de quienes deseen sentir y pensar —comprender el mundo— sin soberbia intelectual o sin sectarismo localista o excluyente.
        
      Hasta ahora he hablado de artículos y ensayos al referirme al contenido de este libro, pero me he olvidado también de las conferencias o de algunos prólogos que van en la primera parte del mismo. La conferencia escrita no es otra cosa, para el escritor que hay en mí, sino un ensayo dicho en voz alta y generalmente desarrollado con amplitud. En muy pocas ocasiones me he decidido a dar una conferencia sin tener el texto escrito delante de los ojos; entre otras razones, porque el que da esa conferencia es un escritor; y como escritor deseo, ante todo, que quede expresado mi pensamiento con el estilo más duradero y preciso.
        
      Viene, pues, este libro, a sumarse a algunos otros míos —estoy pensando, sobre todo, en El sentido primero de la palabra poética (1988), Tratado de armonía (1992), Sobre la vida nueva (1996) o Nuevo tratado de armonía (1999)—, que pretenden ser algo más que ensayos. Constituyen, sobre todo, un testimonio muy útil —ideal, diría yo— para valorar el conjunto de mi obra, especialmente la poética. Quiere ello decir que en los textos que siguen —respondiendo a temas y criterios muy objetivos—, hay también una semilla de creatividad que es la que los fertiliza y les dará —eso espero— un valor de permanencia frente a ese otro tipo de trabajos, más provisionales, que elaboramos por razones de compromiso o de urgencia, o al hilo de lo que fue noticia.
        
      No deseo terminar sin mostrar mi profundo agradecimiento, de manera muy sincera, a la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León. También a Caja Duero, por su generosa colaboración.
        
      Tampoco quiero ignorar que este libro se edita en la Comunidad en la que nací. El lector podrá apreciar en algunos de los trabajos que siguen —“Los símbolos originarios del escritor” o “Un discurso en Castilla y León”, por ejemplo—, de qué manera la propia tierra está presente en el latido del escritor que hemos llegado a ser. Me refiero, claro está, a esa tierra que, para el que sabe contemplar, resume a cada momento en lo más local lo más universal.
        
      Agradezco, en fin, a mis hijos Clara y Alejandro la colaboración que me han prestado en la ordenación y en el trabajo complementario de este libro.

A.C.
Salamanca, junio de 2001
       

A MODO DE PRÓLOGO
Antonio Colinas
DEL PENSAMIENTO INSPIRADO
Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, 2001

Antonio Colinas o la palabra poética plena

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